Una historia de Europa (CXXI)
Cuando callaron los cañones en 1945, Europa (lo que quedaba de ella) se frotó los ojos y miró el paisaje de ruinas humeantes y espectros hambrientos. Olía a fosa común, a pólvora vieja y a la vergüenza de un género humano que había tocado fondo con toda naturalidad. Millones de personas vagaban en busca de familiares desaparecidos, hogares perdidos, nacionalidades imposibles. La principal responsable, Alemania, tras una derrota que no sólo fue militar sino también moral, social y espiritual, vivía el purgatorio de la destrucción y la culpa en sus ciudades arrasadas (es recomendable la película Alemania año cero de Rossellini). Y en el juicio de Nuremberg (intento de juzgar crímenes que superaban toda noción jurídica), los jerarcas nazis que hasta el día anterior encarnaban con entusiasmo el espíritu alemán perversamente racista y nacionalista de la época, alegaron (como todos sus compatriotas) excusas burocráticas: yo no quería, me obligaron, etcétera. Los muy hijos de la gran puta. Pero tampoco los vencedores eran tan inocentes como aparentaban. Todos querían olvidar sus incompetencias, sus claudicaciones, sus crímenes. Los británicos, agotados tras el largo esfuerzo, soñaban con revivir un imperio ya imposible. Los gabachos intentaban recomponer su dignidad perdida en los años de ocupación y colaboración (con tanto heroico resistente como apareció al final, era asombroso que los nazis hubieran estado cuatro años bebiéndose su borgoña y bailando con sus señoras). La realidad fue que la vieja Europa, convertida en triste sombra de su antigua grandeza, se vio en manos de las dos grandes potencias que emergían del holocausto: los soviéticos llegaban con sus botas embarradas, sus comisarios políticos y su fría brutalidad comunista; los norteamericanos, con sus planchados uniformes, sus latas de conserva y sus bolsillos llenos de dólares. La palabra aliados desapareció del vocabulario, llegado el momento de repartirse el viejo continente como quien aplica un tajo de navaja en un mapa. Esto para ti, esto para mí; tú a Boston y yo a California. Como tahúres vigilándose uno a otro, igual que jugadores de ajedrez sin escrúpulos, yankis y ruskis se repartieron las zonas de influencia, sacrificando cuantos peones fueron necesarios. El llamado Telón de Acero dejó una Europa occidental tutelada por USA a un lado y una zona de siniestra ocupación soviética al otro. El Plan Marshall fue una inteligente manera estadounidense de establecer influencia: aquella reconstrucción europea con cemento, acero, dólares, sonrisas y películas de Hollywood no fue una obra de caridad, sino un modo eficaz de establecer un patrón de libertad democrática y consumo capitalista a la manera norteamericana; estilo que se puso de moda con sus virtudes (que eran muchas) y sus defectos (que no eran pocos). En la otra mitad del continente (Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria, media Alemania y algún etcétera) la Unión Soviética también impuso su modelo, aunque éste era menos simpático: la libertad se convirtió en lujo sospechoso e inalcanzable, el miedo al Estado fue la forma habitual de vida, las colas del pan demostraron que una cosa era predicar y otra dar trigo, y ciudades, calles, hogares, quedaron bajo la despiadada vigilancia de unos ojos fríos y despiadados que nunca dormían. Lejanos ya los intereses comunes, unos y otros se mostraban los dientes en Europa y procuraban hacerse la mutua puñeta. Por suerte para el mundo, el recuerdo de las bombas atómicas (que ambas potencias poseían) obligaba a ser prudentes; y en vez de enfrentamientos directos buscaron fastidiarse en otros escenarios facilitados por las guerras lejanas y los procesos de emancipación (el prestigio colonial de las potencias europeas se había ido al carajo) que empezaban a sucederse en África, Asia y Oriente Medio, lugares incendiados por unos y otros sin apenas mancharse las manos. La Guerra Fría (una excelente denominación) congeló cancillerías, discursos y maniobras militares, mientras renovados movimientos intelectuales reflexionaban sobre eso: filósofos, escritores, existencialistas, socialistas, democristianos, comunistas que habían visto las orejas al propio lobo, buscaban una brújula moral, coincidiendo en que el mundo no podía permitirse más tragedias como la vivida. Así, la amenaza nuclear, la certeza de que otra guerra significaría un suicidio colectivo, acabó siendo árbitro de la política internacional. Oderint dum metuant, había dicho veinte siglos antes el emperador romano Tiberio: que me odien, pero que me teman. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Mirándose con el odio de siempre, pero temiéndose con un miedo nuevo, la Humanidad advertía su propio abismo. Y eso iba a mantener a Europa a salvo durante una larga temporada.
[Continuará].
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UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS
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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS
Una historia de Europa (CXXII)
Se va acabando esta informal historia de Europa, porque a medida que llega al presente todo es más fresco y sabido. Además, meterse en el jardín contemporáneo da una pereza enorme. Abreviaré diciendo que derrotados nazis y fascistas (protegidos por el anticomunismo de los EEUU, aún quedaban la España de Franco y el Portugal de Salazar como anormalidades políticas) y con la Unión Soviética dueña de un cinturón defensivo de países del este, el continente acabó estabilizándose a uno y otro lado del llamado Telón de Acero. Gracias a la lluvia de dólares de la ayuda norteamericana, Europa occidental se reconstruyó y modernizó. Países como Italia, Francia, Inglaterra y Alemania occidental, con sus respectivos regímenes parlamentarios, crecieron de forma asombrosa y estrecharon vínculos entre ellos. La idea base era evitar una nueva escabechina internacional, y eso se trabajó con tratados y declaraciones (como la Universal de los Derechos Humanos en 1948) y con planes de seguridad social, sanidad pública y educación. Mejoró de modo espectacular la actividad industrial, surgió una nueva clase media productora y consumidora, y la suma de intereses fraguó en la Comunidad del Carbón y el Acero (1951) y en la Comunidad Económica Europea, creada en 1957, a la que se fueron adhiriendo estado tras estado. Por su parte, al otro lado del Telón de Acero, la URSS (que había hecho un corte de mangas al Plan Marshall e iba a lo suyo) pastoreó con mano de hierro el llamado bloque socialista, privado de libertades políticas y con fuerte presencia militar soviética en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria (en Yugoslavia y Albania, con cierta autonomía propia, tuvieron sus propios modelos). Es indiscutible que en avances sociales los países comunistas mojaron la oreja a los occidentales, tanto en sanidad pública como en educación, igualdad de sexos y educación escolar; pero los límites políticos eran férreos, y la zona de influencia soviética fue sometida al modelo impuesto por Moscú: planificación centralizada, nacionalización de recursos, colectivización agraria y represión por parte de la policía política. Todo se hizo con una fría determinación que, aunque por una parte reforzó el tejido industrial, por la otra ocasionó escasez de bienes de consumo, ausencia de libertades políticas, absoluto control estatal y eliminación de toda disidencia. Fue Alemania el símbolo más evidente de la división de Europa: troceada en zonas controladas por los vencedores de Hitler, en 1949 se formalizó el asunto con la división de Berlín y la creación de dos estados: la República Federal de Alemania al oeste y la República Democrática Alemana al este (lo de democrática resume el cinismo de la retórica comunista de la época). En 1961 se construyó el muro de Berlín para evitar la fuga masiva de alemanes de la zona oriental, tentados por la prosperidad de la vecina república federal; y durante cuarenta años ese muro literalmente criminal fue símbolo de la división política europea, frontera entre la libertad y la represión comunista: a un lado la OTAN (alianza militar con Estados Unidos, en 1949) y al otro el Pacto de Varsovia (alianza militar dirigida por la Unión Soviética, en 1955). Paz imposible, guerra improbable, escribió el filósofo Raymond Aron. Con la disuasión nuclear de por medio, planteada una coexistencia razonable a partir de la muerte de Stalin (1953) y la llegada al poder en Moscú de Nikita Kruschev, ambos bloques equilibraron fuerzas limitándose a dar pellizquitos de monja (guerras coloniales, ajedrez en Oriente medio, crisis de los misiles en Cuba); pero siempre acabó por imponerse la prudencia, dejando cada cual las manos libres al otro en sus respectivas zonas. Eso hizo posible que, sin oposición occidental, la Unión Soviética aplastara de modo sangriento la revolución en Hungría cuando ésta quiso sacudirse el control comunista (1956) y también el intento de Checoslovaquia de convertirse en una democracia (1968). El equilibrio se mantuvo así hasta que el modelo soviético, incapaz de resistirse a los encantos que el pérfido capitalismo le restregaba por el morro, hizo crisis en la década de los 80, cuando las reformas de Mijail Gorbachov (Perestroika) aflojaron el control ruski sobre sus satélites. En 1989, una ola de protestas populares derribó a varios gobiernos comunistas, y ese año cayó el muro de Berlín. Paradójicamente, tal momento de euforia inauguró una era de incertidumbre, abriendo procesos de complicadas consecuencias a uno y otro lado de la antigua frontera. Durante cuatro décadas, el Telón de Acero había sido una línea nítida en una Europa que parecía fácil de entender: a un lado los buenos y a otro los malos, según el punto de vista de cada cual. Hoy esos conceptos han dejado de estar claros.
[Continuará].
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Se va acabando esta informal historia de Europa, porque a medida que llega al presente todo es más fresco y sabido. Además, meterse en el jardín contemporáneo da una pereza enorme. Abreviaré diciendo que derrotados nazis y fascistas (protegidos por el anticomunismo de los EEUU, aún quedaban la España de Franco y el Portugal de Salazar como anormalidades políticas) y con la Unión Soviética dueña de un cinturón defensivo de países del este, el continente acabó estabilizándose a uno y otro lado del llamado Telón de Acero. Gracias a la lluvia de dólares de la ayuda norteamericana, Europa occidental se reconstruyó y modernizó. Países como Italia, Francia, Inglaterra y Alemania occidental, con sus respectivos regímenes parlamentarios, crecieron de forma asombrosa y estrecharon vínculos entre ellos. La idea base era evitar una nueva escabechina internacional, y eso se trabajó con tratados y declaraciones (como la Universal de los Derechos Humanos en 1948) y con planes de seguridad social, sanidad pública y educación. Mejoró de modo espectacular la actividad industrial, surgió una nueva clase media productora y consumidora, y la suma de intereses fraguó en la Comunidad del Carbón y el Acero (1951) y en la Comunidad Económica Europea, creada en 1957, a la que se fueron adhiriendo estado tras estado. Por su parte, al otro lado del Telón de Acero, la URSS (que había hecho un corte de mangas al Plan Marshall e iba a lo suyo) pastoreó con mano de hierro el llamado bloque socialista, privado de libertades políticas y con fuerte presencia militar soviética en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria (en Yugoslavia y Albania, con cierta autonomía propia, tuvieron sus propios modelos). Es indiscutible que en avances sociales los países comunistas mojaron la oreja a los occidentales, tanto en sanidad pública como en educación, igualdad de sexos y educación escolar; pero los límites políticos eran férreos, y la zona de influencia soviética fue sometida al modelo impuesto por Moscú: planificación centralizada, nacionalización de recursos, colectivización agraria y represión por parte de la policía política. Todo se hizo con una fría determinación que, aunque por una parte reforzó el tejido industrial, por la otra ocasionó escasez de bienes de consumo, ausencia de libertades políticas, absoluto control estatal y eliminación de toda disidencia. Fue Alemania el símbolo más evidente de la división de Europa: troceada en zonas controladas por los vencedores de Hitler, en 1949 se formalizó el asunto con la división de Berlín y la creación de dos estados: la República Federal de Alemania al oeste y la República Democrática Alemana al este (lo de democrática resume el cinismo de la retórica comunista de la época). En 1961 se construyó el muro de Berlín para evitar la fuga masiva de alemanes de la zona oriental, tentados por la prosperidad de la vecina república federal; y durante cuarenta años ese muro literalmente criminal fue símbolo de la división política europea, frontera entre la libertad y la represión comunista: a un lado la OTAN (alianza militar con Estados Unidos, en 1949) y al otro el Pacto de Varsovia (alianza militar dirigida por la Unión Soviética, en 1955). Paz imposible, guerra improbable, escribió el filósofo Raymond Aron. Con la disuasión nuclear de por medio, planteada una coexistencia razonable a partir de la muerte de Stalin (1953) y la llegada al poder en Moscú de Nikita Kruschev, ambos bloques equilibraron fuerzas limitándose a dar pellizquitos de monja (guerras coloniales, ajedrez en Oriente medio, crisis de los misiles en Cuba); pero siempre acabó por imponerse la prudencia, dejando cada cual las manos libres al otro en sus respectivas zonas. Eso hizo posible que, sin oposición occidental, la Unión Soviética aplastara de modo sangriento la revolución en Hungría cuando ésta quiso sacudirse el control comunista (1956) y también el intento de Checoslovaquia de convertirse en una democracia (1968). El equilibrio se mantuvo así hasta que el modelo soviético, incapaz de resistirse a los encantos que el pérfido capitalismo le restregaba por el morro, hizo crisis en la década de los 80, cuando las reformas de Mijail Gorbachov (Perestroika) aflojaron el control ruski sobre sus satélites. En 1989, una ola de protestas populares derribó a varios gobiernos comunistas, y ese año cayó el muro de Berlín. Paradójicamente, tal momento de euforia inauguró una era de incertidumbre, abriendo procesos de complicadas consecuencias a uno y otro lado de la antigua frontera. Durante cuatro décadas, el Telón de Acero había sido una línea nítida en una Europa que parecía fácil de entender: a un lado los buenos y a otro los malos, según el punto de vista de cada cual. Hoy esos conceptos han dejado de estar claros.
[Continuará].
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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS
Una historia de Europa (CXXIII)
No podemos acercarnos al final de esta larga historia sin detenernos en un período que simbolizó, mejor que muchas otras cosas, el final de los más felices (para los que estaban arriba) siglos europeos. La cosa vino anticipada por una foto tomada durante la guerra mundial, cuando la caída de Singapur, en la que unos japos bajitos y con mala leche conducían prisioneros a unos arrogantes oficiales del todavía llamado Imperio Británico. Como un prólogo irónico, aquello anunciaba lo que vendría en la postguerra: el final del mundo colonial que durante el siglo XIX y principio del XX había enriquecido a Europa, pues las potencias continentales se vieron obligadas a despedirse de sus posesiones en África, Asia y el Caribe. No fue un acto de cesión generosa, sino que se fueron pirando a hostia limpia, con guerras de alta y baja intensidad y pajarracas políticas y sociales. Tras el desgaste bélico de la Segunda Guerra Mundial no estaba el horno para bollos: Gran Bretaña, Francia (Alemania había perdido sus colonias cuando la derrota de 1918), Holanda, Bélgica, Portugal y España estaban tiesas de recursos militares y políticos para mantener el tinglado ultramarino. Y para más delito, en las colonias aparecía gente díscola, élites locales que habían estudiado en la metrópoli (conocían bien el paño) y reclamaban lo que se suele reclamar: derechos políticos e independencia. Y además, claro, que la pasta que se llevaban los colonos explotando las materias primas se quedara en el país, en algunos casos, y en sus cuentas corrientes privadas, en otros. Muchos nuevos países cambiaron así la vieja clase colonial explotadora por una nueva clase nacional que los explotaba lo mismo; y no pocos, independientes y tal, fueron a peor, cayendo en manos de golfos y dictadores de variado tonelaje. Pero así son las cosas de la vida: cambalache, como dice el tango. Lo que interesa es señalar que en esos procesos independentistas (a menudo de todo menos pacíficos) la Organización de Naciones Unidas, ONU para los amigos, fue un elemento decisivo defendiendo la autodeterminación de la peña. También empujaron mucho en plan cabroncete, barriendo para casa, las dos poderosas potencias salidas de la guerra, Estados Unidos y la Unión Soviética, que pretendían quedarse con el pastel con una influencia neocolonial menos formal pero descarada y sin complejos, comiéndoles la oreja a los nuevos líderes y atizando bajo mano guerras y guerritas que le hicieran al otro la puñeta. El caso es que la principal potencia colonial del mundo, Inglaterra, abordó el complicado proceso con una mezcla de fronteras artificiales, hijoputez y sentido común, con muchas negociaciones y menos tiros propios (India, Pakistán, Ghana, Tanzania y Nigeria, por ejemplo). Eso no impidió que se viera envuelta en pifostios de campanillas como la insurgencia comunista en Malasia o la rebelión de los Mau-Mau en Kenia. También Holanda (Indonesia fue una guerra anticomunista seria) y Bélgica (en el Congo se organizó una literal, y digo literal, merienda de negros) tuvieron sus pajarracas gordas; pero la que más dio que hablar fue Francia, reacia a soltar lo que tenía, que defendiendo lo suyo como gato panza arriba protagonizó las dos guerras coloniales más bestias de la época. Una fue la de Indochina (1946-1954), que terminó con la derrota gabacha en Dien-Bien-Phu, su retirada de Asia y la entrada de los Estados Unidos en la zona, con posterior guerra de Vietnam y otras consecuencias (lean El americano tranquilo, de Graham Greene, que narra bien el ambiente). La otra guerra franchute (aquí pueden leer Los pretorianos, de Jean Lartèguy) fue la de Argelia, que no era considerada colonia sino parte integral del país (mi madre, que vivió unos años en Orán, siempre hablaba con naturalidad del tiempo que había pasado en Francia) y que a partir de 1954 fue un desparrame de guerrillas rurales y terrorismo urbano, bestial represión incluida, que acabó con la independencia en 1962. Así, tacita a tacita, la vieja Europa fue diciendo adiós, muchachos. Los últimos en largarse, ya en los años 70, fueron Portugal (con sucias guerras coloniales en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau que acabaron de rebote por liquidar la dictadura que gobernaba el país) y España, que tras su retirada de Marruecos en décadas anteriores acabó por abandonar Guinea Ecuatorial de mala manera, convertida en una dictadura, y el Sáhara Occidental, más vergonzosamente todavía (Dios nunca nos condujo a los españoles por el camino de las descolonizaciones ejemplares). Portugal dejó tras de sí un montón de guerras civiles africanas, y España lo que todos sabemos. A uno y otro conflicto asistí como reportero, teniendo el curioso privilegio de presenciar el ocaso y final de aquella Europa que había dominado el mundo.
[Continuará].
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No podemos acercarnos al final de esta larga historia sin detenernos en un período que simbolizó, mejor que muchas otras cosas, el final de los más felices (para los que estaban arriba) siglos europeos. La cosa vino anticipada por una foto tomada durante la guerra mundial, cuando la caída de Singapur, en la que unos japos bajitos y con mala leche conducían prisioneros a unos arrogantes oficiales del todavía llamado Imperio Británico. Como un prólogo irónico, aquello anunciaba lo que vendría en la postguerra: el final del mundo colonial que durante el siglo XIX y principio del XX había enriquecido a Europa, pues las potencias continentales se vieron obligadas a despedirse de sus posesiones en África, Asia y el Caribe. No fue un acto de cesión generosa, sino que se fueron pirando a hostia limpia, con guerras de alta y baja intensidad y pajarracas políticas y sociales. Tras el desgaste bélico de la Segunda Guerra Mundial no estaba el horno para bollos: Gran Bretaña, Francia (Alemania había perdido sus colonias cuando la derrota de 1918), Holanda, Bélgica, Portugal y España estaban tiesas de recursos militares y políticos para mantener el tinglado ultramarino. Y para más delito, en las colonias aparecía gente díscola, élites locales que habían estudiado en la metrópoli (conocían bien el paño) y reclamaban lo que se suele reclamar: derechos políticos e independencia. Y además, claro, que la pasta que se llevaban los colonos explotando las materias primas se quedara en el país, en algunos casos, y en sus cuentas corrientes privadas, en otros. Muchos nuevos países cambiaron así la vieja clase colonial explotadora por una nueva clase nacional que los explotaba lo mismo; y no pocos, independientes y tal, fueron a peor, cayendo en manos de golfos y dictadores de variado tonelaje. Pero así son las cosas de la vida: cambalache, como dice el tango. Lo que interesa es señalar que en esos procesos independentistas (a menudo de todo menos pacíficos) la Organización de Naciones Unidas, ONU para los amigos, fue un elemento decisivo defendiendo la autodeterminación de la peña. También empujaron mucho en plan cabroncete, barriendo para casa, las dos poderosas potencias salidas de la guerra, Estados Unidos y la Unión Soviética, que pretendían quedarse con el pastel con una influencia neocolonial menos formal pero descarada y sin complejos, comiéndoles la oreja a los nuevos líderes y atizando bajo mano guerras y guerritas que le hicieran al otro la puñeta. El caso es que la principal potencia colonial del mundo, Inglaterra, abordó el complicado proceso con una mezcla de fronteras artificiales, hijoputez y sentido común, con muchas negociaciones y menos tiros propios (India, Pakistán, Ghana, Tanzania y Nigeria, por ejemplo). Eso no impidió que se viera envuelta en pifostios de campanillas como la insurgencia comunista en Malasia o la rebelión de los Mau-Mau en Kenia. También Holanda (Indonesia fue una guerra anticomunista seria) y Bélgica (en el Congo se organizó una literal, y digo literal, merienda de negros) tuvieron sus pajarracas gordas; pero la que más dio que hablar fue Francia, reacia a soltar lo que tenía, que defendiendo lo suyo como gato panza arriba protagonizó las dos guerras coloniales más bestias de la época. Una fue la de Indochina (1946-1954), que terminó con la derrota gabacha en Dien-Bien-Phu, su retirada de Asia y la entrada de los Estados Unidos en la zona, con posterior guerra de Vietnam y otras consecuencias (lean El americano tranquilo, de Graham Greene, que narra bien el ambiente). La otra guerra franchute (aquí pueden leer Los pretorianos, de Jean Lartèguy) fue la de Argelia, que no era considerada colonia sino parte integral del país (mi madre, que vivió unos años en Orán, siempre hablaba con naturalidad del tiempo que había pasado en Francia) y que a partir de 1954 fue un desparrame de guerrillas rurales y terrorismo urbano, bestial represión incluida, que acabó con la independencia en 1962. Así, tacita a tacita, la vieja Europa fue diciendo adiós, muchachos. Los últimos en largarse, ya en los años 70, fueron Portugal (con sucias guerras coloniales en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau que acabaron de rebote por liquidar la dictadura que gobernaba el país) y España, que tras su retirada de Marruecos en décadas anteriores acabó por abandonar Guinea Ecuatorial de mala manera, convertida en una dictadura, y el Sáhara Occidental, más vergonzosamente todavía (Dios nunca nos condujo a los españoles por el camino de las descolonizaciones ejemplares). Portugal dejó tras de sí un montón de guerras civiles africanas, y España lo que todos sabemos. A uno y otro conflicto asistí como reportero, teniendo el curioso privilegio de presenciar el ocaso y final de aquella Europa que había dominado el mundo.
[Continuará].
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