EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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pate
Triumphero Maestro
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

ÚLTIMO CAPÍTULO (2ª PARTE)



Dicen los que han tenido oportunidad de regresar de las puertas del más allá, que el camino hacia lo desconocido está inundado en luz y paz. Que un inmenso e interminable túnel de luz es la senda que termina donde tus seres queridos ya fallecidos te esperan con una sonrisa y plenos de amor.

La paz y el bienestar son una constante en el recorrido, donde el interesado, el viajero, puede rememorar los momentos de su existencia mas relevantes. Dicen que pasa toda tu vida en un minuto, pero que sólo recuerdas los buenos momentos de ese rebobinado vital.

Ahora Clemente estaba viajando a toda velocidad por aquel túnel de luz vívida, cegadora y que parecía hacer cabriolas en una especie de tirabuzón. Y lejos de tener una sensación agradable, calmada, que inundara su espíritu de tranquilidad y felicidad por un inminente reencuentro con sus amigos y familiares difuntos, los recuerdos le atormentaban y le hacían sentirse desgraciado y abatido.

En su particular vuelo, vio personas de su pasado reciente que se intercalaban con recuerdos pasados. De la mano iban un repartidor de butano y la recepcionista del “Crash Plane” ahora convertida en cenizas, antiguos jefes, borrachos que habían sucumbido a los estragos del alcohol, y que habían menguado las cuentas de sus bares. Su mecánico de cabecera aparecía ridículo intentando apagar junto a otro mecánico francés un Maserati que estaba siendo engullido por la lava de un volcán. Una vaca conducía por los pasillos de un hospital, mientras un tren eléctrico hacía las delicias de un grupo de indigentes que estaban siendo apalizados por un retén de policías, alentados por un viejo juez que conducía un Buick Riviera. Un ruidoso Lambo Miura de atronador color verde, tanto como el sonido de sus escapes, era conducido por una dama que le ofrecía un reloj. Una jauría de perros desbocados destrozaba una fabulosa casa y “él”, veía caer un enorme torpedo sobre un piano de cola que saltaba en mil pedazos. Y de pronto la estatua del pequeño y acogedor hotel de San Francisco, con su esplendida bahía, sus tranvías, su turbadora y fascinante vida nocturna, donde el nigth club en llamas dio paso a una alocada carrera con un pequeño “escarabajo”, de pronto la efigie cayó por las escaleras. Y de como colmó de felicidad al tipo que le compró su moto, que tan efímero uso hizo de ella, y todo se salpicó de bellos recuerdos.

Y aparecieron inquietantes, un chico gordo maldiciéndole y una menuda china blandiendo un cuchillo con intenciones poco alentadoras. Y dos mujeres de Las Vegas que cuando les invitó a subir a su Rolls Royce (recordaba el confort, el olor a madera, a cuero), primero rieron y cuando él, en un alarde de desinhibición bajó sus pantalones para mostrar su belleza oculta, ambas dieron un pasito atrás y pusieron cara de sorpresa, mientras sus ojos parecían saltar de las órbitas, y se abalanzaron a sus brazos, dispuestas a vaciar la cuenta corriente o sus bolsillos repletos de billetes.

Y que decir de “Pluma de Colibrí”. Intenso, breve y salvaje. Y aquellos seres de luz, ¿era parecida la luz que le cegaba ahora?, no sabría decirlo. Si que constataba que en aquella ocasión salió diferente, mejorado físicamente, pletórico sin llegar al extremo de la euforia desmedida, y con una vista excelente.

Y de pronto tras asistir perplejo a la escena donde su anciana madre retozaba feliz con el abuelo de Chacinas Belmonte, la visión se detuvo en el momento del reencuentro con Pepi al regreso de su gran viaje al Nuevo Mundo.

Y se convulsionó. Pareció que el pasillo de luz se apagaba.

Cuando era chico, la Orbea “cadete” de barra y frenos de varilla, de color granate que le trajeron los Reyes, tenía en la rueda la dinamo que proporcionaba corriente eléctrica al pequeño faro, del tipo al de un Citroën 2CV, que iluminaba mejor cuanto más rápido iba. Y ahora la sensación que tenía era la de cuando dejaba de pedalear exhausto, y la luz que alumbraba el camino de gravilla, en la noche de cualquier verano, se hacía más tenue y amenazaba con desaparecer y provocar una caída, como aquella vez en Agosto que tras pedalear con ímpetu juvenil, siguiendo el Vespino de Pili, la amiga de su prima, de pronto el agotamiento hizo que terminara en una cuneta próxima al bancal del chalet de los Climent, por falta de luz.

Ahora la luz parecía necesitar más vigor en el pedaleo que le llevaba no sabía donde. Su inquietud fue en aumento. Nada de paz.




XXXXXXXXXXXXXXX




Clemente se apeó del tren en cuanto la máquina detuvo su marcha. Esperaba la mirada de su esposa, esperaba con ansias poder abrazarla con su enorme tripa de preñada. Y luego deseaba que, llevándose las manos a la cara, elogiara su nuevo rostro, su nuevo y recuperado aspecto, su oreja impecable, su estilizada silueta, su irresistible atractivo de caballero español, pero se encontró con su primer desencanto.

Lejos de encontrarse con Pepi, le aguardaba Nancy, con gesto serio y preocupado. Sí, le abrazó, y le abrazó fuerte, como cuando alguien abraza después de una mala nueva.



-¡Ay Clemy!- dijo ella suspirando- han pasado tantas cosas.....y no todas buenas......que es mejor que vayamos a casa y te las contemos con tranquili....-.

-¿No le habrá pasado nada a los bares, no?-.

-......tranquilidad.......-.

-¿Y la Pepi?-.

-No se encuentra bien, no ha podido venir. Hoy está revenida hijo. Y tu los tienes “cuadraos”, podías haber llamado mas a menudo. Pero vayamos a casa........allí te lo contamos.

Y cuando franquearon la puerta de entrada a su vivienda el olor a hogar se apoderó de él. Se hizo más vulnerable, más débil, sintió ganas locas de besar a Pepi.

Y allí estaba ella, semblante serio, pero con los brazos abiertos. Y su enorme barriga de embarazada, que dificultaba el añorado achuchón. Hubo besos, cortos pero intensos, carentes del mismo amor que cuando partió, eso lo supo al cabo de un tiempo, besos como los que se dan a un ser querido, pero no amado.

-Saca algo para picar......-dijo Pepi mirando a Nancy.
-¡Y de beber¡- apuntilló Clemente.

-¿Te viene bien unos boquerones y unas olivas?- sugirió la guapa mujer.

-¡Inmejorable!. Mucho “el mejor país del mundo” y no he encontrado ni una anchoa......

-Tenemos algo que contarte. No va a ser fácil para tí. Va a ser duro. Muy duro- sentenció Pepi.

Cansada de esperar el momento, angustiada hasta el extremo de desear el regreso de su esposo para hacerle participe de todos los acontecimientos que le atormentaban no consiguió, tal y como había pactado con Nancy, demorarlo un día. Dejar que Clemente volviera a tomar posesión de sus dominios, que volviera sentirse aplomado, dueño de su destino, pero fue incapaz.

Si algo le caracterizaba era su sinceridad, su decisión, y su firmeza gestada a lo largo de los años, cuando en el colegio y luego en el Instituto, su físico le hacía blanco de toda clase burlas por parte del resto de salvajes que conformaban las aulas. Tampoco podía esperar nada de su hermano. Simplemente era un botarate sin personalidad que navegó en su juventud por el mar de la mediocridad, hasta que harto de ser invisible y con ayuda de un buen enchufe consiguió sin un esfuerzo apreciable ser examinador de Tráfico.

No importaba que su pericia personal a los mandos de un vehículo fuese de la misma calidad que la visión de José Feliciano. Tenía su título y disfrutaba ridiculizando a los pobres examinandos, y si por un azar inesperado caía en sus garras alguien que no fuese de su agrado, como la chica esa de segundo de bachiller, la pelirroja de tetas enormes, que le dijo varias veces que “eres un insecto repelente, ¿tu crees que voy a ir a la discoteca contigo?”, y acto seguido sus carcajadas y las de sus amigas retumbaban escandalosas en el pasillo del “San Vicente Ferrer”, que tuvo que examinarse diez veces hasta que el destino hizo que en la última convocatoria el “cabrón ese que me suspende aposta” tuvo un ataque de gota que le impidió examinar, resultando un aprobado fácil y rápido.

Y allí estaba ahora Pepi en un lado de la mesa, con el hule manchado de gotitas de vinagre, entre tres botellines de cerveza y huesos diseminados de aceitunas aliñadas, junto a Nancy, con una mirada compasiva al borde de la lágrima, aliviada por haber soltado las bombas que llevaba dentro y que sabía dañinas para Clemente.

Clemente que miraba a lo lejos se preguntaba si no sería mejor dar media vuelta, arrancarse la oreja, y regresar unas semanas atrás donde, a pesar de la entonces delgadez de su esposa, seguir con su vida feliz de barril de cerveza, de borrachos en la barra, de paseos en moto, de excursiones a Peñarara con sus amigos......

Bueno, esto último quizás no lo deseaba.



XXXXXXXXXXXXXXX



La espantosa noticia del fallecimiento de su buen amigo inglés, le había destrozado. Su primer deseo había sido ir a una iglesia, pero no para orar por su alma, no, sino para pedir explicaciones a Dios, o a quien estuviera por allí, quizás el crucifijo de donde colgaba con cara de dolor (el mismo que él sentía ahora) el llamado hijo de Dios, o a su madre representada en un gran cuadro como Virgen de los Desamparados, pero no obtuvo respuesta. No la que esperaba.

Un párroco que se encontraba en un despacho adyacente separando las monedas de cinco duros, de duro y de peseta de la colecta, raro era que hubiese un billete de Bécquer, se asustó al oír los alaridos que provenían del interior del templo. Cuando asomó la cabeza, varios feligreses se santiguaban espantados al observar como un tipo de baja estatura, en evidente estado de embriaguez colgaba de la parte inferior de la cruz de donde pendía Jesucristo, gritando algo inentiligible.

-¿Que coño os ha hecho él, eh, que coño?- gritaba – ya estáis haciendo un milagro y trayendo de vuelta aquí al jodido inglés....que majo era, joder......y una puta abeja......¿no se os ha ocurrido algo más ridículo para asesinarlo?......me voy a cagar en D.....-.

Y en ese preciso instante la figura de la cual colgaba Clemente se desprendió de la pared y ambos cayeron con estrépito sobre el altar de la iglesia, en medio de una nube de polvo, astillas y restos de escayola.

Afortunadamente la imagen era una réplica de la original de Mariano Benlliure que estaba a buen recaudo en el arzobispado provincial, y en el parte de denuncia no hubo que añadir daños al patrimonio cultural. Ya eran suficientes los de asalto, daños corporales infringidos a un cura, que instantes antes contaba los óbolos en un cuarto anexo, y que trató de evitar torpemente que la mole de más de doscientos kilos cayera al suelo, resultando herido de gravedad, lo mismo que cuatro policías que fueron agredidos cuando Clemente iba a ser detenido.

La cosa no fue a mayores dado el vinculo del comisario de policía y del juez que frecuentaban “El Cuarto Oscuro” con compañías de dudosa moral, y de la fiscal que era visitante habitual del camping nudista de la hermana de Clemente, que era un éxito empresarial indudable. La fiscal acudió al camping por vez primera al recibir información y presiones por parte de sectores retrógrados y conservadores de la adjudicatura, y cuando fue invitada a visitar las instalaciones por los propietarios, la hermana de Clemente y su chico Marcos, sintió el deseo irrefrenable de quitarse la ropa y dar un pequeño paseo como vino al mundo para no ser descortés con sus anfitriones que ya estaban completamente desnudos.

Clemente se hizo responsable de sus actos y pagó los desperfectos de la parroquia, le compró una magnifica silla de ruedas al cura lesionado, ya que le pronosticaron seis meses sin poder caminar, aparte de otra patología incontable, y se comprometió a surtir de mistela a todas las iglesias de la ciudad. Lo que desconocía era el voraz consumo de los sacerdotes y de sus feligreses del vino sagrado.

Días mas adelante se encontraba en Gran Bretaña. Un corto vuelo de apenas dos horas le dejó en el aeropuerto de Manchester. El viaje fue entretenido, docenas de ingleses que regresaban de pasar quince días en Benidorm, Torrevieja, o Marbella, regresaban abrasados por el sol español. Todos sin excepción lucían quemaduras en su piel, que era un mosaico de rojos y blancos intensos, y que discernían entre las zonas donde el sol se había cebado sin compasión, y sin Nivea, y las que como los sobacos, habían permanecido ocultas al implacable astro rey. No obstante parecían volver felices y los que no estaban borrachos conversaban moderadamente entre ellos. El resto, los beodos y las alcoholizadas simplemente vomitaban en las bolsas o entonaban cantos a voz en grito pese al esfuerzo de la abnegada tripulación que intentaba en vano calmar a los pasajeros desbocados. Uno de ellos, un calvo sesentón apareció con uno de los retretes arrancado de cuajo, lo cual provocó que fuese detenido por la Policía inglesa al aterrizar.

Clemente alquiló un coche para acercarse al lugar donde se encontraba enterrado su buen amigo. Como no podía ser de otro modo, alquiló un deportivo. Era su particular homenaje, una muestra de respeto al sujeto más temerario al volante de un coche que había conocido y que conocería en su vida, eso seguro.

Tenía por delante algo más de cien millas para llegar al lugar de encuentro con alguien que iba a acompañarle al lugar donde descansaba su buen amigo. El Ford Capri 3.0 que había alquilado erogaba unos buenos 138 CV de potencia y era capaz de alcanzar los doscientos por hora. Así que en una sencilla regla de tres en poco más de cuarenta minutos debería llegar al lugar de su cita.

Eso implicaría ir a fondo en la autopista que debía de coger. Estaba acostumbrado a las altas velocidades, sin duda la escuela de la Sanglas 500, de la Ossa Yankee, y de la Harley, iba a ser de gran ayuda.

Recogió las llaves en la oficina de Hertz y se subió al coche. Para su sorpresa carecía de volante. Y de pedales. Reaccionó al momento y se pasó al asiento izquierdo que era donde erróneamente ponían los mandos en aquel país de infame gastronomía. Y tampoco debía olvidar que circulaban siempre en el sentido equivocado, no fuera a ser que se metiera en el sentido correcto y se encontrara con que todo el mundo venía de frente. Seria terriblemente embarazoso.

Y como quiera que llovía, lluvia que le acompañaría casi todo el viaje, la salida del parking fue llamativa y por poco no fue dramática. La tracción trasera del potente coche se empeñaba en intentar adelantar al eje delantero, así que Clemente se vio obligado a ser más moderado con el acelerador. Tras dos trompos ejecutados de manera magistral e involuntaria, y solo cuando se le escapó, un “mecagonlaleche”, el vehículo pareció apaciguarse.

Tardó algo más de lo esperado en encontrar la autopista adecuada. Al hecho cierto de tener todas las indicaciones en extranjero, se sumaba la dificultad que sumaban los cristales mojados y empañados. Un par de horas más tarde y con ayuda de un camionero de Murcia que llevaba tomates a Edimburgo en su Pegaso 360, encontró la senda adecuada.

Hundió el pie a fondo y de pronto aquel coche de color amarillo oro tomó velocidad de crucero. El odómetro apenas marcaba 120, pero parecía ir muy, muy rápido. De haber hecho la conversión de millas a kilómetros hubiese tenido una idea más aproximada de la alta velocidad que llevaba, unos 190 Km/h, pero estaba centrado en la conducción. El Capri levantaba una densa nube de agua, lo cual le sirvió para que varios radares de velocidad no fuesen capaces de detectar la placa de matrícula, y una patrulla que Clemente creyó ver por el rabillo del ojo cuando les adelantaba, desistió de la persecución a pesar de ir en un magnifico Rover Vitesse V8 preparado para las persecuciones de alta velocidad.

-¡Por Dios Timothy, ¿has visto como va ese loco?!, sin duda es escoces- dijo uno de los agentes.

-Va a matarse. Paremos a tomar un té Marcus- dijo su compañero. Y se tomaron el té en un área de servicio.

Perderse no era una opción, así que cuando leyó en la nota que llevaba manuscrita el número de carretera que debía de tomar, debió estar atento a las indicaciones. Y sorpresivamente acertó en la salida. Cuando el nudo de carreteras se transformó en una vía convencional, a punto estuvo de estrellarse contra un camión del ejercito, que al contrario que él, circulaba por el lado correcto de la vía. Corrigió el rumbo y siguió de cerca a un Vauxhall Nova que le precedía y que fue abriendo camino. Se cruzó con varios vehículos militares; sin duda había un cuartel en las inmediaciones, hasta que cinco millas más adelante se topó con el último de sus desvíos anotados.

Había encontrado una chica que dominaba el idioma de Shakespeare en el Van Gogh. Daba clases de inglés en el colegio de monjas donde estudió su hermana. Ella fue quien habló con la familia de su amigo por teléfono y traslado el pésame y el deseo de visitar su tumba. El detalle conmocionó a la familia del espigado y loco amigo de Clemente y facilitó toda la información necesaria.

También les dejó en estado de shock la voluntad de Clemente de fumigar con insecticida todo el Reino Unido, asunto que desestimó al calcular el montante de la operación, y tampoco fue bien acogida la ocurrencia de atestar de osos los bosques para que terminaran con cualquier panal que se cruzara en su camino.

No obstante valoraban el deseo de asistir a rendir un sentido homenaje a su hijo, y dieron ordenes a un criado de ir a recoger a Clemente y trasladarlo a la residencia de Lord y Lady Black-Sphincter, los padres de su amigo fallecido. Desconocía que eran una familia muy arraigada en la zona, de ascendencia noble, y propietarios de múltiples negocios, desde el muy lucrativo de importación de café colombiano, a minas de uranio en Namibia, o inversiones en fábricas de armamento y de almacenaje de residuos radioactivos. Tenían asimismo un boyante negocio de inscripción fraudulenta de yates en Gibraltar, de ahí que su hijo frecuentara la zona, y recientemente habían inaugurado una planta de teñido de ropa con productos químicos prohibidos por occidente, en Bangladesh, donde empleaban a más de doscientas niñas menores, que cobraban sueldos aún más miserables que los niños que cosían balones de fútbol.

Y enfiló con el Capri derrapando de modo espectacular la carretera comarcal que en apenas diez minutos le llevaría al lugar de encuentro. La lluvia arreció con lo que en España hubiera sido calificado como un temporal, y allí parecía ser una llovizna gratificante, a tenor de la sonrisa que lucían los pocos seres humanos que se cruzaba por la zona.

Bajo un paraguas le aguardaba un señor de mediana edad en el cruce de carreteras. Cerca de él, aparcada una furgoneta Renault 4. Cuando Clemente frenó para presentarse, el tipo aquel le habló pausadamente en español. Un español muy correcto, aprendido a base de vacaciones en Palma de Mallorca.

-Si es tan amable de seguirme le conduciré en presencia de Lord Black-Sphincter, que podrá dedicarle unos minutos. Es un hombre muy ocupado. Y debe recibir al embajador de Bolivia en apenas una hora. Cuando acabe la entrevista, le conduciré al cementerio privado donde reposan los restos de su amigo- dijo sin opción a respuesta -. Si es tan amable......

La entrada a la fabulosa casa estaba flanqueada por dos setos perfectamente cortados y terminaban en unos esplendidos robles que daban paso a una explanada de gravilla rojiza, que un par de pakistaníes, rastrillo en mano, se ocupaban de tener impoluta. La casa era imponente, perfecta, de estimable gusto británico, gusto y delicadeza que no se había extendido a otras facetas como la gastronomía, y derrochaba elegancia y también intimidaba sobremanera.

Paró el Ford Capri en la entrada. Allí la pequeña furgoneta de servicio siguió su camino, mientras un mayordomo le esperaba con un paraguas abierto.

Con un simple gesto Clemente entendió que debía seguirlo. Cogió una bolsa del Simago donde llevaba un obsequio para el anfitrión y pasó a la biblioteca. Durante el tiempo que estuvo esperando, quizás un cuarto de hora, se ensimismó en la altura de las estanterías que guardaban infinidad de libros. Una de las paredes, la que daba a la ventana, estaba abarrotada de grandes cuadros con motivos cinegéticos. Uno de los cuadros, que representaba una jauría de “pointer” abatiendo un ciervo, tenía la misma envergadura que el crucifijo que tuvo la mala idea de desprenderse del muro cuando él pendía de los pies de Cristo. Por un instante pensó en el pobre e infeliz cura que trató de detener la caída y que en el lance sufrió lesiones en ambas piernas y mutilación parcial del pene, para desgracia de sus feligresas más allegadas.

De pronto la puerta se abrió y apareció el mayordomo de antes, seguido de un caballero alto, de pelo cano, porte majestuosa, y cara cerúlea con micro venas muy marcadas. Clemente detectó al instante un gran bebedor en él, quizás un borracho ocasional o, mejor aún, un alcohólico consagrado.

Le tendió la mano, que también estaba marcada por el mismo tipo de venas, y Clemente la apretó con firmeza. La misma que recibió del padre de su amigo.

Tras unas breves palabras del noble que Clemente no entendió en absoluto, le hizo entrega de los presentes que le llevaba.


-Santidad.....le traigo una tontería que espero sea de su agrado, excelencia- dijo solemne, mientras hacía para asombro del hombre una genuflexión.

-Thank you.....- eso si lo entendió Clemente- it´s a big pleasure........

-De nada su señoría, no hace falta que me de las gracias....- y abrió la bolsa del Simago y le acercó una botella de Kina Santa Catalina, otra de Pedro Ximénez, y un par de tarros de boquerones en vinagre.

-¡¡Thanks a lot!!- y agradeció el detalle del Pedro Ximénez, que era de una de sus bodegas de Jeréz de la Frontera, y que sin duda había sido un detalle muy estudiado por el amigo íntimo de su fallecido hijo para causar buena impresión.

Y el caballero se dio la vuelta y allí quedó Clemente haciendo una reverencia cortesana al lord británico.

El mayordomo acompañado ahora por el criado que hablaba español, entraron en la biblioteca y Clemente fue informado de los deseos de la familia del difunto. Después de ir a rendir su adiós al amigo tenían ordenes de hacer entrega de la última voluntad para con él. Era un regalo de despedida que sabía le agradaría y que sabría darle el cuidado y mimo que merecería.

Allí delante de la lápida donde ponía el nombre del heredero de la dinastía de los Black-Sphincter, Clemente trataba de recordar el padrenuestro, pero se trababa en una de las estrofas.

-....danos el pan de cada hoy......danos el hoy de cada día....danos el día del pan.....- trataba de recordar-. ¡Mecagonlaputa!, que complicao lo hicieron, anda que no podían haber dicho “llena el plato de condumio todos los días”.....danos el cada día con el pan.....me voy a cabrear, joder.....eso del pan y todo eso, amén- y depositó un ramo de flores de donde apareció de pronto una avispa, que fue liquidada con el tacón de su zapato en menos de medio segundo, a cambio de tirar un precioso jarrón de porcelana que albergaba un extraordinario ramo de flores enviado por el primer ministro a la familia.

La tumba estaba rodeada de coronas de flores ya un tanto marchitas, coronas de la Sociedad de Cazadores de Nothingham, de la Embajada Colombiana, del Royal Atomobile Club of London, del gremio de chapistas, otra en forma de destornillador de los Mécanicos de Gran Bretaña, de la Sociedad Canina del Bodeguero Andaluz, del Club Play Boy, de la discoteca Penelope de Benidorm, y también había regalos personales, desde todo tipo de ropa interior femenina, hasta una daga remitida por un marido engañado, un volante de un Ferrari, un juego de té en una bandeja de plata (?), y un balón de rugby firmado por la selección francesa.

La lluvia acechaba de nuevo, y Clemente decidió dejar un recuerdo suyo. Las gotas de lluvia disimulaban sus lágrimas, mientras se descalzaba del zapato con el cual había fulminado al infecto insecto, que satanás lo acoja en su seno y lo carbonice hasta no quedar ni átomo. Puso el zapato entre unas bragas rojas y la daga. Se santiguo de manera poco ortodoxa y cojeando, con el pie descalzo empapado fue a buscar de nuevo el Capri para regresar al aeropuerto. Su vuelo de regreso partía al día siguiente.

-¡Ojalá estuviera yo en tu lugar, amigo!. No sabes la de cosas que me han pasado.....y ninguna buena.

Fue conducido a un enorme hangar donde se almacenaban una ingente cantidad de muebles, utensilios de jardinería, estatuas, floreros, farolas, sillas de montar, lanzas, alabardas, mosquetones, en una especie de laberinto interminable que desembocaba en una explanada repleta de fantásticos vehículos de todo tipo.

Un gran hidroavión de color plata parecía ser el centro de l a colección.

-Perteneció a Winston. Al presidente Churchill, quiero decir, se lo regalo al señor- dijo el criado.

Dos inacabables filas de lanchas, motoras, barcas de remo, de vela, piraguas, zodiacs- “le gustaba navegar por la costa gaditana”- y también toda suerte de tractores, aparejos de labranza, incluso una apisonadora de vapor, y una mini máquina de tren- “era de una mina de los señores en Namibia. De niño se encaprichó con ella y su padre hizo traerla para satisfacerle, incluso construyó un tramo de vías de cerca de dos millas, pero ahora se encuentran dentro de los terrenos que el señor vendió al ejercito. La base militar, ya sabe.”- y al poco apareció ante sus ojos la colección inmensa de coches deportivos y de motocicletas. Clemente entró en éxtasis cuando lo vio.

-El señor ha dado instrucciones para que elija usted el modelo que desee y se le haga llegar a su domicilio en el menor tiempo posible- dijo el sirviente.

-¿Que?, ¿que elija uno?, ¿lo que quiera?....-

-Eso es señor. El que usted desee.

Echó un vistazo a toda la sala. Le dolía el pie empapado y descalzo. Al darse cuenta de ello, el criado le acercó un par de botas de agua que le daban una apariencia grotesca, pero al menos tenía los pies secos. O casi.

Volvió a recorrer el recinto y se empapó de ver modelos increíbles. Le gustó un Jaguar XK 150, y también un XJ Coupe. Se volvió loco al sentarse en un Lamborghini Countach de color amarillo, y pasó la mano por el inacabable morro de un Ferrari Daytona, tocó con devoción un Daimler granate gemelo del que utilizaba la reina Isabel II, con su refinada marquetería, Isotta Franchini, un Maybach Type SW 42 con la rueda de repuesto lateral parcialmente cubierta, varios MG de todas las épocas y colores, Triumph Tr3, Tr4, Tr5, Tr6, un Isetta, un Bentley Continental del 80 descapotable en color púrpura, un Rolls-Royce Corniche, y así en un sin fin de maravillas. Pero su elección estuvo decidida por razones poco racionales, por el fabricante.

Se decantó por uno de los Maserati de la exposición. Le recordó a la maravillosa temporada en aquella pequeña isla donde hizo un par de buenos amigos, que tan generosos fueron con su persona. En aquel hotel de lujo tenían uno, y si un hotel de lujo elegía uno era por que debía ser la mejor elección.
-Haremos que le manden el Maserati 5000 GT. Una buena elección. Quizás de las mejores que pudo hacer. Se fabricaron tan solo 34 unidades. Su valor va en alza, y es un coche bellísimo y muy raro de ver. El señor apenas lo condujo. Tiene usted buen ojo y un instinto afilado, si me lo permite el señor....- dijo el criado.

-Pssss, yo se lo que me hago. Tuve una Sanglas, no le digo más....




XXXXXXXXXXXXXXX



El túnel de luz volvió a mostrarse cegador. La luz subió de intensidad y el cuerpo inerte de Clemente, ¿o era su espíritu?, pareció volver a acelerarse. No veía el final, pero se le apareció la señora “Cacatua” y la pareja de músicos del primer hotel, y el agua de la piscina cuando estaba haciéndola desaparecer.



Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

Ohhhhhhh, muy bueno
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Sin palabras
alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

:clap: :clap: :clap: :clap:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
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