EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

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Humphrey
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Humphrey »

"se ha caído la sal"... =)) =))
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pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO



“Un pique, un coche de color lima, y una dama”



En la clínica Palo Alto de San Francisco recibieron una llamada particular. Todos los días recibían cientos de ellas, en las que multitud de personas llamaban para buscar información sobre aumento de senos, reafirmación de glúteos, depilaciones integrales, o bien reducción de abdomen, párpados caídos o exceso de papada. También existían llamadas de queja, que eran derivadas a otro departamento, que a su vez lo derivaba a un tercero, donde una persona convenientemente entrenada procuraba que el asunto no acabara en un bufete de abogados, para después terminar en un juzgado, donde a buen seguro un juez profano en la materia, decidiría si aquella teta de silicona que había explotado en un vuelo, merecía una indemnización, o si de verdad los testículos del señor Johnson se habían chucarrado con la depilación láser y no en la barbacoa de casa.

Pero aquella llamada fue especial. Un hombre de procedencia extranjera trataba de ponerse en contacto con Florencio Bonamasa, un empleado argentino que debía estar al tanto de su comunicación. La recepcionista era incapaz de decirle a quien llamaba que no hacia falta hablar a gritos y despacio, ya que era natural de de Nuevo México y hablaba y entendía a la perfección el idioma español.

Un cuarto de hora más tarde, Clemente se encontraba ya más relajado. Afortunadamente había conseguido que aquella horrible señora dejara de intentar interrumpirle y consiguió que entendiera a la perfección su mensaje. Sin lugar a dudas el hecho de hablar en un tono alto y lentamente había sido definitivo para hacerse entender.

No obstante la conversación con Florencio, que le pareció un muchacho muy analítico y calmado, cargado de sicología, con preguntas atinadas sobre sus costumbres y hábitos, le produjo cierto malestar.

-Veamos, señor Clemente.......dice que usted no tiene ninguna patología importante, ¿no es así?.......-

-No, no tengo patos en casa, vivo en un piso- dijo con firmeza.

-No me refiero a eso, señor Clemente. Le preguntó si ha tenido o tiene alguna enfermedad, alguna cosa que nos quiera comentar acerca de su estado de salud.....-

-Si. He estado varias veces enfermo. De crío tuve paperas, una semana sin ir a clase, luego alguna gripe, fiebre y poca cosa más. La ostia con la moto, que es por lo que llamo, me dejo sin oreja, lo cual es un fastidio, y como había perdido vista, y tengo conjuntivitis y no puedo usar lentillas, tampoco puedo ponerme gafas. Pero estuve la otra noche con un tipo raro, que me llevó a un sitio con mucha luz, y no, no era un burdel, y desde entonces creo que veo mejor. Pero salí de allí con unas marcas en el pecho que no se me quitan, y tuve dolor de ......de ahí, de ahí abajo.....ya me entiende, unos cuantos días, pero por lo demás todo bien. Y lo de ahí abajo, ya me comprende, funciona bien, no he tenido queja. Hay dos muchachas.....pero bueno, que no he tenido queja.
-Entiendo....-dijo el Florencio con cara de asombro. Cara que hubiera sido de más asombro aún, de conocer que Clemente solía ser parco en palabras y detalles.

-Y.....¿su estado físico como está?. Claro que cuando venga por aquí, lo primero que haremos tras pagar la primera cuota, será un examen completo, antes de la intervención. Para comprobar su estado general. No es una operación compleja, no afecta a órganos vitales.....

-No tengo ni patos, ni órganos- dijo Clemente, pensando la de cosas raras que deben tener estos americanos en sus casas.

-Defínase usted, señor Clemente. Haga una descripción somera de su aspecto-

-El mejor somier y un buen colchón, eso que no falte.....-

La cara de Florencio era un poema. O no entendía el sentido del humor de aquel individuo, o hablaban distinto idioma, o tomaba sustancias que le provocaban algún tipo de disfunción, o era tonto de baba. El abanico era inmenso. Aunque pudiera ser que el hecho de carecer de pabellón auditivo, supusiera una merma en su capacidad de comprensión.

-¿Cómo es usted?, señor Clemente.- intentó de nuevo Florencio.

-¿Qué cómo soy?. Un tío normal, de barrio. Tengo una mujer estupenda, un buen trabajo, negocios, tengo moto, no tengo coche, bueno mi mujer tiene un Súpermirafiori, y me lleva a todos los sitios. Me gusta la cerveza, en su justa medida. Ni mucha ni poca. Los boquerones en vinagre, las olivas y los altramuces, y aunque no soy mucho de carne, en Aranda de Duero ponen unos torreznos de mil pares de pelotas.

-Ya.......interesante. Pero ¿y físicamente? ¿cómo se definiría?-

-Pues ya lo sabe. Me falta una oreja, y de la otra me salen unos pelillos que me corto con un aparato que compró la Pepi. No soy muy alto, soy bajito. Tengo bigote, no mostacho poblado, bigote español. Quizás un poco de tripa, no mucha, ligero sobrepeso, ya me entiende. Retención de líquidos.-

-Ok, señor Clemente. Este es el plan. Cuando usted llegue aquí, ¿me ha dicho tres o cuatro días, no es así?, usted me llama, se pasa por la clínica y le reconocemos.....-

-¡Si!, me vas a reconocer si no me has visto nunca, ya preguntaré yo por ti.......¡marcial!.-

-.....le exploramos quiero decir, y dejamos todo zanjado para cuando encontremos el donante perfecto. Habrá que esperar a que entre en la morgue algún vagabundo compatible, o a que haya un accidente con varias víctimas, o mejor aún, un derrumbe de algún edificio, el polvo que se produce mantiene mejor los cadáveres, o a que alguna catástrofe inmensa nos facilite el trabajo. No hace mucho pudimos hacer el trasplante de un brazo a un paciente negro, cuando explotó una refinería en Arkansas y uno de los muertos pudo donar su brazo que se había abrasado; aún siendo un chico de piel muy blanca. La dermis cogió una tonalidad muy parecida, ya sabe, el fuego, las llamas, el infierno en que se convirtió el lugar ayudó bastante, si.....fue un trabajo estupendo, si.-

-Vale. Ya le llamo cuando llegué, y nos tomamos unas cervezas.-

-Eso le quiero decir. Mientras esperamos la intervención, nada de alcohol, ni drogas. Ni siquiera una aspirina. ¿De acuerdo?.-

-......Vale......- y colgó completamente desazonado. Nada de alcohol, ¡pero si la cerveza apenas tiene alcohol!. Maldita sea.



XXXXXXXXXXXXXXXX


Al Manzini estaba acorralado. No había ni rastro del terrorista. De nuevo le había dado esquinazo. Reforzó la vigilancia del Area 51. Tenía la corazonada de que algo gordo iba a suceder allí.

En Las Vegas no había señas de que algo extraordinario hubiera pasado. Incluso la noche que se tomó libre, y cuando se dirigía de incógnito a un bar de ambiente, para relajarse con algún chico veinteañero, participó en un a konga muy animada en plena calle. La gente vitoreó y manteó al promotor de la juerga que lucía un pañuelo anudado en la cabeza, el resto de concurrentes le imitó mientras él se subía a un Rolls Royce acompañado por dos chicas de mediana edad. El millonario se retiraba con elegancia en el momento álgido de la diversión.

Apenas tres días más tarde la policía de la ciudad detenía al sospechoso de un acuchillamiento mortal. La víctima, un tal Toribio Cardozo, había discutido con un pariente, un chico llamado Crispín Belloso. Al parecer no se ponían de acuerdo sobre el reparto de un coche y un mini submarino. Ambos querían el submarino, ya que podían robar el coche que quisieran cuando quisieran, pero robar un submarino en el desierto era algo imposible. Y todo terminó en un brutal apuñalamiento con saña. Le esperaba la silla eléctrica.


XXXXXXXXXXXXXXXXX



Clemente tenía decidido su plan de viaje. Por la Interestatal 15 hasta Los Ángeles, visitar la ciudad, si es que había algo decente que visitar, y de allí subir por la Interestatal 5, hasta San Francisco, y esperar la oreja deseada.

El amigo que le había guardado la moto en el garaje, se la devolvió inmaculada. El chico agradecía las generosas propinas que le había dado los días anteriores con sumo entusiasmo. De hecho, de no haber sido por ellas, no podría tener su nuevo Ford Mustang en el parking. ¡Un nuevo Mustang!, “¿Sabes la cantidad de chicas que querrán subirse en el coche, y la cantidad de chicas que podré montar yo?”.

La moto le aguardaba ya preparada. Lentamente se enfundó el casco, la leyenda “I will never die” volvió a dejarse ver. No era una simple frase, era un modo de vida. Y aunque debía hacer el esfuerzo de cuidar estos días su ingesta de cerveza, se sentía vivo. De algún modo entero, virgen, integro.

Pasó la pierna enfundada en el pantalón cebra daltónica para subirse, las John Smith, Metallica en el T-shirt, y la cazadora de cuero. Todavía hacia fresco. La moto arrancó a la primera. Sintió el cosquilleo que se siente cuando ves a tu novia aparecer, la emoción de saber que te llevará a un lugar que deseas, que sentirás momentos de dicha.

Y como un loco enamorado, guardando un buen recuerdo de la ciudad, y todavía un fajo de billetes que encontró dentro de sus calzoncillos, quizás unos veinte mil dólares, enfiló por la Avenida principal camino a Los Ángeles, en busca de su nueva identidad. Se sentía bien. Nada ni nadie podía quitarle el esbozo de sonrisa que dibujaba su boca. Tenía la certeza de que aquel país era un lugar donde hacer dinero sin trabajar, el paraíso de los vagos.

Parado en el semáforo, junto a un autobús de dos pisos, esos que pasean a los turistas, que cámara de fotos en ristre se empeñan en no ver nada de lo que la ciudad les ofrece, mientras pierden el tiempo haciendo instantáneas, su sonrisa permanecía intacta.

En el mismo autobús se podía ver la publicidad del último número de la revista Time. En la portada se leía “Stephanie “Scandal” Petersen, la nueva reina del acero”. Se podía ver la foto de una mujer guapísima, de dientes blancos, nariz puntiaguda, pecas graciosas, y ojos verdes que hacía volver la mirada. Dentro, en una profunda entrevista, prometía dirigir la empresa, legado de su fallecido padre, con la habilidad que se le suponía a una licenciada en Finanzas y Economía por Harvard, premio fin de carrera, a pesar de atravesar momentos difíciles en lo personal por la repentina falta de su progenitor, y por un reciente abandono amoroso, con quien hubiera podido ser el hombre de su vida. Las circunstancias se lo arrebataron de manera cruel.

Clemente demarró con cierta violencia, le pareció reconocer a alguien en el autobús, pero él no conocía a nadie por allí, así que todo era fruto de su imaginación. La foto de un metro cuadrado de una chica de ojos verdes, pecas graciosas, nariz puntiaguda y dientes blancos quedaba atrás a toda velocidad.

Salió de la ciudad del pecado, prometiendo no contar nada de lo sucedido. Tampoco es que hubiera pasado nada especial, nada digno de mención, pero si se decía que lo allí sucedido se quedaba allí, no iba a ser él quien rompiera el encanto de la cita. Era mejor eso , que mentir.

Al poco se cruzó con un Rolls Royce, lo había comprado a precio de ganga su actual propietario, que disfrutaba de él con alegría. Pensó que él ya había tenido uno, y que no era para tanto.

Llevaba recorridos unos cincuenta kilómetros dirección Los Ángeles, cuando tocó parar a repostar. Se aburría en esas inmensas carreteras, pero cundía el viaje. Le seguía sorprendiendo el baile de vehículos que por ellas discurría. Ibas siempre adelantando a los mismos coches y camiones, y luego estos te volvían a adelantar. A veces resultaba entretenido, pero la mayor parte del tiempo, te entraba sueño y apatía.

Una vez repostado emprendió la ruta. Dos galones de combustible, una Coca Cola sin azúcar y un par de Pretzels para llenar la tripa. Era curioso como la comida que se manejaba por allí, tenía toda origen extranjero. La pizza, italiana, las salchichas, alemanas, los pretzels, alemanes también, la comida china, los burritos, fajitas, y tortillas, mexicanas. No había nada original allí, si acaso el pavo. Recordó el enorme pavo que comieron unas navidades en casa de su hermana. Era seco y además acompañado de unas ciruelas secas horrorosas, él era mas de pollo a la cerveza, o rabo de toro con vino tinto y de pasteles borrachos y helado de ron con pasas. Y paella en la sierra, por supuesto.

Su mente divagaba al mismo ritmo que la monotonía del trayecto. Recordó cuando él y su amigo Jorge, tiraron al río a un compañero de clase. No es que el otro chaval fuera alguien al que le tuvieran inquina, no. Simplemente el chico pasaba por allí y decidieron colgarlo del puente para asustarle. Lo agarraron cada uno de una pierna y dejaron que el cuerpo cayera al vacío, sin intención alguna de tirarle. Un inoportuno ataque de tos de Jorge hizo que el muchacho que no paraba de gritar y revolverse, cayera de manera brusca a la corriente. Afortunadamente para el chico, sabía nadar con soltura, y eso no era para nada algo baladí. La corriente era muy fuerte, el día anterior había llovido torrencialmente y el pequeño río, parecía el Amazonas desbocado. El chaval consiguió sobrevivir con mucho esfuerzo, y fue rescatado a cinco kilómetros de donde cayó. Ellos fueron castigados a no poder usar la escopeta de perdigones durante dos semanas, y les quitaron el mechero y las navajas. Un drama para un adolescente.

En el instante en que de nuevo se centró en las docenas de Ford, Oldsmobile, Chevrolet, algún Cadillac, Toyotas, Nissan o Dodge que le rodeaban, un rayo verde le sobrepasó a toda velocidad. Un espectacular Lamborghini Miura SV de color verde lima atronaba la autopista. Sorteaba al resto de coches de manera ágil y suicida.

Si la sangre que corría por las venas de Clemente era sangre motera de verdad, no cabía duda de que la única opción era picarse con el coche. Redujo una marcha y enroscó el puño derecho a tope. El escondido marcador pasó en un momento de indicar 50 millas por hora a marcar 70, y en cuanto subió de marcha unas buenas 90 millas por hora. El coche se escapaba sin remisión. Uno debía de ser consciente del nivel del objetivo. Quizás con su Ossa Yankee hubiera podido plantarle cara, o en su defecto habérsela partido en un fatídico siniestro, pero un Miura a pesar de tener más de una década en sus espaldas, era una máquina muy seria.

Desencantado y desilusionado tomó la decisión más acertada. Provocar a alguien para iniciar un pique. Lo había visto en muchas pelis. Recordaba una en particular donde un tipo se ligaba a una rubia delgaducha (¡que asco¡) y el se ponía gomina y ella era una mojigata australiana, y se compraban un coche viejo y lo pintaban y se picaban con otro macarra, que tenía un coche con cuchillos en las ruedas, como en Ben Hur, y al final la chica se vestía de negro “apretao”y cantaban “acachiu dermultiplaien”.

O esa otra donde los chicos han acabado el instituto y se tienen que empezar a buscar la vida, y se pasean por una calle con sus coches, algunos tuneados, y van a un sitio de hamburguesas, y está el empollón con gafas, y el macarra que en el fondo es un buen chico......American Graffiti, o algo así, pero el prefería las de Tony Leblanc, o los Ozores, pero no tenían ninguna de carreras de coches, sólo una de lanzar un cohete con la puerta de un seiscientos a la luna, pero esa no valía de inspiración para un desafío del motor. Pero a él le hacía reir.

Así que se entretuvo en buscar un rival digno. Para ello aumentó el ritmo y fue mirando que coche podría ser el adecuado para un buen pique. Afortunadamente para él, le encontraron primero.

Un viejo coche Ford Galaxie 500 del año 1966, dotado del motor de 7 litros versión “Interceptor”, conducido por un señor alto y delgado, de camisa blanca de manga corta y corbata negra, con sombrero de paja y gafas de pasta negra , se situó a su lado. El hombre bajó la ventanilla eléctrica del lado del pasajero, y cuando Clemente le miró, este la hizo una fabulosa peineta a la par que cerraba la trayectoria de la moto con un volantazo.

Clemente desconocía que el buen hombre odiaba a las motos. Una de ellas se había llevado por delante la vida de su querida perrita “Dina” hacía ya diez años. Desde entonces se dedicaba a intentar matar a todo motorista que se cruzara en su camino. Incluidos los policías de carretera.

Tras el desconcierto inicial, Clemente se puso en modo “diversión” y aceleró de nuevo la Harley. Una vez a la par del coche, se dispuso a pegarle una patada en la puerta, sin tener muy en cuenta el principio físico de “acción-reacción”. Al golpear la carrocería con el píe, la moto con Clemente despendolado, salió catapultada en dirección opuesta al lugar del impacto. Por suerte para él, en ese instante no circulaba nadie con quien colisionar, tan sólo un Jeep Wagoneer tuvo que frenar levemente para dejar que el proyectil en forma de moto, pasará sin causarle ningún daño.

Paralelamente, el Galaxie 500 había acelerado fuertemente, y los casi 400 caballos de potencia hicieron humear las ruedas traseras. El conductor había desenfundado ya su pistola y estaba dispuesto a usarla de inmediato. Y el objetivo no era otro que Clemente.

Una vez que consiguió dominar la moto, buscó entre la ingente cantidad de vehículos, ese de color granate que había osado provocarle. La sangre le fluía a toda velocidad, las pulsaciones estaban disparadas, y sólo podría calmarse si conseguía humillar al señor de sombrero ridículo.

Habiendo certificado que lanzar una patada tenía como resultado un movimiento incontrolado e indeseado de la masa moto-piloto, supo que la estrategia debía ser otra. Se trataba de que el señor de sombrero ridículo y su viejo coche terminaran en la cuneta, a ser posible dando varias vueltas de campana. Sabía, porque lo había visto en muchas películas, que siempre el conductor salía indemne del amasijo de hierros en que se convertían los coches. Solía salir titubeando justo en el momento en que el vehículo explotaba. Y tenía ganas de ver alguna explosión de cerca. Nunca en su vida había sido testigo de alguna desgracia, de eso estaba seguro, y mucho menos él había sido causante de ninguna.

Pensó de manera rápida y eficaz. Lo mejor sería lanzarle una piedra al cristal. Pero eso implicaría tener que detenerse, saltar el murete de cemento, rebuscar una piedra del tamaño adecuado, ni tan grande como un melón, ni tan pequeña como una ciruela. Quizás el tamaño de una naranja grande. Y para entonces el fulano y su caja de hierro, estarían en la luna. Así que echó mano de lo primero que pudo coger de su equipaje. El montón de hierros inútiles de la tienda de campaña. No parecían ser muy contundentes, la verdad, pero si le daban tanto trabajo, como a él guardarlos, el tipo aquel tendría un problema.

En el coche, el señor de camisa blanca y corbatín negro guardaba en su regazo la pistola que en su día perteneció a su difunta esposa. La señora regentó durante décadas una casa de empeños, y sabía de la importancia de tener un arma y buena puntería. Mientras conducía, echaba miradas de reojo al espejo retrovisor, esperando que aquel depravado motorista, “mataperros” apareciera y pudiera darle una buena lección a base de plomo.

Clemente conducía alocadamente. Sorteaba camiones, pasaba entre dos de ellos poniendo en riesgo su vida, circulaba por el arcén a toda velocidad, sin contar en la cantidad de objetos que se podía encontrar uno en los arcenes, hierros, restos de neumáticos reventados, maderas, coches detenidos por alguna avería, niños vomitando, botellas con orín. Ya a lo lejos divisó el coche granate, incluso podía oír el borboteo de su enorme motor V8, rugiendo mansamente.

-Ya se acerca “Dina”- dijo el trastornado hombre al ver que el faro de una moto se aceraba a toda velocidad.

Cuando tuvo el faro de la moto lo suficientemente cerca, clavó el freno del coche. La moto y su piloto se estrellaron fuertemente contra la trasera del Ford. El motorista salió despedido por encima del coche y cayó decenas de metros más adelante. El tipo del coche descendió blandiendo la pistola y apuntando hacia el cuerpo que parecía inerte sobre el asfalto.

En un primer momento algún coche hizo ademán de detenerse, pero al ver el arma de fuego, nadie consideró una buena idea ser baleado por un loco, tan sólo por detenerse a ayudar a un agente de policía que había chocado violentamente contra un viejo Ford Galaxie.

Incluso Clemente que circulaba ya casi en paralelo al coche por el arcén, al ver la gran bofetada que se había dado el policía, que tan sólo pretendía dar caza a una moto que circulaba por el arcén de manera loca, tras dar cuenta de ello docenas de emisoras de los camioneros, prefirió no pararse a ver que pasaba. Y es que la manía de tener siempre a mano una pistola o un rifle, le seguía pareciendo una mala idea. Sin duda, alguien podría resultar herido, o peor aún, muerto.

-Maldita sea- dijo el hombre al darse cuenta de que aquel no era otro asesino de perros-. Joder, es sólo un policía- se dijo asimismo.

El policía conmocionado logró levantarse. Seis disparos más tarde, el hombre yacía muerto frente al capot de su Galaxie, que seguía con la estupenda melodía que proporcionaba aquel insensato motor. Proteger y servir.

Clemente estaba en un estado de verdaderos nervios, necesitaba calmarse, y también recoger los hierros de la tienda que blandía en su mano y que le impedían el manejo suelto y coordinado habitual. Nunca había sido testigo de un choque tan brutal, y aunque ignoraba que aquello terminó en un furgón funerario y en una ambulancia con un agente herido y candidato a una medalla al valor, estaba lo suficientemente alterado como para tomarse unos minutos de reposo.

Un nuevo punto descanso apareció ante sus ojos. Una tila, o un buen café servirían para aplacar en lo posible sus nervios. Aunque dadas las circunstancias, la decisión de retrasar un día la ingesta de cerveza, resultaría beneficiosa.

El inmenso parking estaba plagado de Peterbilt, Kenworth, International, Mack de todos los colores imaginables. Vaqueros, negros y chicanos eran sus conductores. Muchos de ellos medio borrachos, adictos a la música country y a los burdeles, no se diferenciaban mucho de los camioneros españoles, aunque estos eran de Pegaso y Barreiros, de Venta de carretera con botijo y gallinas sueltas, eran más de ir con la ropa sucia y de beber a morro el vino de Cariñena, con manchas de grasa en la camiseta interior y gorra de ferroviario francés.

Llegó al lugar donde poder estacionar los coches y motos y vio aparcado el deportivo color lima. Se acercó al coche. Era espectacular. Desprendía mucho calor, de lejos provocaba la sensación óptica de un espejismo, el motor emitía pequeños crujidos de la dilatación de sus piezas, olía de maravilla, esa mezcla de gasolina y aceite hirviendo. Los laterales estaban salpicados de pequeñas partículas de suciedad, de pedacitos de goma de los neumáticos y el frontal era la tumba de multitud de insectos aplastados. En el cristal delantero se podía ver la firma de muchos de ellos en tonos amarillos y rojos.

Cuando estaba dando la segunda vuelta alrededor del coche apareció una señora de edad madura, muy bella, quizás de unos setenta años. La dama, porque era una dama, eso se nota, se detuvo para dejar admirar a Clemente la “bella machina”, y cuando determinó que el tipo aquel de vestimenta estrafalaria ya había terminado de observar el Lamborghini, se dirigió a él de manera educada pero en extranjero.

-Lo siento, no hablo extranjero- dijo Clemente de manera educada, con la soltura de quien regenta negocios de hostelería.

-¡Ah!, es usted turista, ¿quizás español?, lo digo por su acento que difiere del hispano-americano- dijo atinadamente la dama-. ¿Le gusta el coche?, es una maravilla, pertenecía a mi ex marido, me lo regaló.

-Si. Soy de España, estoy de viaje. Algo médico. Vengo a solucionar esto....-y le mostró su oreja, bueno, la falta de ella.

-Espero que no sea doloroso. Tengo que marcharme, pero ha sido un placer charlar con un “torero” español - dijo ella.

-No duele, no. Ya casi estoy en mi destino. Tengo que ir a San Francisco, pero antes visitaré Los Ángeles. Y no soy torero, no, jejejeje.- dijo cortésmente. No cabía duda de que era un dandy.

-¿Si?. Si tiene tiempo, estaré encantada de recibirle en mi casa y tomar un té. Yo nací en Austria, viví en París. Conozco Europa, su país, la Alhambra, el Prado, el museo. Podremos charlar de los viejos tiempos. Pero no quiero que se sienta obligado. Sólo si puede. Llámeme si lo desea- y le acercó una tarjeta de visita que sacó del bolso.

Clemente tomó la tarjeta y abrió la puerta del deportivo para que la señora pudiera subirse a él, en este caso sería mejor decir, poder bajarse al coche, cosa que hizo con agilidad impropia de su edad.

Un profundo rugido inundó el aparcamiento y el coche de color lima salió haciendo patinar las ruedas, de nuevo un intenso olor a gasolina salpicó el entorno. Era como perfume para todo buen motorista. El coche desapareció de la vista.

Clemente miró la tarjeta y en ella decía “Hedi Lamarr” y ponía a continuación una dirección de Beverly Hills y un número de teléfono. Si tenía tiempo llamaría, parecía una señora, una dama, interesante. Su agenda de amigos crecía de manera alarmante.


Continuara.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

Queridos amigos.
Por motivos familiares, quizás no pueda seguir el ritmo habitual de mis relatos. Intentaré que sigan apareciendo de manera regular, mi intención es terminar el relato para esas "fiestas tan familiares" que se avecinan, pero disculpar si no es así. Clemente ya está cerca de su objetivo. Y yo del mío, que es terminar la historia habiendo entretenido a alguno de vosotros, a la vez que yo disfruto escribiendo. Gracias por leer mis desvarios.

Supongo que para algunos será un alivio.

Nos vemos. Cuidaros ahí fuera.

Paté.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Humphrey »

Muchas gracias por todos estos momentos, Paté. Esperaremos lo que haga falta, tú céntrate en lo importante... :XX: :XX:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Animo Paté y que todo vaya bien, desde luego que estas consiguiendo entretenernos, seguiremos atentos!

Un fuerte abrazo y muchas gracias por alegrarnos la vida en estos tiempos tan tristes



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

De alivio nada, es un placer leerte, gracias por estos ratos
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Bonniato »

Por supuesto que nos adaptaremos al ritmo de publicación de nuevos capítulos que te impongan tus obligaciones familiares.
Con la incorporación al relato de la señora Lamarr la cosa se pone aún más tremenda y hasta es posible que Clemente sea el primer motorista del mundo en contar con GPS. :=

Muchas gracias por compartir tu desbordante y talentosa imaginación.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO




“Estilo de carreras”




No estaba en estado de shock precisamente. Consideraba ya algo natural que las mujeres sintieran atracción por él. No cabía duda que el abanico de posibilidades que daba un hombre de su estatura, no física, sino personal, era una fuente inagotable de magnetismo para el sexo opuesto.

No llevaba mucho tiempo en el país, y ya tenía una larga colección de mujeres que se habían acercado a compartir tiempo y experiencias con él. Pero esta última, la dama elegante, la del coche espectacular se salía del patrón de conquistas de Clemente.

Una pequeña punzada en el corazón le sacudió al pensar en su amada esposa. No tenía muy claro que clase de relación había tenido con esas mujeres, albergaba serias dudas de que hubiera podido cometer adulterio. Estar borracho, o drogado, o ambas cosas a la vez, actuaba como eximente en su conciencia, y quien le decía a él que Pepi no estaría saltando de cama en cama en su ausencia. Era una mujer extremadamente golosa para los ojos ajenos, y sabía de buena tinta que el nuevo local era un escaparate donde cualquier crápula podría poner su mirada en las tersas y abundantes carnes de su mujer, a pesar de haber menguado considerablemente en los últimos tiempos.

No pensaba que su esposa fuera una mujer de fácil seducción. Pero sabía de primera mano que era una señora muy fogosa, que necesitaba de calor ajeno con frecuencia, y tenía la certeza de que su ausencia provocaría en ella un desasosiego importante y que en momentos de flaqueza podría caer en manos de cualquier individuo sin escrúpulos dispuesto a seducirla las veces que hiciera falta.

Con el fin de justificar sus propios deslices, consideró acertado que, en caso de que su mujer hubiera tenido un affaire con un play boy, darle sus bendiciones y animarle a no tener remordimientos por ello.

Quizás el vago recuerdo del día después de la paella de Peñarara, y el hecho cierto de haberse despertado compartiendo lecho con el inglés y Nancy, hiciera que sus convicciones morales inyectadas en vena en el colegio de curas, se derrumbaran de manera escandalosa.

Dejó de pensar en ello cuando un nuevo atasco en la interestatal 15 ralentizó su marcha. Hacía una hora larga que había visto alejarse al Lamborghini Miura y aun recordaba con claridad el perfume de las naftas del combustible. Y en su interior resonaban como música celestial los minúsculos crujidos que se oían por todas partes del vano motor y el escandaloso tronar de los doce cilindros a tope de revoluciones.




XXXXXXXXXXXX


Nancy y Pepi estaban durmiendo a pierna suelta. No había sido tarea fácil convencer a Pepi de que a “lo hecho, pecho”, y de que a veces la ignorancia puede ser la mejor lección que uno recibe en la vida. Se abrazaban con fuerza. Existía una unión fraternal que hacía que ambas sintieran la necesidad de tener un cuerpo amigo al lado.

Antes de acostarse aquella noche, Pepi puso al corriente de las últimas noticias a Nancy. Le contó que su cuñada, que ahora vivía en un chalet de las afueras, se había presentado con la cara desencajada en el despacho del “Cuarto Oscuro” mientras ella repasaba las cuentas con Donato.

Le contó que su marido, el cuñado de Clemente, aparecía muy poco por casa, y cuando lo hacía, lo hacía tarde, y que la culpa de todo la tenían ellos por haber abierto ese antro maloliente, donde ahora su marido pasaba largas veladas con el pretexto de estar haciendo negocios del banco, cerrando operaciones importantes, con clientes importantes y dejando de lado sus obligaciones familiares. Y maritales.

Pepi dijo que ella no se metía en asuntos ajenos, que los problemas que ella pudiera tener con su marido, les competían a ambos y que eran ellos quien deberían solucionarlos.

-Quiero que mi hermano tome cartas en el asunto....- dijo la cuñada.

-Te recuerdo que tu hermano está de viaje-.

-Ya lo sé. Que vuelva y resuelva esto. Que le prohíba la entrada al local- exigió ella.

-Mi marido nunca hará eso. El vela por la salud financiera de sus negocios tanto como yo, y debo decirte querida cuñada que en estos momentos, tu marido es uno de nuestros clientes estrella. Mueve muchos clientes con potencial económico y da la impresión de saber manejarse muy bien en esos entornos. A decir verdad yo pensaba que era un idiota integral, sin ánimo de ofender querida, y mira por donde, el tipo es un fiera. Y nunca ha sido visto echando una cana al aire, no creo que haya alguna mujer con ganas de.....

-¡Tu a mi no me faltas al respeto¡ ¡Gorda¡

-Creo que será mejor que te vayas. Di al camarero que te ponga una tila, la casa invita. Y además yo no me preocuparía por si tu marido está detrás de alguna falda. Nunca le hemos visto nada parecido. Está siempre calculadora en mano, ofreciendo buenos caldos a los clientes, y consiguiendo que estos firmen documentos como si no hubiera mañana.......Ahora tómate la tila. Y no vuelvas a llamarme gorda o te acordarás de mi.

La hermana de Clemente rompió a llorar. La tensión del momento, los nervios acumulados durante semanas pensando en las peores cosas que le pueden pasar a una mujer, como comprobar que la falda del año pasado ahora te aprieta o poder ser abandonada por otra chica más joven y más teñida, había sido un calvario insufrible.

No tragaba a Pepi. Nunca la había soportado. Le parecía que había convertido a Clemente en un ser que podía pensar de motu proprio , y siempre había sido mas sencillo controlarlo antes de su matrimonio, bastaba con sacar unos cuantos quintos de cerveza para lograr manejar el entorno familiar. Pero creía que tampoco merecía haber sido insultada de viva voz. Era suficiente con menospreciarla en la intimidad, e incluso reírse de ella mentalmente reírse de esa gorda. Aunque ahora ya no lo era tanto.

Pepi le dio unos minutos para recomponerse y salió de la oficina. La brigada de limpieza se afanaba en dejar todo impoluto. Era una máxima indiscutible. No era como las cervecerías, donde unos huesos de aceituna, unas cáscaras de gamba en el suelo, le daban la patina que uno busca y necesita en una tasca de barrio. Formaban parte del decorado, lo mismo que los platillos de ensaladilla, los boquerones, la barra de acero pulido y los grifos de cerveza escarchados.

Pero allí se exigía limpieza profunda. Dejar los reservados siempre dispuestos, cambiar los cojines de las butacas, a menudo manchados del descorche de los espumosos, o con pedacitos de croqueta de gamba. Tampoco era raro encontrárselos manchados de carmín o de sustancias que era mejor no determinar su procedencia.

De reojo observó como su cuñada salía de la oficina con la altivez acostumbrada. Era una mujer que no se parecía nada a su hombre, parecía no ser hija de los mismos padres, y esto último tenía visos de poder ser real, si se consideraba el resultado de las analíticas de Clemente y de las circunstancias del fallecimiento de su madre.

Era una mujer en la cuarentena. Alta, espigada, morena, con unas bonitas piernas un tanto robustas pero bien torneadas, y con una cara que si bien no era atractiva, no había nada en ella que destacara por su imperfección. Pepi tenía el convencimiento, que si esa cara escondiera detrás una persona de buen corazón, sería un rostro brillante, pero sus facciones estaban permanentemente impregnadas de malos pensamientos y de malas acciones, así que mostraban lo que escondía el alma corrompida.

Deseaba que a ella le sucediera lo mismo que a su cuñada en un par de aspectos. A pesar de haber sido madre dos veces, seguía teniendo un vientre plano y unos pechos firmes. Dudaba que ella pudiera llevar con cierta elegancia el embarazo, y dudaba aún más de poder mantener a raya la tripa y mucho menos sus pechos, ya de por si abundantes y pesados, herencia de cuando su sobrepeso era manifiesto.

Cuando la hermana de Clemente sorteaba las limpiadoras con aspirador en ristre y cubos con amoniaco, tuvo la desgracia de tropezar con un escalón no iluminado y perder el equilibrio. Afortunadamente era una mujer ágil y resolvió el percance con tan solo apoyar una rodilla en el suelo. Perdió en el embite una de las manoletinas que calzaba; para cuando se giró a recogerla, un muchacho alto con la cabeza rapada, y una amplia sonrisa ya le sujetaba con firmeza y a la vez dulzura del brazo y blandía el zapato perdido.

-Siéntate por favor- dijo señalando una butaca – voy a calzar a mi Cenicienta. ¿Estás bien?, ¿te has hecho daño?-.

Y mientras la hermana de Clemente tomaba asiento perfectamente embobada, el muchacho, unos diez años más joven que ella, le colocaba con maestría la manoletina.

-Ya está. Ahora ya puedes ir a buscar tu príncipe. Me llamo Marcos, y soy tu fiel servidor- dijo con ese tipo de sonrisa irresistible.

-Mnmmmm.......esto.....gracias. No se que decir, te habré parecido una boba. Soy una torpe, lo siento.......gracias de nuevo. Ahora me voy a por el coche....

-Te acompaño a la carroza, ”princesa”....-.

Y cuando Marcos decía princesa, era como cuando se dejaba caer una bomba de neutrones. Se sabía que no podías escapar de ella, y que la onda expansiva te iba a atrapar y dejar secuelas, tarde o temprano.

-No hace falta- dijo ella azorada, cautiva ya de la onda expansiva.

-Insisto-.

Y acompañó a la hermana de Clemente al coche. Le abrió la puerta, espero a que arrancara y le dejo una gran sonrisa de propina.

Estuvo a punto de chocar en dos ocasiones. No podía centrarse en la conducción. Se veía hecha un pato mareado cayendo de rodillas, y perdiendo el zapato. Y veía aquella sonrisa espectacular. Y le daban ganas de acariciar la calva tersa y brillante. Y se decía que era una estúpida si creía que aquel galán jovenzuelo se había fijado en ella con verdadero interés. Era mucho mayor que él, que tendría a todas las jovencitas locas por sus huesos, y su sonrisa, ¡que sonrisa, coño¡ ¡que sonrisa¡. Y ¿como había dicho que se llamaba? ¿Marcos?, y se hacía aquella pregunta en balde, recordaba su nombre a la perfección, y aquella noche mientras su marido firmara importantes documentos en el reservado, ella fantasearía con Marcos, y lo haría a lo grande. Con fanfarrias y farolillos.




XXXXXXXXXXXXXXX


En el otro extremo del mundo, los sueños de Al Manzini eran bien distintos, eran pesadillas. Allí sentado en un extremo de la enorme mesa plagada de asesores, de militares, de expertos en espionaje, de directores y subdirectores de agencias de las cuales ignoraba hasta su existencia, trataba de poner orden en su atascada mente.

La persona que dirigía con mano de hierro la comisión, era la ayudante de dirección del gabinete de emergencias nacionales, adjunto a la Casa Blanca. Un pez gordo, o mejor dicho una pez gorda.

-¿Entonces quiere hacernos creer señor Manzini, que todos los dispositivos de los que ha dispuesto, no han sido capaces de localizar a un solo individuo que va sembrando el caos por todo el país?. ¿No estará usted trabajando para alguna potencia extranjera? ¿no estará encubriendo al terrorista, verdad señor Manzini?- dijo de sopetón la mujer, de la cual no escapaba ni un solo gesto que denotara estar de broma.

-¿¡Cómo!?, protesto señoría....- dijo Al.

-Cálmese señor Manzini, esto no es un tribunal de Justicia...- respondió ella – es tan sólo un comité de control. Comprenderá que no podemos permitir que un individuo, del cual no tenemos ni una vaga idea de su apariencia, salvo que parece no tener un pabellón auditivo, que se desplaza en moto y que está en la élite de los terroristas capaces de evadir cualquier control policial, vaya causando muertes y sembrando las calles de terror, y mucho menos podemos permitir que la persona que gestiona la captura sea una incompetente.....

-¡No tolero que se cuestione mi capacidad!. Usted mismo ha dicho que es un terrorista excepcional, alguien de una categoría diferente a lo que conocemos......

-Quiero resultados. Los quiere el Presidente. Es su última oportunidad, o yo misma me encargaré de que el resto de sus días sean un infierno. Si no consigue algo, algo que nos permita avanzar, despídase de su jubilación en Florida, pescando peces espada......Le veo pidiendo limosna en los semáforos para poder sobrevivir, señor Manzini.

Al Manzini pensó de todo. Pensó vaciar su cuenta bancaria y guardar el dinero en una caja fuerte, por si venían mal dadas. Imaginarse a pleno sol pidiendo de ventanilla en ventanilla un dólar para poder comprar una botella de licor y emborracharse antes de ir a dormir la mona en un sucio callejón, le causaba un malestar impropio.

Pensó en dimitir, en arrojarse por un precipicio, en morir bajo las ruedas de un enorme camión, en lanzarse sobre un transformador eléctrico, en incendiar la casa con él dentro, o en introducir la cabeza en el horno y abrir la llave del gas.



XXXXXXXXXXXXXX




Clemente estaba harto de la highway. Necesitaba volver a carreteras convencionales. El alto manillar le provocaba más cansancio del necesario. El aire caliente le castigaba de manera cruel, por eso el ritmo de carreteras secundarias, con sus curvas encadenadas, velocidades necesariamente moderadas, eran mejor escenario que circular entre enormes y humeantes camiones cargados de alfalfa o troncos de madera.

En la enésima parada para repostar, un viejo camionero de aspecto hispano, le indicó que debería salir de la Interestatal 15 a la altura de Cajon Junction y tomar la estatal 138 hasta Crestline, donde entre bosques y paisajes de ensueño, iría subiendo de altitud, para empalmar con la ruta 18 que descendía hasta San Bernardino.

La carretera prometía ser divertida. Plagada de infinidad de curvas, con un paisaje frondoso y salpicada de puntos donde poder comprar artesanía o productos de las granjas locales. En el rubicón de la ascensión estaba el “Rim of the World”, o la cima del mundo, desde donde se tenía una espléndida panorámica de la enorme ciudad de Los Ángeles, con San Bernardino, Pomona, Rancho Cucamanga, Pasadena o el Chino.

En el descenso a San Bernardino, debería prestar atención y tomar la Interestatal 10 Que le conduciría directamente hasta Santa Mónica, atravesando Beverlly Hills, que era su punto de destino para visitar la ciudad.

Eran docenas de millas de carretera interestatal, en un entorno urbano. Edificios industriales, zonas comerciales y residenciales se iban intercalando. Daba la sensación de estar dando vueltas en círculo y volviendo a pasar una y otra vez por los mismos hoteles, los mismos McDonalds, y los mismos concesionarios de automóviles.

Cuando en Cajon Junction tomó el desvío, se equivocó dos veces. Era un nudo un tanto lioso y terminaba siempre en la puerta de un taller de reparación de tractores. Por fin pudo tomar la ruta deseada y el paisaje fue cambiando poco a poco. Iba subiendo lentamente, la carretera se iba despejando paulatinamente, y ya tan solo quedaban la cinta de asfalto negro y su moto rugiendo colina arriba.

Era el día perfecto para montar en moto. Quizás hubiera preferido no llevar equipaje que le molestara para una conducción deportiva. Sin duda la Ossa Yankee estaría en su salsa, con su manillar bajo, su brío, con el aroma de la humareda de los escapes, con su consumo desaforado, con baja fiabilidad, pero un buen motorista sabe, o debe de saber, sacar provecho de la máquina que conduce.

Poco a poco, el savoir faire de Clemente a los mandos de una moto, hizo que incrementara el ritmo, más allá de lo aconsejado. Los estribos rozaban con facilidad, pero había visto en las fotos de los Solo Moto del Motoclub, como los pilotos más avezados, sacaban el culo del asiento e intentaban tocar con la rodilla al suelo.

En la primera curva que lo intentó, sacó el culo para el lado opuesto. Además lo hizo con poca soltura y a poca velocidad, lo cual le privó de la primera caída. De haberlo hecho adecuadamente en aquellos momentos ya se estaría movilizando la ambulancia para su traslado.

Se fue animando con la maniobra. Frenar un poco, sacar el culo del asiento, extender la rodilla, inclinar, rezar para que todo salga bien, y sortear la curva. Llegó a la conclusión de que si hacía lo correcto, podría entrar a mayor velocidad.

Y como si fuese “El niño de la Capea” a puerta gayola, volvió a hacerlo una y otra vez. Y tuvo la suerte de que el toro fuera siempre al capote, todo salió a pedir de boca. Incluso en algún viraje la moto llegaba a tocar con los estribos o con los escapes, soltando unas chispas de lo más visuales.

Se detuvo en una zona acondicionada para reposar. Lucía una sonrisa espléndida. Recordaba minuciosamente cada curva del recorrido que había realizado, como de intentar la maniobra de manera errónea, había resuelto con dignidad el entuerto, y al final se podía determinar que lo conseguía hacer con pericia.

Aunque él no era conocedor de donde estaba, las vistas eran impresionantes. Estaba en el sitio que reflejaba como se sentía, en “La Cima del Mundo”. Veía la gran urbe a lo lejos, como se levantaba la neblina propia de la contaminación provocada por una ciudad atestada de vehículos, donde el transporte público era residual, donde cada persona poseía su propio coche, e incluso dos o más.

La bajada no fue tan placentera. Con San Bernardino a lo lejos, retomó la practica de la maniobra. En dos curvas erró de manera evidente, convirtiendo el asunto en una especie de ridícula demostración de conducción torpe y desacertada. Y consciente de ello, se concentró en hacerlo bien, frenar un poco, sacar el culo, extender la rodilla, inclinar, rozar con los escapes, esta vez demasiado rozamiento, perder el control de la moto, invadir el carril contrario, ver el autobús de excursionistas de frente, cerrar los ojos, y no ver como el habilidoso conductor del bus esquiva la moto y el piloto, con una brusca maniobra que le lleva al borde del vuelco, y todo sale bien, y volver a abrir los ojos y regresar al carril correcto, mientras de reojo y acelerando, se echaba un vistazo al retrovisor donde se podía ver como el autobús continuaba su marcha placentera, y donde no se podía oír los insultos mas crueles, y los deseos más aviesos de las docenas de ocupantes del mismo.

Una vez recuperado del susto, detuvo la moto de nuevo, esta vez en la puerta de un pequeño establecimiento, donde vendían mapas para excursionistas, pertrechos para el senderismo, rifles de caza, machetes, látigos, alcohol, prensa y cualquier cosa que pudiera necesitar el viajero.

Tomó una crema de calabaza muy caliente, dos Tab sin azúcar, un café doble, y se compró una caja de chicles. El dependiente, era un ex agente de policía con buenos contactos en la comisaría. Sus clientes habituales solían ser agentes de servicio, o que en los días festivos acudían con sus familias a pasar el día por la montaña. De hecho, acababa de salir hacía un momento un autobús repleto de agentes que venían a reforzar la ciudad, y que al parecer estaban intentando atrapar a un peligroso terrorista.

Cuando Clemente abandonó dirección San Bernardino el establecimiento, el ex policía tenía la sensación de que aquel tipo de la moto, podía encajar con el individuo que andaban buscando en la zona, según había podido oír en las conversaciones de los policías de autobús.

Llamó a sus ex compañeros de la comisaría para informar y la noticia cayó como una bomba. Un hombre con moto, sin oreja, y con un rostro que el experimentado ex agente, no pudo describir con mucha exactitud, había estado en el local. Era un hombre callado, de rostro inexpresivo, taciturno y que parecía estar un tanto nervioso, tampoco hablaba nada, sólo señalaba lo que deseaba, y pagó al contado. Pudo añadir que el casco que usaba tenía una leyenda premonitoria, “I will never die”, y que en lo sucesivo sería una pista determinante.


XXXXXXXXXX


Al Manzini fue informado rápidamente. Todo lo rápido que puede ser informado de un suceso así, cuando el ex agente informa a la comisaría, donde el comisario informa al fiscal, que no puede atenderle por estar comiendo con el juez que acaba de condenar a 30 años de presidio a un pobre indigente acusado de robar dos cajas de donuts de un furgón de reparto, y donde éste informa al fiscal general que termina contactando con un senador, que a la vez se informa de quien está al mando de la investigación, le hace llegar la noticia, que es valorada por un comité, y que decide darle prioridad a la notificación.

-¡¡Ya te tengo, perro judío!!, ya te tengo – grito eufórico Al Manzini.

Quizás tuviera cerca el apresamiento de algún perro de origen judío, pero no era tan seguro que estuviera cerca de atrapar al terrorista. De eso no podía estar seguro.

Clemente entraba ya en San Bernardino. Comenzó a llover en el sur de California.



Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

¡ole ole!
:ride: :ride: :ride:
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por newjamelin »

Jolín, ya llevo tiempo sin pasar por aqui...
lei la de la sanglas, me engancho a esta , gracias :XX: :XX: :XX: :XX:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

8-)“I will never die” 8-)
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por albacete »

:plas: :plas: Mas, mas, mas. := := :XX: :XX:
NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDAS RODAR Hoy-

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Mancha
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Mancha »

Gracias maestro, por hacernos más llevadera la insensatez de estos días!!! :lol: :lol: :lol: :lol: :lol:
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO VIGÉSIMO NOVENO




“Suburbio y Alta Sociedad”




De pronto, sin casi transición, la divertida carretera de montaña, se transformaba en una vía de doble sentido, con dos carriles en cada dirección y separados por una mediana de cemento. El urbanismo “cubista” de las ciudades americanas, venía determinado por el hecho de ser lugares con poca historia. Eso había propiciado que los diseñadores de los ensanches de las ciudades, no se hubieran tomado muchas molestias en su desarrollo. Bastaba un plano y trazar una línea que sirviera de base para plasmar sus paralelas y perpendiculares. El resultado eran unas cuadriculas que facilitaban el desplazamiento de un lugar a otro.

Con el fin de simplificar aún más la orientación de los habitantes, las calles y avenidas gozaban de una nomenclatura a base de números, calle 15, calle 16, o avenida 3 o 4, y así sucesivamente. Es cierto que algunas calles por su relativa importancia gozaban de nombres propios, pero lo habitual era lo otro. Y para saber que dirección tomar en la calle 136, bastaba con saber si era 136 norte o sur, u oeste o este. Sencillo.

Un almacén de piensos, junto a una gasolinera y unas naves industriales abandonadas, flanqueaban el cartel de “San Bernardino”. Por la carretera rugía el motor de la Harley. A sus mandos la impecable, y desalentadora, figura de Clemente surcando el asfalto. Enfundado en su mono de lluvia morado, los reflejos de su imagen en los charcos inundaban el gris panorama de color. Los rayos del sol comenzaban a abrirse paso en las negras nubes del atardecer y formaban pequeños reflejos amarillentos.

Comenzaba a sentir la necesidad de detenerse y quitarse de nuevo el impermeable. Había sido una tarea ardua encontrarlo al fondo del equipaje, donde en previsión de no tener que usarlo fue almacenado. Al revolver sus enseres, el golpe de olor rancio y pestilente, le indicó que quizás fuese el momento de lavar la ropa. Así que sin más demora buscaría una de las múltiples lavanderías que había tenido ocasión de ver, y le daría un repaso a su equipaje. De ese modo tendría ropa suficiente para los próximos quince días.

Detenido en un semáforo de los que allí se estilaban, con las luces al otro lado de la calle, lo cual no dejaba de ser un tanto lioso y confuso, observó que la gente de aquel barrio tenía una gran afición por abandonar los coches en la calle. Varios de los vehículos aparecían quemados, o en un pedestal de ladrillos que los sostenían en el aire.

Algunos vecinos iban de aquí para allá con un carro de supermercado, con sus pertenencias dentro. Solían llevar un perro cansado atado al carro, y parecían vagar sin rumbo.

Bastantes chicas vestidas de manera llamativa, aparecían ociosas apoyadas en las esquinas o cerca de la carretera. Parecían simpáticas y también parecían conocer a todos los conductores de los coches que se detenían a saludarles, ya que su actitud era muy cariñosa con ellos.

Unos chicos negros paseaban en bicicleta de una lado para otro, y le chocaban la mano a viandantes que se acercaban a ellos mirando a todos los lados, como si tuvieran miedo a que les pudieran ver saludando a esos muchachos. Acto seguido los ciclistas de color introducían su mano en el bolsillo, y de nuevo parecían chocarse las manos de un modo particular.

Un grupo de adolescentes estaba sentado en unas escaleras que daban paso a una pista de baloncesto. Como los jóvenes eran de todos los “colores”, una chica rubia de piel muy blanca, un chico alto y delgado que parecía moro, dos negros de pelo rizado, una china que le recordó a la china que quiso clavarle un cuchillo, y es que todos los chinos son iguales, y un chaval gordo que comía una hamburguesa enorme, creyó que ellos podrían indicarle donde encontrar una lavandería para lo de su ropa.

Se detuvo y les preguntó si hablaban español. Uno de los negros se puso la mano en la oreja, en el típico gesto de hacerle saber, que el ruido de la moto les impedía oírle. Clemente paró el motor, y se apeo de la moto. Acercarse a ellos con el impermeable morado resultaba grotesco, pero era necesario. Se quitó el casco y lo dejó colgando del alto manillar. Dentro puso los semi guantes .

-¿Alguno habla español?- pregunto Clemente.

-Tu. Pedazo de imbecil, tu hablas español – contesto la rubia.

Inmediatamente, fue rodeado por todos los jóvenes y sin tiempo a darse cuenta, notó un golpe seco en la cabeza y todo se fue a negro.


XXXXXXXXX



En el Motoclub “Tumba más o a la tumba”, recibieron con alborozo la misiva de Clemente. Contenía una foto de él con una Harley Davidson cargada con equipaje, y al fondo un majestuoso edificio que no dejaba lugar a dudas de donde se encontraba.

-Es un crack. Fijaros como se mimetiza con el entorno. La ropa que usa es de delincuente, sin duda para pasar desapercibido. Allí o te vistes como para asaltar uno de los casinos, o te vistes como para ir a jugar al golf. No hay medias tintas.- dijo Willy el chico que le vendió la Yankee.

-Pos parece un pordiosero- añadió el mecánico, sin disimular su poca estima hacia Clemente.

-¡Le tienes rabia! – dijo la muchacha de la Morini 3 1\2 – a mi me parece que va informal pero arreglao. Pero lo interesante es la cantidad de kilómetros que se ha cascao. Es un motero de pies a cabeza. Y no dudéis que habrá exprimido el motor a conciencia.....

-¡Claro! Puta envidia es lo que tenemos....es un máquina. Vamos a tomar una cerveza al “Francia”, se merece un homenaje....

No muy lejos de allí Pepi también había recibido una foto similar. Presa de un ataque de nervios, Nancy trataba de consolarle.

-Hija, no te vengas abajo. ¿No te hace ilusión verle?. Está muy majo.......a ver.......no está arreglao, no....pero ya sabes, está de viaje, con poco equipaje, en moto......se junta un poco todo.....el polvo, el barro, la roña, y quizás un gusto para la ropa un tanto alternativo. ¿No será un poco agarrao para vestir?.¡Anda, toma otro sorbito de tila! – dijo con resignación.

-¿Pero tas fijao bien?, si va con sandalias........¡Y esos pantalones!, por dios.......Me lo han cambiao, no es mi Clemente...-

-Se estará buscando así mismo. Yo no le daría importancia. Cuando vuelva le podrás dar un tirón de orejas – trató de hacer un chiste Nancy.

Y Pepi volvió a romper en un mar de lágrimas “que pintas dios mío bendito, que pintas”.



XXXXXX


El aspecto de Clemente no había mejorado mucho con respecto a la foto. Había empeorado considerablemente.

Cuando abrió los ojos, no podía darse cuenta, pero estaba tumbado en la trastienda de una tienda de empeños. Un señor muy mayor desdentado le miraba fijamente, a su lado otro caballero entrado en carnes, agitaba una botella de un líquido blanco con el cual frotaba la frente de Clemente.

-¿Dónde estoy? – dijo con dificultad-

-Tranquilo. Está usted a salvo. Mi padre – dijo señalando al desdentado- caminaba por el barrio y vio como unos muchachos le golpeaban. Les gritó y dejaron de golpearle. ¿Sabe?, mi padre es una institución en el barrio. Es respetado. Regenta está tienda desde hace más de cuarenta años. Muchos de esos chicos son sus clientes. Ya sabe, cuando tienen algo para vender.... Ah, y tiene usted su moto y pertenencias aquí mismo.

Clemente consiguió levantarse. Se llevo la mano a la frente y notó que le dolía. Pero el dolor no era mayor que cuando te caías en moto y dabas de cabeza contra un poste de teléfonos o cuando te estampabas en una valla.

Vio la moto aparcada fuera. En un breve repaso mental era evidente que faltaba la tienda de campaña, el casco y los guantes. Lo demás parecía estar todo en su sitio.
El desdentado, que no hablaba español como su hijo, le dijo algo al hombre. Al parecer uno de los muchachos le exigió veinte dólares para dejar de sacudirle, y ahora exigía los veinte dólares y otros veinte por el gasto de medicinas.

Clemente no estaba para discusiones absurdas, así que se metió la mano en la entrepierna y saco el fajo de billetes disimuladamente, en un momento de distracción de los dos tipos siniestros. Cogió un billete de cincuenta y lo dejó sobre la mesa.

Agradeció los cuidados y salió al exterior. Buscaría la Interestatal 10 y en el primer Motel pararía a dormir y recuperarse de la paliza. Arrancó la máquina y salió pitando de allí. No era un sitio respetable, ni un barrio acogedor. Veinte minutos mas tarde el paisaje vespertino cambió de modo considerable.

Los comercios eran mas elegantes, había mas centros comerciales, concesionarios, y restaurantes de comida para llevar. Le parecía un negocio absurdo, un negocio sin porvenir. La gente, al menos en España, nunca pediría comida para que se le llevaran a casa. Allí eran más de croqueta casera, cocido madrileño, lentejas con chorizo, filete empanao, y tortilla de patatas con cebolla. Y de sentarse en la mesa de la cocina mientras se oía el “chip, chip, chip” de la olla a presión. Y sino, la gente iba a la tasca y daba buena cuenta de una ración de oreja o de choco con patatas.

Acodarse a una barra, mientras oyes los crujidos de las mondas de cacahuete que estás pisando, levantar el vaso y dejar caer la cabeza hacia atrás, a la par que la frescura de una buena caña atraviesa el gaznate, y simultáneamente te llega el olor de una ración de paella mixta o de sardinas asadas, y oyes a los críos pedirles a sus padres otro trago de vino con sifón, era mil veces mejor. Y repetir la jugada de bar en bar, con el pretexto de que “aquí ponen las mejores raciones de higadillos encebollaos, o los callos más limpios del barrio”, llenaba de satisfacción a todas las familias.

Y luego estaba el regreso a casa medio mareado. Un vermú era un buen vermú, si conseguías regresar a casa del brazo de tu señora, sin que ninguno de los dos cayera desplomado al suelo. Y ya sentados en la mesa, con una sonrisa estúpida de él o sigilosa de la mujer, dar cuenta del guiso de rabo de toro, de las natillas con galleta, y dejarse caer en el sofá con una buena copa de Veterano para él y una de Marie Brizard para ella.

De pronto vio el cartel que deseaba. Un Motel con una bonita entrada , una recepcionista muy joven vestida de “punk”, pero muy solícita y educada, con música ambiental y además con servicio de lavandería.

Se instaló en el cuarto con un terrible dolor de cabeza, y al poco una chica de servicio vino a recoger la ropa que le había preparado en una bolsa. Incluyó todo su ajuar. Se quedó cubierto tan sólo con la toalla de ducha y deseaba meterse en la cama sin demora.

Cuando la chica recogió la bolsa con la ropa pensó que habría pocilgas que olerían mejor que todos aquellos harapos, pero marco la bolsa con el número de habitación, y la tiró dentro del carro que empujaba.

Clemente ya descansaba del viaje, y de la paliza. Tuvo sueños convulsos, en ellos se veía gritando de miedo mientras le perseguía un hacha tomahawk. Vio como si fuera real a “Pluma de Buitre”, y le caía dinero del cielo. Y luego corría desnudo detrás del casco que rodaba calle abajo y que nunca conseguía alcanzar, y comía leche condensada a cucharadas que cogía un abrevadero donde bebían docenas de caballos enormes. Y el hombre desdentado le quería quitar los pantalones mientras él gritaba “mi dinero es mío, ladrón”. Luego tuvo un fragmento de sueño erótico con su mujer, que no era necesario contar. Y así siguió toda la noche, entre el absurdo del subconsciente y los miedos reales.




XXXXXXX




Clarence Whitedoor terminaba su turno como trabajador en una fábrica de elementos auxiliares para los mataderos de aves. Como cada día acudía a su trabajo con una Honda Cub de 110 cc. Aunque no era obligatorio usar casco, tenía el convencimiento que usar uno era buena idea, que le salvaría de cualquier peligro, y prolongaría su vida en caso de alguna desgraciada caída.



XXXXXXXX



Al Manzini avanzaba en la búsqueda de quien se había convertido en su peor pesadilla. Peor que cuando se enteró que Frank le había dejado por un músico de ukelele.

Ahora ya sabía que el casco que usaba el fugitivo no era un casco comercial. Era un casco exclusivo, pintado a mano. La leyenda “I will never die” se debía al encargo del propietario y tan solo él, poseía uno en todo el mundo.

Y como quiera que tenía un detallado diseño del mismo, con la colaboración de un ex agente de policía que regentaba un local en las montañas, curtido en descripciones de objetos y personas, había hecho circular un retrato robot del casco entre todas las patrullas de California. Cada coche patrulla, cada mural de cada comisaría tenían un boceto a color del mismo. Era la mejor manera de reconocer al terrorista. Tan sólo él llevaba ese casco.



XXXXXXXX



Balthazar Embila llevaba quince años en el cuerpo de policía de San Bernardino. Había ascendido recientemente a sargento, a pesar de su color de piel. Sus compañeros de promoción hacía al menos seis años que ya lucían los mismos galones, e incluso alguno ya era teniente. Pero eran de color blanco, no como él.

Clarence Whitedoor paró en la puerta de la tienda de empeños que estaba frente a la pista de baloncesto, donde unos muchachos se reunían a conversar. Preguntó en el interior si disponían de alguna unidad de casco que pudiera ser compatible con su cabeza y que no fuera muy caro.

Casualmente hacia medio día que disponían de uno. Algo excepcional, pintado a mano, con una bonita leyenda en la parte trasera. Y tan sólo por sesenta dólares. Le pareció un trato correcto, y desistió regatear. El casco le sentaba como un guante de los que también acababa de comprar, y se fijo en una tienda de campaña, pero esperaría comprarla en otro momento. Le apetecía ir de acampada con su chica.

Por fin rodaba con una sensación de máxima seguridad. Se sentía protegido, daba la sensación de que nada podría dañar su integridad física. Aceleró a la salida de un semáforo y de pronto oyó como el coche patrulla que llevaba desde hacía unos minutos detrás hacía sonar la sirena. Se detuvo de inmediato. Le gustaba colaborar con la ley.

El sargento Embila no daba crédito a su suerte. El casco que todo el mundo andaba buscando lo tenía justo delante de él. Ya soñaba con otro ascenso expres. Hizo sonar la sirena del coche patrulla y vio como la moto se detenía. Amartillo su pistola reglamentaria y bajo del coche tras pedir ayuda por radio. Tenía al terrorista.

Clarence se apeó de la moto y le entraron ganas de estornudar. Se llevo la mano con rapidez hacía la cara para evitar salpicar al agente, que interpretó el gesto como una amenaza. Fue el último estornudo de Clarence.

Seis balazos más tarde yacía muerto a los pies de su motocicleta. El sargento Embila sonreía por su buena suerte y su buena puntería.

Dos horas más tarde, el ex sargento Embila entraba en los calabozos. Se le acusaba se disparar innecesariamente contra un ciudadano que circulaba en moto. Un ciudadano blanco.

Al Manzini ordenó, cuando supo que aquel hombre tiroteado no era el terrorista, que el sargento pagara con la mayor pena posible su propio error. No había considerado que el fugitivo pudiera deshacerse del casco y este pasar a ser usado por otra persona. No había tenido en cuenta la sagacidad del individuo. Parecía ir siempre un paso por delante de sus pensamientos. Afortunadamente Clarence Whitedoor había sido asesinado por un policía negro, lo cual evitaba conflictos raciales como los de Dallas, y además facilitaba sobremanera culparle de todo lo sucedido. Nadie esperaba que un negro tuviera la suficiente capacidad de raciocinio como para tomar decisiones propias. Y menos si era policía.


XXXXXXX

Clemente ya tenía su ropa limpia en el cuarto. La recepcionista le había hecho saber que debería pagar un plus por la sobredosis de jabón que se había utilizado en la limpieza.

Como era una chica muy maja, y eso que lucía toda vestida de negro, con aros gigantes en las orejas, con pendientes en todos los rincones de su cara, lengua, labios, nariz, pestañas y con el pelo de color púrpura apuntando al cielo, Clemente le enseñó la tarjeta de visita que le dio la dama del coche verde lima.

La muchacha le dijo que la dirección que aparecía pertenecía a un bloque de oficinas, donde a menudo actores y actrices de Hollywood derivaban sus asuntos legales o particulares para ser gestionados por alguna de las empresas de representación, allí afincadas.

La chica dispuso un teléfono para que Clemente pudiera contactar con el número que aparecía. Ella en caso de necesidad, podría ayudar de traductora. Pero no hizo falta, en cuanto la señal sonó y descolgaron, Clemente se hizo entender.

-Ho-la-, mi nom-bre- es- Clemente- y-qui-si-e-ra.....-dijo a grito pelado.

-Buenos días, puede hablar tranquilamente, hablo su idioma, ¿en que puedo ayudarle, señor?- dijo la voz de un chico que parecía joven.

Una vez explicado que quería contactar con la señora Hedi Lamarr, el chico le dijo que seguiría las instrucciones que ésta le diera y que él se pondría en contacto, para informarle de las novedades.

Pasadas apenas dos horas, recibió una llamada donde se le informaba que la señora Lamarr, le haría llegar una invitación para un evento que se iba a celebrar en una propiedad de unos amigos al día siguiente.

La reunión consistía casualmente en una exaltación de la “Cultura Hispánica”, ya que los propietarios se habían conocido en España, cuando el señor, que era un inglés de Oxford, fue a luchar con las milicias republicanas y conoció a la que luego sería su esposa, una fotógrafa de Nueva York que seguía los acontecimientos como free lance para los medios americanos.

En cuento se conocieron se enamoraron, y creyeron más inteligente huir de aquella carnicería de la Guerra Civil española, que ni les iba ni les venía, y establecerse en un lugar más seguro. Volvieron a Inglaterra a finales de Agosto de 1939, convencidos de que encontrarían la paz que su amor necesitaba. Apenas una semana más tarde, el 3 de septiembre, el Reino Unido declaraba la guerra a la Alemania Nazi. De nuevo huyeron despavoridos para evitar otra masacre, y pusieron rumbo a Estados Unidos, esperando que ahora si, pudieran encontrar el sosiego necesario para engrandecer su amor.

Ella siguió fotografiando cosas mas mundanas. De hecho se consagró como una reputada fotógrafa pornográfica para revistas de adultos, y él emprendió un negocio de fabricación de desodorantes para perros que tuvo un gran éxito. Con la fortuna alcanzada, expandió su imperio por Inglaterra, donde en un nuevo alarde de visión comercial, se dedicó a la fabricación en grandes cantidades de moquetas para baño, tan populares como poco higiénicas por aquellas tierras.

Cuando la mujer falleció, su marido compró una enorme propiedad, donde se celebraba la reunión a la que fue invitado, que a modo de homenaje fue construida con inspiración española.

Aquella tarde Clemente se vistió con sus mejores galas. Es decir, volvió a ponerse la guayabera color salmón, el pantalón a juego y los zapatos de fieltro rojo. Un taxi que pidió la recepcionista, que no dudo en hacerle una foto a Clemente mientras levantaba el dedo a modo de aprobación, le llevaría a las colinas de Beverly Hills, donde se encontraba la finca.

El taxi se detuvo en la entrada de la propiedad. Allí unos señores muy amables, que ejercían de porteros, le pidieron la invitación. Tras ojearla, le dieron paso al coche. Este circuló por un camino ascendente donde se podía ver una espléndida mansión de corte mexicano. A ambas orillas del sendero, multitud de coches de lujo permanecían aparcados. Mercedes-Benz, Jaguar, Lincoln, Oldsmobile, un extravagante Excalibur, Bentley e incluso tuvieron que dejar paso a un Rolls Royce que abandonaba la fiesta.

Al llegar a la puerta estaba la señora Lamarr que acababa de despedir a una joven de ojos verdes, graciosas pecas, nariz puntiaguda y dientes muy blancos que se había subido al coche que acababan de cruzarse.

-¡Que sorpresa!. Mi querido torero español. –dijo en cuanto le reconoció.

-A sus pies majestad- correspondió Clemente que no tenía muy claro el tratamiento que debía dar a la señora.

-Es usted encantador.......todo un galán......Si hubiese llegado un poco antes le hubiera presentado a la hija de un buen amigo que falleció recientemente, y que la pobre, es un decir, ya me entiende, es una mujer indecentemente rica, que a buen seguro usted le hubiera animado. A la tragedia de perder a su padre, se une la perdida de un amor reciente.......la pobre Stephanie, está abatida. Dice que fue el hombre de su vida y que tuvo que dejarlo por lo de su padre. Está empeñada en encontrarlo, pero ya sabe usted querido amigo, un clavo saca otro clavo.....jajajaja.

-Señora......me halaga usted majestad- dijo Clemente.

-Es usted incorregible- y le tomó del brazo.

Pasearon unos minutos por la casa que estaba plagada de gente. Charlaron de cosas banales, centrándose en las maravillas de España que ella conoció. Clemente le aportó datos que fueron muy valorados, todos relacionados con el mundo de la hostelería, que le certificaron a la señora Lamarr que, sin lugar a dudas, era un gran empresario del ocio a nivel nacional.

-En el último local que hemos abierto- relató Clemente- hay actuaciones en vivo. Orquestas, bandas de música y yo he pensado en incorporar una actuación que creo que va a triunfar. De chico me solía embobar viendo a los gitanos tocar el acordeón mientras una cabra hacía equilibrio sobre un pequeño palo. Quiero recuperar la actuación. Claro, se entiende que luego el gitano no tiene que pasar la gorra para que le den dinero. Tendrá un sueldo por ello.....

La señora Hedi Lamarr no mostró su estupefacción, era una dama. Pasados unos minutos fue reclamada para saludar al gobernador que acababa de llegar con su familia. La señora Lamarr se despidió de Clemente y le invitó a volver a ponerse en contacto “me encantaría seguir charlando con usted de su país......tiene usted un punto de vista muy particular de las cosas, me gusta la gente poco convencional, voy a llamar a una amiga mía que está por aquí, para que le enseñé la finca, es espectacular, y además le recordará a su país, está llena de guiños a su nación”.

Al poco la señora Lamarr se acercó con una anciana enorme, que vestía unas prendas muy vaporosas con un estampado exótico de pájaros tucanes y palmeras con cocos.

-Esta es la señora Krakamuthua, una buena amiga. Le dejo en sus manos- y se fue con esa elegancia digna de una dama.

-Hedi me ha dicho que es usted un caballero muy interesante. Me ha pedido que le enseñe la propiedad. Le recordará a su país.- dijo la anciana que se había enganchado al brazo de Clemente y tiraba de él hacia el jardín- y puede llamarme “Bibie”

Empezaba la visita que resultaría muy entretenida, del brazo de la señora “Cacatúa”, según había entendido Clemente. Y sería una visita inolvidable.


Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

Muy bueno

:plas: :plas: :plas:
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO TRIGÉSIMO


Nadie



Era una finca exageradamente grande. De todos es sabido que un nuevo rico tiene tendencia a no disimular su fortuna, y este era un caso especialmente revelador de esa manía.

Cuando la señora Krakamuthua tiró de Clemente con la finalidad de mostrarle las maravillas del entorno, comenzó un periplo la mar de interesante, pero terriblemente fatigoso debido al alto ritmo que impuso la amiga de la señora Lamarr.

-Hedi ya me ha dicho que es usted empresario del ocio. Y que también es usted torero....-dijo la anciana de origen samoano.

-No, no, ¡Que vá!, no soy torero, soy simplemente tabernero....- replicó Clemente.

-Es usted tan modesto......ya me lo dijo Hedi. En el fondo son ustedes muy parecidos. Ya sabe que ella es una mujer extremadamente inteligente. Ya sabrá......fue la inventora de los torpedos teledirigidos.......un gran avance para la marina del país, gracias a ella y a su generosa aportación a la Marina, conseguimos la hegemonía del mar......al amenos por un tiempo.....y también inventó algo que servirá en un futuro para conectar teléfonos portátiles entre ellos y para no se que diablos de información por satélite......cosas suyas, ya me entiende.....¡teléfonos portátiles!, que estupidez.....

-A mi me parece que eso de los teléfonos será un verdadero lío. Si nos llevamos el teléfono, ¿ se imagina usted que cantidad de cable hará falta?, y además los cables acabarán todos enredados, un disparate....- concluyó sabiamente Clemente.

-De acuerdo con usted, pero Hedi dice que los teléfonos no llevarán cable y que además serán muy pequeños, del tamaño de un zapato grande....- apostilló Bibie.

-No lo veo.....además para que quieres llevar un teléfono encima, ya hay cabinas para llamar- aportó Clemente de nuevo con certeza.

-Sígame, querido...- y tiró de él con fuerza.

Comenzaron un recorrido colina arriba. La pendiente era suave, pero el ritmo impuesto por la enorme y vital anciana entre los árboles era alto. Cuando de pronto se abrió ante ellos un precioso jardín de estilo francés.

-Ve querido. El señor de la casa se inspiró en los jardines del Palacio de la Granja. Incluso tiene su espectacular caída de agua y réplicas de las fuentes...¿ve?.- señaló la anciana.

-Si, ya veo- farfulló sin resuello Clemente.

Al cabo de unos minutos más, en un cruce de caminos una preciosa fuente idéntica a la Fuente de los Leones del Palacio del mismo nombre de la Alhambra de Granada.

-¿Sorprendido amigo?. ¡Que reproducción más magnifica!, ¿no cree?-

-Si, extraordinaria- dijo Clemente sin saber que aquello, era lo que era.

-Mire allí- señaló al horizonte- ¿ve?. La representación de un fragmento del acueducto de Segovia. Los señores de la casa se conocieron allí. Él huía de un terrible bombardeo y ella salía de una de las tabernas del lugar un poco mareada. Tuvieron un encontronazo y ya nunca se separaron. ¿No es romántico? – dijo la señora.

Al cabo de un cuarto de hora, donde apreciaron simulaciones de la escalinata de la Catedral de Santiago, del puente romano de Mérida, y de muchos más guiños a famosos enclaves españoles, la señora Krakamuthua le señaló a Clemente un precioso parterre repleto de magnificas peonías que daban paso a una vieja construcción en ruinas, que tiempo atrás había servido de almacén de los aperos de jardinería. La caseta semiderruida estaba siendo reformada, y se apilaban junto a ella andamios, hormigoneras y demás herramientas necesarias para su reconstrucción. Al ver el dedo de la mujer señalar hacia su emplazamiento, Clemente no se dejó avasallar y fue él quien afirmó con rotundidad lo que se le mostraba.

-¡¡Una reproducción exacta de la Sagrada Familia de Barcelona!! –dijo con la seguridad propia de un erudito. Y continuaron la visita, ya de vuelta a la mansión.

La dama le acompañó por otro sendero, donde pudieron apreciar un enorme huerto, un gallinero, árboles frutales y un recinto donde, según le contó, en tiempos se guardaban magníficos ejemplares de podencos y galgos españoles, y ahora servían de cobijo a la jauría de sabuesos de uno de los hijos del matrimonio. Muy aficionado a la caza y a la música, se servía de la mansión para guardar instrumentos y todo lo necesario para una buena batida en época cinegética, ya que residía en Montreal, donde gestionaba otra de las inversiones familiares, un laboratorio médico especializado en la fabricación y distribución de supositorios de glicerina. El clima infame de la región, permitía ahorrar un dineral en cámaras frigoríficas para su conservación.

Hora y media más tarde entraron de nuevo a la mansión, donde la señora que ejercía de anfitriona particular, le iba diciendo quien era quien de los muchos invitados que por allí deambulaban.

-Aquellos señores son Sasha Urquijo y su “amigo especial”, Boniface Poltrie. ¿ve aquella señora de allí, la de rojo pálido?, es la esposa de un tratante de diamantes. La pobre es alérgica al alcohol, una terrible desgracia, ¿no cree?. Por eso se le ve tan triste.

-No me extraña- dijo Clemente.

-Ese chico joven, es el hijo del gobernador, que está allí al fondo, cerca del piano blanco junto a Hedi- le saludo a distancia con un cariñoso gesto que fue devuelto- un chico encantador. Además es un apasionado de las motos, como usted. Luego se lo presento. En aquel grupo está la actriz esa ¿cómo se llama?, si, ya recuerdo Farra Fawcett, ¿la recuerda usted?......-

-No soy de fijarme. Casi no voy al cine...- dijo Clemente que le pareció una chica muy delgada para ser interesante.

-Allí el embajador de algún país sudamericano, no recuerdo cual, se apellida Castroneves , junto a Fifí de la Fontaine, Albert Mann, y los hermanos Bocanegra. Esos del fondo no son de fiar, evítelos, creo que venden enciclopedias por correspondencia, pero las malas lenguas dicen que trafican con armas, son de la familia Rostov, rusos- concluyó Bibie.

Al cabo de un rato, la señora tan amable, pero terriblemente acaparadora, fue reclamada por la señora Lamarr, que aprovechó para saludar de nuevo a Clemente, antes de volver a atender al Gobernador que se había ofrecido a interpretar una canción en el blanco piano del recibidor, un magnifico Steinway & Sons firmado por Leonard Bernstein.

A petición de la señora Krakamuthua, Hedi Lamarr presentó a Clemente al hijo del Gobernador, haciéndole saber que era un empresario muy notable de España, un magnifico torero y aficionado a las motos de todo tipo y condición.

Por no desdecir a la espléndida dama, Clemente asintió a la vez que le hacía una reverencia y le llamaba “alteza”.

-Jajaja, es usted un bromista recalcitrante.....es usted encantador, querido amigo- y se fue con el Gobernador que ya estaba sentado al piano.

-Me llamo Raymond- y le tendió la mano.

-Clemente Guerra Tapiz.....- respondió.

-Así que le gustan las motos. Perdone que sea indiscreto, pero ¿qué moto usa ahora?-.

-Estoy de viaje por el país, y viajo en una Harley que me compré para la aventura....-.

-Interesante. Mañana vamos a salir unos amigos a rodar por el desierto. ¿Quiere usted venir?-

-No veo que con mi moto pueda ir por el desierto....- esquivó Clemente.

-No se preocupe. Uno de mis amigos tiene una colección de motos inmensa. Seguro que encontramos una adecuada para usted-.

-Muy amable señoría, pero no tengo la ropa adecuada. Quizás en otra ocasión-.

-Jajaja. Tiene usted un sentido del humor fantástico, señoría..... Eso no será problema. También tiene ropa de todas las tallas-.

-Bueno........es que las motos de campo y yo no nos llevamos muy bien- lo dijo mientras por su cabeza discurría el episodio con la Bultaco, y las imágenes del árbol con hormigas y la pared con pintadas.

-No se hable más. Mañana le recojo en su alojamiento y vamos a rodar por el desierto-.
Clemente le dio la dirección del Motel, lugar que conocía Raymond de cuando quería escapar de su esposa y pasar el rato con alguna amiga y se emplazaron para las nueve de la mañana. Se dirigirían a casa de su amigo, cargarían las motos en un carro e irían con el resto de compañeros de excursión al desierto.

A Clemente sólo le venía a la cabeza la palabra “sed” de pensarlo, pero decidió no darle más vueltas al asunto y visitar por su cuenta la mansión. Ya había salido con solvencia de situaciones parecidas en al pasado y se las apañaría para salir de esta. Eso sin contar con su dilatada experiencia en el manejo de bestias motorizadas.

Se oía al Gobernador cantar una bonita melodía al piano. Para oírle mejor, subió por las escaleras y se asomó a la barandilla. Desde lo alto podía ver el panorama. Justo detrás suyo, había una vitrina enorme que guardaba un no menos enorme torpedo de submarino. Era un regalo de Hedi al propietario de la casa. Estaba firmado por la actriz y por varios mandos de la Marina de los Estados Unidos. Tenía un cartel que indicaba a que submarino había pertenecido, en que misiones había estado involucrado y asimismo advertía que había sido desactivado y liberado de su letal carga, capaz de hacer saltar por los aires un destructor enemigo.

Abajo la gente se animaba con los cánticos del Gobernador. Nada que ver con un pasacalles en las fiestas del pueblo, o con la juerga tras una buena boda, pero entonaban baladas con cierta gracia.

Bebían una especie de ponche que servían unos negros tras una barra de bar improvisada. El brebaje le recordaba vagamente a los destilados que tuvo ocasión de catar en un viaje que hizo a Bilbao de joven con un compañero de mili, que era oriundo de la zona. Su compañero de filas le llamaba de varias formas, “balarrasa, hilobaba, o ujujú” y decía que se solía tomar a las seis o siete de la mañana antes de dirigirse a trabajar, en la que se denominaba “quitapistas”, o desayuno del trabajador. Era costumbre, también de las mujeres, un orujazo mañanero para aclarar la vista y ahuyentar el sueño, y muchas veces se acompañaba de churros que se mojaban en el “chilibrán”. Aquel ponche le recordaba a eso. Desafortunadamente no podía catarlo. Llevaba a rajatabla su abstinencia, ya que se acercaba el momento de la operación.

Mientras el aforo completo entonaba “Hello Dolly”, Clemente siguió con la tourné con la esperanza de encontrar un lavabo. Lo encontró tras abrir cuatro puertas. En la primera descubrió una pareja drogándose, en la segunda otra pareja fornicando sobre la mesa de un escritorio, en la tercera se topó con un trastero lleno de escobas, y en la cuarta un enorme aseo con bañera en lo alto de unas escaleras.

Ya más relajado después de liberar las presiones de su abdomen, decidió abandonar el lugar del crimen antes de que alguien pudiera culparle de perfumar el aseo con ese elixir que haría vomitar a los cerdos.

La pareja que estaba dedicada a fondo, nunca mejor dicho, sobre la mesa del escritorio, abrió la puerta para salir, y entonces Clemente decidió por cortesía dar la vuelta, acelerar el paso y dirigirse a otras estancias. Abajo seguía la juerga, ya con el Gobernador sin corbata y aporreando salvajemente el piano, imitando a Jerry Lee Lewis.

Una doble puerta le dio paso a una sala enorme con multitud de estantes y expositores. Todo lo que había estaba relacionado con el mundo musical. El paraíso de un melómano. Vitrinas con instrumentos de cuerda. Guitarras españolas, bandurrias malagueñas, laudes de todos los tipos. Violines, violas, violonchellos, contrabajos enormes compartían espacio. En un expositor aparte se guardaba una de las piezas maestras, un espléndido violín del Luthier Giuseppe Guarneri de 1743. Una obra de arte, una joya irrepetible.

Miró para todos los lados por si había alguien observando. No pudo resistir la tentación de abrir la urna y tomar el violín entre sus manos. Su mente le ordenaba ser cuidadoso, “como el acelerador de la Yankee, con tacto Clemente”. Se sintió como si fuese un músico famoso, como Manolo Escobar, por ejemplo. Tras rasgar las cuerdas con la mano y sacar un crujido denteroso de las mismas, lo devolvió a su lugar de origen.

Enfrente una suerte de instrumentos de viento, trompas, trompetas, una de ellas firmada por Duke Ellington días antes de fallecer de cáncer de pulmón, fagots, oboes, trombones y cornetas y cornetines.

Tampoco pudo vencer la tentación de coger uno y soplar a ver que pasaba. Cuando tomó el trombón, a punto estuvo de caer sobre la urna del Guarneri, al resbalar con su mocasín de fieltro rojo. Lo detuvo una enorme arpa que está si que cayó con estrépito al suelo. Afortunadamente coincidió con el momento álgido del imitador de Jerry Lee Lewis cuando saltaba de la banqueta del piano al suelo con brusquedad.

Pudo volver a colocar el arpa en su posición inicial. De no ser por que en la precipitación topó con un aparador repleto de partituras dedicadas por famosos directores, lo cual le produjo la rotura de un decena de cuerdas, nadie se hubiese dado cuenta.

Quitó como pudo las cuerdas rotas y las escondió debajo del cojín de un butacón estilo Luis XlV y perseveró con la idea de sacar un sonido al trombón. Perseveró del mismo modo que perseveró al querer sacar el culo en las curvas camino a San Bernardino, pero sin un resultado positivo. Consiguió dejar un rastro de babas en el brillante instrumento y nada más.

Lo devolvió a su sitio y fue entonces cuando advirtió la presencia de los cornetines. Eran usados en la época de caza para llamar a los perros y ahuyentar a las bestias. Dada su simpleza, parecían mas asequibles a producir un sonido aceptable. Como quiera que en el tercer intento un atisbo de sonido salió del instrumento, Clemente se vino arriba.

Para no ser descubierto y no llamar la atención, salió al exterior del salón donde había una magnifica terraza. Allí nadie podría descubrir sus intenciones. Quizás fuese el inicio de una nueva afición, la música, quizás podría hacer un dúo con el gitano y un trío si incorporaban la cabra. Quizás.

Sopló con fuerza de nuevo. Apenas un atisbo de sonido surgió del cuerno. Pero las musas de la melodía se incorporaron a la tentativa y un par de soplidos después, cuando ya casi no tenía aliento, un magnifico Si Bemol retumbó en la inmensidad del jardín.

Con una sonrisa en la cara, de nuevo sopló con entusiasmo, y de nuevo una larga nota brotó del cuerno. Y así media docena de veces. Algunos invitados que paseaban por el jardín se acercaron un tanto preocupados y curiosos hacia la terraza. Por precaución Clemente decidió volver a la sala, dejar todo como estaba, a excepción del arpa, y volver a la fiesta.

La curiosidad de los invitados era por ver de donde había surgido la llamada de la corneta, y su preocupación venía de oír el tremendo alboroto que se adivinaba en la guarida de los sabuesos.

Allí, en la guarida, el entusiasmo de los perros era mucho mayor que el que había tenido Clemente al conseguir sacar un sonido del instrumento. Cuando oyeron la tercera llamada, ya estaban todos fuera de si. Saltaban de manera insensata, algunos se tiraban de cabeza contra la verja, que comenzaba a ceder ante el empuje de, al menos, una treintena de perros locos, ávidos de coger un zorro, o unas liebres. Próxima la temporada de caza, sus cuidadores habían menguado exageradamente las raciones de comida. Eso los tornaba en mejores cazadores y los mataba de hambre y de ganas de buscar que llevarse a las fauces.

Para cuando consiguieron derribar la valla, Clemente ya había tomado asiento en un magnifico sofá. Al poco la señora Krakamuthua se había acomodado a su lado “¿ no habrá oído usted el toque de corneta, querido amigo?”. Clemente negó con el entusiasmo con el que niegan los mentirosos, y fue entonces cuando los perros desbocados entraron a la carrera intentando localizar el origen de la llamada a cazar.

Varios invitados sufrieron en sus carnes el atropello de la jauría. Las alfombras se llenaron de mugre, algunos perros orinaban en las patas de los muebles, y uno directamente saltó muerto de sed sobre la ponchera que recordaba a la “balarrasa”, con nefastas consecuencias en su bienestar. Se volvió literalmente loco, subió las escaleras al trote y fue a dar con todo su cuerpo con la vitrina que guardaba el torpedo. A pesar de su enorme peso, la vitrina se desplomó y el torpedo cayó rodando por el suelo. El animal que en su borrachera lo confundió con el muslo de un bisonte, le hizo ganar velocidad, yendo a estrellarse contra la barandilla, que cedió fácilmente y se precipitó contra el piano. El torpedo lo atravesó como si fuese mantequilla, y destruyó asimismo el suelo de mármol de Macael, traído expresamente de ultramar.

La caída arrastró a la pobre bestia que fue a parar sobre la esposa del Gobernador y madre de Raymond que hacía un rato había abandonado la fiesta a bordo de su Ferrari Daytona. La señora recibió un doloroso tratamiento del can enfurecido hasta que uno de los guardaespaldas consiguió abatirlo de un disparo.

Los Rostov al oír el disparo, desenfundaron sus armas ante el temor de que fuesen miembros del FBI los que estaban disparando. Eso provocó que la multitud de invitados huyera despavorida. Caídas por las escaleras, muebles destruidos en la loca huida, perros devorando el bufet, otros rasgando las cortinas en un juego común, caos y desorden.

Algunos animales consiguieron encontrar las cocinas donde se habían refugiado los miembros del servicio. Tiraron la nevera a base de saltos y de locos intentos por alimentarse. Dieron cuenta de la despensa, incluso llegaron a devorar paquetes de embutido con envoltorio incluido. La bodega quedó arrasada, lo mismo que el despacho del dueño de la mansión, ya que guardaba bajo llave en una alacena, jamón de Teruel para las ocasiones. La sala de instrumentos era un solar. Los perros habían tirado todo lo susceptible de ser tirado, al suelo, excepto el arpa que permanecía en su sitio. El Guarneri había sido pasto de los colmillos de una extraordinaria perra de caza. Sin haber un motivo en concreto ésta se había ensañado con el violín tras olfatearlo, luego se ensañó con el trombón y con una corneta y luego siguió el rastro de lo que fuera hasta un sofá donde permanecía paralizada la señora Krakamuthua.

El resto de la jauría se había dispersado casi por completo. La perra tras olfatear el sofá y ensañarse un poco con el vestido de tucanes y palmeras con cocos de Bibie y luego con el tobillo de la misma , hasta producirle heridas irreversibles, salió al exterior y siguió el rastro para detenerse donde un taxi había recogido a Clemente, que estaba muy preocupado. Mañana tenía que subirse a una moto de campo y eso le turbaba.

En el precipitado fin de fiesta, los invitados en el mismo estado de locura que la jauría, abandonaban la mansión atravesando con sus coches de lujo los jardines y el magnifico césped. Chocaron entre sí y con una ambulancia que acudía a por la mujer del Gobernador y madre de Raymond, que tuvo que aguardar a que llegara otra ambulancia para sustituir a la que ahora ardía en la entrada de la casa junto al MG Midget que le había embestido.

La señora “Cacatúa” compartió ambulancia con la mujer del Gobernador, que le seguía en su Cadillac oficial, a la par que los escoltas disparaban contra todos los perros que se cruzaron hasta el Hospital del Condado. Varios caniches, pequineses y Schnauzer quedaron destrozados por las balas de calibre nueve y sus dueños perplejos y descorazonados. Unos locos a bordo de coches negros que pasaron a toda velocidad les habían disparado a sus mascotas sin ningún motivo, hasta varios gatos fueron abatidos por si acaso.

Y Clemente ya repasaba mentalmente los trucos que emplearía al día siguiente para no quedar en mal lugar con esa gente de la Alta Sociedad. Nadie en el mundo podía tener ahora un problema mayor que el suyo. Nadie.

El incendio de la ambulancia y del pequeño deportivo inglés, se había propagado a la casa, que empezaba a arder. Cuando llegaron los bomberos tuvieron que aguardar a que miembros de los SWAT, dieran cuenta de multitud de perros enfurecidos que les impedían su labor, al atacar sin compasión a las mangueras, para entonces el fuego abrasaba también la arboleda del jardín.

Nadie estaba tan preocupado como Clemente.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Es peor que Atila :face:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Bonniato »

Delirante. Genial. :clap:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

:plas: :plas: :plas: Impresionantemente bueno :plas: :plas: :plas:

:popcorn: :popcorn: :popcorn:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
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