EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Double the pleasure! ;)



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO TRIGÉSIMO NOVENO


“Rubicón”



Amos Van Cleef se sentía incomodo. El bigote postizo le provocaba unos picores tremendos en la cara, y las terribles gafas de atrezzo unos mareos considerables. Se las retiraba cuando cogía los prismáticos para seguir las evoluciones de los guardas del almacén, y eso le suponía un alivio cierto, pero le obligaba a permanecer unos segundos con los ojos cerrados para tratar de poder enfocar convenientemente.

Tenía una idea aproximada de los hábitos de los guardas. No se equivocaba mucho cuando pensó en la tipologia de los individuos que acudían para tal cometido. El primero que vigiló, era sin duda un polaco borracho. Cada poco tiempo acudía a su viejo Pontiac aparcado en las inmediaciones, y tras abrir la guantera y sacar una botella de vodka, le metía un largo trago. Pasadas unas horas, el regreso del coche al puesto de control se convertía en una especie de caminata errática y llena de tropezones y zigzagueos. Rezaba para que no fuese él quien estuviera cuando decidiera intervenir. Tenían el mismo apego a las armas de fuego que al alcohol, y eso no era un buen presagio.

El segundo guarda que controló, era un muchacho alto y fuerte. Siempre que estaba en la garita, dormía sin disimulo. Amos desconocía que aquel chico no se ajustaba al negro vago y perezoso, aunque era obvio por su color de piel, ni a un europeo adicto a la bebida diestro en el manejo de cuchillos y pistolas. Simplemente aquel hombre natural de Arkansas, y casado con un chica formal y de educación exquisita, acababa de ser padre de gemelos. Si ya la crianza de un niño se puede convertir en la mayoría de los casos en un infierno, cuando se les ocurre nacer a pares, la vida de sus padres deja de existir. El único objetivo pasa a ser sobrevivir a los caprichos de las criaturas que viene determinados por los horarios infames de su alimentación, a la incesante catarata de lloros sin motivos aparentes, a la agotadora rutina de cambio de pañales, y cuando, por arte de magia, están ambos dormidos y la casa se convierte en el paraíso del silencio y la paz, toca tumbarse a descansar.

Su amada esposa se había convertido en una desconocida. Había menguado su ya diminuto cuerpo, sin duda exprimido por la pareja de voraces chupadores de teta, se había descuidado en su aspecto, y era una fuente de irritación inacabable. El buen hombre trataba, cuando estaba despierto, de colmar de atenciones a su mujer, pero ésta lejos de sentirse atendida, le culpaba de su infortunio y del viaje a las puertas de las calderas del infierno del que le hacía responsable.

Si los horarios de los relevos no sufrían cambios, Amos debería de acceder cuando estuviera el gigante dormilón. Su estrategia consistiría en acercarse sigilosamente con la furgoneta cuando viera que Morfeo se hubiese adueñado de su voluntad, y en el momento preciso tocar un fuerte bocinazo y plantar el salvoconducto a escasos centímetros de su nariz, y hablarle alto y fuerte. Suponía que la sorpresa del brusco despertar, la lluvia de palabras sin cesar y una actitud altiva, harían que el fulano de Arkansas no pusiera mucho empeño en el acceso de otro de los muchos suministradores que pasaban por su puesto cada turno.

Tambien estaba al tanto del aumento de actividad en el centro. Múltiples ambulancias acudían desde la tragedia de la pasada noche. Docenas de clientes se acercaban a la clínica para ser atendidos, o bien para concertar cita. Los miembros de la escolta del Gobernador pidieron ayuda a la Policía de la ciudad al sentirse desbordados. Y la cosa iba para largo. Al parecer en el intento de terminar con el vello rebelde de las piernas y de la zona genital, algún tipo de reacción alérgica estaba provocando unos picores atroces a la mujer. El asunto había tomado tal cariz que la mujer había tenido que ser sedada, y por precaución atada a la cama, para evitar que se produjera heridas irreversibles en las piernas y sobre todo, eran ordenes del Gobernador, en la zona genital.

Un minucioso estudio por parte de los dermatólogos del centro, que habían colocado a la ilustre señora en un potro similar al que usan las parturientas, y se habían lanzado de cabeza, literalmente, a la zona afectada, provocó que la buena señora se sintiera invadida en su más profunda intimidad y montara en cólera, de ahí que fuese necesaria una gran dosis de sedante para aplacar su enfado, mientras los galenos hacían uso de instrumental más propio de torturas medievales, que de una buena praxis profesional. Determinaron que la irritación y posterior inflamación de las zonas afectadas deberían tratarse con polvos de talco, y esperar la evolución de las molestias.

El Gobernador fue informado de que su esposa necesitaría un tratamiento muy costoso y prolongado, y al grito de “lo que haga falta, no escatimen en medicamentos”, zanjó el asunto.



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Al Manzini tampoco tenía un día pletórico. Le dolía la cabeza, uno de sus ojos estaba inflamado y terriblemente amoratado, y la ceja del ojo vecino, necesitaba urgentemente media docena de puntos para cerrar una enorme herida llena de sangre reseca.

Era consciente de que debía mantener en secreto su escarceo nocturno. Verse de algún modo involucrado en el desastre de la noche anterior, no solo sería contraproducente para su carrera profesional a punto de concluir, sino que exigiría explicaciones que fuesen convincentes, del porque había hecho uso de su arma reglamentaria.

Recordaba con nitidez como en la sordidez de un retrete, y cuando estaba a punto de consumar un momento “feliz”, una explosión le obligó a abortar la placentera misión, y ungido de una inquebrantable voluntad de hacer cumplir la ley, abrió el cerrojo del cubículo y pistola en mano acudió a servir y proteger. No tenía muy claro ni a que, ni a quien.

Apenas diez segundos después recibió dos terribles golpes en la cara que le hicieron comprender su tremendo error. Una cuadrilla de negros borrachos y drogados no era el lugar adecuado para enarbolar una pistola. O bien corrías el riesgo de que ellos desenfundaran las suyas y cubrieran tu cuerpo de orificios, o bien podrías sufrir el robo de todos tus bienes, incluida el arma de fuego, o la tercera opción, que era la que el azar había escogido por él, te convertirías en blanco (nunca mejor dicho) de las iras de la minoría étnica y recibirías la paliza de tu vida.

Cuando vació el cargador de su pistola habían sucedido varias cosas. Disparar a ciegas había supuesto que la treintena de personas del baño, huyera despavorida en pocos segundos. No había que menospreciar la habilidad de aquellas personas acostumbradas a huir de la policía o de bandas rivales, y también era un punto a su favor, la facilidad que les otorgaba su pigmentación para camuflarse en la oscuridad. La otra cosa relevante que sucedió fue que una de las balas tuvo la mala idea de ir a impactar contra un depósito de gas de efectos especiales. Esos que con una reacción química provocan una densa capa de humo artificial que unida a los destellos de luz de las inmensas bolas de cristales, podían trasladar al trastornado de turno a una especie de paraíso soñado.

Después de aquello, intuyó como su nuevo amigo desaparecía también del lugar. Lo que no pudo ver es como fue blanco de las iras de sus compañeros de raza. Se irritaron considerablemente al observar como era capaz de intimar con un “blanco de mierda” y “además viejo”, y le empujaron violentamente, le arrancaron partes de su precioso traje nuevo, en la huida tropezó y destruyó una de las plataformas del calzado, y lo peor de todo, su pelo rizado se enganchó con algún tipo de anclaje que antes había sujetado un extintor y un mechón de este se quedó pendiendo de él. El susto que llevaba encima, la preocupación de escapar y dejar de recibir patadas y bofetadas, la adrenalina del pavor y la frustración de la inacabada maniobra de succión que realizaba en el váter, contribuyeron a que su mente borrara todo recuerdo de los terribles momentos de zozobra.

Cuando Al apareció en la sala donde le aguardaban sus colaboradores, apenas pudo distinguir las caras de estupor que pusieron al verle.

-¡Dios Santo!, ¿que coño le ha pasado Manzini?- dijo Jennifer con preocupación.

-Nada- contestó secamente Al Manzini - ¿alguna novedad?.

-Eso debería verlo un médico, llamaré a alguien que le atienda. Por Dios, parece que le ha atropellado un tranvía- dijo la mujer.

-¿Quiere dejarlo estar, por favor?. Y si, eso es lo que sucedió. Me caí de un tranvía en marcha, tropecé, y ya está.......-

-Esas heridas se corresponden más a las de una agresión- espetó Alí.

-Me agredió un tranvía. Eso es todo...-

-Es que no veo ninguna abrasión......-

-Si sigue por ese camino agente, su siguiente misión será limpiar inodoros en alguna comisaría de Wyoming- zanjó Al.

-Habrá oído lo de la Surprise, ¿no es así?. Bueno. El modus operandi encaja con el de nuestro sospechoso. Busca la destrucción de sitios clave, generar confusión, alterar a las masas, provocar altercados, en una palabras, caos. No cabe duda de que es un individuo entrenado para tales misiones. Pero ahora ya sabemos donde se encuentra. Y sospechamos que quiere terminar con el trabajo que no pudo concluir con el señor Gobernador. Sabemos que está aquí, en San Francisco. Sabemos que la esposa del Gobernador está internada en una clínica de prestigio para tratarse de las heridas del atentado de la fiesta de Los Ángeles- argumentó la mujer.

-Y si sabemos que tiene pensado modificar su aspecto físico para poder regresar a su escondite en Libia, en Pakistán, quizás en Rusia, o en la China comunista, las piezas encajan. Sería lógico pensar que se hiciera pasar por paciente de la misma clínica, y estando ingresado asesinar al Gobernador, puede que a su esposa, o a su hijo y acto seguido modificar su apariencia y salir de rositas rumbo a su guarida- continuó el arabe.

-Encajaría, si- dijo Manzini- pero no podemos bajar la guardia. Debemos perseverar la vigilancia en todas las clínicas de, digamos, cincuenta millas a la redonda. Nos centraremos en esta, pero no descuidaremos las demás. ¿Cuantos agentes de encargan de la atención de le esposa del Gobernador, Jenny?.

-Unos veinte, señor. Ya viene un paramédico para atenderle, señor- dijo la mujer.

-Se mueve en moto. De eso no hay duda. Encaja en el perfil de un tipo sin miedos y escrúpulos. Un loco insensato. Nadie en su sano juicio elige ese medio de transporte y mucho menos si tiene pensado atravesar medio país. Son máquinas del infierno, inventadas por algún demente y popularizadas por individuos con ganas de sufrimiento- añadió con certeza absoluta Manzini.

-Sabemos también que no es un hombre de envergadura. No tenemos muy clara su apariencia, siempre aparece desenfocado, y tiene un rostro impersonal, vulgar, mediocre, pero eso sí, le falta una oreja, la derecha. Nos tenemos que centrar en controlar los accesos de todos los motoristas, y de cualquier peatón o automovilista que carezca de, al menos, una oreja. No parece complicado- concluyó el agente musulmán.

Una enfermera, que a duras penas podía ver Al Manzini, se afanaba en coser la ceja abierta. Momentos antes con ayuda de unas pinzas había sacado restos de sangre seca del interior de la herida. A Al Manzini aquello le estaba doliendo exageradamente, sentía los latidos de su corazón en la herida a modo de pulsaciones, y apremiaba a la mujer a terminar rápido con aquel padecimiento. Fue entonces cuando la enfermera le ofreció una pastilla para el dolor y le dijo que sería mejor un pequeño pinchazo de anestesia para terminar con la tortura. Instantes después ya no le dolía la cara.

La enfermera cosía el desaguisado ya mas tranquila, aquel individuo desagradecido se había calmado, y podía enfrentarse a su cometido sin interrupciones.

Al Manzini no sentía su cara. Era como si un ejercito de hormigas desfilara continuamente por ella. Pero se pellizcaba con fuerza y no sentía ninguna sensación. La herida estaba ya cosida con quince puntos de sutura,“en trece años de profesión, nunca había visto nada parecido, se le veía el hueso, no vuelva a tomar un tranvía nunca más”. Del otro ojo, poco podía decir. No servía de gran cosa inflamado como estaba, pero según la torturadora que decía ser enfermera, “en dos o tres días podrá abrir un poco los párpados, querido, mientras tanto calma”.

No. Al Manzini tampoco tenía un buen día. Y tampoco tenía intención de calmarse.




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En el Motoclub “Tumba más, o la tumba”, entre cerveza y cerveza, discutían de lo que se suele discutir en esos entornos. Que moto era la más rápida, que si yo inclino más que tu, que sacar el culo en las curvas no sirve de nada, que sólo es una pose, que si Sito Pons es un pijo que nunca será campeón del mundo. Cosas trascendentales para una mente obsesa con la gasolina, y el placer del aire en la cara, mientras conviertes tu cuerpo en una especie de cementerio de insectos.

Pero en el transcurso de aquellas conversaciones, siempre salía a relucir el nombre de Clemente. A pesar de ser uno de los miembros más recientes de la asociación, su dominio de las motos, el coraje de emprender viajes a lomos de motos más cercanas a la chatarra que a una máquina fiable y rápida, su vasto conocimiento de la técnicas alternativas para conseguir el dominio de una moto desbocada, y una simpatía extraña, mezcla de un estado taciturno y sentencias abrumadoras, como cuando dijo, “no hay nada como una moto española”, hacían de él alguien a quien añorar.

La chica de la Morini 3 ½ se había agenciado una bandera de los Estados Unidos y la habían colocado en la pared sobre la foto de Clemente en Las Vegas, para disgusto del mecánico del taller, que discrepaba de todos los demás, “es un inútil con suerte, eso si, a beber es el mejor”.

Se podía decir que añoraban a Clemente. Ya faltaba menos para que a su regreso, les hiciera participes de sus hazañas, para que informara sobre la historia motociclista estadounidense, para que rindiera cuentas de como sus dotes innatas habían humillado a los mejores bikers americanos; estaban ávidos de historias de verdad y no de cuentos inventados.




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El juez Bradley McWilliams acababa de llegar a la Corte del Condado. En el trayecto, un policía negro le había multado por circular con su Volvo entre los dos carriles de circulación, y por no indicar el cambio de sentido. Ochenta dólares. Y de poco había servido que se identificara como miembro de un Tribunal Estatal. El policía fue inflexible y la multa siguió su recorrido administrativo.

El juez Bradley McWilliams tenía la costumbre de tomar un buen trago de whisky escoces antes de ir a trabajar. De poco servía que su hija le recriminara la ingesta de alcohol antes del mediodía, pero él seguía las tradiciones de sus ascendientes de Escocia, que se sacudían un buen trago antes de ir con el ganado en aquellos parajes indómitos y solitarios de las Hihglands.

El juez Bradley McWilliams por lo tanto, no tenía un buen día. Y debía tomar una decisión esa mañana, absolver o condenar a un policía negro, Balthazar Embila, por la muerte de Clarence Whitedoor de un disparo al confundirlo con un terrorista, por el simple hecho de lucir un casco de igual apariencia al que se suponía que poseía el fugitivo.

El juez Bradley McWilliams además tenía un problema con su próstata. Le obligaba a acudir al baño más veces de las deseadas, así que dictaría sentencia lo más rápido posible y se iría a descansar a su despacho, cerca de su baño.

El juez Bardley McWilliams entró en la sala y todos los presentes se pusieron en pie.

-Este Tribunal a tomado una decisión con respecto al caso número “tal”, que nos ha ocupado las últimas jornadas. Considera culpable de asesinato al agente “tal” por los hechos acaecidos el día “tal” a “tal” hora en “tal” lugar. Por lo tanto le condeno a ingresar en prisión durante un periodo no inferior a cincuenta años en la penitenciaría del Estado que determine la autoridad penitenciaría. Considerando que el acusado fue un servidor público, le eximo de morir electrocutado el la silla eléctrica. Dicto sentencia irrevocable y levanto la sesión. Se meaba.

El juez Bradley McWilliams rompió en pedazos el papel donde había escrito su decisión horas antes, decisión que después de lo acaecido minutos antes con el otro policía negro, el diablo confunda, decidió modificar. En él se absolvía al agente de policía negro por los sucesos luctuosos que llevaron a la muerte accidental del señor Whitedoor. Ahora descargaba la frustración de no haber podido hacer nada cuando el otro agente de color le imponía ochenta dólares de sanción. ¡Ochenta dólares!.

Cinco días más tarde el agente Embila apareció ahorcado en su celda.



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Los hermanos Stewart acompañaban a Clemente al taxi que lo iba a llevar a la Clínica Palo Alto. Cada uno le cogía de un brazo mientras se dirigían al taxi de color rojo y verde del amigo de Baldomero.

El taxista amigo era un chino muy mayor de pequeña estatura. A pesar de llevar décadas en la ciudad, apenas hablaba inglés, lo justo para desenvolverse con los turistas que tomaban su taxi.

-Querido-dijo Baldomero- hablo en nombre de los dos. Estamos enormemente agradecidos a su actuación de anoche. Nos salvó la vida.......-.

Clemente no tenía ni idea de que le hablaba, ni de que hubiera salvado la vida de nadie. Su mente estaba confusa, lo único que recordaba con meridiana claridad era el momento en el que chocaron con la barandilla de un puente, y de haber visto una vaca comiendo máquinas de coser. El resto era todo un vacío enorme.

-.....y por eso queremos que su estancia en nuestra modesta residencia sea libre de cargas. Además siempre que venga a vernos, le reservaremos su penthouse, que pasará a llamarse “El Salvador”, en su honor. Y acepte este regalo.....- y le tendió una caja de cierto tamaño, como de una caja de guardar zapatos- para que su estancia en el hospital sea mas llevadera- y rió con ganas.

-Y aquí le guardamos su equipaje. Lo han perfumado con olor a flor de azahar- dijo Lincoln.

Clemente se subió al taxi decidido. Lucía le mismo traje de la noche anterior, el mismo pañuelo, el mismo calzado. Y llevaba en la muñeca el reloj de acero obsequio de la señora Lamarr. El aire del mediodía le llenaba sus pulmones maltrechos. Un olfato avezado distinguiría claramente el olor a mar, la fragancia a desagües, los aromas multiculturales a comida china, pakistaní, rusa, italiana,

que invadía el entorno, el olor de los cubos de basura y a los humeantes escapes de los coches.

Puso la caja a su lado y comenzó a desenvolver el regalo. Dentro había un Walkman Sony último modelo, una cinta de pasodobles españoles y una nota de los hermanos.

“Querido amigo:

Ha supuesto usted un aire fresco en nuestra existencia. Nos ha salvado la vida, ha traído la paz a nuestra comunidad. Nunca podremos agradecer bastante su empeño en hacernos felices. Acepte a modo de agradecimiento este pequeño obsequio. Le hará su estancia más placentera.

Gracias de todo corazón. Es usted un ejemplo de libertad, de frescura, de paz y de armonía.

God Bless You.”

Con el taxi lanzado a toda velocidad por las empinadas calles, de haber sabido emocionarse, lo hubiera hecho. El chino miraba entre el aro del volante del Chrysler Fifth Avenue a la par que Clemente se entretenía poniendo las pilas al aparato reproductor de música. Ajustaba los auriculares al tamaño de su cabeza y mientras tanto pensaba hondamente el lo absurdo de la gente abstemia.

No concebía que hubiera alguien que no disfrutara de un buen trago de cerveza fría, ni de una copa de Brandy Terry, o de un chupito de vodka ruso, o del cosquilleo de una buena copa de champán. Joder, si incluso los curas le pegan un trago al cáliz en las misas, y algunos se relamen en la liturgia. Tenía el convencimiento de que esos individuos eran gente de poca autoestima, o al igual que la gente que no sudaba, personas de poco fiar.

Cuando el taxi coronó una pequeña loma tras veinte minutos de carrera, el chino detuvo el coche y señaló en dirección al horizonte. Un edifico de moderna construcción se vislumbraba a lo lejos. Clemente no entendió nada de lo que el taxista le dijo, algo que sonó como el ruido que hace una lata al pegarle una patada “cling-chong-pulnk-tang”, mientras sonreía. De nuevo aceleró el recién estrenado Chrysler Fifth Avenue a tope y lo dirigió hacia el edificio.

Un cierto nerviosismo se apoderó de Clemente. Era como si el momento cumbre del viaje estuviese a punto de llegar. El rubicón de su aventura.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

La nueva entrega! Menos mal! Lo echaba mucho de menos <:P <:P <:P :XX: :XX: :XX: :XX:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por albacete »

Por fin... :plas: :plas:
NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDAS RODAR Hoy-

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anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
:X
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