EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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albacete
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por albacete »

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alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Es increíblemente adictivo, solo le veo una pega.... obviamente se acerca el final... :face:

De verdad, Paté , hay mucho escritor profesional que ya quisiera hacerlo tan bien como tu!

:XX: :XX: :XX: :XX: :XX:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

Quiero agradecer a los lectores su paciencia y constancia, en especial a los incondicionales que seguís al pie del cañón. No os podéis hacer ni idea del estímulo que suponéis.

Y si, se acerca el final. El desenlace lo tengo decidido, y debe de ser un buen colofón de la historia. Espero que la "traca final" no decepcione.

Y me gustaría que ese reducido grupo de incondicionales (inmenso para mi) tenga algún tipo de recompensa material. Algo se me ocurrirá.

Gracias de nuevo.

Un saludo.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

Gracias a ti Pate por entretenernos y no tanto por tenernos con la intriga del capitulo siguiente
Un abrazo Pate
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Bonniato
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Bonniato »

Aquí un incondicional que no necesitará nada material más allá de una pegatina con la figura de Clemente en moto dirigiéndose hacia el horizonte mientras todo estalla a su alrededor. :clap:
anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Bonniato escribió:Aquí un incondicional que no necesitará nada material más allá de una pegatina con la figura de Clemente en moto dirigiéndose hacia el horizonte mientras todo estalla a su alrededor. :clap:
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albacete
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por albacete »

Solo por poner una pega. :$ que ha pasado con la cuñada.?? -:|
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pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO


Los Stewart



Las personas no somos conscientes de lo que le puede cambiar la vida a uno de manera insospechada, en un espacio de tiempo tan breve como el sorbo de una jarra de cerveza.

En poco menos de un día solar la vida del entorno de Clemente se había dado la vuelta como a un calcetín. Él no era consciente. En ese instante conducía como un loco para poner fin al motivo de su viaje. Más tarde dormiría como un bebé en la acogedora habitación del pequeño hotel de San Francisco. Y dormía con la sensación de necesitar comer ese arroz con leche que solía cocinar su madre.

Quizás fuese el olor a canela de sus impolutas sábanas, de su limpio ático, del impecable alojamiento del que disfrutaba el que inconscientemente le trasladara a la mesa de un domingo cualquiera de su infancia, donde tras comer un pollo asado con patatas fritas, con sabor a tomillo, su madre colocaba el tazón de Duralex de color verde, lleno a rebosar de arroz con leche y esa barrita de canela que solía encontrar siempre junto a la corteza de limón.

A miles de kilómetros de distancia los sucesos se precipitaban de manera alarmante.

La sensación de desamparo que se siente dentro de un furgón policial, en completa soledad y después de oír de boca de un inspector de delitos económicos del Ministerio de Justicia una inacabable lista de presuntas violaciones de la ley, era lo que abrumaba emocionalmente al cuñado de Clemente.

La policía se había personado en la entidad bancaria donde ejercía su labor, y tras evacuar a todos los empleados y clientes, se había incautado de numerosa documentación. Mientras eso ocurría, su cuñado era informado de sus cargos, que abarcaban el cohecho, el blanqueamiento de dinero, la estafa, la manipulación de documentos oficiales, la malversación de fondos, evasión de impuestos y otros muchos delitos fiscales. Cuando quiso darse cuenta estaba esposado y era trasladado en una furgoneta Avia adecuada para el traslado de delincuentes a comisaria. Los vecinos asomados a las ventanas asistían al espectáculo de la actuación policial. Unos fumaban, otros simplemente miraban y alguno espetaba “se veía venir, ya me lo habían dicho a mi”.

A pocos minutos de allí, la hermana de Clemente disfrutaba del jardín de su nuevo chalet. Sus hijos seguían en clases de verano y ella dedicaba esas horas a tomar el sol desnuda. Era una afición reciente, heredada de sus escarceos amorosos con Marcos. Allí en la intimidad de su parcela podía dorar su piel en todo su esplendor. Sabía que eso pasaba completamente desapercibido para quien en ese momento estaba en un calabozo de comisaría, que había dejado de prestar atención al cuerpo de su mujer, pero que entusiasmaba de manera descontrolada a su amante. Y ella había decidido satisfacer a este último, en su propio beneficio.

No habían pasado tres horas cuando el cuñado de Clemente, salía libre del calabozo. Influyó de manera decisiva que en los papeles requisados aparecieran los nombres de abogados de prestigio, de notarios, de altos cargos de la policía con una impecable trayectoria, jueces y fiscales. Al filo de la navaja, siempre al límite de la ley, se había procurado las pruebas necesarias que involucraban a todos.

Podía ser un hombre con apariencia bobalicona, pero cuando empezaron a aparecer en el buzón de la entidad, abultados sobres llenos de billetes de 5000 pesetas a su nombre, los aceptó de buen grado, pero a la vez comenzó a recopilar un amplio dossier con toda la información necesaria e incluso contrató a una de las camareras del “Cuarto Oscuro”, para que de manera desapercibida tomara fotos de sus reuniones festivo económicas.

Incluso, en una decisión que lamentaría profundamente, matriculó todas sus propiedades a nombre su esposa. Eso incluía el nuevo chalet, los dos coches, y el registro de una caja de seguridad en una entidad bancaria de Andorra, país famoso por ocultar con celo la identidad de cualquier delincuente que quisiera tener relación monetaria con ellos. Era conocida en ámbitos privados la larga lista de políticos, miembros de la realeza y de la élite empresarial que ocultaban los bienes robados o expoliados en el paraíso fiscal. El montante que ocultaba la caja sería suficiente para proporcionar el sustento necesario a una familia media durante décadas.

Cuando sudoroso y sucio fue puesto en libertad, lo primero que supo fue que ya era un desempleado de nueva factura. En la puerta de comisaria un empleado de un bufete de abogados le hacía saber que era despedido sin indemnización, que sería mejor que no buscara trabajo en el sector, ya que no lo iba a encontrar, y le aconsejaba encarecidamente que “dejara correr el asunto” o corría el riesgo de tener problemas, “muchos y dolorosos problemas” en un futuro cercano si no desaparecía de la circulación.

Abatido entró en casa. En la mesa de la cocina estaba sentada su mujer. Sentada y seria. Había sido informada de todo, y le esperaba decidida y enfadada.

-¿Que coño haces desnuda?- dijo él al encontrarse a su esposa sin ropa sentada en la mesa de la cocina.

-¿Eso es todo lo que te preocupa?,- respondió ella – tienes tus cosas preparadas en el garaje. Te vas de aquí para no volver. Nunca. ¿Has entendido?.

-¿Que....?

-¿Has perdido el oído en la cárcel, o que?. He dicho que te largas, para no volver. Y además tendrás que contarle a tus hijos lo que creas que les tienes que contar. - y se puso de pie, en todo su esplendor.

-¿Quieres vestirte de una puta vez?- dijo el en un tono que demostraba enfado y frustración.

-No. Me siento muy bien así. Y por cierto.........he tenido tiempo de vaciar las cuentas del banco. Ahora esta todo a mi nombre. Me han llamado de la central y me han tratado muy bien. He sido muy convincente. Basta con llorar y compungirse un poco. Para evitar más escándalos, han accedido a facilitarme toda la información que tenían, incluso lo de la caja de Andorra. Así que ya puedes irte. Y lo del divorcio, mañana mismo lo pongo en marcha. Te recuerdo querido, que todo está a mi nombre, así que no esperes nada de nada- y se puso de pie mostrando su impresionante cuerpo de mujer madura.

-¿Pero que coño te has hecho?. ¿Te has depilado......eso.....?- preguntó él.

-Lleva semanas así. Eso es lo que me has mirado últimamente, imbécil. Largo de esta casa. Ya.- y salió a seguir tomando el sol como dios la trajo al mundo.

Semanas mas tarde, el ex cuñado de Clemente, era incapaz de encontrar un acomodo digno. No tenía recursos, no tenía alojamiento, así que la mejor opción que encontró para rehacer su vida, fue ir a Murcia a recoger pimientos morrones junto a docenas de inmigrantes. Las noches las pasaba en una furgoneta Siata abandonada, que era su nuevo hogar, se lanzó a la bebida como un poseso y gastaba todo lo que sacaba doblando el lomo, en el mejor Vodka que podía permitirse.


XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX


Clemente despertó de su reparadora siesta, visitó la ducha del cuarto, y ya renovado y limpio, se puso sus mejores galas. Su guayabera y pantalón a juego, tremendamente arrugados, y sus zapatos de fieltro que un día fueron rojos, y que ahora comenzaban a tener un cierto tono parduzco en los laterales y en la puntera.

Cuando bajó las estrechas escaleras que conducían a recepción, tropezó con una peana que sostenía un enorme jarrón con un no menos enorme ramo de peonías. El estruendo del jarrón estallando en añicos y rodando escaleras abajo, hizo que despertara el instinto primitivo de Clemente. El instinto de tratar de huir a la mayor velocidad posible, y pasar desapercibido en el lugar de la catástrofe.

Acudieron al lugar del siniestro dos personas de igual apariencia. Eran los propietarios del Hotel. Los hermanos Baldomero y Lincoln Stewart. Al parecer el jarrón había caído de manera espontánea. Cuando llegaron no había nadie, y se oyó la puerta del cuarto de Clemente, que simuló salir en ese instante.

-Vaya. Que mala suerte- dijo Clemente al ver el resultado de su torpeza.

-Si......¡Ah!, pero es usted el huésped del penthouse....¡que alegría conocerle!- respondió en perfecto castellano uno de los hombres de color que estaban observando el desastre.

-Si, si....-

-Soy Baldomero Stewart y este es mi hermando Lincoln. Un placer tenerle alojado en nuestro modesto Hotel....- respondió con entusiasmo el hombre de mediana edad.

Acto seguido invitaron a Clemente a bajar con cuidado de no cortarse con los restos del jarrón, y le hicieron pasar al mismo cuarto de antes, donde le volvieron a servir una vaso de té helado con limón.

El hombre llamado Baldomero, era de lengua inquieta. No daba respiro. Charlaba de manera compulsiva, al contrario que su hermano gemelo, que no abría la boca. En poco menos de diez minutos le hizo saber a Clemente que eran tataranietos de una esclava africana, capturada por negreros españoles en África, trasladada a Barcelona, donde la familia Xifré dueños del barco negrero “El Vigilante” la embarcó en el navío junto a centenares de compañeros de horror, para su traslado a Matanzas en Cuba, donde los miembros de otra familia catalana, los Carbó, la vendieron a un hacendado de Alabama.

En la travesía, los marineros usaban a la “mercancía” para satisfacer sus necesidades corporales. No era extraño sufrir medio centenar de violaciones en un trayecto, pero su tatarabuela tuvo la suerte de su lado. A pesar de ser una mujer de extraordinaria belleza, el jefe de seguridad del barco, se apiadó de ella al considerar que doce años, era una edad temprana para ser sometida a esas aberraciones. Al contrario que muchas de las mujeres que le acompañaban, y que pudieron sobrevivir a las miserables condiciones a las que se veían abocadas, tuvo una travesía placentera. En homenaje al jefe de seguridad de “El Vigilante”, juró que todos los descendientes primogénitos varones, llevarían su nombre, Baldomero. Baldomero Goytisolo, cántabro de Santander y perteneciente a una familia acomodada, que tenía negocios con los esclavistas de la burguesía catalana, y que consideró que sería un aprendizaje extraordinario, para algún día montar su propia flota de barcos de carga.

Y él se llamaba Baldomero por ser el hijo mayor, el primero que asomó su cabeza en el parto doble de su madre. Su hermano en cambio se llamaba Lincoln, no por el presidente Abraham Lincoln, que abolió la esclavitud, no. Se llamaba así por ser la marca del coche que atropelló a su padre causándole la muerte y liberando a su amada madre de los continuos malos tratos de este. Una tarde que, estando su madre embarazada, fue a pegarle una paliza completamente drogado, cruzó la calle coincidiendo en el lugar y tiempo con las casi dos toneladas de un Continental del 62, de color azul celeste y conducido por una respetable dama de la alta sociedad. El coche sufrió considerables desperfectos, pero fueron de mayor magnitud los de su padre, que agonizó debajo del vehículo hasta que los bomberos pudieron rescatarlo.

Clemente prestó atención al relato hasta el momento en que Baldomero nombró el barco. A partir de ese momento, los pensamientos de Clemente se centraron en imaginar como metían en una lavadora las enormes velas de un barco de ese tamaño. Seguidamente, en un increíble paralelismo absurdo, trató de buscar explicación a como un pequeño caracol, era capaz de engullir una hoja de lechuga veinte veces superior en dimensiones.

-Pero bueno, no le entretengo más, querido. Seguro que es usted un hombre muy ocupado- dijo Baldomero.

-No crea. Iba a ver si me compraba ropa nueva. Mañana tengo una cita médica y me apetece ir “mudao”. Luego saldré a tomar algo por ahí......quizás me pueda aconsejar algún sitio divertido- respondió Clemente.

-!!Por favor¡¡. Será un honor llevarle a nuestro lugar favorito, el “Surprise”. Es un club de mucho ambiente. Se lo pasará en grande. Puede uno comer de todo, ya me entiende....-

Clemente no entendía nada. Pero seguro que no podía comer boquerones en vinagre.

-Lo de la ropa, si usted me lo permite, le puedo aconsejar una tiendecita muy “cool”. Es de unos amigos íntimos. ¿Quiere que vayamos?. Está aquí al lado. Será divertido.-

Una hora más tarde, Clemente salía renovado. Los muchachos de la tienda, le iban probando ropa, que debido a su particular figura, no encajaba del todo bien, pero que en un momento, arreglaba uno de ellos con especial maestría, hasta que le encajaba de manera apropiada. Todo eso entre carcajadas y pequeños gritos de entusiasmo.

Cuando puso el pie en la calle, Clemente iba con unos pantalones de campana, de color azulón, con americana a juego, una camisa de grandes cuellos de seda de color crema, y un pañuelo a juego anudado al cuello. Calzaba unos botines negros con ligero tacón, que le hacían mas esbelto. Complementaban muy bien con el reloj de acero deportivo, regalo de la señora Lamarr.

-Está usted estupendo. Seguro que esta tarde rompe usted muchos corazones en el “Surprise”, canalla.....- dijo Baldomero.

-Yo lo que quiero es cerveza fría, Baldo- dijo con cordialidad Clemente.

-Jajajaja, es usted incorregible Clemente-.

Volvieron al Hotel donde dejó Clemente la ropa antigua, para que fuese lavada y planchada, “le pondré aroma a lavanda”dijo el chico de recepción. En el lugar donde estaba el jarrón, ahora se encontraba una escultura de tamaño natural, de un efebo tocando el arpa completamente desnudo, al que una hoja de parra estrategicamente situada tapaba su miembro viril.

Llegado el momento de partir hacia el “Surprise”, Baldomero se acercó a recoger a Clemente y a Lincoln, que seguía sin abrir la boca, a los mandos de un Volkswagen Beetle descapotable de color rosa.

La cara de asombro de Clemente debió ser lo suficientemente llamativa, para que Baldomero sospechara de que Clemente deseaba conducir su coche. Por la mente de Clemente, circuló la noticia de “que ni loco me subo yo ahí”, pero al ver que su amigo le acercaba las llaves no quiso ofenderle, Y además un “petrolhead”, un quemado de los motores, un loco de la velocidad, no puede ni debe rechazar la oportunidad de sumar experiencias automotrices que eleven al nivel de erudición sus conocimientos.

Su nuevo traje azul destacaba con el del rosa palo del “Escarabajo”, pero pasaba desapercibido con el color lima de Baldomero, a juego con una pamela que se había colocado. En cambio su hermano, vestía de color café con leche, y camisa de color champán brillante, con zapatos de plataforma de color verde botella, y enormes gafas de sol de color oro.

-Siga por ahí delante Clemente. Daremos un pequeño rodeo para que vea las calles mas famosas de la ciudad-.

Una sucesión de calles daban a las típicas calles empinadas por donde circulaban tranvías plagados de turistas. Le vino a la mente las escenas donde un policía rubio, que le gustaba mucho a su Pepi, cogía un coche verde, aunque no lo recordaba era un Mustang, y unos bandidos con escopetas, le perseguían con Charger negro. Recordaba cuando los malos, se hacían un gesto y se ponían el cinturón de seguridad, para dar comienzo una loca carrera con grandes saltos y derrapes por aquellas calles dignas de una escalada al Everest.

De pronto el veneno de la velocidad le nubló la mente. Paró el coche de manera brusca, haciendo que Baldomero se golpeara la frente con el cristal, pero que su enorme pamela evitó males mayores, y les dijo que se pusieran los cinturones, que iban a “correr un poco”. El coche no era muy potente, pero salió con todo el brío que le proporcionó el acelerador a fondo y la repentina suelta del embrague. Dio unos pequeños saltos y pegó a sus ocupantes a los asientos.

Ya en tercera velocidad Clemente enfiló cuesta arriba una de las abarrotadas calles. Adelantó en dirección prohibida a un taxi, y cuando alcanzó el rubicón de la pendiente, el coche despegó levemente, para caer acto seguido y rebotar un par de veces.

Clemente reía locamente. Baldomero se sujetaba la pamela con ambas manos, y sorpresivamente, Lincoln, gritaba pidiendo clemencia a Clemente, que no hizo honor a su nombre. De nuevo tomaron una de esas calles de gran pendiente. La gente que transitaba por las aceras se detenían para observar el espectáculo gratuito de un coche rosa con tres individuos desquiciados a bordo.

El coche iba a todo gas ladera abajo. En el cruce con una calle transversal, los bajos del coche chocaron violentamente contra el asfalto. El morro se clavó y dejo su firma en el alquitrán a modo de rayas profundas. El paragolpes delantero salió despedido debajo de un Ford, que terminó de abollarlo, y Clemente giró la dirección bruscamente a la derecha. Las gafas de sol de Lincoln salieron despedidas del coche y cayeron al suelo de la ciudad.

Baldomero estaba seguro de que sus días habían llegado a su fin. Comenzó a rezar. En cambio su hermano había salido de su letargo, y seguía gritando, pero ahora en tono más divertido. Es como si se hubiera despojado de golpe del estigma de haber nacido pobre, negro y homosexual. Aquel ángel llegado en moto de un país remoto, le había devuelto a la vida. Al menos por unos momentos alocados, ya que no estaba seguro de poder salir ileso de la conducción suicida del tipo extraño.

Ahora el coche que ya no tenía el aspecto impecable de unas horas antes, de nuevo circulaba a toda velocidad, una calle cuesta arriba. El ruido del motor apagaba los gritos de Lincoln, y de la risa loca de Clemente. Baldomero rezaba en la mayor intimidad. Y de nuevo la cumbre. Esta vez si que el coche despegó de manera ostensible. Igual de llamativo fue el aterrizaje, que desencajó uno de los guardabarros delanteros y arrancó de su fijación ambos faros. Estas cosas no pasaban en las películas, donde tras un salto considerable, los coches permanecían intactos.

La convergencia de las ruedas también se había modificado víctima de los violentos golpes y de los topes en las suspensiones. Llevar el coche en línea recta se había convertido en tarea imposible. A toda velocidad sobrepasaron a un tranvía. Cuando regresaba a su carril, Clemente vio un puesto callejero donde vendía cerveza fresca, y frenó todo lo fuerte que pudo. La consecuencia fue que el pequeño escarabajo clavó las ruedas en medio de una humareda considerable, y el segundo efecto fue que el trenecillo tuvo que detenerse de manera brusca, chirriando ostensiblemente, y tirando al suelo a la practica totalidad del pasaje.

Para cuando la gente reaccionó, Clemente ya regresaba con media docena de botellines de “Coors” heladas. Lincoln puesto de pie en la parte trasera del coche cantaba a voz en grito una canción de Michael Jackson. De nuevo en marcha, tuvieron que esperar a que Lincoln se levantara del suelo y regresara al coche magullado.

Dejaron la conducción frenética y tomaron por una tranquila avenida. Allí Clemente le cedió los mandos a Baldomero, que seguía rezando a San Judas, y él pudo emplearse a fondo con las cervezas frías junto a Lincoln, que ya no tenía el traje de color café en su mejor momento, ni tampoco tenía sus gafas de sol doradas. En cambio gozaba de una locuacidad encomiable.

Dirección al muelle, se veían a lo lejos los grandes neones del Surprise. El sol teñía de rojo las nubes de un maravilloso ocaso. La tarde caía mientras decenas de sanitarios levantaban a los heridos del tranvía. La vida era una paradoja.



XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX



El paseo de Pepi, se alargó más de lo deseado. Ignoraba lo que estaba sucediendo con la familia de su marido en aquellos instantes. Estaba mareada por el embarazo, y por la cifra de sus cuentas corrientes. A veces el esfuerzo, el coraje, el emprendimiento tenía recompensa. A veces.

Nancy se ocupaba de poner en orden las cámaras del Cuarto Oscuro, de controlar que las provisiones de comida fuesen las suficientes. Junto con Donato se ocupaban de todo ahora que Clemente estaba fuera, y que Pepi no podía ella sola con toda la responsabilidad.

Un cartero hizo acto de presencia en el local. Preguntó por Nancy, por Aniceta. Era un telegrama urgente.

Firmó el acuse de recibo y abrió el pequeño sobre. Detuvo la mirada en el texto. Se quedó paralizada. Unas lágrimas brotaron de manera violenta de sus ojos. Con la mirada perdida de sentó en el suelo de la entrada.

-No puede ser.......- murmuró- ¡¡No puede ser!!- ahora gritó.

Y se desmayó.
Última edición por pate el 21 Feb 2021, 13:57, editado 1 vez en total.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SÉPTIMO


“Surprise” y otras sorpresas.



Al Manzini y sus dos colaboradores más cercanos, Alí y Jennifer, habían determinado con exactitud y gracias a un par de cámaras de tráfico, que el terrorista al que tanto esfuerzo estaban dedicando para su captura, no iba a someterse a ningún tipo de cirugía en las inmediaciones de Los Ángeles.

Al parecer su destino estaba más al norte. Quizás Fresno, Merced, San José, Sacramento, Santa Bárbara, Santa Rosa, pero encajaba más con el perfil del bandido, dirigirse a San Francisco. La astucia del individuo, implicaba que se intentara refugiar donde nadie pensara que podría estar.

La deducción consistía en la larga lista de fugaces amores que había dejado desde que se estrellara el Boeing en Texas. Un buen puñado de mujeres se habían quedado destrozadas por quien sin duda era un hombre de intachable varonía. ¿Que mejor tapadera que esconderse en la ciudad más liberal del país, donde nadie creería que pudiera estar?.

De esta manera se había tomado la decisión de ejercer el control de las clínicas del entorno de la ciudad “libre” del oeste americano. Seguirían con la misma estrategia de controlar los establecimientos médicos capaces de llevar a cabo una transformación de sus pacientes.

El vuelo en helicóptero hasta las afueras de la ciudad había resultado placentero hasta el momento en que a punto estuvieron de estrellarse contra una gaviota, que a buen seguro hubiera terminado en una caída descontrolada del aparato y su posterior colisión contra el suelo envuelto en una bola de fuego.

Al Manzini alejó de su mente la imagen de la pistola dentro de sus fauces, y concluyó que, mejor que un tiro en la cabeza, necesitaba unas horas de descontrol que terminaran en piel contra piel. Y estaba en la ciudad adecuada.

Por su parte Alí tuvo la certeza que el susto enorme, sólo se podría mitigar con un buen trago de Jack Daniel´s en medio de una montaña de hielo, y Jenny reafirmó aún más el propósito de medrar para desbancar al inútil de Manzini de una vez por todas y ocupar su puesto. Si bien era cierto que le quedaban pocas semanas de servicio activo, acortar ese plazo entraba en sus planes. Ella no vio la muerte de cerca, estaba acostumbrada al riesgo extremo cuando practicaba escalada libre.



XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX



Las inmediaciones del Surprise eran un hervidero de gente. En su mayoría hombres. No obstante grandes grupos de mujeres que lucían vestidos muy coloridos también formaban parte del público. Llegar con el coche, o lo que quedaba de él, hasta las cercanías era toda una odisea. Las masas de gente se apartaban al ver que al volante iba Baldomero, y muchas personas le saludaban cariñosamente. No cabía duda que conocía a muchos de ellos.

Una larga cola de gente se agolpaba delante de la entrada y una docena de guardas armados con pistolas, intentaban poner orden en el tumulto. Entrar a la sala de fiestas iba a resultar muy complicado, de eso no tenía duda Clemente, pero para su sorpresa cuando detuvieron el Volkswagen, un muchacho lo recogió y se lo llevó para estacionarlo. Ellos quedaron de pie y la multitud empezó a rodearlos y a aplaudir. En ese instante un par de uniformados les abrieron un pasillo y les acercaron a una puerta lateral por donde entraron sin esperar su turno.

Clemente estaba un tanto asombrado por la facilidad con que habían conseguido acceder a ese inmenso recinto. Grandes focos multicolor podían verse a varios kilómetros de distancia trazando arcos de luz en la oscuridad. El inmenso neón salpicaba la calle de acceso del viejo almacén portuario, donde ahora se ubicaba la sala de fiestas, regando de arcos iris a los pacientes clientes que estaba ávidos de vivir otra noche de lujuria y excesos.

Docenas de taxis debían dejar a los viajeros a un par de manzanas del lugar. Riadas de elegantes y coloridos clientes ocupaban la calle y debían apartarse cuando decenas de moteros enfundados en cueros ceñidos pretendían llegar un poco más cerca. Muchos de ellos vestían pantalones extravagantes que dejaban las nalgas al descubierto. Grandes cinturones plagados de tachuelas y pinchos metálicos, y muchos de ellos con gorra de marinero a juego con el resto de la indumentaria.

Los negros lucían pelos rizados de gran tamaño, y su apariencia era muchísimo más colorida y desenfadada que la de los moteros. Inmensos anillos dorados, cadenas de eslabones descomunales, zapatos de plataformas vertiginosas y pequeños bolsos de skay. Ropas con mucha hombrera y solapas de camisas exageradas. Camisas que iban muy desabrochadas, por cierto.

Pero Clemente no era testigo de ello. Estaba en un estrecho pasillo junto a los Stewart. De pronto Baldomero y su inmensa pamela de color lima a juego con el resto de su atuendo, se despidió de ambos y les dijo “luego nos vemos” y les señaló el acceso al garito, una pequeña puerta escoltada por una especie de individuo de color indefinido y de una robustez pareja a la de su Harley Davidson.

Lo que era un sonido apagado cuando estaban en el pasillo, al abrir la puerta subió de intensidad de manera apreciable. Barret Strong provocaba movimientos acompasados entre centenares de personas al son de su “Money” que surgía de los grandes altavoces dispuestos por doquier en el gran espacio, que según calculó Clemente, debía ser veinte veces mayor que “El Cuarto Oscuro”.

Tampoco pudo ser muy preciso, la ingente cantidad de luces que disparaban en todas direcciones y que se veían multiplicadas por bolas de cristal que pendían del techo, impedían que pudiera darse cuenta de la magnitud del local. Quiso hacer algún comentario con Lincoln, pero el volumen de la música lo hubiera hecho imposible. Estaba impactado, terriblemente convulsionado cuando de pronto la gente se volvió loca.

Un tema con algunos años encima empezó a atronar el local. La gente se volvió loca, un brazo arrastró a Lincoln de su lado, y cuando se percató de que el traje color café con leche se perdía en la multitud de los allí presentes, extrañamente se sintió solo.

Aquella soledad rodeada de miles de personas le hizo tomar la decisión de que mientras sonaba el “uayemsiei” de los Village People, y la gente lo coreaba a gritos mientras parecía desbocada, de buscar la barra del bar. Allí acodado podría estudiar con mayor calma la ingente cantidad de emociones que ahora no podía gestionar adecuadamente.

A lo lejos, un poco más abajo de donde se encontraba, vio lo que parecía la barra del bar. Iba contorneandose torpemente al ritmo de la canción, que comparativamente con la indescriptible coordinación de los que le rodeaban y empujaban , le hacían parecer un enfermo terminal.
Un simpático grupo de chicas con barba, mucho más altas que él, le ofrecieron un pequeño vasito con un licor desconocido que sacaban de una botella que custodiaban con esmero. Educado firmemente en que era un acto desagradable el rechazar una invitación de los desconocidos, máxime si el convite consistía en algún tipo de bebida alcohólica, tomó el vaso y de un trago “todo pa dentro”.

Como quiera que el LSD líquido no tiene un sabor muy definido, le pareció que empezaba a necesitar una cerveza de modo urgente. Vagó entre la gente como si flotara, los colores que caían del cielo parecían querer engullirlo, dejó de oír por momentos la música y eso que estaba apoyado en un enorme bafle que retumbaba y hacía vibrar el suelo cinco metros a la redonda. No podía prestar atención al Thriller de Michael Jackson, que enloqueció al personal.

Aquel brebaje le estaba llevando por una senda desconocida. Quizás con cierto paralelismo a las pastillas de la risa de su amigo inglés el día de Peñarara. Aquello que permanecía oculto en algún recóndito lugar de su memoria, apareció con claridad de pronto en su cabeza. Tuvo la visión de su esposa retozando con su amigo, mientras él disfrutaba de momentos similares con Nancy. De como los cuatro cuerpos compartían espacio y tiempo en una bacanal que hubiera sonrojado a la mismísima Mesalina.

Y cuando aquella visión comenzaba a hacerle sentir mal, alguien de su alrededor le acercó una pipa de la que fumaban todos los que tenían acceso a ella. Jamás hasta ese momento había fumado opio. Lo más cercano eran los Celtas sin boquilla de cuando hizo la mili. Una nueva experiencia que, si era capaz de recordar mas adelante, podría añadir a su lista de misiones cumplidas vitales.

No obstante tuvo un efecto beneficioso, le hizo olvidar para siempre lo sucedido en la excursión al campo. O por lo menos lo que creía que había pasado. Ahora trataba entre risas de apartarse de un rayo de color verde que quería engullirlo, pero una especie de dragón de fuego apareció de la nada y lo apartó de él. Ahora el dragón y una locomotora de vapor bailaban un tango en medio de la pista de baile. Cerró fuertemente los ojos, y todo aquello se había esfumado.

Al rato, quizás un par de minutos, o un par de horas, no lo sabía, estaba en su lugar de confort. La barra de un bar. Una chica negra que iba en bikini le sirvió una cerveza y le sopló diez pavos. ¿Que era eso?, solo dinero.

La gente parecía divertirse. Él seguía viendo todo con una óptica distinta. No obstante pudo ver como sacaban a un par de tipos que parecían estar muertos. Pero se correspondía con la tan habitual, para él, situación de coma etílico que terminaba en una ambulancia.

En un momento dado la música cesó repentinamente. Todas las luces se apagaron durante cinco segundos, y un silencio atronador invadió el recinto. No tardó en encenderse un inmenso foco que apuntó a un lugar concreto. Una plataforma donde un gran tipo negro vestido de predicador, saludaba con ambos brazos levantados. Frente a él una mesa de pinchadiscos. La gente enloqueció y comenzó a gritar “Banana, banana”. Clemente no comprendía nada, pero extrañamente aquel brebaje del pequeño vaso parecía querer traducir del inglés al español.

El individuo era el encargado de amenizar musicalmente la fiesta desde ese momento. Era Zorba “Banana” Moore, al parecer un gurú de la música, un dios terrenal de las sensaciones rítmicas, que de pronto se despojó de la sotana y dejo ver su cuerpo en todo su esplendor, excepto un pequeño tanga que cubría su entrepierna, pero que dejaba certificado el porque del apodo “Banana”.

Mientras sonaba a bajo volumen una canción de Marvin Gaye, motivó a los allí presentes y fue el encargado de presentar el número inicial del show que comenzaba en esos momentos.

Tras unas breves palabras que Clemente no entendió, el foco apuntó a las alturas. De la nada, surgió un Studebacker President del 36 descapotable, que fue bajando poco a poco hacía la pista. De pie dentro del coche un hombre vestido de color lima con una enorme pamela comenzó a entonar de manera magistral una balada, que por la magia de “Banana” acabó en una alocada canción que sacó de sus casillas a todos los presentes, que no podían para sus ganas de bailar de besarse y de abrazarse. La locura provocada por aquel cantante, que le resultaba familiar a Clemente, parecía no tener límite.

El impacto que provocó el número en Clemente le hizo poner sus neuronas en marcha. Tenía que organizar algo similar en “El Cuarto Oscuro”. Recordaba haber visto un Dyane 6 en venta en el taller de su mecánico de confianza, y el cantante podía ir con algún sombrero cordobés o con una montera de torero. Lo apuntaría en su cabeza, si le hacía sitio una especie de rayo multicolor que la atravesaba de lado a lado, y lanzaba melocotones al idiota de su cuñado.

La pipa de opio llegó una vez más a su mano, y tras dar una profunda calada, se la cedió a la camarera que le servía la quinta cerveza. Aunque tuvo un par de segundos de vacilación, la muchacha de pelo ensortijado aceptó el convite. La sexta cerveza y las siguientes fueron cortesía de la casa y producto de un billete de cincuenta dólares que le dio de propina.

Fue quizás una hora más tarde cuando de nuevo se repitió el ritual. Apagón, foco a Zorba “Banana” Moore, y el tipo de la pamela color lima, descendía de los cielos, esta vez sobre una lancha motora interpretando a Gloria Gaynor y su “I will Surlive”. Para entonces Lincoln ya estaba en los baños del local dejando sin aliento a un hombre maduro, de raza blanca, un hombre abatido y desesperado, que recién había conocido.

La velada transcurrió de manera pausada para Clemente. Seguía viendo y viviendo cosas rarísimas, y de pronto, allí en medio de la pista, comenzó él un baile que sería la envidia de Fred Astaire. Algo inexplicable, la armonía de movimientos, la cadencia, el contoneo, la melodía hecha ritmo a través de un cuerpo humano. Ni por todo el oro del mundo sería capaz de repetirlo el resto de su vida.

El público le hizo un corro mientras bailaba como un poseso el “Saturday Nigth Fever”. Las diferencias de Clemente con Tony Manero, eran evidentes. La estatura, las facciones, el llevar los pantalones remangados y el pañuelo de cuello anudado en la cabeza, no se correspondían con el Travolta de la película, pero la pericia para bailar como él, si. Incluso empañaba la imagen de bailarín del actor, y sin saber como, ni cuando, encadenó el “You are the one that I´want” cogido de la mano de la camarera que ya estaba rendida a los encantos de Clemente.

Eran una pareja grotesca, como diría Baldomero, muy bizarra. Ella una mujer de ébano, escultural, de cuerpo brillante, que dejaba ver el bikini que vestía, y él, allí abajo, con una sonrisa estúpida que lucía desde la ingesta del LSD, con su barriga indisimulable, el bigote español, y su peculiar forma de entender el estilo. Pero no obstante eran el centro de atención de centenares de asistentes.

Ahora que todos los presentes que les rodeaban, incluidos los drogados y borrachos que aún mantenían un poco de coherencia, se sumaron al inacabable espectáculo de baile y desenfreno. La camarera negra no podía soltarse de su nuevo galán, que no paraba de animar al personal al desenfreno. Zorba “Banana” Moore le apuntó con su dedo, y el gran foco dejó de alumbrar a la motora y se centró en Clemente, que de nuevo aspiraba con avidez de otra pipa.

Consciente a su manera de que era el protagonista del momento, inició el baile definitivo. Nunca nadie, ni los más fanáticos del dance, habían sido testigos de algo semejante. Una maravilla digna del mejor musical de Broadway.

Cuando el “Kiss” de Prince concluyó y a su vez Clemente abandonaba la pista de baile con la chica exhausta colgando de su cuello, los testigos que habían presenciado aquella maravilla, se lanzaron a besarse unos a otros sin pudor alguno. Clemente seguía creyendo flotar mientras se imaginaba nadando en una piscina llena de Nocilla y Tintín vestido de chino como en el Loto Azul, le lanzaba un salvavidas.

Dejó a la mujer sentada en una butaca abarrotada de gente. Le hizo saber con gestos que en breve volvería a por ella. Intentó atravesar una muchedumbre que le impedía el paso. En ese momento, alguien desconocido, un chico flaco de nariz aguileña y melena hasta el hombro, le besó con ansiedad y simultaneamente le metió la mano en su entrepierna.

Décimas de segundo tardó su mente en despejarse. Y décimas después su mano abierta salió despedida hacia el rostro del fulano. A un caballero español, muy macho, muy varonil, de pelo en pecho e ideas claras, no le mete mano un tío. Ni en sueños.

El flaco melenudo resultó estar en pleno dominio de sus reflejos, y se agachó agilmente, esquivando el bofetón. Las leyes de la física son implacables, y una masa lanzada a una determinada velocidad, necesita una fuerza inversamente proporcional para detenerse. En este caso la fuerza no fue aplicada y la mano abierta de Clemente se estrelló con violencia en la nuca de un tipo enorme, que bien podría pasar por el hijo de King Kong.

Aquella masa humana tardó el mismo tiempo en girarse para asesinar al insensato que le había agredido, el mismo tiempo que necesitó Clemente en desaparecer del mismo modo que el flaco narigudo. Mientras Clemente se agachaba, este se levantaba tras esquivar la bofetada que se le había asignado.

El hijo de King Kong era miembro de una banda de afamados traficantes de la zona y la persona que se encontró como presunto agresor y futuro cadáver fue el osado acosador de Clemente. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando ya tenía la la mitad de su dentadura de vacaciones fuera de la boca. El resultado del primer puñetazo que recibió era similar al que le hubiera causado una granada estallando en su cara.

Dos minutos más tarde la pelea se había propagado por la mitad de la sala. Zorba “Banana” Moore trataba de poner paz con el micrófono en la mano. Ni sus plegarías improvisadas, ni el Imagine de John Lennon a todo volumen conseguían aplacar a las fieras. El desastre se estaba consumando.

Clemente se había esfumado una vez más gateando del ojo del huracán. De manera insospechada topó con la camarera que le esperaba. La mente, de nuevo, divagaba en alucinaciones increíbles, y perdió la noción del tiempo. Cuando consiguió recuperar algo de conocimiento, pudo levantarse del suelo de un reservado al cual había llegado sin saber como. La mujer permanecía tumbada con aspecto de estar agotada y miraba a Clemente con adoración. Su boca solo era capaz de decir “¡¡oh my god!!, what a man”.Y allí mismo la abandonó.

Cuando regresó a la sala, lo que pudo ver hubiera hecho estremecerse a cualquiera que hubiese estado allí con antelación. Todo estaba destruido, la pista de baile podría ser el resultado de un bombardeo de Vietnam. La motora ardía en lo alto del techo, la plataforma de “Banana” pendía de un par de cables que la sujetaban, y a sus pies una multitud de heridos pedían socorro. En el exterior se oían sirenas aproximándose. Bomberos, policía, ambulancias, miembros del Ejercito de Salvación, voluntarios de asociaciones benéficas, curas y predicadores, y abogados especializados en reclamaciones judiciales acudían sin demora.

Se tambaleaban los cimientos de una institución de la ciudad. No sólo figuradamente, sino literalmente. Al estar construida la sala de fiestas en un antiguo almacén de estibaje, la propia estructura arquitectónica de la nave se veía seriamente afectada. Fue días después, cuando en medio de la noche, se desplomó sin aviso previo. Fue un estruendo de gran magnitud, que lanzó a miles de ciudadanos a la calle, en la creencia de que el “big one”, la madre de todos los terremotos había llegado.

Clemente seguía en éxtasis. Mientras una muchedumbre huía despavorida, él seguía el ritmo etéreo que le marcaba su especial duermevela. Se oían disparos a lo lejos. Muchos de los asistentes se marchaban del lugar con algún recuerdo. Sofás enormes eran cargados por varias de las chicas con barba. Alguien había sustraído docenas de cajas de licor que eran cargadas en coches robados. Un fulano de traje morado llevaba la túnica de Zorba y parte de su equipo de pinchadiscos. De hecho el mismo “Banana” trataba con poco éxito salir del mar al que había sido arrojado contra su voluntad. Era un pésimo nadador y de no ser por la actuación de varios de los allí presentes, se hubiera ahogado.

Media hora antes de que el caos se desatara en la enorme sala, Lincoln y su nueva conquista, ese hombre taciturno, se daban cariño en el cuarto de baño. Fue en el momento de pánico que surgió cuando el fabuloso Studebacker se precipitó desde las alturas, aplastando a media docena de los moteros del culo al aire, cuando aquel individuo tuvo que dejar el trabajo a medias y pistola en mano, salió a ver que diablos estaba ocurriendo.

Las aproximadamente treinta personas que se encontraban en los baños, reaccionaron de manera violenta al ver un blanco portando un arma. Si ya en la sala se estaba desarrollando una pelea multitudinaria, no fue menos llamativa la que tuvo lugar en los aseos. El hombre de la pistola recibió simultáneamente dos puñetazos, uno le partió la ceja y el otro fue directo al otro ojo, que pasó a tener un pronóstico lamentable. El hombre cegado por la sangre en el ojo que tenía medio bien, disparó su arma reglamentaria de manera aleatoria. Los atacantes se dispersaron de forma inmediata, pero él seguía abriendo fuego. Literalmente. Cuando una de las balas impactó en el depósito de gas que facilitaba los efectos especiales, una inmensa bola de fuego salió dirección a las alturas. Las llamas se propagaron por el falso techo y llegaron a la motora donde el hombre vestido con pamela y traje de color lima se escondía.

Una vaca se estaba comiendo una máquina de coser en medio de una lluvia de estrellas, cuando Clemente estuvo a punto de ser atropellado. El coche de color rosa iba conducido por Baldomero, al que le humeaba de manera discreta su pamela color lima. Estaba en medio de un ataque de pánico y le cedió los mandos del coche a su nuevo amigo. Supo de su equivocación instantes después. El coche salió a toda velocidad, mientras Clemente cantaba a viva voz el “uaiemsiei”. Golpeó un par de motos que intentaban abrirse paso entre la multitud despavorida. Los moteros cayeron al suelo donde fueron pisoteados por la turbamulta.

Atrás, no muy lejos de allí, una deflagración culminó con el desprendimiento del inmenso cartel de neón del Surprise, que se precipitó al suelo. La “e” terminó con la vida de varias personas que trataban de que les fuera devuelto el importe de la entrada, en las taquillas del lugar.

La huida del atroz suceso siguió implacable. Sólo un encadenamiento de milagros evitó que la pobre gente que escapaba del siniestro fuese arrollada por el Escarabajo rosa. En un momento dado, cuando ya el camino comenzaba a estar expedito, los reflejos propios de un cuerpo drogado hasta extremos inverosímiles, determinaron que un frenazo en seco era necesario. Nunca se sabrá como entre cientos de personas, Clemente fue capaz de avistar a Lincoln que huía del desastre. Si tenemos en cuenta que además de llevar el traje hecho jirones, de ir cojeando por la falta de una de las plataformas del calzado, que dejaba uno de los pies con la planta al aire, y de que le faltaba un gran mechón de pelo en la parte posterior de la cabeza, que no pudo explicar en el resto de su vida como perdió, ni como lo hizo sin sentir dolor alguno, el hecho de haberlo identificado era algo prodigioso.

Lincoln se abalanzó al interior del coche de un salto magnifico. Fue tal el impulso que no sólo cayó por el otro lado del coche, sino que en la caída se fracturó un dedo de la mano. El segundo intento, menos impetuoso, fue exitoso. De nuevo el coche demarró a toda velocidad. Ya con la calle despejada se cruzaron con decenas de coches de policía y de ambulancias. Varios de ellos tuvieron que salirse de la carretera al cruzarse con Clemente que circulaba a más de 130 por hora en dirección prohibida.

No habrían pasado veinte minutos cuando sin saber como, Clemente seguía viendo como la vaca devoraba máquinas de coser, paraban lo que quedaba del coche en la puerta del coqueto hotel. El cochecito europeo incluso se había estrellado contra uno de los laterales del Golden Gate, tiñendo de rosado una de las barreras del famoso puente. La noche había sido larga. Ceniza de la pamela de Baldomero, caía graciosamente de su cabeza, y formaba una leve capa gris en el resto de la vestimenta.

-Este hombre es un ángel enviado por Dios para salvarnos Baldomero- dijo con rotundidad Lincoln.

-¡¡Un santo!!. Nos ha salvado la vida Lincoln. ¡¡La vida!!- y ambos hermanos se abrazaron llorando.



XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX



Cuando Pepi fue avisada del desvanecimiento de Nancy, salió apresuradamente de la pastelería donde estaba engullendo dos bollos suizos rellenos de nata, acompañados por una enorme taza de chocolate. Un rato antes se había interesado por un Mercedes Benz 500 S Coupé de color plata, para sustituir su Seat Supermirafiori. El coche era estúpidamente caro, pero se lo podían permitir.

Al entrar al “Cuarto Oscuro” Nancy ya se había recompuesto del desmayo.

-Aquí te traigo un poleo-menta.....- dijo un camarero del local.

-Deja, deja......mejor un Peppermint frappé.....hasta el borde del vaso- respondió Nancy.

Al poco dio cuenta del brebaje de un solo trago. Cuando Pepi entró en el local, rompió a llorar desconsoladamente. Pepi se abrazó a su buena amiga y lloraron juntas largo rato.

-Joder Nancy, ¡si no se ni por que estoy llorando!....- soltó Pepi.

Y entonces su amiga le explicó entre sollozos, hipando continuamente, el motivo trágico de su desconsuelo.

Le dijo que le habían informado que el amigo inglés de Clemente, el amante de ella a tiempo parcial, ese hombre esbelto de rubia melena, el compañero de juergas, el loco de los coches, había dejado de pertenecer al mundo de los vivos.

Al contrario de lo que hubiera sido normal, no había tenido que ser excarcelado de un amasijo de hierros machacados de algún coche veloz. Ni rescatadas sus cenizas de la explosión al colisionar contra un camión cargado de nafta. Sencillamente fue a visitar a su familia al condado de Berkshire, al oeste de Londres. Mientras paseaba con su padre por la campiña, sufrió el ataque de una avispa, que le llevó a sufrir un shock anafiláctico y morir asfixiado en pocos minutos.

-De momento se lo ocultaremos a Clemente. Creo que debe estar centrado en lo suyo, ¿te parece?- preguntó Pepi.

-Si, y ¿tu que tal estás?. Ya sabes que.....bueno.....que pudiera ser que....él fuese el padre de......bueno, eso- le miró con extrema dulzura a su amiga.

-Pena. Pero como bien dijiste, el padre es Clemente. A pesar de todo, es el padre- y su mente vagó de nuevo.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Que desastre de tío :face:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por ROSCACHAPA »

Este se me había escapado pero me pongo con ello.

Gracias Paté :XX:
Un saludo

333 Nunca es largo el camino que conduce a casa de un amigo
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO TRIGÉSIMO OCTAVO


“Adiós, querida mía”



El doctor Buttuk había llegado temprano a la clínica que llevaba su nombre. Su agenda no solía ser muy apretada. Delegaba todo el trabajo importante a su equipo de confianza. El sólo se limitaba a recibir a clientes de prestigio y a cobrar sus cuantiosos cheques. Hoy debía pasar visita a la esposa del gobernador, procurar que su estancia se prolongara con cualquier excusa peregrina, y agasajarle hipócritamente, que era algo que entusiasmaba a ese tipo de gente.

A mediodía, según constaba en su agenda, recibiría a un extranjero que debía someterse a un implante de pabellón auditivo. La operación se antojaba inminente. En el receptor de televisión que tenía en su despacho, las noticias se centraban en los acontecimientos luctuosos de la noche pasada en una famosa sala de fiestas de la ciudad.

El doctor había movilizado a su gente para hacerse con docenas de apéndices corporales de lo más variado que tenían a su disposición en la morgue del condado, debido al alto número de víctimas del siniestro. Costaría un buen pico en sobornos, pero se podrían hacer con un surtido de miembros considerable.

Las desgracias ajenas, sobre todo en catástrofes de magnitud, llenaban de felicidad a los bufetes de abogados, a las compañías funerarias y a las empresas de ambulancias. También el doctor Buttuk era un hombre dichoso en momentos de zozobra ajena. Se rumoreaba que instalar su clínica en aquella ciudad, no era sino una inversión a largo plazo, esperando el terremoto definitivo que proveería de clientes su negocio.

Un mensajero había dejado un paquete para él en recepción.

-Doctor Buttuk, ha llegado el paquete que estaba esperando- dijo su secretaria desde el intercomunicador- ¿se lo hago llegar?.

-¡¡Por supuesto!!. Dese prisa, por dios. ¿A que espera?- respondió airademente. Y luego maldijo a su secretaria, a su obesidad mórbida y a todos su descendientes.

La pobre mujer apenas podía levantarse de su silla. Los muslos apretaban los apoyabrazos y le impedían levantarse con soltura. Aborrecía trabajar para este tirano. Odiaba el día que firmó un contrato con una clausula que le obligaba a no perder peso. Le dijeron que había sido contratada por su sobrepeso y por su manifiesta falta de elegancia y finura. Nadie considero su diplomatura, su brillante expediente, ni su premio final de estudios; había sido seleccionada por gorda. Para que los clientes se sintieran reconfortados cuando la vieran.

-Aquí tiene su paquete, doctor- y lo dejó pesadamente sobre la mesa del escritorio.

El doctor que estaba frente al espejo, observando su aspecto, cuestión a la que le dedicaba largas horas al cabo del día, ni siquiera contestó a la mujer. Bastó un gesto con la mano indicando que se marchara de allí inmediatamente.

Parecía entusiasmado con el envío. Era un paquete de proporciones considerables. Cuando lo abrió apareció ante sus ojos la obra de arte que estaba esperando. Constaba de una jaula para loros, vieja y oxidada, que guardaba en su interior una zapatilla Nike y un cepillo de pelo con multitud de cabellos formando una bola. Era de un artista danés de vanguardía. La compra había sido una de las adquisiciones mas caras del doctor, destinada a ocupar un lugar de privilegio en un futuro museo de arte moderno.

-Maravilloso, sencillamente maravilloso- dijo satisfecho al ver la fantasía que le había costado una cantidad de dinero equivalente al salario de dos años del guardía del almacén- y se sentó extasiado a contemplar la obra.

A miles de kilómetros de allí, en un lugar de la costa de Dinamarca, un individuo de pelo largo sucio, barba canosa desaliñada, uñas descuidadas y del color de los mejillones en los extremos y vestido con traje de rayas de color naranja, visitaba una chatarrería y tenía pensado acudir inmediatamente a un vertedero para seleccionar basura con la finalidad de crear una nueva obra de arte para endosar a algún nuevo rico del planeta. Era uno de los hombre mas acaudalados del país, y en su casa colgaban de la pared Modiglianis, bocetos de Picasso, y un fabuloso Monet. La escultura de Bernini permanecía oculta a miradas indiscretas, ya que se había hecho con ella usando todas las malas artes posibles y castigadas en el código penal.

Mucho mas cerca, en el parking de la Universidad de Stanford, Amos Van Cleef, había estacionado la furgoneta con la que había hecho un viaje placentero. Ningún contratiempo reseñable, exceptuando una multa de tráfico por salirse del carril cuando se le cayó una naranja y trataba de recogerla, antes de que se quedara atascada bajo el pedal de freno y le impidiera detener el vehículo con su delicada carga. Aguardaba el momento propicio para acercarse a la Clínica Palo Alto, y poner en marcha su plan de venganza.

Debería ser cuidadoso. Muchos de los escoltas del Gobernador, le conocían de su amistad con Raymond, así que debería intentar pasar desapercibido. No llamar mucho la atención era primordial. Miró el reloj y supo que aún tenía tiempo para repasar todos los detalles.

Conocía el nombre de la empresa encargada del mantenimiento del sistema de suministro de oxigeno para los quirófanos y por eso había rotulado la furgoneta con el nombre y la imagen corporativa de dicha empresa. También se había procurado una réplica del uniforme e incluso se disponía a modificar su aspecto con un bigote postizo y unas gafas que simulaban una alta graduación.

Una falsificación de la tarjeta de empleado, que previamente había mandado sustraer a alguien habituado al robo, terminaba por modificar su apariencia.

Conocía al dedillo los horarios de la empresa encargada de la vigilancia de los accesos. Como quiera que la seguridad del centro se había multiplicado al estar en la clínica la mujer del gobernador, esta empresa había relajado su cometido dando por supuesto que los miembros del cuerpo de seguridad oficiales se encargarían de la labor de manera minuciosa.

Dichos horarios comprendían relevos de doce horas a los vigilantes del almacén. Si su intuición, y conocimientos, no le fallaban, los guardas serían o bien polacos adictos al alcohol que conformaban un numeroso grupo de vigilantes, o casi con toda seguridad, una persona afroamericana, que implicaba un nivel cultural bajo y una tendencia a vaguear, propia de la raza, pero con tendencias a ser violentos. Toda su experiencia con esa gente, que incluía al papá de M´Bala, acrecentaba su animadversión hacia ellos. Ambas etnias se conformaban con salarios bajos, siempre y cuando implicaran un trabajo de poca implicación y problemas.

Todo estaba bajo control.


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En el Reino Unido, un bonito funeral había despedido al gran amigo de Clemente. Pocas personas acudieron a las exequias fúnebres. La familia, una docena de amigos, y una pareja de hombres con traje y gafas oscuras que nadie conocía.

Ramos y coronas de flores de varias asociaciones deportivas, de la federación de curling, de clubs automovilísticos, la asociación de expendedores de combustible, del gremio de mecánicos y una enorme de la asociación de chapistas del país que tanto iban a echar en falta al muchacho.

Introdujeron el ataúd acompañado por una foto de él sonriendo junto a Enzo Ferrari, y un volante Nardi recuperado de cuando estrelló contra un campanario de la Catedral de Manchester un fabuloso Bizzarrini de colección. Apenas tenía 17 años cuando estrenó con tan sonada colisión su extenso historial de siniestros.

Antes de estrellarse contra la torre, el deportivo atravesó una zona peatonal y un pequeño jardín. Afortunadamente no había ningún peatón debido a la intempestiva hora del accidente, alrededor de las diez de la noche, y eso evitó una desgracia mayor.

El Deán de la catedral estaba orando en el interior para buscar paz y armonía de espíritu, y entre trago y trago de ginebra, oyó el estruendo del impacto. Cuando se acercó a la masa de hierros retorcidos de color rojo, que humeaba aplastada en los gruesos muros del monumento, pudo ver como un chico joven, rubio a más no poder, trataba de salir de ese infierno. Pudo ayudarle a salir y le ofreció su petaca para tratar de recomponer su presencia de ánimo. De un solo trago terminó con las existencias del espirituoso y al grito de “God Save the Queen” desapareció sin dejar rastro. Luego supo que el coche era robado y que estaba participando en una carrera ilegal contra un Maserati Mistral del 65.





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Clemente seguía en un estado animado. Apenas había dormido. Sus sueños de ojos abiertos seguían teniendo como protagonista a la vaca insaciable de máquinas de coser. De vez en cuando se dispersaba imaginándose a lomos de su querida Sanglas en la campiña inglesa, donde su amigo aficionado a los coches le decía adiós mientras se alejaba. Por mucho empeño que pusiera en acelerar la moto a tope, no conseguía acercarse a él. “Bye, bye, my freind” y se alejaba más y más.

A pesar de todo lo vivido recordaba que tenía una cita con su médico para concluir de una vez por todas con la agonía de ser un tullido. Eso le hacía rememorar la amistad intensa con el gordo de la acampada, ese chico que tanto le apreciaba, ¿que sería de su vida?, lo recordaba nadando a toda velocidad con la muchacha china a sus lomos, y pensó con nostalgia en aquella pobre chica de pecas graciosas, dientes blancos, ojos verdes y nariz puntiaguda, esperaba que las cosas le fueran bien, que no tuviera carencias. Estaba tan flaca, que a buen seguro pasaba hambre.

Le sacó de su duermevela los gritos de dolor que subían por las escaleras hacía su buhardilla. Un médico estaba entablillando el dedo roto de Lincoln, y curando las terribles heridas de la planta del pie que había caminado descalza durante largos minutos. Baldomero había tratado de arreglar el desaguisado de la cabellera con unas tijeras de cortar pescado y el resultado no había sido muy satisfactorio, lo que provocaba los gritos de su hermano.

Cuando Clemente apareció en la escena, lo hizo completamente desnudo. El resto de clientes del hotel no salían de su asombro. Ambos hermanos, igualmente turbados, se arrojaron simultaneamente a sus brazos.

-¡¡Nos salvó la vida!!, dios le bendiga Clemente- gritó uno de ellos.

Y todos los allí presentes aplaudieron fervorosamente.

-Un santo, un santo- dijo el empleado que se encargaba de lavar y perfumar la ropa- ha salvado a mis jefes. Gracias y viva Sevilla.

Clemente se giró y subió a su cuarto ofreciendo sus nalgas al respetable. Para entonces el chico ya había lavado y planchado toda su ropa. Ahora con olor a limonero en flor, incluido el calzoncillo.

Ya las vacas no se le aparecían, ni las máquinas de coser, ni los rayos de luz, ni los arco iris. Ahora lo que le invadía era un terrible dolor de huesos, y unas nauseas incontrolables. Le pitaba el oído derecho, el que no tenía pabellón auditivo y se sentía realmente cansado.

Creyó que lo mejor sería coger un taxi para que le acercara a la clínica. No se sentía con ganas de conducir. Y también se informó de donde podría en días venideros vender la moto. Había evaluado la posibilidad de llevársela consigo de regreso a España, pero la tarea burocrática se antojaba farragosa, y quizás la moto no se ajustaba con la nueva inquietud motoristica que rondaba en su cabeza, las carreras de velocidad.

Los acontecimientos se precipitaron. Cuando estaba en el pequeño garaje donde había aparcado la moto junto a un montón de trastos y de enseres para el mantenimiento del hotel, echando un vistazo a aquella máquina fiable, personal y con esa decoración que había sido el imán definitivo para hacerse con ella, apareció Baldomero con un joven que estaba interesado en comprar una moto como aquella.

El chico era el repartidor de fragancias del hotel. Su nombre era Morrison Baldwin. Desde niño había soñado con recorrer el país subido a una Indian, pero estaba dispuesto a hacerlo en una Harley Davidson siempre que el precio fuera aceptable.

Morrison no hablaba español, por eso Baldomero haría de traductor. Clemente pidió una cantidad de dinero y el chico le ofreció la mitad. Clemente no estaba habituado al modo anglosajón de la compra venta, que tiene como norma común el regateo, y fue Baldomero quien le dijo que no se enfadara cuando Clemente dijo “ a este idiota le parto la cara. A robar a Sierra Morena, gandul”. La negociación la llevó con destreza el propietario del hotel. Tan solo le indicaba a Clemente que pusiera cara de enfado o de alegría, a demanda de las intenciones del repartidor de olores.

Al cabo de media hora de darle vueltas a la moto, el chico hizo una última oferta que no desagradó a Clemente, que al grito de “el dinero y los cojones, para las ocasiones” estrechó la mano del nuevo propietario de la Harley. Ahora éste debía ir a por el fajo de billetes para terminar la transacción.

El taxi llegaría en un par de horas. Era de un amigo íntimo de Lincoln, que le haría un precio especial por haberle salvado la vida. Un té helado con un par de aspirinas amenizarían la espera.

Una hora más tarde Morrison se acercó con la cantidad estipulada y cogió las llaves y los papeles de la moto antes de estrechar la mano en señal de conformidad.

La moto arrancó a la primera. Clemente estaba emocionado, sabía que el alma de aquella moto se quedaría acompañandole largo tiempo, y también sabía que se portaría bien con el chico. Disfrutaría con ella muchos kilómetros, y los llenaría de gozo y placer.



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Morrison estaba educado estrictamente. En su familia le habían inculcado unos hábitos que incluían el respeto a las normas y su cumplimiento. Por eso lo primero que debía hacer era asegurar la moto para evitar disgustos.

En una zona comercial de las afueras de la ciudad, estaban establecidas varias compañías aseguradoras. La educación recibida, también incluía la habilidad para negociar un buen precio de cualquier producto financiero. Así que estacionó la moto y se dirigió a la primara oficina. De soslayo miraba la moto. Todo aficionado que se compra una moto, no deja de mirar su máquina día y noche. Y siempre la encuentra la más atractiva.

Le ofrecieron un precio un tanto elevado, así que se dirigió al segundo corredor de seguros. Y de allí al tercero. El cuarto quedaba un poco más alejado, a cinco minutos caminando, pero su estricta educación, sus valores cívicos, su ciudadanía ejemplar, le impedían conducir más de lo necesario sin tener zanjado un buen seguro, así que dejó la moto allí mismo y se alejó girándose cada poco para admirar esa pintura brillante culminada con la de color crema.

Percival Knigth, tenía poco de caballero a pesar de su apellido. Sus primeros dieciocho años los vivió en casas de acogida, donde recibió cariño en algunas, y palizas y malos tratos en la mayoría. Una vez que el estado dejó de pagar un cheque por su mantenimiento se lanzó de cabeza a las calles, donde aprendió a robar para poder alimentarse y, sobre todo, para poder drogarse.

No estaba pasando por sus mejores momentos, lo cual implicaba estar viviendo un infierno. Necesitaba algo de dinero para su dosis de heroína. Sudaba de manera grotesca y casi fue pescado por el propietario de un Bronco cuando estaba a punto de culminar el puente que permitiría el arranque. Cuando huía corriendo fue alcanzado por una piedra que le lanzó el agraviado propietario, y le dolía el omóplato derecho que actuó como diana.

Al ingente sudor se le unía un sinfín de temblores que le nublaban la vista. Fue al apoyarse en un árbol cuando vio, allí solitaria, una moto susceptible de ser robada. Puede que sacara por ella unos trescientos pavos, quizás doscientos, pero nuca aceptaría del taller clandestino menos de ciento cincuenta.

Por fin Morrison Baldwin, tenía en sus manos una póliza de seguros que se adaptaba a sus necesidades. Ya más tranquilo fue a recoger la moto para lucirla delante de sus amigos y familia. Pero la moto no estaba donde la dejó. La nueva póliza no incluía el robo del vehículo.

Percival Knigth, recorría a toda velocidad las calles dirección al muelle. Había sido pan comido robar la moto. Allí buscaría el mejor trato posible para ella. Su despiece quizás le pudiera proporcionar dos o tres días de mierda para inyectarse. Al entrar en la zona portuaria la moto comenzó a dar muestras de inestabilidad. Percival no tenía todas sus facultades al máximo nivel y por tanto no pudo controlar la moto cuando está bloqueó el motor al fundir la biela trasera del motor. Tras chocar contra un contenedor de una de las muchas compañías navieras, la moto y su conductor cayeron del muelle al mar.

La moto y el cadáver de Percival terminaron en el fondo de las sucias aguas. Justo entre un carguero panameño y un remolcador que arrastraba una gabarra con basura. Tardarían semanas en aparecer en un dragado del puerto. La moto constaba como robada y reclamada por el dueño. El hombre, o lo que quedaba de él, nunca fue identificado y mucho menos reclamado.



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Fue una despedida inesperada, precipitada por los acontecimientos. De nuevo la sensación de pérdida le invadía, pero no concebía poder llevarse la magnifica moto en el avión. No habría manera de poder sentarla a su lado durante el viaje, de eso estaba seguro. Y tampoco había carreteras debajo del mar, de eso también estaba mas que seguro.

Clemente no dudaba que la moto, esa que tantas alegrías y algún momento de susto le había proporcionado, estaba en buenas manos. Aquel muchacho iba a disfrutar de su adquisición largo tiempo, de eso no cabía duda. Y ahora él, volvía a ser peatón de nuevo. Al menos en este extraño país lleno de gente estrafalaria. Deseaba que la intervención médica pudiera realizarse con rapidez y sin sobresaltos. Por nada del mundo quería que se demorase su estancia más de lo imprescindible.

Soñaba ya con abrazar a su mujer, acariciar su barriga, esperar el nacimiento de su hijo, saber de las buenas nuevas que le aguardaban, rodearse de amigos, de los compañeros del motoclub, de poder ver de nuevo su Ossa Yankee, de poner los pies en la civilización. Descargar emociones, compartir experiencias, poner en marcha nuevos proyectos, comprar un perro. Ilusiones renovadas.

Lo que desconocía era que sus ansias de rapidez, iban a verse colmadas sobradamente. Antes de lo imaginado. El destino es imprevisible.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO TRIGÉSIMO OCTAVO


“Adiós, querida mía”



El doctor Buttuk había llegado temprano a la clínica que llevaba su nombre. Su agenda no solía ser muy apretada. Delegaba todo el trabajo importante a su equipo de confianza. El sólo se limitaba a recibir a clientes de prestigio y a cobrar sus cuantiosos cheques. Hoy debía pasar visita a la esposa del gobernador, procurar que su estancia se prolongara con cualquier excusa peregrina, y agasajarle hipócritamente, que era algo que entusiasmaba a ese tipo de gente.

A mediodía, según constaba en su agenda, recibiría a un extranjero que debía someterse a un implante de pabellón auditivo. La operación se antojaba inminente. En el receptor de televisión que tenía en su despacho, las noticias se centraban en los acontecimientos luctuosos de la noche pasada en una famosa sala de fiestas de la ciudad.

El doctor había movilizado a su gente para hacerse con docenas de apéndices corporales de lo más variado que tenían a su disposición en la morgue del condado, debido al alto número de víctimas del siniestro. Costaría un buen pico en sobornos, pero se podrían hacer con un surtido de miembros considerable.

Las desgracias ajenas, sobre todo en catástrofes de magnitud, llenaban de felicidad a los bufetes de abogados, a las compañías funerarias y a las empresas de ambulancias. También el doctor Buttuk era un hombre dichoso en momentos de zozobra ajena. Se rumoreaba que instalar su clínica en aquella ciudad, no era sino una inversión a largo plazo, esperando el terremoto definitivo que proveería de clientes su negocio.

Un mensajero había dejado un paquete para él en recepción.

-Doctor Buttuk, ha llegado el paquete que estaba esperando- dijo su secretaria desde el intercomunicador- ¿se lo hago llegar?.

-¡¡Por supuesto!!. Dese prisa, por dios. ¿A que espera?- respondió airademente. Y luego maldijo a su secretaria, a su obesidad mórbida y a todos su descendientes.

La pobre mujer apenas podía levantarse de su silla. Los muslos apretaban los apoyabrazos y le impedían levantarse con soltura. Aborrecía trabajar para este tirano. Odiaba el día que firmó un contrato con una clausula que le obligaba a no perder peso. Le dijeron que había sido contratada por su sobrepeso y por su manifiesta falta de elegancia y finura. Nadie considero su diplomatura, su brillante expediente, ni su premio final de estudios; había sido seleccionada por gorda. Para que los clientes se sintieran reconfortados cuando la vieran.

-Aquí tiene su paquete, doctor- y lo dejó pesadamente sobre la mesa del escritorio.

El doctor que estaba frente al espejo, observando su aspecto, cuestión a la que le dedicaba largas horas al cabo del día, ni siquiera contestó a la mujer. Bastó un gesto con la mano indicando que se marchara de allí inmediatamente.

Parecía entusiasmado con el envío. Era un paquete de proporciones considerables. Cuando lo abrió apareció ante sus ojos la obra de arte que estaba esperando. Constaba de una jaula para loros, vieja y oxidada, que guardaba en su interior una zapatilla Nike y un cepillo de pelo con multitud de cabellos formando una bola. Era de un artista danés de vanguardía. La compra había sido una de las adquisiciones mas caras del doctor, destinada a ocupar un lugar de privilegio en un futuro museo de arte moderno.

-Maravilloso, sencillamente maravilloso- dijo satisfecho al ver la fantasía que le había costado una cantidad de dinero equivalente al salario de dos años del guardía del almacén- y se sentó extasiado a contemplar la obra.

A miles de kilómetros de allí, en un lugar de la costa de Dinamarca, un individuo de pelo largo sucio, barba canosa desaliñada, uñas descuidadas y del color de los mejillones en los extremos y vestido con traje de rayas de color naranja, visitaba una chatarrería y tenía pensado acudir inmediatamente a un vertedero para seleccionar basura con la finalidad de crear una nueva obra de arte para endosar a algún nuevo rico del planeta. Era uno de los hombre mas acaudalados del país, y en su casa colgaban de la pared Modiglianis, bocetos de Picasso, y un fabuloso Monet. La escultura de Bernini permanecía oculta a miradas indiscretas, ya que se había hecho con ella usando todas las malas artes posibles y castigadas en el código penal.

Mucho mas cerca, en el parking de la Universidad de Stanford, Amos Van Cleef, había estacionado la furgoneta con la que había hecho un viaje placentero. Ningún contratiempo reseñable, exceptuando una multa de tráfico por salirse del carril cuando se le cayó una naranja y trataba de recogerla, antes de que se quedara atascada bajo el pedal de freno y le impidiera detener el vehículo con su delicada carga. Aguardaba el momento propicio para acercarse a la Clínica Palo Alto, y poner en marcha su plan de venganza.

Debería ser cuidadoso. Muchos de los escoltas del Gobernador, le conocían de su amistad con Raymond, así que debería intentar pasar desapercibido. No llamar mucho la atención era primordial. Miró el reloj y supo que aún tenía tiempo para repasar todos los detalles.

Conocía el nombre de la empresa encargada del mantenimiento del sistema de suministro de oxigeno para los quirófanos y por eso había rotulado la furgoneta con el nombre y la imagen corporativa de dicha empresa. También se había procurado una réplica del uniforme e incluso se disponía a modificar su aspecto con un bigote postizo y unas gafas que simulaban una alta graduación.

Una falsificación de la tarjeta de empleado, que previamente había mandado sustraer a alguien habituado al robo, terminaba por modificar su apariencia.

Conocía al dedillo los horarios de la empresa encargada de la vigilancia de los accesos. Como quiera que la seguridad del centro se había multiplicado al estar en la clínica la mujer del gobernador, esta empresa había relajado su cometido dando por supuesto que los miembros del cuerpo de seguridad oficiales se encargarían de la labor de manera minuciosa.

Dichos horarios comprendían relevos de doce horas a los vigilantes del almacén. Si su intuición, y conocimientos, no le fallaban, los guardas serían o bien polacos adictos al alcohol que conformaban un numeroso grupo de vigilantes, o casi con toda seguridad, una persona afroamericana, que implicaba un nivel cultural bajo y una tendencia a vaguear, propia de la raza, pero con tendencias a ser violentos. Toda su experiencia con esa gente, que incluía al papá de M´Bala, acrecentaba su animadversión hacia ellos. Ambas etnias se conformaban con salarios bajos, siempre y cuando implicaran un trabajo de poca implicación y problemas.

Todo estaba bajo control.


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En el Reino Unido, un bonito funeral había despedido al gran amigo de Clemente. Pocas personas acudieron a las exequias fúnebres. La familia, una docena de amigos, y una pareja de hombres con traje y gafas oscuras que nadie conocía.

Ramos y coronas de flores de varias asociaciones deportivas, de la federación de curling, de clubs automovilísticos, la asociación de expendedores de combustible, del gremio de mecánicos y una enorme de la asociación de chapistas del país que tanto iban a echar en falta al muchacho.

Introdujeron el ataúd acompañado por una foto de él sonriendo junto a Enzo Ferrari, y un volante Nardi recuperado de cuando estrelló contra un campanario de la Catedral de Manchester un fabuloso Bizzarrini de colección. Apenas tenía 17 años cuando estrenó con tan sonada colisión su extenso historial de siniestros.

Antes de estrellarse contra la torre, el deportivo atravesó una zona peatonal y un pequeño jardín. Afortunadamente no había ningún peatón debido a la intempestiva hora del accidente, alrededor de las diez de la noche, y eso evitó una desgracia mayor.

El Deán de la catedral estaba orando en el interior para buscar paz y armonía de espíritu, y entre trago y trago de ginebra, oyó el estruendo del impacto. Cuando se acercó a la masa de hierros retorcidos de color rojo, que humeaba aplastada en los gruesos muros del monumento, pudo ver como un chico joven, rubio a más no poder, trataba de salir de ese infierno. Pudo ayudarle a salir y le ofreció su petaca para tratar de recomponer su presencia de ánimo. De un solo trago terminó con las existencias del espirituoso y al grito de “God Save the Queen” desapareció sin dejar rastro. Luego supo que el coche era robado y que estaba participando en una carrera ilegal contra un Maserati Mistral del 65.





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Clemente seguía en un estado animado. Apenas había dormido. Sus sueños de ojos abiertos seguían teniendo como protagonista a la vaca insaciable de máquinas de coser. De vez en cuando se dispersaba imaginándose a lomos de su querida Sanglas en la campiña inglesa, donde su amigo aficionado a los coches le decía adiós mientras se alejaba. Por mucho empeño que pusiera en acelerar la moto a tope, no conseguía acercarse a él. “Bye, bye, my freind” y se alejaba más y más.

A pesar de todo lo vivido recordaba que tenía una cita con su médico para concluir de una vez por todas con la agonía de ser un tullido. Eso le hacía rememorar la amistad intensa con el gordo de la acampada, ese chico que tanto le apreciaba, ¿que sería de su vida?, lo recordaba nadando a toda velocidad con la muchacha china a sus lomos, y pensó con nostalgia en aquella pobre chica de pecas graciosas, dientes blancos, ojos verdes y nariz puntiaguda, esperaba que las cosas le fueran bien, que no tuviera carencias. Estaba tan flaca, que a buen seguro pasaba hambre.

Le sacó de su duermevela los gritos de dolor que subían por las escaleras hacía su buhardilla. Un médico estaba entablillando el dedo roto de Lincoln, y curando las terribles heridas de la planta del pie que había caminado descalza durante largos minutos. Baldomero había tratado de arreglar el desaguisado de la cabellera con unas tijeras de cortar pescado y el resultado no había sido muy satisfactorio, lo que provocaba los gritos de su hermano.

Cuando Clemente apareció en la escena, lo hizo completamente desnudo. El resto de clientes del hotel no salían de su asombro. Ambos hermanos, igualmente turbados, se arrojaron simultaneamente a sus brazos.

-¡¡Nos salvó la vida!!, dios le bendiga Clemente- gritó uno de ellos.

Y todos los allí presentes aplaudieron fervorosamente.

-Un santo, un santo- dijo el empleado que se encargaba de lavar y perfumar la ropa- ha salvado a mis jefes. Gracias y viva Sevilla.

Clemente se giró y subió a su cuarto ofreciendo sus nalgas al respetable. Para entonces el chico ya había lavado y planchado toda su ropa. Ahora con olor a limonero en flor, incluido el calzoncillo.

Ya las vacas no se le aparecían, ni las máquinas de coser, ni los rayos de luz, ni los arco iris. Ahora lo que le invadía era un terrible dolor de huesos, y unas nauseas incontrolables. Le pitaba el oído derecho, el que no tenía pabellón auditivo y se sentía realmente cansado.

Creyó que lo mejor sería coger un taxi para que le acercara a la clínica. No se sentía con ganas de conducir. Y también se informó de donde podría en días venideros vender la moto. Había evaluado la posibilidad de llevársela consigo de regreso a España, pero la tarea burocrática se antojaba farragosa, y quizás la moto no se ajustaba con la nueva inquietud motoristica que rondaba en su cabeza, las carreras de velocidad.

Los acontecimientos se precipitaron. Cuando estaba en el pequeño garaje donde había aparcado la moto junto a un montón de trastos y de enseres para el mantenimiento del hotel, echando un vistazo a aquella máquina fiable, personal y con esa decoración que había sido el imán definitivo para hacerse con ella, apareció Baldomero con un joven que estaba interesado en comprar una moto como aquella.

El chico era el repartidor de fragancias del hotel. Su nombre era Morrison Baldwin. Desde niño había soñado con recorrer el país subido a una Indian, pero estaba dispuesto a hacerlo en una Harley Davidson siempre que el precio fuera aceptable.

Morrison no hablaba español, por eso Baldomero haría de traductor. Clemente pidió una cantidad de dinero y el chico le ofreció la mitad. Clemente no estaba habituado al modo anglosajón de la compra venta, que tiene como norma común el regateo, y fue Baldomero quien le dijo que no se enfadara cuando Clemente dijo “ a este idiota le parto la cara. A robar a Sierra Morena, gandul”. La negociación la llevó con destreza el propietario del hotel. Tan solo le indicaba a Clemente que pusiera cara de enfado o de alegría, a demanda de las intenciones del repartidor de olores.

Al cabo de media hora de darle vueltas a la moto, el chico hizo una última oferta que no desagradó a Clemente, que al grito de “el dinero y los cojones, para las ocasiones” estrechó la mano del nuevo propietario de la Harley. Ahora éste debía ir a por el fajo de billetes para terminar la transacción.

El taxi llegaría en un par de horas. Era de un amigo íntimo de Lincoln, que le haría un precio especial por haberle salvado la vida. Un té helado con un par de aspirinas amenizarían la espera.

Una hora más tarde Morrison se acercó con la cantidad estipulada y cogió las llaves y los papeles de la moto antes de estrechar la mano en señal de conformidad.

La moto arrancó a la primera. Clemente estaba emocionado, sabía que el alma de aquella moto se quedaría acompañandole largo tiempo, y también sabía que se portaría bien con el chico. Disfrutaría con ella muchos kilómetros, y los llenaría de gozo y placer.



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Morrison estaba educado estrictamente. En su familia le habían inculcado unos hábitos que incluían el respeto a las normas y su cumplimiento. Por eso lo primero que debía hacer era asegurar la moto para evitar disgustos.

En una zona comercial de las afueras de la ciudad, estaban establecidas varias compañías aseguradoras. La educación recibida, también incluía la habilidad para negociar un buen precio de cualquier producto financiero. Así que estacionó la moto y se dirigió a la primara oficina. De soslayo miraba la moto. Todo aficionado que se compra una moto, no deja de mirar su máquina día y noche. Y siempre la encuentra la más atractiva.

Le ofrecieron un precio un tanto elevado, así que se dirigió al segundo corredor de seguros. Y de allí al tercero. El cuarto quedaba un poco más alejado, a cinco minutos caminando, pero su estricta educación, sus valores cívicos, su ciudadanía ejemplar, le impedían conducir más de lo necesario sin tener zanjado un buen seguro, así que dejó la moto allí mismo y se alejó girándose cada poco para admirar esa pintura brillante culminada con la de color crema.

Percival Knigth, tenía poco de caballero a pesar de su apellido. Sus primeros dieciocho años los vivió en casas de acogida, donde recibió cariño en algunas, y palizas y malos tratos en la mayoría. Una vez que el estado dejó de pagar un cheque por su mantenimiento se lanzó de cabeza a las calles, donde aprendió a robar para poder alimentarse y, sobre todo, para poder drogarse.

No estaba pasando por sus mejores momentos, lo cual implicaba estar viviendo un infierno. Necesitaba algo de dinero para su dosis de heroína. Sudaba de manera grotesca y casi fue pescado por el propietario de un Bronco cuando estaba a punto de culminar el puente que permitiría el arranque. Cuando huía corriendo fue alcanzado por una piedra que le lanzó el agraviado propietario, y le dolía el omóplato derecho que actuó como diana.

Al ingente sudor se le unía un sinfín de temblores que le nublaban la vista. Fue al apoyarse en un árbol cuando vio, allí solitaria, una moto susceptible de ser robada. Puede que sacara por ella unos trescientos pavos, quizás doscientos, pero nuca aceptaría del taller clandestino menos de ciento cincuenta.

Por fin Morrison Baldwin, tenía en sus manos una póliza de seguros que se adaptaba a sus necesidades. Ya más tranquilo fue a recoger la moto para lucirla delante de sus amigos y familia. Pero la moto no estaba donde la dejó. La nueva póliza no incluía el robo del vehículo.

Percival Knigth, recorría a toda velocidad las calles dirección al muelle. Había sido pan comido robar la moto. Allí buscaría el mejor trato posible para ella. Su despiece quizás le pudiera proporcionar dos o tres días de mierda para inyectarse. Al entrar en la zona portuaria la moto comenzó a dar muestras de inestabilidad. Percival no tenía todas sus facultades al máximo nivel y por tanto no pudo controlar la moto cuando está bloqueó el motor al fundir la biela trasera del motor. Tras chocar contra un contenedor de una de las muchas compañías navieras, la moto y su conductor cayeron del muelle al mar.

La moto y el cadáver de Percival terminaron en el fondo de las sucias aguas. Justo entre un carguero panameño y un remolcador que arrastraba una gabarra con basura. Tardarían semanas en aparecer en un dragado del puerto. La moto constaba como robada y reclamada por el dueño. El hombre, o lo que quedaba de él, nunca fue identificado y mucho menos reclamado.



XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX


Fue una despedida inesperada, precipitada por los acontecimientos. De nuevo la sensación de pérdida le invadía, pero no concebía poder llevarse la magnifica moto en el avión. No habría manera de poder sentarla a su lado durante el viaje, de eso estaba seguro. Y tampoco había carreteras debajo del mar, de eso también estaba mas que seguro.

Clemente no dudaba que la moto, esa que tantas alegrías y algún momento de susto le había proporcionado, estaba en buenas manos. Aquel muchacho iba a disfrutar de su adquisición largo tiempo, de eso no cabía duda. Y ahora él, volvía a ser peatón de nuevo. Al menos en este extraño país lleno de gente estrafalaria. Deseaba que la intervención médica pudiera realizarse con rapidez y sin sobresaltos. Por nada del mundo quería que se demorase su estancia más de lo imprescindible.

Soñaba ya con abrazar a su mujer, acariciar su barriga, esperar el nacimiento de su hijo, saber de las buenas nuevas que le aguardaban, rodearse de amigos, de los compañeros del motoclub, de poder ver de nuevo su Ossa Yankee, de poner los pies en la civilización. Descargar emociones, compartir experiencias, poner en marcha nuevos proyectos, comprar un perro. Ilusiones renovadas.

Lo que desconocía era que sus ansias de rapidez, iban a verse colmadas sobradamente. Antes de lo imaginado. El destino es imprevisible.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

ohhhhhh, =O =O , dos seguidas, aunque me han parecido iguales :lol: :lol: :lol:
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

Lo siento.
No soy capaz de borrar uno....
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Antonio1968 escribió:ohhhhhh, =O =O , dos seguidas, aunque me han parecido iguales :lol: :lol: :lol:
Jjjijiji 8-)
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Anherko »

Doble disfrute :lol: :lol:
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