EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

:ala: Que imaginación
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO CUATRIGÉSIMO OCTAVO



Caribe, consejos y carreras. IV y último.




El director del hotel miraba incrédulo el estado de la habitación de Clemente. Estaba claro que una fuerza sobrenatural, quizás producto de la pequeña erupción volcánica, había terminado con todo el mobiliario, abierto un boquete en el techo desde donde se podía ver el cielo azul, ahora teñido de una leve capa de polvo grisáceo, esparcido los escombros por el jardín y arrancado de cuajo la gran bañera de estilo Pittsburgh que ahora aguardaba a ser rescatada de lo alto de un árbol de las calabazas, más conocido como Jícaro.

Clemente resoplaba a cada indicación del director, se pasaba la mano por la frente en clara alusión a los presuntos momentos terribles vividos en aquellos angustiosos minutos, y braceaba golpeándose en los muslos continuamente. No cabía duda para el encargado de la gestión del hotel que aquel individuo había vivido una situación extrema que le había llevado al borde del abismo y que les iba a “crujir” con una demanda y debía por todos los medios compensar el desastre y hacer que desistiese del empeño de destruir la reputación del negocio y la suya própia.

Por la mente de Clemente en cambio paseaba la idea de verse envuelto en una denuncia por destrozos y deseaba por todos los medios que aquella molesta visita terminase. Y terminó cuando aparecieron unos empleados a recoger su equipaje, exiguo a más no poder, y le invitaron a salir del lugar del siniestro. Caminando por el pasillo iba pensando como serían las celdas de los presidios de la isla, lugar al que creía que le trasladaban y se vio de pronto entrando en una de las mejores suites de todo el Caribe.

Tan grande como su piso de España. Y además con mayordomo a su servicio, un mayordomo con ciertos aires de suficiencia, y que le observaba como si él fuera alguien no merecedor de tanto agasajo. Pudo entender que podría solicitar lo que quisiera y cuando quisiera que sería atendido.

-¿Boquerones en vinagre?- dijo -y una San Miguel, ¿a que no hay cojones?......-.

-¿Caviar Beluga, Veuve Clicquot........?- contestó el mayordomo sintiéndose retado.

-Eso hay por todas partes.......¿una gaseosa La Casera y vino de Cariñena?- replicó.

-¿Trufa italiana, quizás?,señor-.

-Anda, déjate de chorradas y dile a la cocinera que me haga un par de huevos fritos, con patatas fritas, y alguna salchicha, que seguro que no tenéis Guijuelo por aquí......mucho lujo, mucho lujo.....¡Lo que tenéis que aprender “marcelinos”!. Hay que viajar más...- concluyó Clemente.

Y acto seguido le indicó al mayordomo que dispusieran en la salida la moto, que la limpiaran, que le llenaran el depósito de combustible, “aceite del bueno pa la mezcla, que os veo venir”, que en cuanto diera buena cuenta de los huevos fritos se iba a dar una vuelta por la isla, que era de nuevo un lugar seguro, que de paso visitaría a un buen amigo en el hospital, un tal Mortadelo, y que le prepararan, mejor aún, que le enviaran al hospital de la montaña, una botella de buen whisky y que la llevara una mujer que tuviera la moral distraída con ordenes explicitas de darle un revolcón al muchacho. Y soltó un billete de cien para pagar la discreción.

Al poco, el mayordomo del hotel le dio una botella de whisky y diez dólares a una íntima amiga de su mujer, la envió al hospital de la montaña a cumplir con la misión de darle una alegría carnal al interno. Resultó un tanto engorroso dar con la persona receptora de tanto cariño, que debía tener el nombre de alguien que salía en la tele, según informó Clemente, pero al final pudieron dar con el señor Pluto Vázquez, que a decir verdad no pudo saborear las mieles del regalo al encontrarse sedado. No obstante la amiga de su esposa cumplió con su cometido con total dedicación para alborozo del resto de pacientes de la sala y la botella de whisky quedo en la mesilla anexa esperando mejores momentos. Al menos tres internos tuvieron subida de tensión y uno de ellos entró en paro cardíaco.

Clemente salió dispuesto a paladear las carreteras de la isla. La ciudad le resultaba aburrida, quitando el pique con aquel mulato, no había nada interesante que hacer y se llevó la sorpresa de su vida.

El director del hotel había hecho devolver la Jawa al taller de Benoit Renoir, había abonado la factura, y había hecho traer una moto nueva para el disfrute del huésped que a todas luces les iba a demandar y le costaría su puesto de trabajo. Era una flamante Honda CBX 750 F, una moto a estrenar en toda regla que tenía el hotel, junto a un Maserati Biturbo, y un Jaguar XJ, para los clientes VIP que necesitasen una dosis de adrenalina o simplemente recorrer la isla. Huelga decir que el Maserati solía volver casi siempre en grúa, ya que su fiabilidad no era compatible con la vida real.

-¡Ostias!.....- dijo Clemente al ver la reluciente moto gris metalizado con bandas negras.

-¿Perdón señor?....- respondió el mayordomo.

-Nada, nada, digo que buena moto...-

-Si, señor, 97 caballos de pura emoción....a su disposición, señor. ¿Demasiado para usted tal vez?- ironizó el sirviente.

-¿Cómo?, sepa usted que yo tengo en mi casa una Ossa Yankee. Calidad española, como las navajas de Albacete, y eso son palabras mayores. Y esta “trucada”, carburación, escapes....un tiro. No creo yo que esto pueda asustarme- espetó con firmeza.

Y Clemente intentó subirse a la moto. Gracias a la providencia lucía uno de sus bañadores que le permitían levantar la pierna con agilidad, pero.......siempre hay un pero, de nuevo una de las chanclas salió despedida. Un rápido gesto del mayordomo a uno de los botones hizo que en apenas medio minuto, mientras Clemente buscaba la chancleta entre las rosas del jardín, tuviera disponible un surtido de zapatillas de tela blancas con el logo del hotel.

Sacudiendo la cabeza rebuscó entre todas las de su número, y se las calzó.

-Sólo por no faltar a su cortesía. Seguro que me dan calor-.

Y agradecido en su fuero interno a tener un calzado adecuado, unas bambas del estilo a las Ked´s de toda la vida, esta vez si que pudo subir a la moto con facilidad. Y allí “arriba”, ya que era una moto alta para su estatura, tocaba bajar la moto del caballete, no sin antes poner el motor en marcha. Giró la llave y las lucecitas del gran cuadro de mandos se encendieron. Instintivamente, como hace un motero con solera, pulsó el botoncito que debería arrancar el motor, y consiguió hacer sonar la bocina, “hay que asegurarse de que funciona el pito, que luego todo son disgustos”, cambió las luces de cruce a carretera, puso los intermitentes, cortó el encendido, y por fin el motor cobró vida.

El mayordomo, el recepcionista, Bárbara la del bar que miraba con deseo a aquel individuo tan sorprendente como bizarro, y varios botones no querían perderse el espectáculo de ver partir a aquel individuo achaparrado con aspecto de portero de sala de juegos clandestina, o de buhonero de páramos aislados, o de apostador en peleas de gallos, con aquella máquina que a todas luces le venía grande. En todos los aspectos.

Y ya con la moto en marcha, sabiéndose analizado por aquella cuadrilla de fulanos deseosos de partirse la caja a su costa, cosa que era cierta con la excepción de la barman que tan solo deseaba que no sufriera ningún daño, dio un golpe de cuerpo hacia delante para que la moto cayera al suelo. Y así sucedió. La moto bajo dócilmente de su pedestal, mientras en angustioso equilibrio Clemente quedó colgando del asiento intentando poner pie al suelo. Apenas tocaba con las puntas de sus nuevas zapatillas, y lo hacía intermitentemente. Se descolgó del lado derecho, lo cual le permitió apoyar medio pie del mismo lado con cierta sensación de seguridad. Ahora ya pudo apoyar en la palanca del cambio tras apretar el embrague. Lo hizo tres veces ya que la suavidad del cambio le llevó a pensar que la marcha no estaba engranada, y cuando se convenció de ello, dio dos pequeños golpes de gas antes de soltar el embrague.

Fue una partida digna de un maestro. Con soltura, con suavidad, con absoluta sincronía recorrió el pequeño camino que incorporaba a la calle de la colina. Y se incorporó a la circulación con la misma elegancia. Los curiosos que aguardaban una caída, un derrape, un grave accidente contra algún muro, coche o árbol de los que había por allí, se sintieron frustrados y sus caras lo reflejaban.

Y ahora Clemente iba colina abajo con cierta prudencia. Circulaba en segunda velocidad a casi cien por hora. El cosquilleo que le recorría el cuerpo desde la boca del estómago hacia arriba era emocionante. El aire en la cara le sabía bueno, “este aire me curtirá la cara y será bueno para la oreja, para que agarren bien las carnes”, y se sentía satisfecho.

Un rato mas tarde vio como rescataban el cadáver humeante de una señora de un Volvo que había resultado aplastado por una enorme piedra de color oscuro. Desconocía que los equipos de rescate tuvieron que esperar horas a que la roca se enfriara un poco y poder manipularla para sacar a la señora Cardigan, que había pasado de ser una inminente heredera, a ser un pedazo de carne cocinada a la piedra que dejaba a un esposo que lloraba de manera inconsolable, al que se le habían esfumado de un plumazo los planes de ir de safari a Tanzania, de comprar una villa en la Toscana, de poseer una colección de grandes caldos y de encargar un De Tomaso Pantera rojo, mientras su rica mujer jugaría al bridge con sus amigas en una nueva casa de la lluviosa campiña inglesa lo más lejos posible de su “dolce vita”.

Y ahora que la carretera se tornaba más lineal en los arrabales de la ciudad, Clemente tuvo la ocurrencia de acelerar a fondo en segunda velocidad. Rememoró la misma sensación de cuando condujo aquella Kawasaki años atrás en el sur de Francia, cuando viajaba en la Sanglas rumbo a Inglaterra. La sensación de que una horda salvaje de dementes empeñados en desmontarle de la moto tirando de él hacia atrás. Todo eso mientras el viento golpeaba con furia en su cuerpo, mientras sus pies trataban de no perder contacto con los estribos, y mientras su puño era incapaz de volver a su posición original a la vez que su culo se deslizaba poco a poco en dirección a la parte posterior de la moto, y docenas de insectos se aplastaban en su cuerpo.

Pocas personas en el mundo, aún hoy en día, podrían explicar esa experiencia. La del sentirse sumergido en una aceleración descomunal. Tan sólo los privilegiados de manejar motos con potencias desorbitadas de más de sesenta caballos tendrían una explicación para la sensación de entrar en el nirvana motorista de la alta velocidad. Y Clemente era un señalado por el destino.

Extrañamente sentía la necesidad de flirtear con el desastre, de acercarse al borde de un precipicio llamado “accidente”, la necesidad perentoria de no sucumbir a la tentación de serenar el trayecto. Enlazaba una curva detrás de otra. A un ritmo moderado de 130 km/h en tercera velocidad, algo que le permitía seguir jugando con abrir el gas a tope y sentir que un agujero negro le engullía. Las vibraciones, exiguas, en las manos, el omnipresente azote del aire en el cuerpo que parecía querer que los tucanes de su bañador salieran volando.

Adelantó sin piedad a destartalados camiones con brigadistas dispuestos a limpiar las zonas más afectadas por “el pequeño estornudo del volcán”, al cual se aproximaba a toda velocidad. Todo era verde a su alrededor. Una especie de túnel verde borroso, difuso y extravagante. La alta velocidad le impedía ver con nitidez ya que debía entrecerrar los ojos y eso acrecentaba el efecto pasillo de manera notable.

Pensó en Pepi. Y aunque sabía que su amada no era partidaria de montar en moto, ni siquiera de que él, “su hombre”, lo hiciera, creía firmemente que en esos instantes bellos gozaría del mismo modo irracional que lo hacía él en estos intensos momentos.

Un motero experto reconocería que ir de paquete en moto resultaría un acto de fe o una terrible inconsciencia. Pero cientos de personas lo hacen con asiduidad en una demostración de estupidez humana sin precedentes. Y Clemente se imaginaba a su bella mujer riendo, abriendo sus brazos al viento sentada tras él pilotando de manera perfecta aquella moto perfecta. En cambio no la imaginaba como en realidad debiera ser, renegando de aquellas máquinas estúpidas, insensatas, diseñadas por alguna mente enferma empeñada en hacerlas cada vez más rápidas, mas potentes, con mayores posibilidades de dejar un rastro de sangre y aumentar el volumen de negocio de las funerarias.

Y si ese bello momento, en el que Clemente se debatía entre el amor a su Pepi, y el amor desquiciado a las sensaciones que provocaba una moto tuviera banda sonora, él merecería la sedosa voz de Karen Carpenter entonando el “Top of the World”, y en cambio su chica pensaría en cualquier marcha fúnebre como lo más adecuado.

(Qué sentimiento me embarga,
hay algo de maravilla en todo lo que veo
ni una sola nube en el cielo, la luz del sol en los ojos
no me sorprendería si fuese un sueño.
 
Todo lo que deseé que el mundo fuese
ahora se hace realidad, solo para mi.
Y la razón es obvia, es porque estás aquí
eres lo más cercano al paraíso que he visto.
 
Estoy en la cima del mundo
observando la creación debajo de mi
y la única explicación que puedo encontrarle
es el amor que he encontrado
desde que estás por aquí.
Tu amor me ha puesto en la cima del mundo.
 
Algo en el viento ha aprendido mi nombre
y me dice que las cosas no son lo mismo.
En las hojas de los árboles y el roce de la brisa
hay un agradable sentimiento de felicidad.
 
Sólo tengo un deseo en mente:
cuando este día haya pasado, espero descubrir
que mañana será lo mismo para ti y para mi.
Todo lo que necesito será mío si estás aquí.
 
Estoy en la cima del mundo
observando la creación debajo de mi
y la única explicación que puede encontrarle
es el amor que he encontrado
desde que estás por aquí.
Tu amor me ha puesto en la cima del mundo.
 
Estoy en la cima del mundo
observando la creación debajo de mi
y la única explicación que puede encontrarle
es el amor que he encontrado
desde que estás por aquí.
Tu amor me ha puesto en la cima del mundo.)




Incapaz de introducir la cuarta velocidad de la moto debido a que la orografía de la isla no lo permitía, al menos para el nivel de exigencia y de pilotaje experto del que hacía gala, creyó oportuno circular a una velocidad que le permitiera poder leer los pequeños y barrocos carteles de los comercios que se cruzaba con la sana intención de descubrir uno con las tres mejores letras del panorama gráfico universal. Bar.

Y vio uno en forma de flecha que indicaba un pequeño carril empedrado que descendía por una ladera que tenía inscrita la palabra mágica junto a otras que no supo descifrar. “Beach, Grill Lounge and Bar”.

Tuvo que armarse valor, consciente de que la envergadura de la moto superaba lo adecuado para la suya y deseó que al final del trayecto pudiera encontrarse con algún apoyo para apearse sin dificultad, del mismo modo que con su bonita experiencia con la Ossa de campo en aquella bonita excursión que le granjeó grandes amigos y un buen final de jornada ganando a aquel buen muchacho, Amos Van Cleef, que terminó estrellándose con un cactus enorme que no tenía culpa de nada.

Y al llegar al final del trayecto se encontró con que el Bar estaba cerrado, el parking vacío y no había nadie. Eso sí, podía usar el bordillo de una isleta para la misión de apearse de la moto. No tuvo ninguna dificultad en hacerlo, y menos aún en poner la pata de cabra de la gran moto. La admiró unos instantes y tuvo que admitir que aquella moto japonesa estaba casi al nivel que las españolas. Quizás no de una Sanglas o de su Yankee, pero se le acercaba. Echaba de menos que la moto que miraba no hubiera dado ni un problema, ni siquiera tuviera un arranque recalcitrante, que vibrara un poco, para saber que estaba “viva”, y se preguntaba que necesidad había de poner dos faros en una moto, y que además iluminaran, cosa que desconocía, eso le quitaba emoción al circular de noche imaginando el trazado de la carretera.

No era mucho de playa, pero el ruido de las olas llamó su atención. Donde estuviera una buena paella en Peñarara, a la sombra de una encina, con el crujido de la leña y las chispas saltando en busca de prender en la hojarasca y desatar un devastador incendio, con un par de litros de cerveza ingeridos a tragos largos y fríos, con el maletero del 131 a rebosar de marisco fresco, de sandias para poner el fresco en el río, y sobre todo de buena compañía, como la de su esposa tumbada en una gran manta roncando a la hora de la siesta, que se quitaran todas las playas del mundo.

Allí no había arena que se metiera en lugares recónditos de la anatomía humana, no había balonazos con la pelota de Nivea del niño de la sombrilla de al lado, no había que darse crema pringosa, no tenía uno la obligación de tostarse al sol para volver ennegrecido y poder decir al vecino en el portal “venimos de Jávea”, al que le importa un carajo de donde vienes y solo le preocupa que él iba a meter ocho horas en la fábrica de ladrillos, junto a los hornos, y se cagaba en tu jornada de mar y playa.

Pero ya que estaba allí decidió acercarse a ese mar turquesa, pasear por la arena fina y blanca, donde palmeras en posiciones inverosímiles se suspendían sobre las leves olas, no sin antes aliviar la vejiga entre los matorrales del límite de la arena. Enredado entre las ramas pudo oír con nitidez un chapoteo en el agua que no era el batir de las olas.

Apareció de entre la vegetación para observar como una mujer rubia de ojos azules, que lucía un bikini de color crema y un ancho cinturón blanco del cual pendía en su costado izquierdo una funda con un gran puñal. Unas gafas de buceo brillaban en la frente tras haber cumplido con su misión. La chica llevaba unas grandes caracolas en cada una de sus manos. Parecían ser un trofeo importante.

-¡¡Buenos días moza!!- dijo Clemente.

La chica se asustó al verle, cosa nada extraña, y tomó el puñal con gesto amenazante.

-Tranquila, no voy a hacerte daño- dijo éste.

Y la mujer que no entendía el idioma de aquel tipo, sintió que no era una amenaza y enfundo de nuevo el arma blanca.

-Yo, Clemente, ¿y tu?-.

-Ryder......-contestó la mujer.

-¿Mande?- dijo frunciendo el ceño y llevándose la mano a la oreja recién estrenada.

-My name is Honey......Honey Ryder- replicó la rubia.

-¡Ah!.....Juani Ramis....ya, ya, estudié con un tal Alberto Ramis, ¿no serás pariente?-.

Obviamente la mujer no comprendía nada. Miró sus capturas en el preciso instante en que Clemente se fijaba en ellas. Sin pensárselo dos veces acompañó a la chica en su paseo por la playa y al terminar la breve caminata y antes de despedirse, cogió las caracolas y las lanzó al mar lo más lejos que pudo.

-Hazme caso moza, para un buen arroz, nada como unas chirlas o berberechos. Eso tiene pintas de ser muy basto. Vete a la plaza y si no encuentras, unos mejillones de la rías, te harán el apaño. ¡Hay que saber comer!, y sobre todo....beber-.

La chica permanecía atónita. Le había costado tres horas de inmersión conseguir las capturas, y ese malnacido se las había lanzado al mar sin contemplaciones. Los nervios le impidieron desenfundar la daga y darle su merecido. Para entonces Clemente se alejaba a paso ligero satisfecho de haber aconsejado convenientemente a la esbelta mujer. Llegó a la moto que le aguardaba en solitario. De nuevo el cosquilleo, de nuevo las ganas de enroscar el puño, de tumbar, de frenar al borde del caos, buscar los ápices de las curvas y salir con brío. De nuevo vivir.


XXXXXXXXXXXXXX


Corpuz Torpe había recalado en la isla una vez terminado el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial. Desde que Miguel de Legázpi tomara posesión de las Islas Filipinas en el siglo XVI los indígenas añadieron a su vocabulario una palabra que hasta ese momento no existía en su diccionario, el vocablo “problema”.

Durante el conflicto de mediados del siglo XX, el ejercito americano sufrió la mayor derrota de su historia. Tras el bombardeo de Pearl Harbor, el ejercito japonés aniquiló la fuerza aérea y naval estadounidense de las islas Filipinas y sometió a un bloqueo férreo de suministros que terminó cuatro meses después con la victoria del ejercito del Sol Naciente sobre el Ejercito Americano y sus aliados del ejercito Filipino y los Exploradores Filipinos, una suerte de ejercito popular expertos en situaciones complicadas.

Unos sesenta mil de estos soldados fueron tomados prisioneros y llevados a campos de exterminio. Caminaron durante largas jornadas sin agua ni alimentos. Los heridos, los que desfallecían o los que guardaban fuerzas para protestar, eran decapitados, o pasados por la bayoneta.

Alrededor de quince mil de estos prisioneros murieron en la tétrica peregrinación. Corpuz Torpe era un chico joven y fuerte y pudo sobrevivir. Pertenecía a los Exploradores Filipinos que tuvieron que rendirse en la península de Bataán. Cuando iba a ser trasladado a un campo de trabajo en Japón, pudo fugarse junto a un americano y sobrevivieron casi tres años en la jungla. Formaron un grupo de guerrillas con otros soldados que siguieron sus pasos y en heroicas hazañas realizaron acciones que poco a poco diezmaban a parte del ejercito nipón.

Concluido el conflicto, su compañero americano de fuga se instaló en la isla y le ofreció a Corpuz asociarse para fundar una plantación de frutas tropicales, y así nació la “Exotic Fruit Company”. Al morir el socio americano de una obstrucción intestinal, vendió su parte a una multinacional y se quedó con una pequeña parcela donde cultivaba papayas y mangos, que le permitían llevar una vida holgada.

Aquella tarde Corpuz y uno de sus empleados terminó de cargar su viejo camión americano con toneladas de cajas de mangos, con destino al puerto, desde donde zarparían en un mercante rumbo al continente. A pesar de llevar la etiqueta de “fruta recolectada en el momento óptimo de maduración”, la fruta estaba absolutamente verde y contaba con dos semanas de travesía para madurar en las bodegas del paquebote.

Corpuz se sentó al volante y tomó rumbo a la ciudad. Fumaba como un carretero y en esos momentos un pitillo colgaba de la comisura de sus labios. La tarde era espectacular y la paz y tranquilidad flotaba en el ambiente.

Corpuz tenía todo lo que un hombre puede desear, trabajo rentable, algo de dinero, un caballo, tabaco y un bar cerca de una casa confortable. También tenía esposa, cuatro hijos y otros problemas cotidianos.

XXXXXXXXXXXXXX


De nuevo sin muchas dificultades Clemente logró ponerse en movimiento. Pudo dar la vuelta en el vacío aparcamiento del bar y enfiló con decisión la pequeña pendiente que llevaba a la carretera. Deseaba que no hubiera tráfico que le obligara a tener que detenerse en el rubicón, pero sus deseos no se vieron cumplidos. A poca velocidad se acercaba un desvencijado camión Brockway 147 cargado con fruta. El sexagenario que lo guiaba estaba más pendiente de prender un cigarrillo que de la conducción. De pronto vio aparecer por su lado izquierdo una gran moto que trataba de incorporarse a la vía.

El hombre que la conducía, ¿era un hombre o un mono?, parecía haber perdido el control de la máquina al no poder poner píe en tierra al detenerse, eso le obligó a acelerar con fuerza y a una sola rueda se incorporó a la carretera.

Corpuz dio un volantazo y el viejo camión se bandeó debido a su sobrecarga. Instantes después choco lateralmente contra la vivienda de unos paisanos y tras destruir el muro cruzó el camino, derribó un establo, dos postes de luz y se dirigió a la cuneta, donde volcó desparramando la carga de fruta verde colina abajo, que terminó obstruyendo los colectores de la única depuradora moderna de la isla.

Para cuando Corpuz pudo salir del amasijo de hierros que había sido su camión, Clemente ya estaba a varios kilómetros de allí. En su loca huida adelantó a una pareja de belgas que habían alquilado en el taller de un francés una magnifica y humeante Jawa. Pasó tan cerca de ellos que cuando estaban siendo atendidos por el personal de la ambulancia confesaron que se sintieron adelantados por una nave espacial, e incluso la mujer que se encontraba en un estado de zozobra dijo que pensó que el volcán había vuelto a estornudar y que lo que les había adelantado era la onda expansiva de la erupción. Fue tal la impresión, que el chico que conducía la moto perdió el control de la misma y se vieron en el suelo dando vueltas. Ambos presentaban heridas superficiales debido a las rozaduras en todo su cuerpo, y ahora maldecían no haber alquilado un viejo coche que les ofreció el mecánico.

-Nos sentará bien el aire fresco- había dicho el belga.

-Si. Además me pondré morena- dijo ella, que ya lucía el típico color rojo cangrejo al que se pasaba del blanco original de quien vive en un país de clima infame cuya mayor gesta era la de ser asilo de traficantes de arte, de armas, evasores de impuestos, proxenetas, dictadores y cualquier bandido con cierto reconocimiento internacional e inventores de los mejillones al vapor como culmen culinario.

El trayecto hacia el hotel de Clemente, ya no tuvo mayores dificultades. Es cierto que la incorporación a la carretera gozó de ciertos problemas. Por el rabillo del ojo se percató que un viejo camión se acercaba a poca velocidad. La mente fría y calculadora de un experto motorista determinó que si aceleraba con decisión, podría salir con ventaja y así evitaría tener que adelantarlo en circulación. La mente privilegiada no tuvo en cuenta diversos factores, como el pequeño bache que había antes del cruce, el exceso de potencia, y la baja estatura que impedía asegurar la detención con solvencia. De tal modo, la moto en plena aceleración atravesó el bache y las leyes físicas hicieron su trabajo impulsando la moto hacía arriba. Fue una maniobra electrizante por su precisión, por su ejecución perfecta, aunque involuntaria, por su solvencia. Una obra de arte del equilibrio inestable, la culminación de la tarea de ser un motorista aficionado a ser un profesional.

De camino lo más reseñable fue el atropello mortal de una Epictia Magnamaculata o culebra negra ciega, que obviamente no vio venir la moto a toda velocidad, y que dado su color mimetico con el asfalto, no pudo ser esquivada por Clemente.
Ya en el hotel, aparcó la moto tras apoyarla en el precioso Jaguar XJ de color plata, color corporativo, que desde ese momento luciría unas magnificas rayaduras en el costado y se dirigió a pasar su última noche en la isla. Al día siguiente tomaría un avión rumbo a Miami, y de allí, pocas horas más tarde, un vuelo a Madrid, a pocas horas de su hogar. Y de su amada.

A docenas de kilómetros de allí, media docena de Teckel seguían su loca carrera buscando lugares más seguros donde escarbar y sobrevivir. Fueron adelantados y sobrepasaron a centenares de topos, conejos, ratas y toda suerte de alimañas que buscaban el mismo objetivo.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

Estupendo.
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

:face:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Te sigues superando, no se como lo haces 8O

:plas: :plas: :plas: :plas:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO CUATRIGÉSIMO NOVENO


¡A casa! (1ª parte)



Al Manzini se había mudado a su nueva casa en Florida. Siendo precisos se podría decir que había mudado de vida. Atrás dejó una actividad profesional exigente, intensa y a la vez apasionante. Si bien en sus recuerdos aparecían momentos duros, que implicaban perdidas humanas, amores destruidos y multitud de tropiezos, disfrutó de viajes apasionantes, de intrigas palaciegas, de sobornos lucrativos, de días de vino y rosas que compensaban el esfuerzo.

Y varias veces al día la inquietud se apoderaba de su mente. Y el estómago se le cerraba y en un ejercicio de control mental, lograba no sin esfuerzo, apartar de su cabeza la sensación de que aquel cadáver que identificó sin lugar a dudas como el del terrorista que persiguió incansablemente durante semanas, no era en realidad el individuo que buscaba. Pero la solución más practica era decir que no cabía duda de que aquel cuerpo machacado por la gigantesca cristalera se correspondía con la del fugitivo. Y cuando lograba hacerlo, cuando conseguía aceptar que el probable error no importaba, la vida seguía a un ritmo apacible.

Nueva casa con jardín. Un coche nuevo en el garaje, un fantástico Ford Bronco ´86 de color azul dotado de enganche para remolcar su también nueva Jeanneau, y nuevos vecinos a los que contar mentiras acerca de su pasado, “me dedicaba a inversiones inmobiliarias”, solía decirles, “con gran éxito”.

En unas horas pondría rumbo al aeropuerto donde debía recoger las últimas pertenencias personales que había decidido llevar a su nuevo domicilio, informes confidenciales, un revolver, un colgante de oro recuerdo de una misión en Cuzco, un rosario, y dos ceniceros en forma de tortuga. El paso final para terminar su antigua vida. Un solo paso para la felicidad. Borrón y cuenta nueva.



XXXXXXXXXXXXXX



Estaba Pepi despachando asuntos económicos con su contable. Mientras tanto Nancy guisaba unas patatas a la riojana. El chorizo olía estupendamente, sin duda Chazinas Belmonte se había superado y decidió incrementar la dosis en el puchero. Sabía que esa comida estaba ayudando a que su amiga incrementara su peso gramo a gramo, pero tenía la certeza de que prevalecía el bienestar psicológico al físico, y además contribuiría a que su esposo fuese dichoso con el resultado.

Cuando sonó el teléfono Pepi recibía el resultado de su contabilidad. Podría decirse que eran ricos y de algún modo se sintió azorada. Descendía de una familia humilde y con pocas ambiciones. Su hermano, que nuevamente padecía un ataque de gota, gozaba de un puesto de trabajo que le satisfacía. Disfrutaba examinando jóvenes, y no tanto, del carnet de conducir, pero alcanzaba el zenit cuando uno de ellos cometía una estupidez que le condenaba al suspenso.

Se le reconocía como uno de los funcionarios mas estrictos de la nación. Llegó a suspender a una alumna que padecía un tic nervioso que le provocaba repetidos parpadeos, aludiendo a “no prestar la debida atención a la conducción” y cuando esta replicó añadió en el expediente que “amenazó al examinador”, lo cual provocó una denuncia por tales manifestaciones y la desgraciada fue detenida y pasó dos noches en comisaría. Su patología se agravó y tuvo que desistir de obtener el permiso de conducir. La sobrina del policía que detuvo a la infeliz, aprobó al día siguiente a la primera a pesar de circular en dirección prohibida y estacionar sobre una acera tras arrollar el carro de un barrendero.

Su padre se ganó la vida de carbonero. Pesados sacos eran acarreados en su espalda y llevados a los domicilios de los más pudientes, que desgraciadamente solían vivir en pisos altos. La madre, como era habitual, se encargaba de las labores domésticas. Ninguno de los dos sobrevivió para ver a su hija triunfar en la vida. Atrás quedó el desespero de los progenitores, “nunca casaremos a esta gorda, nadie querrá afrontar el gasto en comida de tu hija”, decía el padre, “es igual que tu madre”, replicaba la mujer, y ambos se odiaban cordialmente durante unas horas.

Y Pepi cogió el aparato y oyó de nuevo la voz de su marido. Ya casi no la reconocía. Tuvo que sentarse en el sofá de la emoción. Se llevó la mano a la tripa en un gesto emocionante.

-¡Por fin!. No sabíamos nada de ti.....-.

-Todo bien. Mañana cojo un avión, y en un par de horas cojo otro que me lleva a España. Ya te contaré todo, aunque tampoco hay mucho que contar, la verdad. ¿Van bien los grifos de cerveza?-.

-¿Sólo te preocupa eso....?, ¿nada más?- sonó a reproche.

Un buen marido sabe reconocer que su mujer está molesta. Y un buen marido inteligente sabe que debe en ese preciso momento enmendar su error. Por eso Clemente no tuvo nada coherente que decir que decir y balbuceó una especie de frase ininteligible que incluía las palabras “amor”, “embarazada”, “te necesito”, “mi vida”, “cansancio” y “ el motocarro de tu padre”.

-¿A que hora llegas a España?- dijo ella algo más sosegada.

-No sé. Tarde-.

-Pero sabrás a que hora llegas, ¿no?- volvió a perder la compostura.

-No tengo reloj a mano-.

-¡Por dios!, me pones nerviosa. Lo pondrá en el billete, ¡mira, joder!-.

Y de nuevo sospechó que algo no iba bien. Y no iba. Así que le dijo que se pondría en contacto con ella cuando llegara de nuevo a Estados Unidos, y Pepi se desesperó de nuevo, pero sacó su legendaria paciencia y el amor infinito que sentía por aquel ser humano tan especial. Lejos de derrumbarse, cosa que hubiera sido muy lógica, fue a por un bocadillo de sobrasada con queso y se calmó.




XXXXXXXXXXXXXX




Una pequeña embarcación a vela fondeaba no muy lejos del puerto, justo donde el saliente de tierra impedía ser vista. A bordo el señor Cardigan, que había pasado en un momento aciago de ser un inminente heredero consorte, a tener que conformarse con su tediosa y poco lucrativa vida. No es que fuera un hombre pobre, ni siquiera que pasara apreturas, o que debiera privarse de algún capricho mundano, pero se había imaginado a bordo de su De Tomaso Pantera, recorriendo la Toscana, en busca de alguna bodega recóndita donde poder paladear buenos caldos en compañía de alguna rubia de bote treinta años más joven. Y ahora sus planes habían quedado sepultados por una gran roca volcánica. Desesperado, incapaz de encontrar las fuerzas necesarias, había decidido poner fin a su existencia. Horas antes había alquilado la embarcación con el pretexto de poder tirar las cenizas de su esposa al mar, y ahora aprovechaba las circunstancias para poner fin a su vida.

Desenfundó la pistola. Era una Luger P08 de la segunda guerra mundial. La cogió en la Batalla de las Ardenas, en la navidad de 1944 siendo un muchacho, cuando el soldado alemán que le apuntaba con ella y estaba a punto de meterle una bala entre ceja y ceja, fue decapitado por la metralla de un obús. La cabeza desapareció grotescamente y el cuerpo del infeliz permaneció de pie durante unos instantes blandiendo el arma, antes de desplomarse sobre él.

Y ahora aquella reliquia que había permanecido lustros en un cajón de una vieja cómoda del desván, estaba en su mano. Mano que apuntaba a su sien. Y de nuevo algo imprevisto cambió su destino. Un bamboleo inesperado del yate, producto de una ola, hizo que el disparo saliera en la dirección no deseada. Su cabeza no estaba destinada a una bala de aquella pistola.

La bala atravesó el casco del barco e impactó certeramente con la pequeña bombona de butano que alimentaba un hornillo para cocinar. Una bola de fuego envolvió la embarcación y al señor Cardigan. El pobre diablo cayó al mar completamente despellejado y murió horas después en medio de atroces dolores. Se podría decir que a el matrimonio de los señores Cardigan los había unido en el fuego eterno.




XXXXXXXXXXXXXX



Cuando Pluto Vázquez recuperó la consciencia se encontró en un entorno absolutamente desconocido. La gran sala del hospital estaba abarrotada de pacientes, alguno de los cuales había pasado momentos de sobresalto al ser testigos del tratamiento carnal, al cual él mismo fue sometido.

Ignorante de tales circunstancias, no comprendía las miradas envidiosas de las cuales era objetivo. Ignoraba también que hacía una botella de licor en su mesilla, si precisamente su estancia en aquel edificio era producto de una gran intoxicación etílica.

Su vecino de cama no pronunciaba ni una palabra. Tampoco movía su cuerpo. El pobre hombre sufría una parálisis corporal y emocional. Supo Pluto que era el párroco de lo que un día fue Notre Dame de la Mer, y que al derrumbarse el techo de la misma y fallecer un número indeterminado de feligreses que holgaban mientras él sermoneaba con vehemencia, su cuerpo colapsó.

Los bomberos que le rescataron tenían ante si la figura de un hombre fornido paralizado, señalando con su dedo al horizonte, cubierto de polvo, y rodeado de escombros. Pudiera ser una metáfora el hecho de que a pesar de la desgracia que le rodeaba, al desaparecer la techumbre, el cielo se abría ante él.

Leon Chevallier sufría. No por su lamentable condición física, sino por sus consecuencias. Deseaba poder hablar y gritar con todas su fuerzas que la fe que había tenido, una fe sólida e inquebrantable, se había volatilizado con el “estornudo” del volcán. La apostasía era ahora su voluntad más férrea, y pedía en silencio, un silencio atronador en sus entrañas, poder renegar de sus creencias y abrazar con fuerza el ateísmo más radical. Su fuero interno insultaba con palabras irreproducibles a cualquier deidad y a todo el santoral católico. Y de reojo miraba la botella de alcohol de su vecino de hospital, y deseaba descorcharla y bebérsela de un trago. Quizás una buena melopea ayudará a minimizar su padecimiento.



XXXXXXXXXXXXXX




Aquella mañana Clemente fue despertado por su mayordomo a la hora estipulada. Recogió el exiguo equipaje que le quedaba y tan sólo quedaba introducir en la bolsa el enorme fajo de billetes de cien dólares y la bolsa con esas pastillas que resultaban tan reconfortantes. Para evitar que los billetes pudieran desparramarse los envolvió en un calzoncillo y posteriormente en la camiseta de AC/DC. Como había decidido viajar calzado con las chancletas, un viaje largo propicia la inflamación de los miembros posteriores y aumenta las probabilidades de sufrir un trombo, introdujo las pastillas dentro de una de las bambas gentileza del hotel.

-¿Desea el señor desayunar?- dijo el mayordomo.

-Si-.

-¿Le pido al señor unos huevos benedictine, unas tostadas de brioche y mantequilla francesa con mermelada de arandanos, y un zumo de pomelo?-.

-¿Eh?. Ya estás diciendo tonterías. Quiero un tazón de café con leche y pan “migao” cubierto de azúcar. Y también dos tajadas de melón de Villaconejos......¿a que no hay cojones, listillo?-.

-Melón no tenemos, pero puedo ordenar un tutti frutti variado de papaya, pomelo, mango y ananas...-.

-Enga. Que ya tengo las tripas rugiendo. Y pon una copita de anís, que ya se que aquí no tenéis tampoco cazalla...- sentenció Clemente.

-Si, señor. Ahora mismo-.


Y tras un desayuno copioso de pan cubierto de azúcar y de café con leche salpicado de nata, se dispuso después de una mirada a su alrededor a poner rumbo al aeropuerto. Salió decidido hacia recepción. De camino observó como unos operarios trataban de bajar la gran bañera de la copa del Jícaro ayudándose de una roldana, y otros buscaban la manera de cubrir el tremendo agujero del techo de la que fue su suite, en espera del material necesario para su reconstrucción.

En recepción le aguardaba el director del hotel, esperanzado de que una vez hubiera abandonado el complejo, ese grotesco individuo desistiera de demandar a la empresa. Tuvo el detalle de entregarle la tarjeta de un club selecto de personalidades, con la cual podría acceder de manera gratuita a multitud de servicios premium, como saunas, campos de golf, bodegas, experiencias gastronómicas, vehículos de alta gama, con y sin chófer, y mil cosas más, una de ellas especialmente interesante en horas venideras, como el acceso Vip en los controles de los aeropuertos y a salas de espera “platino”.

El que aún era su mayordomo le aguardaba en la puerta con uno de los coches del hotel para acercarle al aeropuerto. Había elegido el Maserati Biturbo con la esperanza de que nada más salir sufriera una de sus recalcitrantes averías, y el fulano tuviera que ir en autobús como el común de los mortales.

El viaje transcurrió sin novedad. El pequeño aeropuerto estaba abarrotado. Gran cantidad de imbéciles se acercaban a la isla con la esperanza de ver la erupción del volcán a pesar de que los expertos aseguraban que tardaría décadas en suceder otro episodio parecido. No obstante gente con poco apego a la vida, ansiaban verse envueltos en una lluvia de piedras ardientes, nubes tóxicas y si la cosa se ponía interesante, ríos de lava incandescente destruyendo cualquier indicio de vida.

No obstante la tirantez con la que se había desenvuelto la relación entre ambos hombres terminó cuando Clemente sacó a relucir su lado de caballero español y sobre todo un billete de cien dólares de propina. El mayordomo no daba crédito y de pronto tomó a Clemente del brazo y le invitó a seguirle.

-Si usted quiere......- dijo el mayordomo.

-Tuteame, al fin y al cabo somos igual de gañanes....-.

-....decía que si usted quiere, mi primo trabaja en las oficinas de seguridad del aeropuerto y podría conseguir que usted tuviera un salvoconducto diplomático para evitar los controles aduaneros...-.

-¿Será suficiente?- y sacó dos billetes de cien dólares.

-¡Ya lo creo!- tenía los ojos fuera de sus órbitas - Espere aquí un momento-.

Quince minutos de espera fueron suficientes para que Clemente tuviera un papel que indicaba que se trataba de un asunto oficial y confidencial y que se le facilitara al ciudadano tal los controles aduaneros, se le evitaran esperas innecesarias, y se le prestara todo tipo de ayuda necesaria, incluida la policial o militar. En la bolsa de equipaje se le puso un precinto con la inscripción de “Valija Diplomática”, y allí, una vez abrazados y dando las palmadas correspondientes en la espalda, se despidieron con tristeza.

El Maserati Biturbo se averió nada mas salir del recinto aeroportuario y desafortunadamente el mayordomo tuvo que caminar tres kilómetros hasta encontrar una cabina desde donde telefonear al taller de un francés que se encargaba del mantenimiento de los coches del hotel. Para cuando quiso regresar al coche, una fugaz pero intensa tormenta, le caló hasta los huesos.

Clemente veía llover desde el ventanal de la terminal. Al cabo de media hora entendió que su vuelo partiría rumbo a Miami en veinte minutos y que embarcaría por la puerta número dos. Lo dijeron al menos en español, y otros dos idiomas extranjeros.

Cuando los policías del control vieron el adhesivo en la bolsa de Clemente, empujaron al resto de personas que aguardaban en la fila, y porra en mano le abrieron paso. Incluso se cuadraron al pasar Clemente por su lado. En la imaginación de aquellos muchachos de uniforme, Clemente, a pesar de su aspecto desaliñado, a todas luces impostado para pasar desapercibido, debía ser una especie de agente secreto que transportaba algún tipo de documento o artilugio que haría que el mundo fuera un lugar más civilizado y seguro. Un héroe, sin duda.

El pequeño bimotor a hélice de la “Caribean Islands Sky Company” aguardaba a sus pasajeros en la pista con los motores en marcha. Al fondo un reactor de Sabena aterrizaba con un centenar largo de belgas en su interior dispuestos a disfrutar de los regalos que su país no podía ofrecerles, sol, buena comida y gente honrada.

Clemente accedió por las pequeñas escaleras al aparato. A un lado del pasillo había una fila de asientos individuales, y al otro lado, dos pareados. Se sentó en el 15B, al lado de una mujer de mediana edad que olía a tabaco, lo cual trasladó a Clemente a un ambiente reconocible de bar de barrio. Antes de despegar la mujer se colocó unas pinzas de tender en el pelo para evitar que cayera hacia su cara, se soltó el botón superior del tejano que llevaba para liberar el pliegue de grasa y se quitó los zapatos que empujó debajo del asiento delantero. Cuando observó que Clemente le miraba hizo una mueca a la vez que elevaba los hombros.

Al poco subieron el resto de los miembros de la tripulación y para sorpresa de Clemente, todas eran mujeres, incluidas la piloto y su ayudante.

-¡Mira!, conduce una tía- dijo mientras le daba un codazo a la mujer de su lado.

La mujer le miró con desdén y volvió a sus cosas, que no eran otras que seguir rezando para pedir que el avión no se estrellara. Y de todos modos, ella ya había decidido que si eso ocurría, estaría como en casa. Cómoda y fresca. Y el destino también la había regalado un tercer deseo, estar acompañada por un cerdo como su marido. “Que dios me perdone por lo que he dicho de este pobre miserable”, y siguió orando.

El avión tomó el camino de la pista, se colocó en la cabecera, aceleró a tope los motores, soltó el freno y aceleró con energía. Instantes después cesó el ruido del rodaje del tren de aterrizaje, y con un súbito movimiento la nariz de la nave apuntó al cielo.

Al poco le sirvieron cacahuetes y le ofrecieron un refresco o un zumo.

-¿Cerveza?- preguntó.

-No se sirven bebidas alcohólicas caballero- contestó la azafata.

-Entonces nada. Si bebo eso, me pongo enfermo. Gracias maja-.

El vuelo de unas dos horas fue placentero. Atravesaron el Triangulo de las Bermudas sin novedad, y la piloto anunció que ya estaban en territorio estadounidense, y que en pocos minutos tomarían tierra, les deseaba un feliz aterrizaje y suerte en su estancia en aquel país.

-¡Que bien conduce la jodía!. No se ha meneao el cacharro este.....como mi Pepi, que lleva el 131 como la seda-.

Y la señora iba por su enésima oración y ahora pedía a san Judas Tadeo que todo terminara satisfactoriamente, sin incidentes.

Cuando el avión se detuvo cerca de la terminal del enorme aeropuerto, una nube de tipos se acercó al aparato. Unos recogían maletas, otros verificaban el estado del aparato, y otros rellenaban los depósitos de carburante. La comandante del vuelo, autorizó el desembarco del pasaje, y Clemente que ya estaba preparado para abandonar a toda velocidad el avión fue de los primeros en descender y respirar el aire contaminado de los Estados Unidos. Era como volver a la civilización. Junto a otros pasajeros se dirigió donde los funcionarios del aeropuerto les indicaron, y aguardaron que de una cinta aparecieran los equipajes. Cuando vio su bolsa la cogió y se dispuso a buscar su nueva puerta de embarque. Tenía tiempo de sobra, casi tres horas y caminó por donde indicaban las flechas.

Se topó de pronto con el control de aduanas. Una larga fila de personas aguardaban su turno pasaporte en mano. Agentes de paisano controlaban disimuladamente a quien esperaba en la fila. Uno de ellos al observar que llevaba una pegatina de “Valija Diplomática”, le indicó otro mostrador que carecía de cola. Fue hacia allí con paso seguro, y un tipo vestido de uniforme de unos dos metros de altura, otro tanto de perímetro torácico, apareció de la nada. Le pidió el pasaporte, y cuando vio que era de España, se dirigió a él en perfecto castellano.

-¿Va a permanecer muchos días en el país?- preguntó.

-No, ni uno-.

-¿Donde se dirige?-.

-A la puerta de embarque 142-.

-Veo que no es muy explicito señor- dijo a sabiendas que un individuo con la acreditación del equipaje que lucía, no iba a ser muy locuaz. Sin duda el empleado de incógnito de una gran corporación que viajaba con algún secreto industrial. O un agente secreto de una nación bananera.

-¿Mande?-.

-Sígame por favor. Pediré que le acompañen a su puerta de embarque-.

-Preferiría ir al váter. Me meo- dijo – y luego a un bar. Tengo sed-.

-Agente Turpin, siga las instrucciones del caballero. Llévelo a un lavabo y luego al bar.....¿que bar quiere el caballero?- dijo con cierto sarcasmo.

-A uno que pueda ir con esta tarjeta de este club- y mostró la tarjeta obsequio del hotel.

Y el agente Turpin se dijo para sus adentros que aquel individuo debía ser un pez muy gordo. Mejor andarse con cuidado con él. Y acompañó a Clemente a una sala Vip donde pudo incluso darse una ducha, y ponerse albornoz, y donde pudo tomar cerveza y canapés de paté de oca, ya que no había boquerones en vinagre.

-¡Mucho Vip, mucho vip.....!-.


Y cuando se disponía a embarcar, una empleada de Iberia, con la que iba a volver a casa, le dijo que había overbooking en el vuelo, “¿que leches es eso?”, y que le habían colocado en otro vuelo que saldría dos horas más tarde, operado por British Airways, y como compensación viajaría en clase superior.

-¡Ni hablar!. ¿Usted sabe lo mal que comen los ingleses?. Me niego. Ocho horas de vuelo comiendo basura......¡y además les gusta la cerveza caliente!, no, no, no me fio de quien es capaz de hacer eso a una cerveza- sentenció Clemente.

-Estoy autorizada a compensarle con quince mil pesetas-.

-Vale. Comeré basura......si es que......lo que no haga uno por su país.....¡Viva España!-.

La empleada acompañó y gestionó todo lo necesario para que Clemente no tuviera más que embarcar y olvidarse de todo. Fue a otra sala Vip donde no había tampoco boquerones, pero si lomo embuchado, que no es poco. Y allí coincidió con los que iban a ser compañeros de viaje, que al igual que él, también estaban recolocados de otro vuelo. Unos compatriotas cargados de anécdotas y vivencias de lo más enriquecedoras. Supo que el viaje sería inolvidable cuando oyó a uno de ellos pronunciarse.

-¿Quieres guardar la garrota Abilio?, que nos van crujir “los amos del mundo”- dijo en tono un tanto brusco.

-No se me pasa por los cojones “guardala”, ¿pasa algo?-.

-Cagon diez Abilio, ¡modera!, que acabamos en el calabozo-.


E inmediatamente surgió la magia. Sabía que conectaría con aquel grupo de paisanos, que debían ser unos veinte, muchos de ellos con boina, otros con alpargatas, y otros con boina y alpargata. La suerte estaba de su lado.


Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Que imaginación
Se acerca el final,,,,,,, , , , , , ,creo
8-)
alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Eso me temo := :=



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO


¡A casa! II


Clemente sacó a relucir sus dotes profesionales. Al ver aquel grupo de paisanos, quizás unos veinte, supo de inmediato que surgiría la magia. Estaba acostumbrado a clasificar a los clientes que accedían a sus bares, los había habituales que solían ser de costumbres fijas, pero el verdadero reto era adivinar que desearían personas que nunca habían puesto un pie en sus locales. Eso había forjado una habilidad extraordinaria que agrupaba a la gente según su percepción.

Y aquellos hombres y mujeres no ocultaban que eran gente llana, gente de copa de coñac y puro, de sopa de ajo y morcilla asada, de fregona y estropajo, de ferrobus y bicicleta plegable, de radionovela y partida de dominó, de corte de mantecao y café de puchero, de cupón de los ciegos y de pedrea en Navidad. Gente que como él aspiraba a disfrutar la vida sin lujos ni excesos, pero sin privarse de caprichos accesibles.

Y aquel variopinto grupo, que también había sido reubicado en su vuelo, al no poder embarcar en otro, parecía estar dirigido por una muchacha joven que desentonaba con ellos. Su radar la calificó como una buena chica, que en aquellos momentos estaba desbordada, y que no era de su misma clase social. No parecía ser guía turística, ni tampoco una terapeuta al mando de una tropa de enfermos mentales y los componentes del grupo tampoco tenían edad de ser los alumnos acompañados por su profesora. Desconocía que el destino le daría esa respuesta en pocas horas.

En el otro extremo de la sala otra veintena larga de pasajeros, hijos de la Pérfida Albión, miraban de reojo a los componentes del grupo de españoles. Clemente desconocía que ambos grupos se conocían y en poco tiempo sabría el motivo.

A diferencia de los primeros, esta gente parecía ser gente cultivada, refinada, de traje cortado a mano y confeccionado a medida, de bolso de piel a juego con los zapatos, gente de manicura y peluquero famoso, de berlina de lujo y clase bussines, de langosta, trufa y espirituosos refinados. Bien afeitados, perfumados y a diferencia de los primeros, gente de podólogo y no de callista, personas con axilas y no de sobaco, excéntricos en vez de locos.

Y entre mirada de reojo y sonrisa encubierta, prestaban atención a un aparato de televisión donde se podían ver unas terribles imágenes. En una isla del Caribe, una erupción volcánica de proporciones considerables había desatado el pánico en la población. Ríos de lava corrían ladera abajo, las calles de la ciudad estaban cubiertas de ceniza, el mar estaba en ebullición, cientos de habitantes huían en la misma dirección que días antes habían utilizado seis Teckel y miles de bestias y alimañas.

Las cámaras enfocaron a una mujer gruesa que se desenvolvía con parsimonia y tiraba de un señor enjuto de sombrero de paja y que iba escayolado en diversas partes de su cuerpo. Ambos arrastraban una vaca que no parecía muy feliz. Mas allá se podía observar como un hombre acompañado por su familia trataba de poner en marcha un Maserati plateado que se negaba a arrancar frente a un hotel de lujo. En el aeropuerto, centenares de belgas luchaban por subirse a un avión de Sabena, ignorantes de que una gran grieta en la pista impedía cualquier despegue, y que si seguían en el empeño de no abandonar el recinto, tal y como les ordenaban los pocos policías que no habían desertado, sus posibilidades de ponerse a buen recaudo se esfumaban. “¡Hasta donde vamos a llegar Charles, que vengan unos negros a darnos ordenes, yo de aquí no me muevo!” decía una señora de Bruselas a su marido, “¡debería resucitar Leopoldo I y poner a estos cafres en su sitio!”.

El noticiero también daba cuenta de un hecho relevante, un grupo de sismólogos, geológos y vulcanólogos, acompañados por autoridades civiles y militares, habían decidido días antes dar una rueda de prensa en la cima del volcán para alejar de una vez por todas los temores a un nuevo “estornudo” del mismo. Desafortunadamente el evento coincidió con la fuerte, inesperada y violentísima erupción, que convirtió en cenizas a todos ellos y a varios periodistas, y asimismo a turistas insensatos que les acompañaban ávidos de una foto memorable.

Docenas de embarcaciones surcaban a toda velocidad las aguas turquesas buscando escapar de la tragedia. En el muelle un nativo desesperado maldecía haber alquilado un par de jornadas antes, su velero a un chiflado que terminó abrasado junto al yate. A dos millas de la costa uno de los barcos de pasajeros que unían varias islas, colisionó con un carguero que aguardaba un cargamento de mangos que nunca llegó a sus bodegas. Ambos se fueron a pique, pero afortunadamente las tripulaciones pudieron ponerse a salvo, para llegar a tierra y verse envueltas en extraordinarias dificultades con el fin de morir chamuscados.

El grupo de espectadores refinados de la sala estaba conmocionado por las malas nuevas mientras el grupo de españoles intentaban que el camarero les sirviera unos chatos de vino y unas raciones de ensaladilla rusa que no tenía.



XXXXXXXXXXXXXXXX



Su mente viajaba despacio el pasado. Aquellas siestas de pijama y orinal, le transportaban a su infancia. Allí Pepi, de manera inconsciente se sumergía en ella, en aquellos días donde aprovechaba que su madre iba al mercado, para saquear la nevera. Gruesas ruedas de mortadela cubiertas de mayonesa, que enroscaba a modo de canelón y que engullía de un solo bocado, o el bote de leche condensada que chupaba con ansiedad por uno de los dos agujeros que hacía con un abrelatas. El dulzor del espeso líquido le provocaba una sensación extraña en la garganta, pero a su vez le generaba adicción. No conseguía dar el último trago, “uno más y lo dejo ya”, y cuando lo conseguía, atacaba la caja de galletas María dando cuenta de un par de docenas.

Ya en edad púber sintió que debía dejar de comer con tanta voracidad. Le apetecía que los chicos de clase se fijaran en ella para algo mas que ser blanco de sus risas. El único que parecía tenerle algo de aprecio era un muchacho de Melilla, hijo de un militar, que estaba de paso en la ciudad. Seguramente llevar gafas de culo de vaso, y por ello blanco de las mofas del resto, ayudaba en la mutua simpatía que sentían el uno por el otro. Cuando aquel chico le dijo un día de ir al cine juntos, Pepi se emocionó, y aunque quedaban tres días para el sábado, era miércoles, se puso a dieta. Consiguió que la bascula del baño apenas bajara del peso inicial, lo cual provocó una ataque de ansiedad que mitigó comiendo las sobras de una perola de sangrecilla con tomate, que su madre guardaba en la nevera para su marido. “Cualquier día tu hija- decía el padre- se come hasta la sartén....anda, hazme un par de huevos fritos, “mecagonlaputa”, y “ponles chorizo”-dijo”.

Semanas más tarde el chico desapareció de la clase. Habían disfrutado viendo “Los Perros de mi mujer”, y ya habían quedado para ver una de vaqueros, pero el destino les separó. El nuevo destino de su padre en Sidi Ifni.

La juventud la pasó siendo el patito feo del grupo de amigos. Las chicas adoraban que fuera con ellas, así nunca serían las últimas en ser solicitadas para bailar en las verbenas, y a los chicos les servía como excusa cuando debían conformarse con otra chica que tampoco les gustaba, “la Pepi es aún mas fea”, se solían decir para auto engañarse. Y mientras, ella, Pepi se sentaba en un rincón y evadía la mente pensando en comida, en guisos, y también en seguir sacando las mejores notas de la clase.

No fue hasta años más tarde cuando centró su mirada en otro hombre. Era un tipo que pasaba desapercibido. Bajo, con barriga, bigote y con una expresión facial incalificable. Nadaba entre una expresión boba y otra de inexpresión total. Parecía estar imbuido en pensamientos profundos, era como admirar a un erudito tratando de resolver una ecuación cuántica poniendo a sus neuronas a trabajar a todo ritmo, era como si aquel hombre, vecino de toda la vida, tuviera en sus manos el destino del mundo.

Cuando alguien se enamoraba, aunque fuese de platónicamente, sólo veía virtudes donde los demás mortales veían defectos, o sencillamente no veían nada. Y aquel hombre no despertaba admiración en nadie. Pocos recordaban sus rasgos aún conociéndolo desde niño, lo más que acertaban a decir era “antes no tenía bigote.....al menos, no cuando era niño” y si les preguntabas el color de ojos decían “marrones como todos los españoles, ¿o no?, la verdad, ni idea, ¿tiene ojos ¿no?”. Pero Pepi seguía su trayectoria, y un buen día surgió la magia. Y hasta la actualidad.

Y seguía en duermevela, añorando a su marido, sintiendo la criatura en sus entrañas, la que sería su hija, y de algún modo también de su esposo, y sintió la necesidad de un plato de boquerones, y como decía Nancy, “tu a lo tuyo. Clemente es un gran hombre, será un buen padre. No te encabrones reina, y de lo nuestro tampoco tiene que saber nada. Somos buenas amigas y ya está. Ah, y sabes de sobra que también se acostó conmigo aquella noche. Tu tranquila. Todo está bien cariño. Sois mi familia y os quiero.”


XXXXXXXXXXXXXXXX


Tres meses antes en Harvard University, Boston (Massachusetts).


-Profesor Laframboise, me parece una idea brillante su propuesta. Tiene la autorización y el presupuesto para llevarla a cabo- dijo una voz al otro lado del teléfono.

Y el catedrático de Historia de la Universidad de Harvard, Theodore Laframboise, se ponía en marcha para llevar a cabo lo que surgió como una idea en un debate estudiantil, y acabaría siendo el proyecto más ambicioso de su dilatada carrera.

A la pregunta “¿que país influyó más en la cultura y el conocimiento de los Estados Unidos de América?. La arquitectura social y la construcción de la nación más poderosa del mundo. Raíces, herencia y desarrollo de una sociedad puntera. Análisis y comparación de los orígenes.”.

Siguió una entretenida contienda entre los que significaban que el país era sin duda un reflejo de la manera de vivir anglosajona desde que el Mayflower atracara y desembarcara en 1620 a los llamados “Peregrinos”, formados en su mayor parte por familias sin futuro en Gran Bretaña, que fueron engañadas y dejadas en tierra muy lejos de lo prometido, y con títulos de propiedad de unas tierras, falsos y carentes de valor, y en el otro extremo también un estudiante québécois planteó la influencia francesa, asegurando sin rubor que gracias al desembarco de franceses en 1524, gesta protagonizada de manos del italiano Giovanni da Verrazzano, capítulo que omitió deliberadamente, al igual que pasó de largo sobre la expulsión de los colonos franceses de Acadia por no jurar lealtad a Gran Bretaña, o como cedieron la “provincia” de Luisiana a los españoles, insistió en que la influencia francesa había sido determinante, al menos para tener buen pan. Y como tercera opción, la influencia española, que nadie dudaba y que comenzó con el descubrimiento oficial del nuevo continente a manos también de un italiano, eso si, con fondos españoles fruto del saqueo y robo en terceros países del Imperio Español.

A raíz de ese acalorado debate el profesor Laframboise, se puso en contacto con las delegaciones consulares de los tres países antes mencionados. Los británicos recibieron la noticia de manera entusiasta, pero con la suficiencia propia de quien cree tener una autoridad moral superior al resto, de quien se sabe ganador antes de disputar el partido. Por algo eran la nación mas poderosa del mundo. Ellos también.

En Francia la noticia fue recibida como un jarro de agua fría. Que alguien estuviera dudando de que habían sido ellos los principales impulsores, de lo que ahora era la segunda nación más importante del mundo tras Francia, ofendió de tal manera al Ministerio de Asuntos Extranjeros, que declinaron la invitación y pusieron como excusa que en aquellos días comenzaría la vendimia y todos los diplomáticos, todos los gobernantes, todo el país a una, estaría trabajando en pos de una cosecha y una futura elaboración de caldos de la mejor calidad, para la “Grandeur de la France”.

Cuando la petición de la universidad llegó a la embajada de España en Washington, ésta delegó inmediatamente en el consulado general de Boston. No tenían ganas de romperse la cabeza, justo antes de las vacaciones de verano, así que cuando el cónsul leyó la petición de organizar un selecto grupo de pensadores, miembros destacados del panorama cultural, de promotores industriales que expusieran sus avances en la tecnología, de gastrónomos que mostraran la investigación en materia de nutrición más puntera, y un largo etcétera de demandas, pasó el encargo al delegado cultural del consulado, para que él mismo se encargara de organizar todo.

El delegado cultural del consulado se encontraba en un breve viaje de ocio en las Montañas Rocosas, y no había dejado un número de teléfono donde poder ser localizado. Como quiera que el viaje no iba a durar menos de un mes, alguien anotó en un papel el nombre de un posible sustituto. Un adjunto al departamento, funcionario de clase B, que no se acercaba a la delegación desde hacia semanas. Al final, una administrativa fue la destinataria del papel que contenía el nombre de la persona encargada.

Un error tipográfico cambió la “h” de Hernández, por la “f” de Fernández, y el resultado fue que el encargado de acometer la selección de empresas y de personalidades que deberían asistir al evento, recayó en el marido de la cocinera, que a su vez era el chófer del consulado.

Cuando el señor Fernández vio lo que se le encomendaba, se sintió halagado y abrumado a partes iguales. No supo que decir. Debía seleccionar a veinte personas que cumplieran los requisitos establecidos, y no tenía ni la menor idea de donde buscar. Y debía hacerlo en menos de cinco días. La única orden clara y que debía seguir al pie de la letra era que el Museo del Prado, debería proporcionar una obra maestra para ser expuesta en las Jornadas Culturales “Génesis de una Gran Nación” en la Universidad de Harvard. Para ello contaba con un número de teléfono que contactaba con el director del Patrimonio Nacional.

Fue su primer asunto a resolver, el resto de la lista llegaría más tarde y mucho más fácil de lo imaginado. Cuando llamó a ese señor, su secretaria dijo que no estaba disponible en ese momento, que siguiera intentandolo más tarde. A la décima llamada, otra secretaria le informó que para esa gestión, que era ni más ni menos que la cesión de una obra maestra, el había pensado en la “Maja Desnuda de Goya” y su traslado allende los mares, necesitaban el beneplácito del Ministerio de Cultura. Que a buen seguro responderían en no menos de tres meses, y que en función de la obra elegida, tardarían semanas en encontrar alguien dispuesto a asegurar su traslado, y eso si no había conflicto de intereses entre administraciones. En caso de ser positiva la resolución los permisos estarían listos antes de medio año. “Adiós y buenas tardes” y colgó.

Fernández estaba preocupado. Si con esta misión que tenía medio preparada todo eran problemas, no quería saber que pasaría con el resto. Cuando contó en la Casa de España lo que le pasaba mientras jugaba al dominó, el resto de asistentes cogió la hoja con los encargos y cada uno de ellos se asignó un objetivo para ayudar a su compatriota.

-¡¡Como Fuenteovejuna, todos a una!!- gritó alguien.

Y el resto de mesas dejaron las partidas de mus, los chatos de Cariñena, y leyeron los encargos.

-De lo del armamento puntero me encargo yo- dijo un paisano que ejercía de pocero en Boston.

-Yo de las telecomunicaciones- un empleado que trabajaba para un importador de plátanos.

Y así todos los que pudieron ayudar, lo hicieron.

-Gracias paisanos, gracias a todos. Ya sabéis que no quiero quedar mal, me fio de vosotros. Lo que más me molesta es lo de la pintura para exponer....- se lamentó.

Y otro de los asistentes se acercó y tímidamente le dijo algo al oído que mudo su expresión. Asunto resuelto. Su primo en España, era conserje en el edificio donde vivía un gran artista. Y además tenía confianza con él, y estaba convencido de que les podría echar una mano. El pabellón español quedaría en lo más alto.



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Stephanie “Scandal” Petersen perseguía obsesionada toda manifestación cultural que tuviera que ver con España. Aquella mujer de graciosas pecas, ojos verdes, nariz puntiaguda y dientes blancos, seguía empeñada en encontrar a aquel hombre único que había conocido en su periplo por el vasto país.

La huella era tan profunda, que sus sentimientos lejos de decaer se iban acrecentando. Su talento hacía que el negocio del acero que dirigía con mano de hierro, (que ironía), fuese in crescendo. Cogió la correspondencia y en ella se encontraba la invitación de la Universidad de Harvard, para su asistencia a unas jornadas sobre “Génesis de una Gran Nación”. La cita consistía en una especie de duelo a dos bandas entre el Reino Unido y España para dilucidar cual de ellas había resultado más determinante para la creación del nuevo país, con una variada muestra de avances técnicos y culturales y con charlas y simposios que pondrían sobre el tapete la realidad actual de ambas, y su posible nueva influencia en los Estados Unidos.

En un primer momento declinó la invitación. Faltaban apenas ocho días para el evento y no se encontraba con ánimo suficiente. Las posibilidades de que Clemente estuviera allí eran ínfimas, y no le faltaba razón. En esos días Clemente se encontraba en el Caribe.

Semanas antes su corazón dio un vuelco cuando todos los noticieros del país mostraron el retrato robot del terrorista más buscado. No podía ser él. El hombre que ella había conocido y disfrutado no era un delincuente aunque aquel dibujo no dejara lugar a dudas. Cuando por fin la caza del bandido llegó a su culminación, se filtraron las fotos del cadáver del presunto terrorista. Viendo la cara destrozada por efectos del derrumbe el día de su captura, no cabía duda de que era su amor perdido. Pero cuando un medio de comunicación sensacionalista publicó una foto de él en la morgue tal y como vino al mundo, esbozó una sonrisa y supo que el muerto no era su hombre.

A más de tres mil kilómetros de Scandal, Pluma de Colibrí también lo supo. Aquel hombre con el que cabalgó de manera mágica y violenta en la cama de su hotel, no tenía nada que ver con aquel cuerpo inerte. Cuestión de tamaño.



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Clemente se encontraba en la sala VIP esperando el embarque. Tenía ganas de mear. Cuando se acercó a los lavabos, varios de los paisanos a los que saludo cortésmente levantando la mano y diciendo “a la paz de dios” ocupaban todas las cabinas.

-¡Mira! Apretas el botonico y sale jabón. Y el grifo se para si no pones las zarpas debajo....- dijo alguien al fondo.

Y como quiera que se meaba, y se meaba mucho, tuvo que salir de su sala y buscar los baños públicos. A lo lejos descifró el cartel de un hombre y otro de una mujer. Y como pudo, con las piernas muy juntas a la altura de los muslos, y con paso corto, en poco tiempo estaba aliviando la vejiga en una cabina. Con el chorro dibujaba letras en el retrete, lo cual provocaba un ruido discontinuo cada vez que alcanzaba el agua estancada en el fondo de la loza, “ahora la P”, “ahora la E” y así hasta formar el nombre de su amada.

Al Manzini había recogido sus últimas pertenencias en el aeropuerto. Las trasladaba en un carro rumbo al aparcamiento donde tenía el Bronco. El esfuerzo le pasó factura. Sudaba abundantemente y se sentía un poco mareado. Tuvo que entrar al servicio para refrescarse la cara.

Le ponía nervioso el ruido intermitente de la orina de algún individuo cayendo en el agua del inodoro. Afortunadamente el ruido cesó. Se oyó el sonido del acomodo de unos pantalones y el del pestillo de la cabina junto al de la cisterna. Cuando dejó de frotarse la cara con el agua fría, que alivio, miró de reojo al tipo que hacía los ruidos y que ahora se lavaba las manos a su lado.

El corazón se le paró. Aunque tenía un mostacho menos poblado, el pelo más corto y estaba algo más delgado, aquel hombre era “el hombre” que tanto buscó. Volvió a mojarse la cara. Incrédulo volvió de nuevo la cara hacia su vecino.

Su mente lo negaba, le decía “se parece mucho, si, pero tu lo viste muerto Al”, y volvió a mirar al tipo aquel. Ahora se fijó en la mirada inexpresiva, propia de los psicópatas, en sus rasgos vulgares, en su mediocridad, pero la puntilla llegó en el instante que pudo ver su oreja derecha. Tenía oreja, si, lo cual le descartaba como el terrorista, pero si uno se fijaba bien, se apreciaba una linea de color rojizo que delataba una cicatriz reciente. ¡¡¡¡Era él!!!!. Quiso desenfundar el arma, pero ya no tenía, su corazón le palpitaba a toda velocidad. Clemente se secaba las manos con unas servilletas de papel y se giró para mirar a aquel hombre tan raro que hacía ruidos mas raros aún. Y en ese momento Al Manzini se desplomó al suelo.

Clemente no sabía que hacer. El baño era inmenso pero estaban solos. Se asomó a la puerta por si había alguien, un policía, un guardia civil, un urbano, no pensaba con claridad, y de pronto, sin saber como, gritó. Gritó muy fuerte.


-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Euuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!. Que se ha escoñao un tío aquí-dijo con aplomo ensordecedor.

Al poco una muchedumbre de asistencias atendían al buen hombre. Uno le interrogó en español sobre lo sucedido y el les contó que estaba meando y que cuando se estaba secando las manos, ese hombre le miraba raro, como con fuego en los ojos, haciendo movimientos extraños y de repente se dio de boca contra el suelo.

Al parecer fue víctima de una apoplejía severa. Le aguardaban años de recuperación si sobrevivía. Los daños neurológicos parecían irreversibles y Al Manzini perdería el habla hasta seis días después cuando falleció de un infarto cardíaco.

Nunca pudo pescar un pez espada. Apenas tuvo tiempo de disfrutar su barco, su coche, su nueva vida, su casa nueva, su jubilación. El día de su sepelio, los operarios de la funeraria dejaron caer el féretro accidentalmente provocando el espanto de los pocos asistentes cuando asomó por una grieta la cabeza del difunto. Rápidamente fue de nuevo introducida en el interior del ataúd, no sin dificultad, e irónicamente en el intento perdió un pabellón auditivo, y el boquete tuvo que ser tapado con un pedazo de cartón.

Clemente regresó de nuevo a su sala de espera. Allí estaban los dos grupos claramente diferenciados, unos elegantemente dejando transcurrir el tiempo, y el otro dando buena cuenta del buffet gratuito. La chica joven, azorada, trataba de calmarse mientras con gestos no conseguía tranquilizar a sus compatriotas.


Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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ROSCACHAPA
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por ROSCACHAPA »

:plas: :plas: :plas:
Un saludo

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anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

:plas: :plas: :plas: :plas:
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO PRIMERO


¡A casa! (y lll).


Cristina Campos Elizalde, era una mujer de treinta años. Estudiosa y aplicada, en su juventud se debatía entre ingresar en un convento, o bien, dedicarse al mundo del circo. Las dudas se esfumaron cuando tuvo ocasión de ver en el “telediario” como un león le arrancaba la cabeza de un bocado a su domador en Rusia.

La opción de ser carmelita descalza y seguir los pasos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de le Cruz se vino abajo cuando descubrió lo excitante que era ver el torso desnudo de su vecino, que más adelante fue el primer chico que le dio un beso.

Descartadas sus dos opciones iniciales, y ya fuera de peligro, centró sus esfuerzos en labrarse un buen porvenir. De familia acomodada, tuvo la ocasión de estudiar la carrera de Derecho en la Universidad de Navarra, donde a pesar de los ímprobos esfuerzos de algún miembro del Opus Dei por que pasara a formar parte de la Obra, no sucumbió a la tentación. De allí pasó a opositar para la carrera diplomática, y al tercer intento, y ya con treinta años, sacó plaza y se le abría un infinito abanico de posibilidades laborales.

Aunque ella se decantaba por un destino en algún consulado del Báltico, el azar le llevó a los Estados Unidos, donde empezaba a sentirse cómoda. Pasados unos meses en los cuales hizo labores sin relevancia alguna, que no iban más allá de recibir a industriales andaluces de la aceituna, que deseaban contactos para introducir el aceite de oliva, o asesorar a emprendedores empeñados en distribuir máquinas de fabricación de hielo en Alaska, le llegó la oportunidad que daría un tremendo impulso a su carrera.

De rebote fue la encargada de dirigir, supervisar, y poner en funcionamiento un selecto grupo de compatriotas, al parecer eminencias cada uno en su materia, que debían de demostrar en unas jornadas organizadas por la Universidad de Harvard, el potencial de España como influencia en el futuro y el legado con el que contribuyó a la creación de la más grande nación del Universo.

Para ello deberían convencer a un selecto jurado, autoridades nacionales, y a docenas de invitados de las bondades del país, de sus avances tecnológicos, de la investigación, del legado artístico, de la gastronomía, y de cualquier otra muestra de superioridad intelectual, y además deberían de hacerlo enfrentando sus avances, sus ideas, su “know-how”, a los de otra nación que al parecer también tuvo influencia en el nuevo mundo, Gran Bretaña.

Y ahora, días después del reto, lloraba desconsolada, abatida, destrozada en el asiento de clase Bussines de un avión, rumbo a España, donde a buen seguro sería humillada, despedida, azotada, arrojada a una pira ardiente, en cuanto pusiera un píe en el aeropuerto.

A su lado estaba sentado un hombre mediocre. Era un tipo que había visto deambular por la sala de espera, al que los miembros de la expedición saludaban con “euuuu”, y les devolvía el saludo con una especie de mueca que quería ser una sonrisa. Al estar completa la clase turista y no tener asiento, los miembros de la tripulación lo acomodaron en la clase Bussines, junto a ella y a toda la delegación británica que se había enfrentado a los españoles en Boston.

Clemente se sentía incomodo. Hubiese preferido viajar al otro lado de la minúscula cortina que separaba ambas estancias y disfrutar el ambiente campechano que se intuía. Quizás fuese una impresión, pero el hecho cierto de estar oyendo cánticos populares del estilo “para ser conductor de primera¡¡¡, acelera, aceleraaaaaaa, para ser conductor de primera, hace falta ser buen conductor¡¡¡¡” cuando el piloto apareció para tomar los mandos de la aeronave, le movían a desear compartir esas experiencias desde un lugar mas cercano.

No obstante se sentía obligado a consolar a la muchacha que tenía a su derecha. No paraba de sollozar y de enjugarse las lágrimas, la pobre.

-¿Puedo ayudarte en algo, moza?- le dijo en un tono de voz inusual en él, que resultó cercano y reconfortante.

-No pasa nada.....estoy bien. Gracias- dijo ella.

-Para estar bien, no paras de llorar- respondió- ¿quieres un moquero?- y le alargó un pañuelo de papel.

-Gracias, es usted muy amable...-.

-No me llames de usted, que estamos casi en familia tu y yo entre tanto extranjero “estirao”- contestó Clemente.

Y al poco, ya tenían una conversación fluida. Al menos todo lo fluida que permitía una conversación con Clemente, que asentía y contestaba monosílabos al relato que la chica le narraba, entre sollozo y sollozo.

Extrañamente prestó atención casi todo el rato. Hubo un momento, el del despegue del aparato, que la joven calló, en que su mente se evadió al recordar a su abuela removiendo el zisco del brasero y de como días después murió intoxicada por el humo de la mesa camilla, cuando esta comenzó a arder fortuitamente. Pasado ese instante, la chica siguió explicando el motivo de su abatimiento.




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-Profesor Theodore Laframboise, le cedo el honor de inaugurar las jornadas “Génesis de una Nación”. Si es usted tan amable........- dijo solemnemente el rector que había tomado la palabra.

Y el profesor Laframboise, tomó sitio en el estrado y tras unas breves palabras de bienvenida y de explicar el mecanismo del enfrentamiento fraternal y amistoso, cuarenta minutos mas tarde se volvió a sentar en su puesto de honor de la mesa principal.

En los preciosos jardines del campus de Harvard, se había montado un estrado cubierto por una carpa, junto a la fachada de la Facultad de Historia. En dicho estrado se había dispuesto una larga mesa con una docena de sillas de terciopelo verde, donde se sentarían las autoridades.

Al frente, de cara al público asistente, que estaba un metro por debajo sentado en hileras de sillas de madera blanca, y con unos toldos color verde a juego con las sillas de los más honorables invitados, dos pequeños atriles flanqueados por la Unión Jack, y la rojigualda. Ramos de flores adornaban el enjambre de sillas donde tomarían asiento los invitados. Entre ellos una mujer de ojos verdes, nariz puntiaguda, graciosas pecas y dientes muy blancos, que a la postre sería la invitada más identificada con lo que a continuación iba a tener ocasión de vivir.

En la parte trasera, oculta de la vista de los asistentes, una pequeña carpa guardaba todas las cosas necesarias que habían traído ambas delegaciones. Estaba custodiada por guardas armados, dada la relevancia de los artículos, algunos desconocidos aún, y solo serían mostrados cuando el orador de turno lo solicitara.

Camareros ofrecían bebida a los invitados, para hacer la espera mas llevadera. Cuando el profesor Laframboise, concluyó su introducción, unos aplausos educados dieron comienzo al duelo fraternal de dos naciones amigas. Un sorteo anterior había dictaminado que comenzaría el reto los componentes del equipo británico. El resto de los participantes, aguardaba su turno fuera de la vista de los invitados. Esta decisión fue tomada dado el carácter rústico que demostraron tener los componentes del lado español, que al parecer charlaban demasiado animadamente y en un tono de voz “un poco demasiado elevado”, mientras los británicos no daban crédito a semejante falta de compostura.

-Damos paso a Sir Conrad Brown-Rooster, historiador y erudito en temas americanos, que nos deleitara con el esbozo de la biografía de un personaje poco conocido y sin embargo decisivo en la creación del Nuevo Mundo.........Peter Stuyvesant o “Lo haré como me plazca”- dijo el profesor.

Y Sir Conrad se explayó en las vivencias de Suyvesant, que por cierto era natural de los Países Bajos, y de como fundó Nueva Amsterdam, que luego pasaría ser Nueva York, de como desobedeció los mandatos de su rey, y de como acabó cediendo la Colonia de Nuevos Países Bajos a los ingleses en 1664, que no dudaron en adueñarse del mérito de la construcción de lo que un día sería uno de los enclaves más importantes del mundo.

Sentencias del estilo “nuestra autoridad proviene de dios y de la compañía (compañía neerlandesa de las Indias Occidentales), no de unos ignorantes”, refiriendose a los nativos americanos, definían su personalidad. Desafortunadamente para la historia de la humanidad, Nueva Amsterdam, fue arrasada por los indígenas en el momento en que Stuyvesant había zarpado con siete barcos y setecientos soldados a tomar posesión de Nueva Suecia, a base de exterminar a todo ser viviente, y pudo sobrevivir.

Cincuenta minutos mas tarde dio por concluida la exposición, llena de datos, de fechas, de hazañas, de precisión, largamente aplaudida por el nutrido grupo de elegidos, en su mayor parte analfabetos millonarios, que ya no recordaban el nombre del protagonista.

-Y ahora damos paso al experto español, Basilio Cantolagua, que nos ilustrará con la biografía de, he de reconocer que es un personaje del cual desconozco absolutamente todo, decía, con la obra y vida de Curro Jiménez.......- presentó el profesor.

Dado que la mayor parte de los asistentes no comprendían el español, tuvieron que usar unos auriculares que ofrecían traducción simultánea.

Cuando Cristina Campos Elizalde, que apenas había tenido tiempo de conocer a la delegación española, pero que ya sospechaba que “algo no va bien aquí”, oyó el nombre del elegido para ser presentado, notó como las piernas le flaqueaban, como su cuerpo decía basta, y como su estómago se revolvía. Y era tan sólo el primer duelo. Desgraciadamente se lo perdió al tener que acudir a toda prisa en busca de un retrete donde poner fin al martirio de una descomposición estomacal repentina.

Basilio Cantolagua era el cartero de una pedanía de Badajoz y también ejercía de pregonero en el pueblo cuando el alcalde debía hacer saber algo a sus vecinos. No se perdía ni un episodio de la serie de televisión, y se sabía de memoria cada capítulo y cada escena. Así que cuando el amigo de un cuñado le preguntó si podría ir a Estados Unidos y contar algo sobre la serie a una cuadrilla de americanos no lo pensó dos veces, “se lo voy a contar tan bien, que van a desear coger un trabuco y echarse al monte a pegar tiros”. Y acto seguido preguntó si el viaje sería de balde.

-Buenas- comenzó Basilio- voy a narrar la vida y milagros de un bandolero llamado Curro Jiménez, de sus compañeros, el Algarrobo, el Estudiante, el Fraile y el Gitano.......-.

Y tras una hora de narrar las aventuras y desventuras de quien el público creyó que era un personaje real, un bandolero romántico que robaba a los poderosos para dárselo a los pobres, el auditorio ésta vez aplaudió con fuerza, e incluso alguna dama se puso en pie y lanzó besos a Basilio, que en aquellos momentos hubiese deseado tener su corneta y dar un par de bocinazos de alegría. Tampoco muchos de los presentes recordaban el nombre del bandido, pero al menos la historia salpicada de anécdotas propias, de invenciones, de efectos novelados exagerados, les había entretenido aceptablemente.

En el baño, Cristina seguía temblando, pero cuando oyó los aplausos, recobró la presencia de ánimo. Llegó a pensar que quizás Basilio se hubiera muerto de un infarto y que ese era el motivo de la alegría, así que volvió a desfallecer y tuvo que sentarse de nuevo a evacuar.

En la mesa presidencial, los miembros destacados del jurado, se miraban los unos a los otros sin comprender nada. Ninguno era lo suficientemente valiente para reconocer que nunca en su existencia habían sabido de ese tal Curro Jiménez, y temían quedar como unos perfectos ignorantes y ser el hazmerreir del resto de colegas. En realidad esperaban una disertación sobre algún gran conquistador, Hernán Cortés, Cabeza de Vaca, Pizarro, Diego de Almagro o Pedro de Candía, pero el destino, o la gran apuesta estratégica de los españoles, les había sorprendido. Los españoles sacaban su artillería pesada desde el primer minuto.

Tras un breve receso para reponer fuerzas, ambas delegaciones aguardaban impacientes la segunda exposición. De este modo, los británicos hicieron pasar al estrado a Míster Casper Frostmud.

-Damos paso a el honorable señor Casper Frostmud, ingeniero líder y doctor en Control de Procesos Avanzados en la Compresión de Gases y Fluidos, actualmente al mando de la importante empresa fabricante de Electrodomésticos Penguin, que viene a mostrarnos los últimos avances del catálogo de la empresa que dirige y que da empleo a 1700 personas....- presentó Laframboise que ya había ordenado a media docena de becarios que se informaran de la biografía de Curro Jiménez, con el fin de poder tener cualquier tipo de información que pudiera ser necesaria.

El señor Frostmud hizo traer del almacén un frigorífico último modelo, capaz de enfriar, congelar y servir cubitos de hielo y agua helada, algo que entusiasmaba a los estadounidenses. Una sesuda sesión plagada de gráficos, de explicaciones técnicas que daban buena cuenta del excelso trabajo de ingeniería y desarrollo del producto, así como de la implicación de una plantilla de trabajadores que se esforzaban por un sueldo miserable, esto no lo dijo, en hacer ricos a los accionistas, esto tampoco lo dijo, y en crear un producto de alta gama, imbatible en el mercado.

Una vez retirado el frigorífico, el señor Casper Frostmud, se despidió del auditorio con una solemne reverencia y estrecho la mano del profesor Theodore Laframboise, que estaba contento por el nivel de calidad que suponía la intervención.

-¡Tira tu delante, corcho!- fue lo que oyeron los presentes cuando el anfitrión dio paso a los hermanos Pío y Práxedes Pedraza Roca, propietarios de la empresa Hnos. Pedraza Roca “Cantaras y botijos”, que avanzaban a empujones.

Una vez en el estrado, ambos hermanos se miraron sin saber muy bien que decir. Pío se arranco a hablar a todos aquellos señores y señoras que tenía delante.

-El botijo- dijo señalando un precioso ejemplar de botijo que sujetaba su hermano- la mejor manera de tener agua fresca. Fabricado a mano con las mejores arcillas, en un torno de alfarería con más de cincuenta años de antigüedad. Se compone del núcleo central, de la boca de llenado, del pitorro y del asa.

Y dio rienda suelta a explicaciones de como mantener el botijo a la sombra, de como si se le añadía por cincuenta pesetas adicionales una funda de cáñamo, y se humedecía, no solo se protegía de posibles roturas, sino que el agua del interior conservaba su frescura durante más tiempo. De como si se dejaba a las noches en la ventana se acrecentaba el frío del agua y dio paso a una exhaustiva explicación de la fabricación de cantaras de veinte litros, destinadas a poner aceitunas en salmuera, y a otras de cincuenta para almacenar aceite o vino.

La cara de asombro, con matices de vergüenza ajena se apoderó de los miembros de honor del jurado, que se preguntaban que clase de broma era aquella, pero que se vio interrumpida por los aplausos cerrados del auditorio cuando Práxedes hizo una demostración practica del uso del botijo, dejando caer un grueso chorro de agua a su boca con precisión milimétrica, terminando con un juego de codo y muñeca que evitó que cayera ni una sola gota al terminar la ingesta. Las palabras de su hermano Pío al retirarse, mirando de frente al jurado, terminaron por enaltecer al público.

-Si tienes cojones llevate una fresquera de esas tan lujosas al bancal cuando vayas a por olivas....¿donde la enchufaras, listo?- dijo mirando de frente al honorable Casper Frostmud.

Cristina Campos que ya había regresado para presenciar la intervención, sufrió un repentino ataque de ansiedad y tuvo que ser atendida por los sanitarios. Durante varios minutos respiró dentro de una bolsa de plástico, y recobró la compostura al cabo de media hora.

La tercera actuación se centró en que un experto británico mostró los más recientes avances en el sector de las telecomunicaciones, que permitirían, a su parecer, en popularizar teléfonos portátiles de pequeño tamaño, más o menos como medio ladrillo, de uso privado. Vaticinó que cada ciudadano en poco tiempo poseería uno y que se venderían a un precio asequible. Los allí presentes dudaban de que eso llegara a ser realidad, y mucho más dudaban de las predicciones de que en dos décadas incluso se pudiera ver en ellos imágenes.

La intervención española corrió a cargo de Agoney Oramas, natural de San Sebastián de la Gomera, que defendió con altivez y firmeza las bondades del silbo gomero, de como servía desde siglos antes para enviar mensajes de un lado a otro de su isla, sin precisar de electricidad, sin el concurso de baterías, y con la sola habilidad de colocar los labios de determinada postura. Hizo una demostración personalizada, bajando del estrado y acercándose al público para que pudieran ver de cerca la posición dela lengua y de los dientes. Y como principal argumento, dijo que para esto no hacía falta esperar décadas ni años, que ya estaba allí desde antaño.

De nuevo vítores y aplausos. Incluso un espectador le dio un abrazo mientras el resto jaleaban. Nunca antes un enfrentamiento de esa naturaleza se estaba decantando de manera tan abrumadora hacia un lado de la balanza. Jamás.

Cristina Campos se desvaneció.

Para cuando recobró el conocimiento, varios ponentes se habían enfrentado con energía, dispuestos a no dejarse avasallar por el equipo rival. En primer lugar un experto gales en Sociología se había explayado en las bondades del transporte público británico. Fue un exceso de confianza que cualquiera que haya usado los ferrocarriles de la isla, caros, sucios y lentos, podría rebatir sin posibilidad de réplica. Explicó con orgullo patrio lo originales que eran los taxis londinenses, amplios, seguros para el taxista pakistaní, y omitió decir que estaban movidos por una mecánica obsoleta, sedienta y contaminante de origen Austin.

Pasó sin dilación a la piedra angular de su discurso. Los autobuses de dos pisos, icono de la capital londinense, y aquí si que las cosas se pusieron complicadas para la delegación española.

No obstante cuando Benigno Bahamontes, un hombre pausado y conciliador, jubilado de la función pública, expuso en primer lugar la importancia del Ferrobús, del “Rápido”, de la Sepulvedana, del burro-taxi de Mijas, y de como la tartana melonera era sin lugar a dudas la precusora de las caravanas del oeste, el auditorio asentía y aplaudía con energía.

El contraataque vino de la mano de un ingeniero que presentó los nuevos adelantos en vehículos agrícolas y en los aperos de última generación. Contrarestado por Sandalio Cardoso, fabricante de azadas, azadones y arados de fabricación propia, además de tratante de ganado y jugador de mus.

Una amplia muestra de fotografías de coches y marcas de lujo del Reino Unido fueron presentados. Rolls Royce, Bentley, Jaguar, Aston Martin, Lagonda, Daimler, Morgan, Lotus hicieron las delicias de los multimillonarios presentes, en lo que a priori iba a ser una tediosa jornada y se estaba convirtiendo en un entretenido enfrentamiento a dos bandas.

Del lado español, una muestra de fotos en blanco y negro de los “Biscuter”, “Goggomobil”, motocarros y ciclomotores Derbi y Soriano , sin olvidar enseñar fotos de varios magníficos Pegaso Z-102 y Z-103, coche deportivo que supuso un antes y un después en el panorama automotriz nacional. Y cuando ya los ingleses daban por ganada la batalla, se mostró por sorpresa una enorme fotografía de unos Hispano-Suiza J12, H6C, y T49.

Los miembros del jurado ya comenzaban a pedir explicaciones al profesor Laframboise sobre el control de la representación española. Se mostraban contrariados de como a base de sencillez y cercanía, sus rudimentarios argumentos se iban imponiendo a los elaborados y técnicos de los que “debían” de resultar vencedores.

Por algo el país estaba plagado de la influencia anglosajona y no de la hispana. Tan sólo había que echar un vistazo a centro y sudamérica para ser conscientes de que la influencia española se manifestaba en países y sociedades mucho menos evolucionadas y más corruptas. Quizás fuese, aunque jamás lo admitirían, porque la conquista española se basó en principios alejados al simple exterminio de la población nativa y promocionó la integración, del mismo modo que terminó con el pueblo azteca, sin lugar a dudas la etnia más salvaje y sanguinaria del continente, adicta al sacrificio de seres humanos como ofrenda a sus dioses.

Una nueva charla sobre cocina ecológica y nuevas técnicas avanzadas en la liofilización, esferificación y esterilización de alimentos, así como nuevas tendencias en cultivos y hábitos alimenticios a cargo del chef Edmond Cauliflower y su ayudante Rosemund Thorn, que iban preparando platos mientras disertaban, tuvo su replica a manos de Basilia Betancort del restaurante “La Olla de mi Padre” que preparó un plato de callos, mientras un ayudante explicaba a los atónitos asistentes “El arte de mojar pan en el unto”, arrancando a pellizcos pedazos de un pan cabezón, y sumergiendolos en una ración de callos, mientras trataba de explicar la importancia de que el caldo no rebasara nunca media uña del dedo gordo, para evitar escorreduras que pudieran manchar la ropa. Aplausos cerrados y empujones en el momento en que decidió acercar el pan y los callos al público para que practicara.

Cristina Campos Elizalde hizo aparición de nuevo en el momento cumbre. Quedaban dos exposiciones, una a modo de intermedio relajante, que consistía en lo que tanta preocupación había supuesto al encargado de preparar el evento, al no contar con la colaboración de la mejor pinacoteca del mundo, el Museo del Prado, y que consistía en la exposición de al menos dos grandes obras.

Dos cuadros tapados por una delicada sábana fueron traídos por varios asistentes y custodiados por guardas armados. Sendos caballetes los sostenían y se colocaron enfrente del auditorio sin que por ello impidiera la visión de los miembros del jurado.

Un representante del Ministerio de Cultura fue el encargado de descubrir con suma delicadeza ambas obras de arte. Se le notaba emocionado y nervioso. Ante los ojos de la gente se abrió un pasaporte a la emoción, a la plasmación de delicados trazos que conformaban una autentica catarata de belleza al alcance de pocos mortales, un privilegio acotado a personas sensibles, enamoradas de la belleza, del rigor artístico y embriagadas por tan alta dosis de hermosura.

Un retrato de “Sarah Siddon” de 1785, obra de Thomas Gaingsborough, dejaba ver la magnifica presencia de una señora de rostro firme, serena a la vez que abrumadora, el sombrero negro se difuminaba en el fondo de color sangre y resaltaba la blancura de su piel, especialmente en su mano derecha posada en el lomo de un perro, en contraste con la vestimenta de tonos azules. Magnifica.

El otro cuadro titulado “La vendedora de Gambas” del artista William Hogarth era completamente diferente. De trazo grueso y nervioso, una especie de prólogo al impresionismo, mostraba una joven sonriente de ojos vivos que portaba sobre su cabeza una cesta cargada de gambas recién pescadas. Prevalencia de tonos ocres, rosados y blancos daban un aire festivo a la obra. Trasladaba al espectador la sonrisa de la protagonista a momentos de felicidad, aunque para fortuna de este, la obra no trasladaba el olor intenso de las gambas.

Muchos de los asistentes, aprovecharon el momento para hacer uso de las más caras máquinas de fotografiar y tirar y tirar instantáneas que obligaban a cambiar los carretes de Kodak a toda velocidad.

-Yo prefiero los Fuji, dan mayor calidad....- decía uno de los asistentes, cámara Nikon en mano.

Varios minutos después, las obras fueron retiradas y en su lugar se colocaron otras dos correspondientes a la delegación española. Entre los miembros del jurado los nervios eran patentes. Sabían que aquí los argumentos iban a ser demoledores. Hacían cábalas acerca de que dos grandes obras expondrían los españoles. Quizás un Velázquez, un Goya, o quizás un Murillo, un “Greco”, Zurbarán, Ribera, o algo como Sorolla, o más contemporáneo como Picasso o Dalí, el universo español de la pintura era inconmensurable.

Las obras se destaparon y los ojos de los presentes se abrieron como platos. El jurado se miraba preguntándose que diablos era aquello, quien era el responsable de aquella tomadura de pelo, y los asistentes seguían absortos ante dos obras singulares, diferentes y sobre todo inesperadas. Hubo codazos, empujones e incluso insultos y malos modos, con el fin de poder alcanzar un lugar de privilegio para tomar fotos y poder admirar los cuadros.

En el primero de ellos se podía ver a Mortadelo vestido de Vespa, escapando de Filemón que lo perseguía ennegrecido con una porra en la mano, y el otro mostraba el Peñon de Gibraltar humeante mientras Pepe Gotera y Otilio escapaban de un guardia inglés con la ropa hecha jirones. Esta última obra desató las iras de la comitiva británica que se quejó airadamente al profesor Theodore Laframboise y al rector de la Universidad.

Los ánimos tardaron en calmarse y cuando un miembro de la delegación inglesa amenazó con el dedo a los integrantes del equipo español, recibió una certera pedrada en la cara que le rompió las gafas ante la desatada hilaridad de los presentes que se dedicaron a gritar “¡Gibraltar español!”.

-¡Habrá sido el pastor de Socuellamos!- se oyó- ¡Viva Socuellamos!, ¡Socuellamos español!- seguido de carcajadas ensordecedoras.

La organización se vio obligada a suspender momentaneamente el acto y los guardas armados pidieron refuerzos. Tampoco estuvieron muy acertados al intentar calmar los ánimos poniendo música. La canción que más sonaba en todas las emisoras del país comenzó a sonar por los altavoces, al poco los españoles formaban un corro y tarareaban el “Paquito el Chocolatero” en grupo. Miembros del público se unieron a la fiesta mientras los británicos protestaban a los miembros del jurado por la agresión.

Una de las personas asistentes sonreía mientras permanecía sentada. La mujer de dientes blancos, pecas graciosas, ojos verdes y nariz puntiaguda, tenía la certeza de que aquella buena gente estaba hecha del mismo molde del amor de su vida. Se trasladó por un instante a la tienda de campaña, a la furgoneta, al terrible momento de su partida. Al abandono insuperable. Y ahora se sentía un poco en “casa”.

Ya con las cosas mas tranquilas, se dio paso a la última de las exposiciones que daría paso al ágape final y al veredicto del jurado.

Los ingleses sabedores de que la cultura estadounidense no se comprendía sin el uso indiscriminado de las armas y por lo tanto de la violencia, propusieron como último enfrentamiento las “Nuevas Armas Globales. Exterminio Selectivo”

-Demos paso a Maximilian Terrier-Jones, ingeniero en telecomunicaciones, creador junto a un equipo de doscientos colaboradores altamente cualificados del equipamiento aquí mostrado, que nos presentará los últimos adelantos en armamento militar........al menos, lo que nos pueda mostrar sin violar la seguridad nacional y salvaguardar los secretos industriales en los cuales su compañía a invertido cientos de millones euros.......señor Terrier-Jones, si es tan amable- dijo Laframboise.

Y el ingeniero Maximilian Terrier-Jones, hizo traer una gran caja negra, de donde sacó una pequeña caja negra, que con sumo cuidado depositó sobre una pequeña mesa de caoba del siglo XVlll traída ex-profeso para la presentación.

La pequeña caja negra no parecía gran cosa, pero albergaba en su interior el cerebro electrónico capaz de guiar a un misil a mas de mil kilómetros y hacer blanco en un objetivo prefijado con un margen de error menor de veinte metros. En función de la carga del misil había un 99,87 % de posibilidades de destruir un edifico de veinte plantas debido a su alta precisión.

Para el guiado del artefacto, se precisaba una red de satélites capaces de proporcionar la logística necesaria para tal cometido.

Una versión en desarrollo permitiría, gracias a cientos de microchips, su empleo en armas de corto alcance que pondrían en jaque la vida de cualquier individuo molesto para los intereses de un país civilizado. Como la abundancia de chips y su precio asequible nunca llegaría a su fin, ni siquiera a una presunta escasez, la fabricación de este tipo de armas estaba garantizada, y la integridad física de cualquier ciudadano amenazada.

Estaba claro que la delegación española lo tenía francamente difícil. No era España un país capaz de desarrollar este tipo de armamento. Aquí se conformaban con la fabricación de minas antipersona, que tantos y tantos lisiados había dejado por el mundo, al igual que cadáveres destrozados, o fusiles de asalto de la marca Cetme, incluso apreciados en Estados Unidos. Pero el mazazo de la centralita electrónica y de los satélites había sido demoledor.

Con aire marcial, producto de seis años en la Legión, Abilio Cañete se plantó delante del público. Muchos le recordaban del baile anterior donde dio muestras de agilidad y de simpatía. Actuó de líder indiscutible del baile y ahora se disponía a mostrar el arma definitiva a los miembros del jurado.

Hizo un gesto con la mano y una asistente le acercó un objeto tapado con una manta zamorana. El objeto era alargado, de aproximadamente un metro diez, y no parecía muy grueso. En el momento de descubrirlo, se pudo observar que era una especie de bastón robusto, que aparentaba ser de madera.

El señor Terrier-Jones no podía contener la risa, lo cual irritó de manera especial a Abilio Cañete. Pero su formación militar de élite, le procuró la templanza necesaria para contenerse. No tardaría mucho en callar la risa indisimulada del inglés con hechos y no con palabras y promesas como él había hecho.

-Señoras y señores, miembros del jurado......quiero mostrarles la garrota manchega- dijo con solemnidad- un arma legendaria, duradera y herencia de nuestros padres y abuelos, y de los abuelos de nuestros abuelos, que ya en su día deslomaban lobos con ellas si tenían cojones de venir a por las ovejas o los gorrinos. Está fabricada con madera de Quebracho Colorado, madera que me manda desde sudamérica un emigrante del pueblo. Antiguamente se usaba el castaño o el avellano, pero ahora me decanto por este tipo de madera ya que es capaz de romper el hierro. Su nombre deriva de quiebra-hachas ya que era capaz de destrozar las hachas de quien trataba de talar los árboles.- dijo Abilio.

Tras una breve exposición del proceso de fabricación, laborioso y complicado, por la extrema dureza de la madera, Abilio que no dejaba de mirar de reojo no solo a Terrier-Jones, sino al rector y acompañantes que mostraban su indignación y que no paraban de mirar sus relojes, dio paso a una demostración practica de la garrota.

-Como veo que los señores están nerviosos, voy a proceder a demostrar la utilidad de la garrota manchega, no sin antes aclarar que la garrota no precisa de satélites en el cielo, que no depende de que el satélite se quede sin gasolina, ¿a que no habían caído en eso?, pero sobre todo, afirmar que la precisión de la garrota es de un milímetro si la dominas bien.....- y en ese instante Abilio se desató.

Con un salto impecable hacia la mesa del jurado, y blandiendo la garrota en su mano derecha, mientras con ella describía un arco perfecto, lanzó un garrotazo en dirección al rector. Cuando la garrota estaba apunto de impactar con la jarra de agua que estaba frente a él, Abilio la detuvo con maestría. Varios de los sentados en la mesa se levantaron tumultuosamente, pero cuando quisieron reaccionar, Abilio ya había iniciado una carrera de vuelta a su posición primigenia.

-Precisión absoluta. Veinte metros es un mundo. Dijo mirando al señor Terrier-Jones-.

Y ahora lanzó un garrotazo sobre la mesa de caoba del siglo XVIII, que se convirtió en astillas en el segundo emvite. De ella apenas quedo nada en pie. Dos nuevos golpes destruyeron los atriles de cada delegación. La bandera española cayó al suelo y fue levantada por Abilio mientras la besaba, lo cual provocó la empatía de los americanos muy partidarios de su insignia nacional.

-Cada garrota sale por dos mil trescientas pesetas, y no falla nunca. ¿A cuanto están los misiles, eh?. Pandilla listos. ¿Y los cacharros esos del cielo?. La garrota manchega- y la presentó de nuevo al público que estaba atónito viendo la destrucción del artilugio- la puede encargar cualquiera, y no hacen falta ingenieros- dijo mirando a Terrier-Jones que se empezaba a sentir amenazado.

Y en ese instante Abilio brincó de nuevo, dio una voltereta por el suelo y cuando se incorporaba le sacudió con la garrota a la pequeña caja negra que sujetaba entre las manos el británico que salió despedida hacia arriba y en su caída fue golpeada de nuevo por Cañete, en un garrotazo que emulaba a los bateadores de beisbol, lo cual terminó de alegrar a los presentes, cuando vieron que aquello que debía ser la panacea en materia destructiva, se había convertido en cientos de piezas que volaban por los aires.

-Y ahora cara idiota......¿a que no tienes ganas de descojonarte?- le dijo colocando la garrota a dos dedos de la nariz de Terrier-Jones, que tuvo que retirarse al inodoro con urgencia.

Vítores, aplausos, incluso Abilio fue manteado por sus amigos, dieron paso a una degustación de comidas de ambas delegaciones.

Del lado inglés había pastas de té, infusiones variadas, pequeñas raciones de rost beef, solomillo Wellington deconstruido, sopa de apionabo, crema inglesa con bizcochos de jengibre y unas cuantas porquerías más, que al principio tuvieron aceptación, sobre todo de los miembros del jurado que rehuían acercarse al lado del banquete español, que consistía en patatas revolconas, pote gallego, cocido maragato, sopas de ajo, duelos y quebrantos, los callos de “La Olla de mi Padre” con su abundante unto, menudos de cordero, patas de cerdo rebozadas, bocadillos de manteca colorá con chicharrones, tortillitas de camarones, gazpacho en abundancia, salmorejo, sopa cana, rosquillas de anís, churros y porras, gaztazarra con sus gusanos, cuajada de oveja, fardelejos bañados en miel y café de puchero.

Media hora más tarde los camareros ingleses se esforzaban en conseguir que el público se acercara a su zona, ofreciendo delicadas tabletas de chocolate con menta, pero todo el esfuerzo era infructuoso, desde el momento en que empezó a circular el orujo de Liébana, la cazalla, el pacharán navarro, los vinos de la Mancha, los finos de Jeréz, el amontillado, los destilados de Málaga, la ginebra de Menorca y los caldos de la Rioja, tenían la batalla perdida.

Aquí fue cuando Cristina Campos Elizalde fue víctima de un furibundo ataque de diviesos que le salpicaron la cara, se le enrojecieron los muslos, el pelo comenzó a caerse ostensiblemente, sangró sin motivo aparente de la nariz, y la piel de las manos comenzó a irritarse provocandole picores incontenibles. La que había sido una joven apuesta y sonriente, era una caricatura de si misma. La pobre muchacha tardaría meses en volver a tener un aspecto decente.

El veredicto del jurado fue unánime. Una clara victoria de la delegación británica. Pero era lo menos relevante del encuentro. Cientos de personas se interesaron por visitar España atraídas por la autenticidad de sus gentes, y al regresar del viaje lo primero que mencionaban era que a pesar de todo España era una nación cosmopolita y avanzada, aunque podías encontrar escenas pintorescas donde menos lo esperabas, como ver a un ejecutivo beber del porrón, o zamparse de un bocado una ración de ensaladilla puesta sobre un pedazo de pan, llamado “tapa”.


XXXXXXXXXXXXXXXX


Clemente escuchó con atención el relato de la chica. Para cuando quisieron darse cuenta apenas quedaban dos horas de vuelo. A decir verdad la mujer se sentía mejor al haberse desahogado, e incluso lucía con mejor cara. Y Clemente supo que en ese instante debía pasar a visitar a sus compatriotas que tanto esfuerzo habían dedicado a levantar el pabellón español y celebrar con ellos la derrota.

-A la paz de dios, compañeros- dijo.

-¿Que tal está la muchacha?, he ido a mear y he visto que estaba contigo charlando. Que mal rato le hicieron pasar los ingleses.....mala gente, joder- dijo Práxedes.

-Aún he de sacar a pasear la garrota- sentenció Abilio.

-No te pierdas Abilio, que acabas en Carabanchel....- la voz de la conciencia.

Y así comenzó un animado fin de viaje, que concluyó dos horas mas tarde cuando descendieron del aparato en Barajas, muchos de ellos descamisados, con la boina calada hasta las cejas, los pantalones arremangados, y cantando Asturias patria querida a voz en grito. El aspecto de la tripulación no era mejor. Y el aspecto de Cristina Campos Elizalde tampoco, así que en un acto final de compasión Clemente le acercó una de sus pastillas azules y le obligó a tomársela con la certeza de que le levantaría el ánimo.

Y así fue como de nuevo puso pie en territorio español. Por fin olía a ajo. Por fin.


Fin del capítulo.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

Llevo un tiempo desconectado del foro pero da gusto volver y leerte.
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Por fin en tierra española
Por fin estará con su querida Pepi
8-)
alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

:face: Me temo que sto se acaba .... :face:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

Queridos amigos, varias circunstancias ajenas a mi voluntad, han provocado el retraso en la cadencia de los capítulos.
Una vez solventado algún que otro problema, espero darle un final digno. Es cierto que ya va tocando resolver varias de las incógnitas del relato, y lo que deseo es no defraudar en la parte concluyente.

Puedo decir que "nada va a ser lo que parece, y que no se va a parecer a lo que se espera......o tal vez si".

Comienza la cuenta atrás........tic, tac, tic, tac.......

Un saludo.

Paté.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

:= := := :=



Si hay que ir, se vá.....!

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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

ÚLTIMO CAPÍTULO (1ª parte)



Tchiripas Hagopis se encontraba al borde de la pista. Se había situado en un lugar estratégico, alejado del resto de presentes para, prismáticos en mano, poder observar con mejor perspectiva la trazada del piloto que aguardaba. De paso, la lejanía le facilitaba poder dar tragos de la pequeña botella de vodka que ocultaba en uno de sus bolsillos.

Se oyó un zumbido estridente a lo lejos. Un pequeño punto blanco se aproximaba a toda velocidad a la curva que daba paso a la recta donde él se encontraba. La moto, una TZ 250 de competición, iba guiada por un individuo, ahora su pupilo, de baja estatura, con una barriguita incipiente, impecablemente vestido de cuero negro, con un casco del mismo color con la inscripción C.G.T..

Al salir de la curva el motor dio síntomas claros de ahogo. Aquel aficionado no era capaz de mantener el motor al régimen adecuado de revoluciones. Llevaban cuatro días entrenando en exclusiva en aquel circuito y los avances eran escasos. Si de verdad pensaba ganar el campeonato regional, para sí poder llegar al nacional y curtirse antes de asaltar el Campeonato del Mundo, las cosas debían de cambiar mucho. Mucho, mucho.



XXXXXXXXXXXXX



Conoció al piloto meses antes en una tasca de Malasaña. Al parecer acababa de aterrizar de un largo viaje por los Estados Unidos. Según le contó “necesitaba una buena cerveza y un plato de boquerones en vinagre”. Y él, que ya llevaba encima medio litro de vodka, sólo podía asentir con la cabeza.

Recién aterrizado había llamado a su casa, no sin antes errar dos veces al marcar y contactar con “Chacinas Belmonte”, y fue recibido con cierta frialdad, con reproches y con algún síntoma de enfado de su mujer. Con el susto en el cuerpo, “¿que coño está pasando?”, se decía, pasó el rato deambulando por Madrid. Era una ciudad hermosa, llena de edificios interesantes y a punto estuvo de cometer el error de entrar en el Museo del Prado, pensando que aquella cola era para comprar churros con chocolate.

Siguió su paseo con la gran bolsa de lona negra, que era su equipaje. Vio a lo lejos una estatua que salía por la tele, una figura femenina a lomos de un carruaje tirado por dos leones. La diosa Cibeles, de algún modo le representaba, ya que representaba la naturaleza, las cavernas y las montañas, la fortaleza y las murallas, y sobre todo los animales, especialmente leones y abejas. Sin embargo estaba muy alejado del significado de “tierra fértil”, aunque de momento él ignoraba tal matiz.

Y tras ver otra estatua en otra plaza, esta de un peculiar carro en forma de concha marina tirado por dos hipocampos, y con un fulano que sujetaba un tridente en una mano y una serpiente enrollada en la otra, mientras focas y delfines parecen surgir del mar de mármol toledano, acabó en un barrio típico, con docenas de bares, pintadas en las paredes, carteristas, meretrices, y gente de barrio comprando en los ultramarinos, saliendo con sus botellas de Cariñena, sus litronas de cerveza, frascos de aceitunas, y filetes de merluza envueltos en papel de estraza.

Y muerto de sed entro en una tasca. Allí pidió una jarra de cerveza, tirada por un camarero con experiencia, con un palillo entre los dientes, un trapo colgando del hombro, las uñas sin brillo y con un ligero color entre amarillento (del Ducados) y con la roña justa para no resultar repulsivas. Los boquerones llegaron por un ventanuco de la cocina, donde una mujer desaliñada, con el pelo sujeto con una pinza de ropa, se afanaba con un puchero donde se guisaba rabo de toro y con una sartén donde preparaba una comanda de tortilla de ajos frescos.

En el otro extremo de la barra de acero inoxidable, que dejaba ver numerosas y minúsculas abolladuras al trasluz, fruto de largas veladas de chatos de vino y cañas, de desayunos de café con leche y porras, de pincho de tortilla, y bocata de calamares, estaba Tchiripas Hagopis con la mirada perdida.

Clemente debía charlar con alguien que entendiera su idioma. Estaba harto de tener que hablar en extranjero y se acercó a aquel tipo alto, fuerte, de pelo cano, con el pulso tembloroso, con las venas de las manos y de las mejillas marcadas y enrojecidas. Un alcohólico de libro. Los veía tan a menudo que los detectaba al instante, sin necesidad de sentir su aliento pestilente.

En cambio Tchiripas Hagopis, no tenía mucho interés en que nadie viniera a sacarle de sus tribulaciones. Hacía unas diez semanas que había desembarcado del mercante en Algeciras. Estaba harto de ser ayudante del mecánico que se encargaba de la sala de máquinas del mercante con bandera panameña, propiedad de un consorcio griego-ruandés, y de capital belga, y harto de la engrasadora que debía usar.

Su mente vagaba en su pasado. De cuando veía como su abuelo alabardero fabricaba con sus fuertes manos las sillas de montar y el resto de aparejos para las monturas que le encargaban los paisanos de Joliskis en su Lituania natal. Su vida transcurriría desde entonces ligada a toda suerte de bestias. Cuando tuvo edad fue llamado a filas. Allí el destino le envió al regimiento de caballería, donde pasó al cuidado de medio centenar de mulos, junto a otros reclutas. Dos años más tarde fue licenciado. Tardó semanas en desembarazarse del olor a estiércol, y nunca dejaron de dolerle las costillas que le fracturó de una certera coz una de las mulas. Encontró trabajo en unas cuadras debido a su única experiencia laboral. Fue ejercer de mamporrero su principal cometido.

Cuando fue capaz de ahorrar para un billete de tren, ya tenía claro que no quería que su destino estuviera ligado a nada que tuviera que ver con cualquier tipo de fauna. Observó en la estación de tren que muchos desgraciados como él subían de polizones en un tren de mercancías. En vez de dedicar el dinero en el billete compró dos botellas de vodka. Seguro que ayudaría a un viaje mas confortable y caliente, que mitigara los efectos del intenso frío y de la nieve que caía con abundancia.

De noche el convoy se puso en movimiento. Docenas de miserables salieron de la noche y se encaramaron a los vagones. Corrió con todas sus fuerzas, era un hombre fuerte, y cuando estaba a punto de lograr asirse al vagón tropezó y cayó al suelo. Para cuando pudo levantarse el tren había partido. Maldijo su fortuna y se bebió de un trago media botella de vodka. Notó que los efectos del alcohol le reconfortaban y le mareaban a partes iguales. Dos vagones estaban en una vía muerta. Eran dos vagones muy coloridos con grandes letras que la noche cerrada y los copos de nieve impedían leer. Terminó la botella de otro trago y la arrojó al suelo. A lo lejos unas linternas se acercaban, sin duda eran policías, o empleados de los ferrocarriles que buscaban polizones. Como no le venía bien una tunda de palos, corrió dando trompicones y se metió medio inconsciente en uno de aquellos vagones y ya en su interior, su agotado cuerpo entró en estado de profundo sueño.

No podía saber cuanto tiempo estuvo inconsciente. Era imposible. Empezó a tener consciencia de que el tren se movía acompasadamente, y el aroma que entraba en sus pulmones le era familiar. Cuando abrió los ojos, tuvo que cerrarlos fuertemente y volver a abrirlos. La primera imagen que tuvo, no era real, no era de este mundo.

Estaba tumbado entre la paja y el estiércol y junto a dos pequeños elefantes asiáticos. Milagrosamente no le habían aplastado la cabeza. Uno de ellos comenzó a orinar. El fuerte chorro, de olor acre, terminó de convencer a Tchiripas que sería buena idea incorporarse. Ya de pie se acercó a una de las ventanas del vagón y asomó la cabeza. Pudo distinguir que aquellos dos vagones estaban enganchados a una larga fila que componían el convoy que trasladaba un circo de una ciudad a otra. Seguía nevando. El paisaje que veía podría ser adecuado para un pintor inspirado, pero no invitaba en absoluto a abandonar el vagón. Se acomodó en un rincón donde creía que estaba a salvo de los paquidermos y pasó el rato maldiciendo su destino ligado a toda suerte de animales. En un momento dado el tren se detuvo. Volvió a mirar por la ventana y vio como una docena de empleados del circo se dirigía a determinados vagones para hacer algún tipo de intervención. Sin duda estaban alimentando a las fieras que transportaban. No cabía duda cuando abrieron el otro vagón que estaba en la estación e introdujeron en su interior dos pequeñas cabras que al poco eran pasto de la afilada dentadura de un par de ejemplares de tigres siberianos. Gracias al destino no se había colado en aquel vagón.

Cuando tres empleados llegaron a su vagón y abrieron la puerta se toparon con su presencia. Desafortunadamente para Tchiripas eran el hombre forzudo, el domador, y un payaso que resultó ser el más agresivo de todos. Tras una breve paliza, fue abandonado en medio de la nada y el tren recobró su marcha cansada. No tenía otro remedio que emprender camino. Seguiría las vías del ferrocarril hasta topar con algún lugar habitado. Medio día más tarde estaba exhausto. Apenas le quedaban en su zurrón una cebolla, un chusco de pan mohoso, y un pedazo de queso. Paró a ingerir el alimento, y de paso a dar un trago de vodka que le mantenía caliente. Ceso de nevar, e incluso unos claros parecieron abrirse en lo gris del cielo. Podía ver el horizonte, ahora que los copos de nieve no caían. La nieve le llegaba ya hasta las rodillas, pero se consideraba afortunado.

A unos dos kilómetros se apreciaba el humo que salía de la chimenea de una gran casa. También pudo ver como a ella llegaba un tractor ruso tirando de un remolque. Puso rumbo a la única esperanza de sobrevivir que tenía. Tres horas más tarde estaba en la entrada de la casa. Era una casa vieja, sin duda una vivienda de agricultores, ya soñaba con un cobijo y un plato de sopa caliente, o de leche hirviendo.

Fue avistado por uno de los habitantes. Le saludo alzando un brazo y fue recibido con los honores propios de un disparo de fusil. Aquí Tchiripas se derrumbó, no por el acierto del tiro, sino por su jodido destino. Se dejó caer al suelo embarrado llorando como un niño. La mala suerte se cebó en él y en la caída se rompió la botella de vodka. Se desmayó.

Cuando despertó estaba cubierto por una manta roída y maloliente. Una mujer mayor que blandía un viejo fusil de la segunda guerra mundial, le observaba a lo lejos. A su espalda, dos ancianos le escoltaban. Uno de ellos tenía los pantalones meados, y el otro sujetaba con fuerza una especie de guadaña oxidada.

La vieja les dijo algo, y uno de ellos volvió al poco con tazón de patatas hervidas que nadaban en sopa de remolacha. El anciano se lo acercó y Tchiripas rompió a llorar de nuevo. Se comió la sopa lentamente y la saboreo, incluso disfrutó con su sabor repugnante.

Dos jornadas más adelante cuidaba de centenares de patos y gansos de una granja vecina. El hijo del propietario había fallecido de un infarto y necesitaba ayuda. No le pagaban, tan sólo le proporcionaban cobijo y comida. No era precisamente una situación muy halagüeña y estaba muy alejada de su intención de conseguir dinero para emigrar a Alemania y sobre todo de su promesa de no trabajar jamás con animales.

Una tarde que se acercó un viejo Magirus-Deutz para llevar pienso para los gansos, le pidió al chófer que le llevara a la ciudad. Resulto ser un hombre agradable y tan adicto como él al alcohol. Les costó dos días llegar a la urbe. De noche se tumbaban el uno junto al otro en los asientos del camión, que seguía con el motor en marcha y trataban de dormir ateridos de frío. Aquel motor refrigerado por aire no alcanzaba temperaturas muy elevadas al ralentí y apenas dejaba entrar un pequeño chorro de aire templado.

En el destino, su compañero de viaje le presentó al propietario de una empresa de transporte para ver si tenía alguna vacante y poder trabajar de conductor. La suerte estuvo de su lado, aunque no del todo, y pudo comenzar de camionero transportando ganado en un destartalado Mercedes-Benz en un recorrido fijo de doscientos kilómetros que costaba cinco días entre ida y vuelta, debido al estado de las carreteras y caminos. Al menos tenía un sueldo, que gastaba en vodka y putas. Lo de ahorrar para el viaje estaba apartado de momento.

Cuatro meses más tarde, el invierno empezaba a remitir, y las condiciones de las carreteras mejoraron, lo cual le permitió hacer mayor número de viajes y ganar algo más de dinero, que seguía gastando en putas y alcohol. Se enamoró de una prostituta armenia, y se fugaron un día martes de Abril. Tuvieron que esconderse del dueño del burdel que tenía fama de ser hábil con el cuchillo, pero fueron descubiertos y e la pelea que siguió al fatal encuentro, el chulo mató a su chica y él tiró de un puente al individuo. Desafortunadamente el río bajaba furioso a causa del deshielo, y el proxeneta no sabía nadar. Su cadáver aparecería cuarenta kilómetros mas abajo y cuando fue descubierto, fue arrojado de nuevo a la corriente por la mujer que le había encontrado, no sin antes quitarle los dos anillos de oro que aún portaba en la mano.

Tchiripas Hagopis, puso píes en polvorosa, ya que era consciente que aquellos individuos no perdonaban que alguien les robara la “mercancía”, y él lo había hecho y además se había cargado a uno de los suyos.

Un compañero de la ruta lo llevó consigo. En una gasolinera otro transportista le condujo aún más lejos y en un par de días estaba en Estonia. Su plan consistía en conseguir formar parte de la tripulación de un mercante que le llevara a la Europa civilizada.

El no tener papeles en regla, ni permiso de trabajo, le facilitó mucho conseguir empleo. Las grandes navieras preferían indocumentados, así conseguían ahorrar en sueldos, y si sufrían algún accidente fatal en la travesía, bastaba con tirar el cuerpo a las calderas, o al mismo mar para ser comida de los bancos de bacalaos. En caso de resultar heridos de gravedad, con pegarles un tiro bastaba a sabiendas que nadie repararía en su ausencia.

Trabajó en distintos barcos. Ninguno de ellos recaló en la Europa civilizada. Su primar travesía le llevó a Terranova. La segunda a Brasil, la tercera que estuvo a punto de naufragar en el Cabo de Hornos a causa de una horrible tempestad, le llevo a el puerto del Callao en Perú a por un cargamento de guano, de allí a Indonesia, para volver a Filipinas y las siguientes quince expediciones, en tres barcos distintos, no le sacaron del Indico.

La siguiente travesía le llevó a Djibouti un minúsculo país rodeado de los países mas desaconsejables del mundo. Allí, en puerto, estuvo a punto de fallecer atropellado por una grúa manejada por un idiota que iba absorto en sus rezos sin prestar atención al manejo del vehículo.
El jaleo que se formó cuando Tchiripas le rompió la cara con un gran martillo fue memorable, al final se enfrascaron en una pelea europeos contra africanos y asiáticos, musulmanes contra cristianos u ortodoxos, negros contra blancos y amarillos, y barbudos contra imberbes. Al final del tumulto nadie sabía si pegarse con el que tenía enfrente o abrazarle.

Cuando Tchiripas estaba a punto de sacudirle con el mismo martillo a un fulano que tenía enfrente, le oyó insultarle en su idioma y tuvo que reprimir el golpe y pegarle a un agente de policía que intentaba en vano detener la trifulca, que ya ocupaba a un centenar de marinos, transeúntes y policías.

Ambos se saludaron al conocer que eran compatriotas, y ambos estaban acostumbrados a escabullirse de situaciones complicadas, algo innato a cualquier ciudadano comunista. Minutos más tarde estaban en la cubierta de un paquebote desternillandose de risa, observando desde la lejanía como ahora los heridos se amontonaban en el muelle, como los policías se ensañaban con los que aún podían moverse, y como varias columnas de humo adornaban el horizonte.

Su nuevo amigo se llamaba Angosturas Turmix, era de Vilnus, cerca de Bielorrusia y era miembro de la tripulación de un barco de bandera gibraltareña, de una naviera monegasca y de capital francés y sueco. Charlaron amigablemente y al poco ya estaba contratado en dicho barco. Debían cruzar el canal de Suez, descargar la mercancía en Malta, llenar los depósitos de combustible de un barco pirata en alta mar, y de allí ir a Marsella para cargar toneladas de trigo con destino a Venezuela.

Todo iba bien hasta que las autoridades francesas impidieron el atraque en sus puertos al detectarse que algunos de los tripulantes estaban infectados de cólera y fueron desviados a un país menos estricto, concretamente a España, al puerto de Algeciras, donde no habría problemas.

Angosturas falleció a la altura de las Baleares. Su cuerpo arrojado al mar para que los bancos de sardinas se pusieran las botas y cuando las autoridades españolas impidieron acceder a puerto al mercante. Tchiripas no tuvo otra opción que lanzarse al agua y llegar a nado a las costas españolas.

Tras un breve periplo por Andalucía, llegó a Madrid y ahora se encontraba borracho, ensimismado en su vida, en sus problemas, aguantando las preguntas de su interlocutor que era un tipo curioso con una cicatriz apenas perceptible en la oreja derecha y ávido bebedor de cerveza.

Clemente entendió que su vecino de codo en barra, era un mecánico de primera, que sabía tratar con equipos de gente y gestionar situaciones de riesgo. En realidad Tchiripas le había intentado hacer saber que odiaba haber trabajado de mecánico en un barco, que odiaba en mayor medida cualquier tipo de rebaño y que le buscaba la Interpol.

Al despedirse Clemente le dio su dirección, su teléfono, y un abrazo. Tchiripas se desplomó acto seguido y sacado por el camarero a la calle, donde durmió la mona dentro de un contenedor de basura.



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La moto ahora aullaba a tope de revoluciones en la recta. Era una moto comprada en Estados Unidos. Su piloto había fallecido en Willow Springs en la disputa de una carrera local. Tras ganar la carrera, estuvo largas horas al sol celebrando la victoria, y sufrió un golpe de calor falleciendo días después en el hospital.

Tchiripas observaba a su piloto que era capaz de estrujar el motor en las zonas rápidas y dejarlo desfallecer en las curvas. Curvas que eran tomadas con poca pericia y en ocasiones con posiciones forzadas del piloto, que seguía sin tener muy claro a que lado sacar el cuerpo y la pierna, dándose la circunstancia que en ocasiones el cuerpo iba en una dirección y la pierna en otra, y de este modo la trazada era todo menos coherente.

Dos vueltas mas tarde el milagro se hizo realidad. El motor no sonó ahogado en la curva, el piloto tumbó al extremo y sacó la pierna del lado correcto. Más alto de vueltas, la velocidad de la moto era claramente mayor en la recta, y el piloto entusiasmado con su virtuosismo estrujaba el poderoso motor. A la hora de frenar, las referencias deberían haber sido modificadas, pero no fue así.

Cuando fue consciente de que llegaba demasiado deprisa al final de la recta un ataque de pánico se desató en el menudo piloto. Quiso tirarse en marcha pero le dio miedo de lastimarse, buscó una trayectoria alternativa siguiendo recto y la desestimó al ver que confluía con su amigo y jefe de equipo que le miraba atónito con unos prismáticos, y no tuvo más que tratar de tomar el viraje de la manera que fuese. Poco duró la alegría de su decisión. Tumbó todo lo que pudo, y en segundos la rueda delantera perdió adherencia y salió despedido por encima. El primer golpe contra el asfalto fue doloroso, el segundo también y el tercero y cuarto, absolutamente insoportables.

La máquina se destrozó al chocar contra una valla de madera de narra, el depósito de combustible describió una parábola extraordinaria y cayó en el aparcamiento contiguo donde comenzaron arder un autobús y varios turismos.

Tchiripas y el resto de personas que acompañaban al piloto fueron a auxiliarle. Para cuando llegaron ya estaban allí una ambulancia y los sanitarios ya estaban entubando al piloto. El médico hizo un gesto de preocupación, y preparaban un desfibrilador por si era preciso usarlo.

Inconsciente, roto, luchaba por su vida.

Entre la gente que acudió, se abrió paso su mujer. Se llevó las manos a la cara y lloró. No podía perderlo. No podía. Ahora no, ni ahora, ni nunca. Le amaba con locura.


Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Feliz Año, amigo Pate, espero sinceramente que tengas un año estupendo y se solucionenm tus problemas, aunque también un poco egoistamente porque estoy deseando leer la continuación

:XX: :XX:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Me alegro de volverte a leer
Espero que todo se solucione
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