EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor albacete » 05 Oct 2020, 23:58

:plas: :plas: :plas: Mas, mas yo quiero maaaaasssss.
NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDAS RODAR Hoy-

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor alapues » 09 Oct 2020, 22:18

Es increíble, que relato más sensacional! =)) =)) =)) =)) =))



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor pate » 10 Oct 2020, 12:18

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO



Oreja Perdida



Al Manzini se enfrentaba a una doble tarea aquel día. Determinar que solución daba al asunto de los dos “retenidos” en una prisión de alta seguridad, y por otra parte seguir estrechando el cerco con el escurridizo individuo que estaba provocando un cúmulo de desastres a lo largo de la nación sin que hubiera ningún antecedente parecido.

En cuanto a la segunda misión, el inmenso equipo que había formado, habían determinado que se movía en un circulo que abarcaba el Estado de Arizona, y no se descartaba que hubiese llegado ya al de Nevada. La descripción del terrorista era clara, pero conocían que se desplazaba en moto, y de ese modo era imposible adivinar si el motorista tenía los dos pabellones auditivos o no debajo del casco. Asimismo en un alarde de estrategia y certificando, una vez más, un entrenamiento de elite, el individuo en cuestión había dejado de alojarse en moteles, y a pesar de disponer de cientos de funcionarios verificando la identidad de cada uno de los clientes que se registraban, los resultados eran infructuosos.

No obstante quedaba un resquicio en el cual buscar, o mejor dicho, dos. El primero era disponer un ingente número de controles de carreteras y verificar si cada motorista que circulara poseía las dos orejas. Esta solución no garantizaba un resultado positivo, ya que no se descartaba que pudiera cambiar de medio de transporte y desplazarse en autobús o incluso caminando. Parecía ser un tipo bien entrenado y a buen seguro marchas nocturnas de treinta millas o más, no eran descartables. El segundo inconveniente era que si verificaban la identidad de todo motero, llenarían las cárceles de delincuentes. Estadísticamente estaba demostrado que la mayor parte de ellos eran delincuentes, ex convictos, traficantes de drogas e incluso cosas peores, taxistas o banqueros. Eso supondría con toda certeza, mas de un tiroteo en los controles, con el consiguiente riesgo para los agentes de la ley.

La segunda opción era controlar el uso de la tarjeta de crédito que había usado hasta entonces. Pero extrañamente se mostraba inactiva desde hacía dos días. De ese modo habían podido determinar la ruta que seguía el bandido. Quizás ahora dejara de usarla y todo fuese un señuelo para despistar. Pero seguirían con el seguimiento un par de días más, y en caso de continuar la inactividad, dejarían de emplear recursos humanos y económicos en el tema.

Mientras su mente divagaba entre la jubilación, la persecución del terrorista, y los recuerdos de su antiguo amigo íntimo Frank, le llegó un informe de sus superiores. En él constaba la cantidad de recursos que se habían empleado hasta el momento. Las presiones de los demócratas hacia los congresistas republicanos del presidente Carter por los gastos que se habían producido hasta el momento se estaban tornando insoportables. Sus superiores le exigían resultados, y cada vez que lo hacían, una nueva desgracia se cernía sobre la nación más poderosa del mundo. Alrededor de veinte millones de dólares se habían esfumado sin resultado aparente, más allá de saber un nombre, que pudiera ser sólo una tapadera, y de que el agente enemigo, tenía sólo una oreja.

En otra parte del informe, se relataba la investigación que había llevado a cabo un agente de un servicio secreto amigo en España. Al parecer el individuo que se correspondía con la identidad por ellos conocida, tenía un pasado de lo más vulgar y corriente. No había hechos reseñables en su existencia, más allá de ser un empresario del ocio, y de haber sufrido un accidente en el extranjero, donde perdió el pabellón auditivo derecho.

Aunque varios aspectos de la investigación eran dignos de ser considerados. Uno de ellos hacía referencia a la afición a las motos del tipo, que tenía una bien merecida fama de motero aguerrido y suicida, capaz de enfrentarse con maestría al trayecto mas infernal posible, cosa frecuente en los enfermos mentales que conducen por placer una motocicleta . Otro de los detalles que le llamó la atención a Al fue el que narraba las vicisitudes del agente especial que realizó la investigación.

Informaba que en el curso del seguimiento, había tenido que visitar los negocios de hostelería que regentaba el sospechoso. Dos de los bares estaban en la zona céntrica de la ciudad. En el llamado Cervecería Francia, tuvo un altercado con un grupo de motoristas que al parecer eran amigos del sospechoso. Todo había comenzado cuando en el transcurso de la conversación que sostenían, uno de los presentes insinuó que el líder del campeonato del mundo de motociclismo, Freddie Spencer era un truño y que el mejor de todos era Sito Pons que se batía a lomos de una Suzuki de segunda división.

Al oír esto, el agente se saltó el protocolo que le obligaba a no llamar la atención, y de modo vehemente les hizo saber que Freddie Spencer no sólo iba a vencer en 500cc sino que también lo haría en 250cc y que además el piloto yanqui era de Luisiana, una tierra que el conocía de sus misiones, esto no lo dijo, y que jamás un piloto español sería capaz de ganar en un campeonato importante y que debería conformarse con las categorías pequeñas, que eran las que se correspondían con la categoría del país. Y no tuvo tiempo a decir nada más. Se vio envuelto en una trifulca donde a pesar de su entrenamiento, pilló una buena dosis de patadas, bofetadas y puñetazos antes de salir por piernas del local.

Al día siguiente, investigó los dos bares restantes, la Cervecería Inglaterra, donde empezó a sentir atracción por los altramuces y los boquerones en vinagre, y el Van Gogh donde terminó de emborracharse a base de cerveza, bebida no habitual en sus preferencias, pero donde tuvo conocimiento de que ese mismo día a media tarde se inauguraba un nuevo garito aledaño, que parecía ser de alto standing, y que también era propiedad del sospechoso.

Bien ataviado para la ocasión, traje color crema, camisa celeste, corbata de motivos caribeños, y zapatos de color negro con calcetín blanco, el agente se dirigió a la entrada del local nada más ser abierto. Tenía que situarse en un sitio que le permitiera poder observar los acontecimientos, sin llamar la atención, y en caso de ser preciso, actuar.

Pudo ver como de media docena de coches se apeaban unos señores muy serios, uno de los cuales mano en el culo de la joven muchacha que le acompañaba, accedían al garito. Coches de lujo iban llegando, de donde descendían hombres de negocios. Un Mercedes, con un cura, y un Renault 4 con varios tipos con gafas de pasta, traje de pana de un tallaje inadecuado y con las manos en los bolsillos y actitud desinhibida. Era el momento de acercarse a entrar.

Cuando hubo llegado, su visión periférica, aquélla que no pudo evitar la mano de ostias que recibió el día anterior de la banda de moteros, determinó que había dos guardas de seguridad, una especie de gorila con cara de mala persona, y otro tipo más bajito, con claros síntomas de deficiencias físicas y probablemente psíquicas, que controlaban el acceso. Según el manual de su entrenamiento, la actuación idónea pasaba por comportarse de un modo campechano. Un saludo coloquial y con paso firme al interior.


-Buenas tardes- dijo el agente con entusiasmo, sin detenerse en la puerta.

-Chsssss¡¡¡¡¡ ¿Dónde te crees que vas?- dijo el portero bajito.

-Estoy invitado. Conozco al dueño- respondió sin vacilar. Y es que de algún modo lo conocía mejor que nadie. Sabía incluso que menú había el día que Clemente celebró su comunión. Todo constaba en la ficha del sospechoso.

-¿Ah, si?. Enga, da la vuelta y vuelves luego, cuando entre toda la chusma. Ahora es para la gente importante. Y te dejaré entrar si eres generoso con mi amigo, muy generoso, que vas vestido como si fueses a fiestas de Albacete, y no pegas aquí dentro.....- y le señaló al gorila mientras le hacía con los dedos el gesto de manejar billetes.

Un par de horas más tarde y con 2.000 pesetas menos en la cartera, el agente ya se había situado en un lugar donde podía observar el movimiento de las personas. Intentaría no llamar la atención, y se amoldaría al resto de público. Así que tuvo que aflojar la cartera cada vez que pedía un Martín con Vodka, tal y como veía en el reservado que tenía enfrente. Allí las botellas de Chivas corrían a velocidad de vértigo. Lo mismo que las croquetas, aunque él prefería a estas alturas unas buenas olivas aliñadas, como en el bar de abajo, donde había esperado tres horas consumiéndolas compulsivamente.

El informe terminaba con la conclusión de que aquello iba a ser una tapadera de algo turbio. No era normal que esa gente pudiera beber tanto, aunque era habitual en sociedades primitivas, gastar tanto, siendo como eran un país en construcción y ser un comportamiento cotidiano. Algo que no había podido detectar se movía en el ambiente. España era un país subdesarrollado, sin duda, y aquello no cuadraba con lo tradicional en él.

Si bien el informe terminaba así, lo realmente relevante era como había terminado el agente. Fue recogido del suelo, donde se había desplomado sobres sus vómitos de madrugada, sin duda le habían suministrado alguna droga al ser detectado, eso constaba en el informe, aunque el sabía que fue producto de los diez o doce Martinis con Vodka agitados pero no revueltos ingeridos.

Cuando recobró el conocimiento, estaba en la sala de espera de una Casa de Socorro, de donde sacaban a un tipo que reconoció como cliente del bar y que había saltado la barra del local, de donde fue sacado a puñetazos por una camarera y que recibió el tratamiento final por el gorila de la puerta que de un puñetazo le hizo saltar los dientes.

Estaba sentado en un estado lamentable. Sin zapatos, con los calcetines agujereados, la corbata manchada de vómito, una manga de la camisa arrancada de cuajo y que guardaba en un bolsillo de la chaqueta, el traje de color crema ya era color ceniza en su mayor parte, y le habían robado la cartera con la documentación falsa y unas treinta mil pesetas que llevaba encima.

-Coma etílico. Ha sufrido usted un coma etílico. Y puede que se haya involucrado en una reyerta. ¿Es usted concejal? ¿Empresario tal vez?, es para lo de la factura por la atención.....-dijo una médico, mientras él trataba de coordinar una respuesta no comprometedora.

-Si, soy concejal.....- mintió el agente.

-Ya lo sabía yo......seguro que del Partido Comunista, como el que acabamos de atender. Los de derechas están más acostumbrados a los excesos......a beber, a las prostitutas, drogas, ya me entiende-.

-¿Comunista yo? ¿ha perdido usted el juicio?-.

-Peor me lo pone......de Alianza Popular......anda Mari José, la factura de este hombre al Ayuntamiento, como siempre, ya sabes, a gastos de representación...Ya se puede marchar. Y no beba tanto. Tiene el hígado para el arrastre. Y no tiene documentación encima. Deme su nombre para el historial, que seguro que le vemos por aquí más de una vez.......-.

-Bond. James Bond- se levantó y como un alma en pena abandonó el lugar.

Al Manzini estaba hecho un lío. Empezaba a no soportar la presión. Volvió a llorar desconsoladamente. Esto le iba a costar su carrera, en el momento de la despedida, dejaría un recuerdo imborrable en la agencia. Por incapaz.

Ordenó que soltaran a los dos retenidos. No aportaban nada relevante, eran una simple fachada. Unos vende humos, unos mamarrachos. Pero tenían que soltarlos en la frontera de Turquía con Siria. Aquello era una tierra conflictiva y al parecer se desenvolvían bien en ese ambiente. De algún modo deberían pagar los problemas ocasionados a Estados Unidos. Fueron drogados, y transportados desde la prisión secreta en un avión militar hasta la base aérea de Incirlik al sur de Turquía, donde fueron vestidos con harapos y dejados a su suerte en un descampado árido y solitario. Dos macutos con alguna provisión, y un par de cantimploras de agua. Cuando despertaron estaban rodeados de cabras y el pastor desdentado les miraba con cara inexpresiva. Ya estaba habituado a ver mercenarios, traficantes, bandidos, toda suerte de malhechores, esclavistas y esclavos, y pordioseros.



XXXXXXX



La chica aminoró la marcha. Lo suficiente para que Clemente pudiera decirle con gestos que parara. Ya irían luego al Tonto National Park, un inmenso paraje lleno de cactus, lagos, montañas, senderos, bosques y demás asuntos de la naturaleza que no le interesaban demasiado.

Quería ir a la reserva de San Carlos, donde estaría su buen amigo el Gran Jefe “Pluma de Buitre”, que al menos hablaba español, y donde podría disfrutar de un ambiente que anhelaba, indios, vaqueros, bares, casinos. Ese tipo de cosas que él aguardaba como un niño aguarda un caramelo.

Cuando la chica detuvo la furgoneta, la única manera de hacerle entender donde quería ir, era usando la imaginación. Así que mientras le decía en voz alta y despacio “San Carlos” bailó alrededor de un bidón con una hoguera que usaban unos mendigos debajo del puente, a la par que se llevaba la mano a la boca mientras hacía “uuuuuuu, uuuuuuu” y se agachaba e incorporaba repetidamente levantando una rodilla, como en la películas de diligencias.

La chica de ojos verdes, pecas graciosas, nariz puntiaguda, y unos dientes muy, muy blancos, entendió a la primera lo que aquel macho quería de ella. Rió como sólo ella reía, inundando de alegría el ambiente, emanando belleza, inyectando paz y armonía.

Una vez dentro del vehículo tomó rumbo a la reserva. Miraba de reojo a Clemente mientras conducía. Este no se percataba de ello, y si lo hacía no daba muestras de ello. Era la primera vez en su vida que un hombre mostraba tal indiferencia hacia ella, eso le motivaba más. Aunque estaba segura que todo era una pose. Como todos los hombres que había tenido cerca, este también la deseaba, por eso le gustaba tanto. Por ser un hombre integro, duro sin ser rudo, era su Cid Campeador, un caballero, un gentleman, un dandy.

Realmente Clemente no le miraba, sencillamente por que no le interesaba. Estaba casado, era un hombre fiel, al menos cuando estaba sobrio, y no le gustaban las mujeres flacas. De ningún modo. Luego pensó que quizás en Peñarara, tuviera algún desliz con Nancy que también era flaca, pero estaba su mujer delante y eso podría excusarle. No lo sabía con certeza. Aquellos cigarros fumados, nublaban sus recuerdos. Y además, de ser así, su mujer también tuvo otro desliz con su amigo del alma inglés. Lo comido por lo servido. Las gallinas que entran por las que salen.

Y ahora estaba, mientras ella le miraba con admiración, llegando a la reserva cavilando acerca de la cantidad de vinagre ideal para los boquerones. Más que las aceitunas aliñadas y menos que un escabeche. Pensamientos que se entremezclaban con sus recuerdos del viaje. Deseaba poder recuperar su moto reparada al día siguiente, emprender la ruta sin demora. Conducir de modo salvaje, nada de relajación, hacer millas sin parar, beber y descansar, sentir la brisa, el calor del sol, confraternizar con otros moteros, aunque su experiencia de Dallas no fuera muy buena al respecto, sentir la moto. Al fin y al cabo esto era un viaje en moto, tenía que sentirlo así, poder regresar a casa con dos orejas y un montón de aventuras para contar, y eso que de momento no había pasado nada digno de mención. Volvió su mente a los grifos de cerveza, a su mujer, a sus bares, a cuando su padre le tiró con diez años sin saber nadar a la piscina, y para reanimarlo le dio una copita de brandy Fundador y un sobre de papel con dibujos de guerra que contenía soldaditos de plástico para que dejara de llorar. Sus recuerdos, su vida.

Ya en la reserva sucedió algo inesperado. A la entrada un gran aparcamiento de tierra daba paso por unos senderos a la casa de acogida, donde podían encontrar planos de los casinos, de la destilería de licor de bayas, de la ubicación de un poblado apache, de los lugares de reunión, de los bares y de las tiendas de venta de alcohol y algún refresco para los despistados.

La chica se acercó a un mostrador para comprar un refresco de cerezas. Allí vendían revistas y periódicos del día. Miró de soslayo uno de ellos, el Herald Tribune y súbitamente cogió uno de ellos y miró la portada con sumo interés. Dejó caer la bebida y el diario, salió corriendo envuelta en lágrimas, miró a Clemente llorando desconsoladamente, le lanzó una especie de beso con la mano y desapareció a toda velocidad con su furgoneta, su nariz puntiaguda, sus ojos verdes, sus pecas graciosas, y sus dientes blancos.

La gente que se acumulaba en el recinto miraba sin entender nada, al igual que Clemente, que se limitaba a decir “mujeres”. Quizás me compre un perro, pensaba Clemente, por lo menos no hablan y dicen que son leales. Le llamaré “cerveza” o mejor aún “cubalibre” y reía para sus adentros “jejejeje”, “ron” se llamará “ron”, cuando vuelva a casa me lo compro.

Clemente nunca supo que había motivado la huida de la guapa mujer. En la portada se podía leer algo sobre el Presidente Carter, comentaban el devenir de las acciones en Wall Street, sobre un accidente de ferrocarril en México con decenas de fallecidos, y una pequeña reseña que narraba el trágico accidente de una avioneta que había terminado con la vida de Jack Petersen y su cuarta esposa, la veinteañera Britney. El señor Petersen era uno de los grandes magnates del acero. De ascendencia sueca, sus abuelos se habían establecido en New Jersey, donde comenzaron recogiendo chatarra y terminaron creando un imperio que surtía de acero a las grandes multinacionales de la automoción. Aficionado a los aviones había terminado sus días junto a su mujer cuando el bimotor se estrelló cerca del aeropuerto de Detroit.

-¡¡Hola amigo!!- dijo a lo lejos una voz que Clemente reconoció al momento.

-¡¡Hola Gran Jefe!!, aquí estoy....-

-Jajajaja. Vamos a divertirnos un poco “rostro pálido”. Jajajaja, te llamaremos “Oreja Perdida”.....Jajajaja-

-“Pluma de Buitre” y “Oreja Perdida” -dijo Clemente- me parece bien- y se marcharon cogidos del hombro.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Antonio1968 » 10 Oct 2020, 18:47

Cada dia lo me mejoras mas.
:plas: :plas: :plas: :plas:
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor anibalga » 12 Oct 2020, 16:24

8O :ride:

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor albacete » 14 Oct 2020, 00:09

:plas: :plas: :plas: ENCHUFADO me tienes. :XX:
NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDAS RODAR Hoy-

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Humphrey » 14 Oct 2020, 19:36

Aquí sigo enganchado... :XX:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor pate » 18 Oct 2020, 20:11

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO


“La luz”



El Gran Jefe hizo de cicerone por la reserva para Clemente. En primer lugar visitaron cogidos del hombro la destilería, donde se producía una cantidad inmensa de licor de bayas. Un brebaje infame de alta graduación, que en su mayor parte servían en los casinos de manera gratuita, para que los infelices jugadores llegados de todo el país e incluso del extranjero, entraran lo antes posible en estado de embriaguez y perdieran en lo posible la noción de la cantidad de dinero que estaban perdiendo.

Cada dólar que se ponía en juego sobre una mesa de Blackjack o en la ruleta, proporcionaba un beneficio superior al setenta por ciento para la reserva apache. Considerando que cada jornada los apostadores eran capaces de dejarse cantidades superiores al medio millón de dólares, era fácil entender que los pocos apaches que quedaban vivos en el país, tuvieran una vida de lujo y confort. Máxime teniendo en cuenta que los casinos tenían un régimen fiscal muy favorable para beneficio adicional de la comunidad.

Para evitar pagar impuestos, los gestores de la Reserva de San Carlos, proporcionaban una vivienda de lujo, construida en un paraje lo bastante alejado de los casinos y bares, un salario vitalicio y asistencia sanitaria gratuita, que incluía estancias en clínicas de desintoxicación, a cada familia apache de la Reserva. Sin ir más lejos, la mayor cantidad de coches de lujo de todo el Estado de Arizona, Mercedes, Cadillac, Lincoln, se vendían en la Reserva, y lo mismo pasaba con la compra de abrigos de zorro plateado o visón, cosa que chocaba bastante en un lugar con temperaturas próximas a las del infierno, pero al parecer las mujeres apaches consideraban que eran el paradigma del poderío económico.

Del embriagador aroma del alcohol en estado puro que se respiraba en la bodega, pasaron a visitar el poblado apache. Era una representación de lo que en su día fue un campamento indígena, con sus “tipi” como exponente más pintoresco del lugar. A sus puertas, jóvenes y no tanto, mujeres indias se dedicaban a la confección de mocasines para luego vender en las tiendas del complejo. En realidad no eran mujeres indias, estas estaban admirando sus abrigos de piel en sus casas de lujo, y si eran emigrantes salvadoreñas o nicaragüenses, disfrazadas y maquilladas para parecer apaches, e incluso si uno prestaba atención, se podía adivinar alguna de ellas de procedencia asiática.

Tampoco confeccionaban el calzado, era una simulación. En realidad llegaba de una factoría clandestina de Nuevo México, donde explotaban a emigrantes ilegales, que no dudaban en trabajar catorce horas en condiciones infrahumanas para poder llevar un plato de frijoles a su prole.

Varios murales pintados en grandes empalizadas de madera mostraban imágenes de las cruentas batallas que las tribus apaches sostuvieron con sus múltiples enemigos. Tampoco era de extrañar que sus antepasados se sintieran molestos por la invasión de las tropas de Juan de Oñate y la evangelización forzosa en manos de Fray Francisco de Zamora. Pasaron de trabajar la tierra y criar caballos a ser esclavos. Cualquiera con un poco de sentido común podía comprender que tuvieran que empuñar sus armas y plantar cara al invasor.

Por si esto fuera poco, otras tribus indias, en concreto los Comanches, que a su vez fueron desplazados de territorios de norte debido a las cruentas guerras que tenían con los Sioux, la tomaron con los Apaches y todo eso acabó en una cuasi extinción de los pobladores originales de aquellas tierras. Sería justo reconocer que también tuvieron su gran parte de mérito los colonos anglosajones que fueron a la conquista del oeste, y que no contentos con exterminar búfalos, trataron por todos los medios de quitarse de en medio a aquellos individuos tan molestos y que parecían tener mal carácter.

Y ya por fin, Clemente llegaba a donde quería llegar. A los casinos que servían bebida gratis, tal y como le había dicho Pluma de Buitre. Nunca había tenido una predilección especial por el juego. No había ido más allá de partidas al cinquillo o solitarios, ni siquiera para asombro de sus allegados, era habitual en la quiniela, ni en las peleas de gallos del pueblo. Se consideraba un profano en la materia.

Su amigo le explicó mientras ya disfrutaban de una copa de licor de bayas, que a Clemente le pareció que podría ser capaz de alimentar como combustible el reactor de un jet, la disposición de los diferentes elementos del casino. Al entrar debía haber mucha luz y mucho ruido. Ruido tintineante, de monedas cayendo, era como una llamada al interior íntimo de los ludópatas. Cuando un jubilado de Alabama entraba y oía el caer de las monedas, sentía la necesidad de cambiar un buen fajo de billetes y buscar la fortuna en la palanca de una máquina de azar. Podía estar horas sentado enfrente de aquel carnaval de figuritas cambiantes, antes de sentirse frustrado. Los cálculos de los gerentes del local, calculaban que antes de que los ancianos se agotaran, podían gastar una media de quinientos dólares. Cuando observaban, por que estaban allí para observar, que se levantaban sin haber conseguido salir de la miseria, eran capaces de saber por el rictus de su cara, si se iban a retirar al hotel, o si pensaban seguir perseverando en las ganas de arruinar su ya corto porvenir.

Si detectaban que abandonaban el local maldiciendo en su fuero interno su mala suerte, o como era habitual, si habían decidido que aquel tugurio estaba gafado o hacia trampas para robar a un pobre anciano, una de las ganchos del local se acercaba al buen hombre y con malas artes le hacía creer que había encontrado un billete de veinte dólares que se le había caído del bolsillo, “le juro que lo he visto”, y ante la negativa del viejo, le incitaba a ir a la ruleta y apostarlo para compartir el premio. No fallaba. El anciano se dejaba seducir por la muchacha y apostaban en la ruleta, donde iniciaban una racha ganadora, que se tornaría en el transcurrir de las horas, en la ruina total del señor, que veía como en pocos minutos dilapidaba los ahorros de su vida y la chica desaparecía sin dejar rastro.

Con las ancianas jugadoras no solía dar resultado. Por muy apuesto que fuese el gancho, ellas preferían no dejarse tentar por una sonrisa encantadora, ni por una entrepierna abultada. Así que el procedimiento era distinto. Otro gancho de su misma edad y sexo, fingía haber perdido un dineral. La estrategia consistía en llorar y que la adicta al juego se apiadara de ella. Una conversación bien estructurada conseguía que el gancho convenciera a la incauta de que acababa de encontrar en el fondo del bolso un billete de veinte dólares, sus últimos veinte dólares, y que “no querrá compartir conmigo otros veinte dólares y que los apostemos en la ruleta, ¿verdad Mildred?” , y Mildred decía que sí, y empizaba la racha ganadora, para luego seguir el mismo guión que el del anciano. Volver sin un clavel, medio borracha y lamentando no haber seducido al tipo de la sonrisa y bragueta apretada, para tirárselo en la cama del patético hotel.

Clemente se encontraba admirando el juego de luces del techo. Una melodía de monedas cayendo de una máquina le devolvió a la realidad. Pululaban como abejorros docenas de camareras indias llevando de aquí para allá licor de bayas. Una señora sonriente llevaba un cesto lleno de las monedas que acababa de ganar en una máquina de azar. Quizás unos buenos dos mil dólares. “He ganado, he ganado”, gritaba sin que Clemente lo entendiera.

No muy lejos de allí, un señor de unos cincuenta años, tan grande como una torre, se mostraba realmente enfadado. Llevaba tres horas sentado en una máquina de aquellas y decía no haber conseguido ganar una sola jugada. Maldecía una y otra vez en voz alta al casino, a los empleados y a todo el que se pusiera por delante. Varios agentes de seguridad camuflados se habían apostado discretamente a su alrededor. Un gerente del casino trataba de calmar al gigante y llamó a una camarera para que le sirviera una copa. La chica india, una india autentica, se acercó con una bandeja repleta de diversas copas. Vestía como todas las camareras, el traje típico apache, pero con la falda muy corta y un escote generoso; también una cinta en el pelo con dos plumas decorativas y una sonrisa cautivadora. Le ofreció la bandeja al caballero y este dijo “no quiero que me sirva una india, quiero que me sirva una chica americana, una mujer de aquí.....”. El gerente hizo un gesto con la mano y una de las pocas camareras rubias teñidas y con pechos operados que tenían en la plantilla, le ofreció las mismas bebidas al iracundo caballero, mientras el gerente trataba de convencerle que el juego era así, que unas veces se gana y que otras se pierde, a lo que el señor respondía, “esta si que es una mujer americana, una chica de aquí, ¿o no lo ves pedazo de idiota?”.

Dos minutos mas tarde, el gigante se retorcía de dolor antes de desmayarse, en una habitación trasera. Uno de los guardas le había propinado un fuerte golpe en la cabeza, cuando todo el mundo se giró al sonar la alarma de un gran premio, justo en el otro extremo del local. Cuando volvieron la mirada al punto del conflicto, no quedaba nadie allí. El gigante había desaparecido y los guardas tampoco estaban. De hecho, el señor despertó desnudo en un contenedor de basura, oliendo a alcohol, con los dedos de la mano rotos, a más de cien kilómetros de la reserva. Sería detenido por escándalo público.

Clemente tampoco pudo ver que había pasado. Estaba rebuscando en su bolsillo hasta encontrar un pañuelo para sonarse. Antes encontró un abridor de cervezas de publicidad, unas piedras, una de sus pastillas mágicas y un par de monedas. Pluma de Buitre le comunicó que debía dejarle solo. Un par de congresistas le esperaban para terminar de atar los cabos sueltos de una negociación. Le indicó a un gerente que a su amigo no debía faltarle un vaso en la mano, que le facilitaran una suite en el hotel “Jerónimo”de manera gratuita y que se encargaran de llevarlo allí, si caía desplomado por la bebida.

Las dos monedas bailaban en la mano de Clemente. Se dijo mientras engullía una copa de licor de bayas, que iba a probar suerte en una máquina. Introdujo la moneda en la ranura y tiró fuertemente de la palanca. Después de unos segundos, apareció la figura de un trébol, una cereza y un uno. No tuvo suerte. Metió la segunda moneda y repitió el gesto. Esta vez los iconos fueron distintos, pero tampoco ganó. Se retiró con otra copa en la mano, que le había traído la chica india y empezó a deambular por la sala. Las hileras de máquinas estaban rebosantes de jubilados de todo el país. Al fondo se apreciaba otra sala muy iluminada con mesas de juego donde las barajas estaban en continuo movimiento. Una copa más tarde empezó a necesitar un lugar donde apoyarse. La única silla que vio libre fue la de la máquina gafada. Allí donde el señor grande había armado un poco de jaleo. Se sentó como pudo, es decir, con dificultad. La silla estaba a una altura acorde a la del señor grande. Una vez en las alturas, perdió el pie del estribo y se cayó de manera grotesca pero disimulada de la misma. En el suelo encontró una moneda que algún jugador había perdido.


-Pffffffff. Voy a jugármela- se dijo.

Y por error la metió en la máquina gafada. Tres horas más tarde seguía jugando en ella. Había ganado. No una fortuna, pero si un buen montón de monedas. Cuando decidió retirarse a su habitación, cambió las monedas por billetes. Mil ochocientos cincuenta dólares de beneficio. En su estado no era consciente de que era una cantidad considerable y que le serviría para poder pagar todos los gastos del viaje unos cuantos días. Se evitaría usar la tarjeta de crédito.

La chica india le acompañó a la suite que el Gran Jefe había elegido para él. De estar sobrio, o cuando menos un poco sereno, no en el estado semicomatoso que le había regalado el licor de bayas, hubiera advertido que era una cabaña individual en el complejo hotelero. Apenas había media docena de ellas. La aledaña a la suya, la compartían los dos congresistas y las dos chicas de moral distraída que les acompañaban.

Era una especie de vivienda alejada del entorno de juego. Tranquila, apartada, en los límites de una pequeña masa arbolada y rodeada de setos. El pequeño bosque tenía unas dimensiones considerables. Discurría en una pendiente y se perdía en el horizonte, para medio kilómetro más allá volver a descender hacía un pequeño valle. Un remanso de paz. Miles de aves llegadas desde Texas, de manera inesperada y que habían huido de un voraz incendio, se habían establecido allí de manera definitiva, poniendo en riesgo la fauna autóctona.

En el gran dormitorio de la suite un reloj marcaba la hora. Eran las cinco de la madrugada. Clemente llevaba durmiendo la mona unas tres horas. Afuera se percibía un silencio atronador. La gran ventana de la estancia estaba abierta. Asomaba a una amplia terraza con piscina particular. Al fondo se podía ver el bosque extrañamente iluminado.

Un sueño convulso fue capaz de despertar a Clemente. Se incorporó en la enorme cama y ni siquiera se percató de la presencia de la chica india, que completamente desnuda dormía a su lado. La muchacha no daba muestras de haber tenido una noche muy calmada. Dormía con el pelo revuelto, su ropa estaba tirada en el suelo, como si un animal feroz se la hubiera arrancado a tirones, pero lucía una sonrisa espectacular incluso en sueños.

Aún estaba borracho. No tanto como cuando fue llevado a la habitación, pero lo suficiente como para sentir un pequeño mareo y esa sensación de estar flotando a pesar de no coordinar bien los movimientos. Le llamó la atención la luz extraordinariamente blanca que se apreciaba en la arboleda.

-¡¡Fiesta!!- se dijo para si mismo- Me voy a la fiesta....

Se incorporó como pudo, vio enfrente de la cama una nevera de esas pequeñas de hotel. Cogió todo lo que creyó que podría ser útil en un buen sarao. Y es que aquel panorama ya lo había vivido el en Torremolinos, una vez que fue con su amigo Jorge de vacaciones. Había lugares, normalmente ocultos de la vista de la policía, donde se organizaban fiestas clandestinas. Naves abandonadas, ermitas en los pueblos, o lugares boscosos, donde una jauría de juerguistas incansables daban rienda suelta a toda su energía hasta caer agotados.

Sin duda allí, y después de lo visto en el casino con esa afición desmedida a toda bebida perjudicial para la salud, había una fiesta clandestina. Encontró un albornoz en el baño que le estaba grande, pero que tenía dos grandes bolsillos donde poder meter todas las botellitas de alcohol de la nevera, las tres cervezas que también contenía y de casualidad topó con la pastilla de la alegría que antes encontró en su bolsillo.

Media hora más tarde se aproximaba a la luz. Tenía los pies doloridos, había sido mala idea ir descalzo, el albornoz le arrastraba de manera ridícula y al engancharse en las matas y ramas desprendidas, dejaba al descubierto su cuerpo por la parte delantera que carecía de ropa alguna.

La luz era muy intensa. Estaba al otro lado de unos arbustos de gran tamaño. En la fiesta era seguro que no faltaba iluminación, y la música que sonaba era algún tipo de tendencia alternativa. Sonaba como un enorme zumbido que aumentaba y disminuía con una cadencia perfecta.

Clemente salió de detrás de los arbustos al grito de “¡¡¡¡Fiesta, colegas!!!, fiesta” con su gran tripa cervecera de abanderada de su cuerpo deforme, y blandiendo por todo lo alto unas botellas de cerveza.

Lo que Clemente se encontró, no parecía ser una fiesta típica. Un pequeño hombrecillo de cabeza enorme, ojos almendrados que no parpadeaban, una boca diminuta, sin nariz y con unos brazos largos que salían de un cuerpo delgado al extremo, que parecía flotar envuelto en la inmensa luz que lo rodeaba, no era una fiesta usual.

El extraño ser al ver la aparición súbita de Clemente, puso una expresión de sorpresa dando un presunto paso atrás, ya que parecía flotar y no caminar. Inmediatamente el zumbido aumento de intensidad, el hombrecillo dejó caer unas piedras que estaba recogiendo con un gancho de apariencia metálica y se giró hacia Clemente.

-¡¡Tú!!, que he dicho fiesta, cágon la leche. Que estás amuermao........!!cabezón¡¡- gritó Clemente.

Acto seguido Clemente se quedó paralizado. Quería moverse y no podía. Lo mismo que en Torremolinos cuando llegaron los grises a la fiesta ilegal, y en lugar de salir pitando, se quedó paralizado. Pero allí era de miedo, y aquí no sentía miedo, quizás paz. La luz le envolvió por completo, perdió la noción del tiempo, entró en un profundo estado de somnolencia y dejó de tener voluntad propia.

Cuando despertó ya era de día. No recordaba nada con nitidez. Le dolía el cuerpo, pero de distinto modo a como duele después de una buena tajada. Tenía marcas de pinchazos en un antebrazo, le faltaba un mechón de pelo, descubrió con detenimiento que alguien le había cortado una de las largas uñas del dedo gordo del pie. Tenía la retaguardia irritada y no quiso seguir pensando el motivo, pero también sus partes íntimas parecían haber estado expuestas a algún tipo de manipulación. Una pequeña incisión en el estómago era asimismo llamativa. Era una especie de cicatriz delgadísima y ligeramente encarnada. Por último descubrió que a la altura del corazón tenía unas marcas redondas, como si le hubieran hecho una succión con algún tubo o algo similar.

Extrañamente se sentía en forma. De no ser por esas molestias inhabituales, juraría a quien pudiera entenderle, que estaba mejor que nunca. Regresó a buen paso al hotel. Las plantas del píe estaban sanas y no le dolían. Accedió por la piscina y encontró la cama hecha y vacía, así que de ningún modo sabía que no había estado solo en el catre. Se vistió y tras comprobar que habían lavado y secado su ropa, miró la hora y vio que era cerca de mediodía.

Le esperaba su moto reparada. Recogería el equipaje del campamento, se despediría de los hippies (esperaba ver a la mujer de nariz puntiaguda, pecas graciosas, ojos intensos verdes y dientes muy blancos), y por fin podría lanzarse a sentir la carretera, el aire, recorrer decenas de millas saboreando la velocidad, tomando curvas con precisión cirujana, entablar amistades tan sólidas como la del Gran Jefe, o como la chica del hotel de Dallas, ¿qué vida llevaría?, el señor Barrimore, “que simpático”, vivir la moto.

Momentos que servían para entablar conversaciones con uno mismo, que servían para no sentirte idiota integral aunque le hablaras a la moto, “venga tu puedes, eres la mejor, no te rompas”, tareas que le hacen a uno mejor persona, que le acercan a su yo interior, ganas de mejorar como ser humano, compartir dichas.....

Al llegar a la recepción del hotel, el chico que estaba allí de guardia le dijo que le señor Pluma de Buitre había dispuesto para él un coche para acercarle a la ciudad, pero que antes aguardara, que su hija, la hija de Pluma de Buitre, le acercaría unos obsequios de recuerdo.

Apareció la chica india que recordaba vagamente de la noche anterior, la que le había acompañado al hotel. Traía una bolsa con regalos para él, una botella de licor de bayas, un par de mocasines indios, una foto de Jerónimo y unos bombones de licor apache.

La mujer le sonreía sin dejar de mirarle a los ojos. De algún modo se sintió turbado, no sabía que motivaba el interés de la hija de su amigo, quizás sintiera que debía comportarse así con los amigos de su padre, pero notó cómo se ponía nervioso. De ningún modo quería desagraviar a alguien que llevaba en los genes cortar cabelleras o pegar un hachazo con una tomahawk en el cráneo de cualquiera, así que no dudo en darle un gran beso de agradecimiento a la chica en la mejilla. Esta le cogió de la cabeza y repitió a su vez, pero en toda la boca. Fue un largo beso para sorpresa de Clemente, que pensó en las costumbres tan especiales de los apaches. La chica le volvió a mirar con deseo y le dio un papelito con un número de teléfono.

-Soy Pluma de Colibrí, llámame siempre que quieras, iré donde estés “rostro pálido”. Llámame “Oreja perdida”, llámame....iré al fin del mundo, por ti....- y se marchó con su enorme sonrisa en la bella cara de tez tostada.



XXXXXXXXXXXXXXXXXXX



En el firmamento un grupo de seres de cabeza grande, ojos almendrados, flacos con avaricia, rodeados de luz, estaban a su modo sorprendidos. Los análisis realizados a un extraño ser del planeta que acababan de explorar, no se correspondían con lo esperado. Niveles anómalos de colesterol, de ácido úrico, de transaminasas, de glóbulos rojos. Un ADN más primitivo del esperado, menos evolucionado. Vísceras que mostraban signos de fatiga, exceso de alcoholes y ácidos, denotaban que los habitantes de aquel planeta llevaban una existencia penosa. El ser analizado sobrepasaba el peso estimado en expediciones anteriores. Además las muestras de los fluidos destinados a la reproducción que habían sido extraídos por medios mecánicos, confirmaban que aquel individuo era estéril. Repitieron la prueba seis veces para evitar errores. Aquel planeta estaba abocado a la extinción.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Antonio1968 » 18 Oct 2020, 20:15

Ohhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
:face: :face: :face:
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor anibalga » 20 Oct 2020, 22:36

:mrgreen: :nuts:

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor albacete » 23 Oct 2020, 00:11

:plas: :plas: :fantasma: :fantasma: maaaaaas.
NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDAS RODAR Hoy-

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor pate » 25 Oct 2020, 16:04

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO


“On the road again”



Cuando Al Manzini recibió el nuevo informe del alto mando militar, tuvo la certeza de que estaba cerrando el cerco para atrapar al terrorista más esquivo, mejor preparado y con el anonimato más absoluto de cuantos había conocido a lo largo de su dilatada carrera profesional.

Nunca antes un solo hombre había sido capaz de poner en jaque a tantos policías, militares, agentes de los servicios secretos, expertos en comportamiento criminal, sicólogos, sociólogos y funcionarios especialistas en estadística delictiva.

No había ninguna duda de que el entrenamiento al que hubiera podido ser sometido aquel hombre, escapaba a lo habitual en los cuerpos de fuerzas especiales de cualquier nación. No por sus capacidades físicas, que a tenor de los datos recogidos, eran más bien decepcionantes, sino por la maestría con que sabía utilizarlas, y el rendimiento que obtenía de ellas.

Era significativo que casi nadie pudiera recordar sus rasgos faciales. Todo eran vaguedades, que lo incluían en el grupo de los “mister Smith´s” o como dirían en España, en el grupo de “don nadies” que pasan sin pena ni gloria, y a los que hasta las cámaras de vigilancia parecen tener aversión.

Al Manzini tenía claro que dos personas que pudieron dar pistas concluyentes, se negaban a ello. Bueno, en realidad si contaba a los dos españoles que ahora debían ser pasto de cualquier banda de asesinos en el desierto de Siria, eran cuatro. El señor Barriomore sabía lo suficiente para poder facilitar información que llevaría a la detención del terrorista, pero se escudaba en su edad y en una fingida demencia senil, para seguir en silencio. La otra persona, estaba ahora mismo en una urna funeraria en el salón de su hermana, después de haber saltado por la ventana de un edifico oficial.

Pero el informe reservado del ejercito habría una puerta de par en par. Contaba cómo tras unos extraños sucesos en las inmediaciones de la Reserva Apache de San Carlos, un equipo de investigación de fenómenos paranormales de la división encargada, entre otros asuntos, de esclarecer asuntos relacionados con el avistamiento de platillos volantes, había interrogado a posibles testigos de lo acaecido.

Aquella noche una extraña luminosidad emergió de una arboleda cercana a los casinos y hoteles de la reserva. Dicha circunstancia vino precedida por la observación de parte de las tripulaciones de varios vuelos comerciales, de luces no identificadas que realizaban maniobras que no se correspondían con ningún aparato volador conocido.

El destacamento de investigadores pudieron determinar que un nuevo suceso había tenido lugar en el bosque. Se recogieron muestras de vegetación quemada, altas dosis de radiación de origen desconocido y sorprendentemente en las inmediaciones, restos de tejido, que se determinó tras un meticuloso estudio que pertenecía a algún tipo de albornoz o toalla, unos botellines de licor y una pastilla de composición química compatible con las usadas para reanimar animales de gran envergadura.

En los interrogatorios posteriores, excepto el testimonio de dos congresistas que dijeron haber visto el resplandor mientras atendían un trabajo urgente e inaplazable en una suite del hotel Jerónimo, nadie vio nada.

Se destacaba en el informe que un empleado del turno de noche que sacaba brillo a los suelos del hotel, había escuchado como una de las chicas que trabajaba de camarera en los casinos le contaba a otra que “había pasado un buen rato, el mejor de su vida, el más loco, obsceno y gratificante, con un ser que parecía no ser de este mundo”. Desafortunadamente el muchacho no pudo identificar que camarera india había sido; para él todas esas salvajes eran iguales.

Se concluía con que se abortaba la decisión de preguntar a todas las camareras si habían pasado la noche con alguien extraño, ya que era habitual que todas acabaran retozando con algún turista y aún más habitual que no hubiera nadie normal entre los clientes de un casino.

Pero Al Manzini sabía que aquel individuo (corazonada) era el terrorista. Además el hecho de que se produjeran sucesos inexplicables, cuadraba con el historial de los múltiples y diferentes atentados y sucesos.

No había registro de alojamiento. No había una identificación clara.

Tomó la decisión de controlar todas las carreteras secundarias. De poner un especial cuidado en registrar todo vehículo sospechoso, y de identificar, cachear y vigilar a todos los motoristas. Cientos de agentes se movilizaron y cortaron carreteras, se dispusieron controles aleatorios en el centro de las ciudades. Parecía claro que el terrorista se dirigía a Las Vegas. De nuevo una tapadera.

Sospechaba que se dirigía al Area 51, al noroeste de la ciudad del pecado. ¿Con que intención? ¿Guardaba relación con los avistamientos de OVNIS? ¿Qué tipo de acción se podía esperar? ¿Buscaba desestabilizar de alguna manera los estamentos militares, desvelar acaso informaciones delicadas?. Si, tal y como era sabido, en aquella base ultra segura se guardaban secretos que harían tambalear el orden mundial ¿pretendía poner en jaque a toda la población mundial? ¿Cómo conseguiría hacerlo?.



XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX



La limusina que dispuso el Gran Jefe Pluma de Buitre, acercó a Clemente al taller de reparación donde a buen seguro tendría la moto esperando.

Exactamente como había supuesto, la moto relucía en el exterior, esperándole con los “manillares abiertos”. El chaval vecino fue de nuevo llamado para actuar de interprete. Clemente liquidó la factura, que no fue tanto como el imaginaba, y mucho más de lo que los mecánicos merecían por el trabajo, le dio esta vez cincuenta dólares al chico, del enorme fajo de dinero que consiguió en el casino, y se encaminó hacia su abandonado campamento.

Mientras un convoy militar le impedía incorporarse al tráfico, al parecer estaban investigando algo relacionado con unas extrañas luces, oyó como de la casa del niño salía una voz que decía “maldito tu padre, el diablo lo destruya, ¿de donde has sacado tanta plata?, ¡no serás un ladrón en esta casa!, maldito hijo de la gran puta, eres igual que el malnacido del pinche que te engendró....”. Y Clemente por fin tuvo la vía expedita y puso rumbo a la zona de acampada.

Cuando llegó tenía todas sus cosas tal y como las había dejado. Saber que cualquiera puede tener un revolver, hacía que los amantes de lo ajeno se pensaran dos veces coger prestado lo que no era suyo. Tenía ganas de hacer kilómetros, tenía ganas de moto. Así que se vistió para recorrer todas las millas posibles en le menor tiempo posible. La cazadora supremacista, la camiseta de los Lakers, el pantalón de camuflaje y los nuevos mocasines indios, en honor a su nuevo amigo apache.

Ordenó todo en la bolsa negra. Lo que no iba a usar al fondo del todo. Por ejemplo el impermeable. Quitando la ventolera pasada, el clima era benigno, unos 40 grados de promedio, ni una nube en el horizonte, así que no era previsible un temporal en varios días. Tocó el turno de guardar la tienda y una vez más lo hizo con dificultad, y a pesar de ser un tipo templado, se puso nervioso. Estuvo a un tris de tirarla al río y olvidarse de ella para siempre, pero en un intento último, consiguió más o menos que cupiera en la funda. Amarró todo en la moto, que funcionaba perfectamente. Parecía estar engrasada, todos los tornillos apretados, el cable del gas tensado, los pedales ajustados, lo que viene siendo una revisión a fondo que garantizaba un largo periodo de tranquilidad en ese aspecto.

Miró hacia donde estaban acampados sus amigos hippies. Quería despedirse de ellos, habían sido majos, e incluso tenía la certeza de que el muchacho gordo, sentía por él un afecto especial. Sus buenos consejos, la empatía que habían sentido fortalecía una unión invisible que perduraría largo tiempo. Sentía admiración por las personas con sobrepeso. Y claro, albergaba la esperanza de ver de nuevo a esa chica de nariz puntiaguda, pecas graciosas, ojos verdes, y dientes blancos, que se había marchado de manera súbita y triste.

No parecía haber nadie en la furgoneta. A buen seguro estarían dando una caminata, el chico necesitaba que le diera un poco el aire. Si habías estado en el hospital (él lo sabía bien), reconfortaba un poco de brisa fresca.

Cuando ya se giraba para marchar de ruta, llegó hasta su oído, su único oído, el murmullo de un grupo de gente que se acercaba. A pesar de no tener buena vista, aunque a decir verdad después de haber estado con el tipo raro de ojos grandes, boca pequeña y todo lo demás, parecía haber mejorado considerablemente de la afección, vio que eran el grupo de hippies que se encaminaban hacía su vivac.

La chica china empujaba una silla de ruedas donde, a pesar de haber sido modificada, a duras penas encajaba el muchacho. Las otros departían risueñamente, pero la chica de ojos verdes, nariz puntiaguda, graciosas pecas y dientes muy, muy blancos, no estaba con ellos.

Clemente les hizo un ademán de saludo, que cuando pudieron verlo, les hizo parar en seco. El hombre intentaba sujetar a la mujer china que parecía esgrimir un enorme cuchillo de cocina y gritaba enfurecidamente. El gordinflón intentaba levantarse de la silla de ruedas con la sana intención de huir de una nueva catástrofe física, pero lo que consiguió fue que la silla empezara a rodar sin nadie que la sujetara. En un esfuerzo supremo, puso pie en tierra a pesar de los terribles dolores de sus genitales abrasados y de las escoceduras de sus muslos. No duró mucho en equilibrio. Una masa que se ve sometida a un empuje que consigue desequilibrarla, produce una reacción a modo de caída inmediata. Y eso fue lo que el chico logró. Caer rodando hacia el río de manera descontrolada hasta que, para su inmensa suerte, unos tupidos arbustos de espino pararon su loca precipitación al río. A buen seguro que en su estado no hubiera podido nadar, y eso que Clemente le recordaba haciéndolo a toda velocidad con la asiática en su lomo.

Para entonces la muchacha ya se había desembarazo del canoso y corría como loca blandiendo el cuchillo con aire amenazador. Fue cuando Clemente creyó conveniente tomar la dirección opuesta a la mayor velocidad posible. Mano de santo. La moto embalada le privó de un par de puñaladas que a buen seguro le hubieran resultado tan molestas, como los cientos de espinas que tenía en su orondo cuerpo el chico grandote en la vera del río. Fue necesaria la intervención de un retén de los bomberos y una grúa para recuperar el cuerpo del chico, que no paraba de gritar de dolor y jurar que mataría a ese cabrón barrigudo.

Clemente pasó en posición erguida ante la larga fila de personas que aguardaban el turno para poder admirar la obra de arte anónima en forma de silla pleglable que se levantaba en un pedestal. La presencia de guardas de seguridad la salvaguardaban de posibles robos o daños a lo que ya era considerada como la obra de arte cumbre de la generación de los ochenta a nivel mundial.

Tan pronto como pudo y acelerando de manera compulsiva, no podía apartar la imagen de la china con el enorme cuchillo corriendo hacia él, mientras arrancaba la moto y salía pitando, tomó la decisión de hacer el camino por las carreteras principales. Calculaba que en unas cuatro horas podría estar en Las Vegas. No es que tuviera un especial interés, pero suponía que encontraría algún modo de divertirse en aquel paraje. Con toda probabilidad la ciudad estaría atestada de bares y clubs donde poder tomar una copa en buena compañía. Lo de los boquerones, ya lo daba por perdido.

La higway 17 empalmaba con la 40 y después se debía tomar la número 15 para llegar a la ciudad mundial del juego de azar. Clemente tomó el carril izquierdo y abrió el gas sin contemplaciones. Daba buena muestra del vivo ritmo que llevaba el fuerte dolor que le provocaban las juntas de dilatación y que la básica amortiguación de la Harley no podía mitigar.

Daba igual. Tan pronto sobrepasaba un Chevrolet Corvair, una autentica aberración de la automoción y una de las pocas unidades sobrevivientes a sus múltiples siniestros, como a un Plymouth Road Runner, o un simple Ford Crown Victoria. Imbuido en la vorágine de la conducción rápida, rayando en la suicida que practicaba, las millas discurrían a velocidad de vértigo. Buena sensación de estar vivo, cuando más próximo a partirte la crisma estás.

Sólo cuando precisaba poner combustible se detenía. Entre tanto, a la par que conducía con fluidez magistral, los mosquitos y demás insectos iban formando parte de su decorado ornamental. Su mente ocupada en resolver grandes dudas que le asaltaban, “si la capacidad de un porrón de cerveza, equivale a una tercera parte de la de un botijo, y si el agua de un botijo equivale a la mitad de una garrafa de vidrio forrada de cáñamo, y en cada porrón caben tres cañas grandes, la cantidad de cañas que cabrían en una garrafa son más de diez, pero no creo que leguen a cincuenta, ni a cuarenta...., así que en un día de calor, es factible que yo pueda tomar una garrafa de cervezas....., o así.....”. Y en ese instante cambiaba de carril para evitar colisionar con un Peterbilt de dieciocho ruedas que transporta sacos de patatas.

====De vez en cuando alguna motocicleta es alcanzada y Clemente le saluda bajando la mano. Subirla cuando ya la llevas adormecida de la cruel posición de “mono colgado”, es harto difícil. De nuevo una escala para repostar. Dos galones y medio, que no sabe cuantos litros son, quizás la mitad que una de las garrafas forradas de arpillera, y ya es suficiente para tomar de nuevo la carretera. Como mucho una visita a los deplorables servicios, que ven un mocho y lejía cada vez que sale la marmota de su aletargamiento, y a disfrutar del trayecto.====

Se debatía en si alquilar una habitación en las afueras, o como le habían dicho, instalarse en el propio hotel de un casino, a un minuto de ascensor del bar. Circulaba a unos buenos 110 km/h, cuando fue sobreasado por un par de motocicletas. Una BMW K 100 RS y una Moto Guzzi California 850. De ningún modo iba a consentir que él, que era hasta ese momento el rey de la autopista 17, y lo sería de la 40 y de la 15, quedara por detrás. Aceleró su moto de modo compulsivo, pero la respuesta fue un poco menos frenética, ¡ay si tuviera su Ossa Yankee!, y a duras penas conseguía mantener la distancia. En el momento en que un par de gigantescos camiones cortaron el ritmo de sus dos predecesores, aprovechó para rebasarlos por el arcén, poniendo en serio riesgo su vida. ¡Pero que más da!, la inigualable sensación de ser el “mejor”, de ir el primero, es algo intrínseco al verdadero amor a las motos.

Por nada del mundo un motero consiente ser rebasado por una moto inferior, y si es así, mejor que sea cuando circula solo, que el mismo buscará una excusa para él mismo, del tipo “se que si yo quiero no me pasas, pero hoy no estoy de humor, o quiero llegar a casa de una pieza que la Mari Pili me ha parecido que quería guerra”, o cosas por el estilo, aunque en el fondo el motero sabe que siempre hay alguien más rápido que él mismo. Lo importante es tener la suerte de no coincidir en la ruta.

Y una vez rebasados los dos compañeros, Clemente procuraba no ser alcanzado de nuevo, pero ignoraba que los dos motoristas ya habían tomado la salida de la autopista para coger una carretera secundaria. Allí serían sometidos en, al menos cuatro controles, a todo tipo de preguntas, serían cacheados, sus equipajes revisados, y si perdían la paciencia, o había algo en su expediente, como un recibo de la luz sin pagar, serían probablemente detenidos y en caso de ser negros, detenidos y apaleados.

Aquella jornada y las venideras, miles de motos de todo el país estuvieron aparcadas, ya que sus dueños prefirieron desplazarse en coche para evitar ser retenidos y apalizados. El caos circulatorio fue considerable, los atascos frecuentes y aumentó el número de accidentes y disputas por un lugar para estacionar. Al menos veinte personas se vieron envueltas en tiroteos por peleas banales, del tipo “yo he llegado primero para aparcar aquí, y me la suda que tu sí seas minusválido y esta plaza sea reservada para los tullidos, que mis cojones no mueven el Cadillac Eldorado ni locos”, lo cual provocaba que el buen señor con paraplejia desenfundara la Beretta y vaciara el cargador, en el mejor de los casos, contra el coche. “Ni tus cojones mueven el coche, y ni siquiera la grúa del chatarrero,¡¡maricón!!” mientras el Cadillac humeaba para regocijo del personal.

La alta velocidad del trayecto, la alta temperatura ambiente, el calor del asfalto, todo se confabulaba para que la preclara mente de Clemente, divagara en el potencial mercado de una nueva marca de helados. Quizás ofreciendo unos sabores diferentes triunfara en ventas. Él era de poco helado, si acaso un corte de mantecado o si tenía la suerte de dar con uno, de ron con pasas, aunque tenían muchas pasas y poco ron. Sabores a cubalibre, ponche, o licor 43, podrían tener su mercado, o mejor aún, uno de sabor vermú con banderilla de anchoas. De cerveza no convenía fabricar, lo bueno y selecto, no se tiene que modificar.

La temperatura subía décima a décima. Clemente sentía adormecimiento, fruto del cansancio de la tortura que supone viajar más de tres horas en moto, del tedio de un recorrido rectilíneo y monótono, y como hace todo buen motero cuando siente que es vencido por la fatiga, aumenta el ritmo de la conducción, pone en riesgo su vida para llevarse sustos y así permanecer alerta. Es una técnica empleada por los grandes ruteros, esa especie de sicópatas que encuentran gozo en realizar cientos de kilómetros cada día subidos en motos de gran cilindrada.

Sorteaba con habilidad menguada los camiones, las autocaravanas, los coches de todo tipo, si exceptuamos los de policía, que estaban todos en carreteras secundarias enzarzados en interminables disputas con motoristas de todo tipo y condición, su mente ahora estaba ocupada decidiendo que raza de perro compraría cuando llegara a casa, tal vez un mastín italiano, o mejor aún, si, un bodeguero andaluz, ese sería, seguro que entendía de vinos, cuando de pronto se vio sorprendido por un enorme cartel que le advertía de un gran peligro que se avecinaba. Sus alertas vitales saltaron, ¡ojo Clemente, peligro inminente!.

Fue tal la sorpresa que desaceleró bruscamente, pasó de 130 a 50 en pocos metros, lo cual provocó que el Oldsmobile Cutlass del 85, que le seguía claramente “picado” tuviera que dar un brusco volantazo para evitar arrollarle. El coche salió trompeado y en uno de sus giros golpeó el lateral de un remolque que arrastraba la mudanza de los Parson, que volcó esparciendo todos los muebles y recuerdos de treinta años de matrimonio por el asfalto. Los demás conductores esquivaron, o no, los enseres de los Parson; en particular un gigantesco camión que transportaba liquido corrosivo impactó violentamente con la cómoda de estilo victoriano que fue a incrustarse en el Oldsmobile que había provocado el accidente, del cual Clemente era ajeno, bastante tenía con la advertencia del panel, y en el sistema de frenos del camión, que consiguió detenerse cuatro millas mas adelante cuando chocó contra la mediana. No hubo que lamentar víctimas, tan solo el derrame de unos veinte mil litros de ácido sulfúrico que, gracias a dios, fueron directamente al sistema de riego de uno de los campos de golf mas prestigiosos del estado, que tuvo que clausurar sus instalaciones por un periodo de dos años para desgracia de las compañías aseguradoras.

Clemente estaba tan abstraído del caos que le rodeaba, que no se percató de la magnitud del accidente. Casi treinta vehículos involucrados, retenciones que alcanzaban los cincuenta kilómetros, y el colapso de las carreteras secundarias por los automovilistas que abandonaban la autopista para evitar el atasco y se encontraban con los controles.

Los helicópteros de las noticias sobrevolaban la escena, dando cuenta de lo acaecido. Mientras tanto, Clemente que se había detenido a la sombra del enorme cartel que le había conmocionado, se afanaba rebuscando en su equipaje lo que a buen seguro iba a necesitar. Aunque miraba al horizonte y no vislumbraba ni un pequeño síntoma de lo que en él se anunciaba, sabía que el clima tenía caprichos que a veces resultaban incomprensibles.

Clemente que había recorrido ya la 17, la autopista 40 y se había desviado dirección Las Vegas por la highway 15, que había esquivado el desierto de Mojave sin él saberlo, que estaba en un lugar árido, se encontraba a la sombra del atardecer de un enorme cartel que anunciaba una importante bajada de temperaturas y unas condiciones adversas para el dominio de una motocicleta. Pero era un hombre prevenido, se puso toda la ropa de abrigo que pudo, sobre ella se puso el impermeable de color morado. Quedaban apenas 30 kilómetros para llegar a Las Vegas, que podían ser un infierno. Sudaba de manera inhumana.

En el cartel se leía algo que no daba lugar a dudas.

State of Nevada.

Y si los americanos anunciaban estado de nevada, había que estar preparados para ver nevar.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Antonio1968 » 25 Oct 2020, 16:32

:plas: :plas: :plas:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Humphrey » 25 Oct 2020, 23:28

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Anherko » 26 Oct 2020, 12:48

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor anibalga » 30 Oct 2020, 19:34

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor albacete » 01 Nov 2020, 02:19

:plas: :plas: :plas:
:= := := Mas, mas.
NO DEJES PARA MAÑANA LO QUE PUEDAS RODAR Hoy-

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor pate » 07 Nov 2020, 14:07

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEXTO


¡Viva Las Vegas!



Pepi tenía unos sudores incontrolables. Hacía mucho calor. Unido eso a las circunstancias que le atormentaban, producía en ella el indeseable estado de ansiedad y nervios que padecía.

En el salón de la casa le acompañaba Nancy. Se paseaba desnuda, algo habitual en ella, dando vueltas de un lado a otro de la estancia. Trataba con esfuerzo de calmar a Pepi, cosa que no conseguía en absoluto. Tampoco los vecinos del inmueble que armados de prismáticos esperaban ansiosos el momento en que la pelirroja atravesara la ventana para así poder disfrutar del paisaje, estaban precisamente sosegados.


-¡A ver querida!- dijo Nancy- no eres la primera mujer del mundo embarazada....

-Ya, ya lo sé. El problema es el “otro”. El asunto es que estoy embarazada de un hombre que no es mi marido- contestó Pepi.

-¿Y estás segura de eso?. ¿Tienes la certeza de que los informes del accidente en Inglaterra son concluyentes, que certificaron su esterilidad?, ¿qué aquellas analíticas son fiables....?. Mira que los ingleses suelen ir borrachos a trabajar, y que esa alimentación que tienen no puede ser buena para el cuerpo.....no te extrañe que confundieran sus muestras con las de algún escocés, y sólo para putearlo le dijeran que era impotente....ya sabes que los ingleses no tragan a los de la boina y falda.

-No, no, aquí el doctor Menéndez y la doctora Vidal, lo ratificaron. Debe ser algo genético. Dijeron que incluso su padre pudiera haber sido estéril....- se hizo un silencio valorativo.

-Bueno, si fuese así- dijo Nancy - él no estaría aquí........bueno, puede que sí, no se sabe- mirando de reojo la barriga incipiente de Pepi.

-¡Maldita paella en Peñarara!, de no haber ido......

-¡¡Tonterías!!, ¿acaso no te lo pasaste bien?.

-Debí pasármelo de maravilla, lo malo es que no lo recuerdo ¡coño!- contestó Pepi.

-No te enfades querida- dijo mientras se asomaba a la ventana, y unos cuantos vecinos se entusiasmaban – pero.....¿no has estado con ningún otro hombre?.

-¡Que dices!, soy una mujer fiel. O eso creo.

-Vale. Entonces ya podemos concluir quien debe ser el fecundador. Porque el padre será Clemente, ¡es Clemente!, ¿vale?. Por nada del mundo esa criatura se merece un padre inglés. Un padre que a buen seguro terminará pronto sus días entre rejas o siendo excarcelado de un amasijo de hierros retorcidos. Y como esto sólo lo sabemos tu y yo, que somos como hermanas, asunto arreglado. Punto en boca, ¿me entiendes?. Con el secreto a la tumba, por mis padres. No se hable más del tema. Ahora toca pensar en el color de la habitación del niño, o de la niña. Y tu sonríe que sino parirás a un “amargao”.

Y Pepi se tranquilizó. Se amorró a una botella de Mirinda y se la bebió de un trago, mientras Nancy canturreaba una jota aragonesa, y bajaba las persianas del salón.




XXXXXXXXX


Al Manzini estaba rodeado de colaboradores. Todos miraban con atención las imágenes que un helicóptero de una televisión estatal había tomado del terrible accidente en las inmediaciones de la frontera del Estado de Nevada.

A pesar de no ser de una gran nitidez debido a la altura desde la que estaban tomadas, se apreciaba como docenas de vehículos estaban estrellados unos contra otros. Algunos aún humeaban. Sus ocupantes, al menos los que podían caminar, deambulaban entre ellos y no daban crédito a lo sucedido. En particular, los Parson, no sólo habían perdido el coche, y el remolque de alquiler para su mudanza, sino que todos los recuerdos de una vida en común se encontraban desparramados por la autopista. Libros, vajillas, o lo que quedaba de ellas, butacas, un sinfonier herencia de la abuela Natalie convertido en astillas, fotos que volaban por los alrededores, incluso el set de “diversión” de la señora Parson, que consistía en un látigo, ropa ceñida de cuero, antifaces, cadenas y algún que otro juguete sexual estaban absolutamente desperdigados.

En un momento dado, la cámara enfocó a unos bomberos que trataban de sacar de un coche a una persona malherida, mientras a su lado dos musulmanes que viajaban en un antiguo Mercedes Benz, hacían genuflexiones orientados a la Meca.

En el barrido que hacía posteriormente la toma, que ahora se dirigía hacia un camión que se había estrellado unos kilómetros más adelante, se podía observar algo que era lo que motivaba la presencia de todos los investigadores.

A la sombra del enorme cartel que daba la bienvenida al “State of Nevada” se encontraba detenido un tipo bajito, de cara irreconocible, que rebuscaba afanosamente entre su equipaje, y que no paraba de enfundarse prendas, hasta terminar por ponerse un traje de plástico de color morado, a todas luces y según los expertos en guerra bacteriológica, un traje anti contaminación. Algo realmente escalofriante. ¿Qué hacía un individuo enfundándose tal cantidad de ropa a más de 40 grados de temperatura?. Sin lugar a dudas estaba adelantándose a un mas que probable ataque con armas químicas. Había organizado de modo preciso todo aquel jaleo, para desviar la atención.

-Se dirige a Las Vegas, no hay duda. Prepara algo allí. Desbloqueen inmediatamente todas las carreteras secundarías y controlen las principales vías de acceso a la ciudad, ¡Ya!, ¡es una orden!- gritó Al Manzini.



XXXXXXXXXXXXXXX



Para cuando todo esto había sucedido, Clemente que iba a toda velocidad con la moto, decidió salir de la autopista y usar las secundarías para así poder tener a mano más cafeterías donde poder tomar algo muy caliente cuando comenzara el temporal de nieve.

Aunque para ser justos, abrasado de calor como estaba, sudando de manera bestial, le apetecía más una bebida muy fría, de color dorado y espuma blanca. Se estaba deshidratando a pasos agigantados. Comenzó a tener mareos. La moto se cruzó con varias patrullas policiales que se dirigían haciendo sonar las sirenas hacía las entradas principales de la ciudad, para motar controles impermeables en las vías de gran capacidad.

Por un momento circuló fuera del asfalto. Sólo un milagro evitó que se estrellara contra una señal de tráfico. Veía doble. Notaba como el sudor corría por entre la ropa y su cuerpo. Se sentía mojado, la garganta parecía tener arena, estaba desganado. Perdió la noción del tiempo, se desmayó cuando circulaba a unos 80 km/h. Se mascaba la tragedia.

Con al suerte que tienen los elegidos, Clemente mantuvo el equilibrio sin tener un atisbo de conciencia. La carencia de fuerza hizo que soltara el acelerador y que la moto fuera perdiendo impulso. Pasado un breve lapso de tiempo, la moto se desvió a la cuneta y cayó mansamente con su ocupante y su equipaje.


Toribio Cardozo y su ahijado Crispín conducían la vieja furgoneta del dueño de la finca donde trabajaban. Transportaban, como cada día, docenas de cajas de coles y lombardas con destino a los grandes hoteles de los casinos. Como cada día, su jefe, un polaco llamado Khryzstof Nowak les mandaba con el cargamento de verduras que escondía al menos una bolsa con medio kilo de la mejor cocaína, para que los chefs de las cocinas elaboraran la famosa ensalada de col, una infame ensalada que de no ser por la abundante mayonesa, haría vomitar a los cerdos, y para que los otros “chefs” de la calle cortaran adecuadamente la coca y la sirvieran en pequeñas dosis por la ciudad.

Toribio era un dominicano afincado en estados Unidos de forma ilegal. Lo mismo que su ahijado; aunque este último si tenía papeles. Antes de escapar de un furgón policial y ser extraditado, Crispín fue fichado por tenencia de armas, en concreto una navaja de 12 centímetros de hoja, y por haberla usado para cometer al menos diez asaltos con fuerza.

Toribio era un buen hombre. Ni siquiera había intentado matar a nadie en toda su vida. Algún pequeño robo, tomar prestado algún coche sin permiso, hurtos en tiendas de poca monta, alguna paliza y poco más. Tenía un corte de pelo muy singular, un flequillo larguísimo cortado como las tribus del Amazonas, que cuando quería disimular, se lo echaba para atrás y lo sujetaba con una goma de pelo. De ese modo su aspecto cambiaba de manera radical.

Aquella tarde conducía y su ahijado dormitaba en el asiento. Había mucha policía, demasiada. Deberían ser prudentes y acceder a Las Vegas por caminos poco transitados. Los conocía todos. Podría ser perfectamente el cartógrafo de la ciudad. De pronto observó un bulto en la cuenta. Algo de color llamativo sobresalía de ella. Quizás fuese alguna bolsa de basura, y quizás pudiera encontrar algo para empeñar y sacar unos dólares para cerveza.

Paró al lado del bulto. Se pudo dar cuenta que era un hombre que parecía estar muerto, tumbado sobre una moto que apenas se podía ver. Aquel loco iba completamente vestido. Llevaba muchísima ropa, del tipo de ropa que usan los delincuentes. Aún tenía pulso. Por la cantidad de humedad que se podía observar, aquel hombre estaba deshidratado. A su orden, Crispín fue desvistiendo al tipo. Al quitarle el casco observó con sorpresa que carecía de oreja. Ambos se miraron de reojo y comprendieron que aquello era fruto de alguna pendencia o venganza. Ojo cono molestar a aquel tipo. Era sin lugar a dudas alguien importante de alguna banda de criminales.

Cuando estuvo desnudo, Crispín le metió a la fuerza unos dos litros de agua por la boca. Parecía reaccionar levemente, pero no tenían mucho tiempo que perder. Tenían unas entregas que realizar, no podían dejar sin ensalada de col a los comensales de los hoteles, y sin su condimento a los yonkis de la zona.

Cargaron la moto y al hombre en el furgón. Tuvieron que apilar las cajas de coles y lombardas a mayor altura, y en el primer frenazo cayeron tapando a Clemente y a la moto. Allí poco a poco fue recobrando el aliento. Tenía a mano una botella de agua cuando despertó. No sabía donde estaba, pero aquello se movía de manera loca. Caían coles sobre su cuerpo desnudo, pero podía ver que allí dentro estaban todas sus ropas y su moto. Fuera, Toribio y Crispín habían recorrido los treinta kilómetros que les separaban de la ciudad del pecado, habían usado caminos rurales, atravesado algún que otro erial sin camino, y ya se encontraban en la puertas de la ciudad.

La calle, ahora asfaltada, llevaba a la avenida principal, donde estaban los casinos más populares. Un control se veía a lo lejos. Toribio paró el furgón y descendió. Abrió la puerta y se encontró con Clemente amorrado a la botella de agua. Deslumbrado, Clemente le saludó.

-Hola amigo. Soy Clemente.

-Hola compadre. ¿Cómo está?, le encontramos tirado en el camino. No sabíamos que hacer. No quisimos llamar a los policías.....por si acaso......ya sabe- dijo Toribio, que no quiso llamar a la policía para no ser detenido y deportado.

-Mejor. Mejor así. Para que molestar a los policías. Me ha dado un golpe de calor. Anunciaron nieve, y yo.....pues eso.....me vestí.....no se.....¿ha nevado hoy?-.

Toribio no entendió nada. Sin lugar a dudas el tipo aún desvariaba. Clemente descendió de la furgoneta como dios le trajo al mundo. Varios coches estuvieron a punto de chocar, y los viandantes se regocijaban con el show.

-Vístase señor, o nos buscaremos problemas con la policía- dijo Crispín.

Clemente se vistió de nuevo. Les explicó que se quedaría un par de días en la ciudad, siempre y cuando pudiera divertirse, pero que si se aburría se iría enseguida. No tenía muy claro que hacer, pero buscaría un hotel.

Toribio le dijo que él le llevaba a un buen hotel, donde debía repartir la coles, que allí tenía amigos, que lo hospedarían en una buena room, y guardarían la moto en el garaje.
De nuevo en marcha Toribio, Clemente y Crispín, esquivaron de la manera habitual el inmenso control de la policía. Se introdujeron en un parking antes del punto de revisión, y salieron por la parte opuesta, ya con el control sobrepasado. La avenida principal comenzaba a estar iluminada. Era un espectáculo de luz y color sobresaliente. Clemente miraba embobado las luces, los neones, los rascacielos que albergaban los casinos y los hoteles con miles de habitaciones.

Toribio paró en la parte trasera de uno de ellos. Un gigantesco lugar donde camiones frigoríficos descargaban cientos de kilos de carne para los buffets. Otros cargaban jaulas con ropa de cama sucia con destino a las lavanderías de las afueras. Un sinfín de empelados vestidos de camareros y de asistentas, de crupieres y de jefas de sala, entraban y salían del hotel. Un furgón policial se llevaba detenidos a tramposos, prostitutas y ciudadanos que no podían asumir las deudas contraídas. Compartían espacio con carteristas, proxenetas, violadores, asesinos y cualquier otro criminal.

Clemente ayudó a descargar la mercancía en un carro. Lo había traído un compinche de Toribio que era el encargado de recoger la otra mercancía que el señor Khrisztof Nowak distribuía. Cuando la bolsa de polvo blanco cayó entre los pies de Clemente y se apresuró a recogerla, la cara de los otros tres hispanos mudó de color. Sin embargo Clemente actuó como se espera de un auténtico profesional.

-Toma, se ha caído la sal- dijo – alargando el paquete hacia el empelado, que lo ocultó entre las lombardas en un visto y no visto.

Toribio habló con el hombre en un lugar un poco apartado. Ambos le miraban de vez en cuando, mientras Clemente se entretenía en contar los pisos de altura del edificio. Cuando iba por veintidós, tuvo que volver a contar ya que se perdió en la cuenta.

Al poco se acercaron y fue informado que aquel hombre le pondría en contacto con otro amigo, que le iba a facilitar una tarjeta de una habitación de manera gratuita, a condición de que de vez en cuando fuera a tomar algo al bar o a apostar algo en el casino. Eran tarjetas de invitación que disponía el hotel, bastaba con dar un nombre falso para registrarse y se consideraban gentileza del establecimiento.

Luego descargaron la moto y el equipaje del furgón y un muchacho cogió el equipaje y le entregó la tarjeta, la número 22122, correspondiente a la planta 22 y habitación 122. La moto fue retirada por un valet del hotel y guardada a buen recaudo. Antes de ello, Clemente le pidió a un señor que circulaba por allí, que era un fotógrafo que se ganaba la vida vendiendo instantáneas con una Polaroid, que le hiciera una foto al grupo, a Toribio, a Crispín, al primer amigo y al muchacho que vino a por equipaje, y les diera una copia a cada uno. Luego le pidió que le hiciera un par a él con la Harley Davidson enfundado en la chupa, con el casco, y el Flamingo de fondo con todas sus luces encendidas. Estas las mandaría hoy mismo a Pepi, y los amigos del motoclub.

Y lo que pasó aquellos tres días de escándalo en Las Vegas, como es costumbre se queda en Las Vegas.

Pero si que se puede relatar que pasó de ser un hombre corriente a ser millonario, para después arruinarse la noche siguiente. Compró un Rolls Royce, que luego tuvo que malvender, compartió mesa con el cónsul de Irán, convido a trescientas personas a una cena de lujo, le sacaron a patadas de una sala de streep tease. Las orquestas de los casinos le obsequiaron con versiones de Paquito el Chocolatero que era la canción de moda en la nación. Organizó una konga multitudinaria en la avenida principal donde incluso participaron agentes del orden que andaban buscando a un terrorista peligroso.

Lució con elegancia un traje de corte italiano, compró a una señora que se ganaba la vida limpiando cristales de los coches en los semáforos el mejor diamante de una joyería. Mandó que le trajeran a la suite del hotel una guayabera de color salmón y un pantalón a juego, y unos mocasines de fieltro de color rojo pasión, que fue el atuendo que le hizo ganar casi dos millones de dólares en una sola noche en la ruleta, y el mismo que le arruinó al Black Jack, que no sabía jugar, la noche siguiente después de hacer ricos a base de propinas a los dos amigos de Toribio y Crispín. Para estos dejó a su nombre en un concesionario, un Pontiac Trans Am negro con un águila en capot y un minisubmarino de color amarillo.

Al menos un par de chicas se quedaron con el corazón partido. Pasaron del romance con el mejor Latin Lover, a quedar de nuevo en manos de cualquier depravado nacido en Oregón o Winsconsin. Del romance de novela de caballerías, a la torpe seducción de un sucio vaquero. Del glamour que destilaba la galantería de un europeo, al fast food del cortejo de un americano del montón. De saborear el lujo y el buen gusto de países con larga trayectoria histórica, a la realidad del gusto de un país sin historia.

Le nombraron miembro de honor de una Logia Masónica, se alistó en el Klu Klux Klan, cató la relajación budista y donó doce mil dólares a Greenpeace, se hizo mormón y fue bautizado según sus rituales, el museo Smithsonian le agregó a sus consultores internacionales como erudito conocedor de los procesos cerveceros, el Ejercito de Salvación pidió su ayuda para movilizar a donantes de fondos con excelentes resultados, los directivos de una multinacional del sector del automóvil le pidieron consejo para establecerse en España, y tuvieron en cuenta sus atinadas valoraciones carentes de prejuicio alguno, en las cuales se informaba que España era un país de alpargata y boina, de torrezno y morcilla de cebolla, de porrón y bota, de vino cosechero y cazalla.

Un país de botijo y fiambrera, de filete empanado y tocino, un país de perro callejero y burro, de tartana melonera y de carretilla con cemento, de camarero con palillo en los dientes y bolígrafo en la oreja, un sitio de paletos nacionalistas y pueblerinos de pilón para el forastero, de monjas y curas de sotana en seiscientos, de caciques y tontos del haba, de peleas de gallos, y de estoque y muleta. En España se tiraban cabras de un campanario y se arrancaban cuellos de gansos colgando de una soga, se usaban los bueyes para arrastrar enormes piedras y chalados con txapela cortaban troncos por puro placer y apostaban en ello sus caseríos y fincas.

También se prefería el vino con sifón en vaso de Duralex, al Bloody Mary en vaso largo, los comensales preferían coger la torilla de patatas con la mano y cortar el pan con una navaja guardada en el pantalón de pana, a un plato de porcelana con refinadas viandas, se decantaban por un buen salmorejo y despreciaban la Vichysoise, más de pan cabezón que de pan de molde, eran más de salir de juerga que de visitar museos, más de verbena en una aldea que de cine forum en la capital, mas de tebeos del botones Sacarino que de leer a Kafka, y preferían la siesta y la holganza a la actividad y la producción. Eran de franela y cáñamo, y no gustaban de sedas y tisús. Gozaban con un pasodoble tocado a trompeta desafinada y repudiaban la música de batuta y concertino, eran de Manolo Escobar y su carro más que de la poesía de Bob Dylan, que era un plasta aburrido. Mas de pandereta y zambomba que de piano de cola.

Los ejecutivos después de esa lectura de trazo grueso rápida decidieron montar su factoría en Francia, a todas luces un país civilizado y no un enclave de bestias asilvestradas, muy lejos de estar en sintonía con los tiempos modernos.

Y así pasó Clemente sus días y noches en Las Vegas. Pero lo que pasó de verdad, con detalle, se queda en Las Vegas.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Antonio1968 » 07 Nov 2020, 20:02

Esto si que no me lo esperaba, en la última frase.
"Y así pasó Clemente sus días y noches en Las Vegas. Pero lo que pasó de verdad, con detalle, se queda en Las Vegas."
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensajepor Bonniato » 07 Nov 2020, 23:50

Bueno, si pate nos contara con detalle todo lo que pasó en Las Vegas con Clemente, después no tendría más remedio que eliminarnos. Dejémoslo así. :?


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Este aniversario ha batido records de participación. Sirva como ejemplo que la cena del sábado contó con la asistencia de 116 personas o que al paseo acudieron más de 100 motos.

Además, se han recaudado más de 400€ en las dos huchas habilitadas para ayudas sociales, a lo cual hay que sumar el dinero ingresado en la cuenta del aniversario, de todo lo cual informará Rayworld en su momento.

Lo dicho, un fantástico aniversario que costará mucho tiempo olvidar y que sirve para seguir haciendo grande a este club... :XX:


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