EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

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anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

:ala: Que imaginación
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO CUATRIGÉSIMO OCTAVO



Caribe, consejos y carreras. IV y último.




El director del hotel miraba incrédulo el estado de la habitación de Clemente. Estaba claro que una fuerza sobrenatural, quizás producto de la pequeña erupción volcánica, había terminado con todo el mobiliario, abierto un boquete en el techo desde donde se podía ver el cielo azul, ahora teñido de una leve capa de polvo grisáceo, esparcido los escombros por el jardín y arrancado de cuajo la gran bañera de estilo Pittsburgh que ahora aguardaba a ser rescatada de lo alto de un árbol de las calabazas, más conocido como Jícaro.

Clemente resoplaba a cada indicación del director, se pasaba la mano por la frente en clara alusión a los presuntos momentos terribles vividos en aquellos angustiosos minutos, y braceaba golpeándose en los muslos continuamente. No cabía duda para el encargado de la gestión del hotel que aquel individuo había vivido una situación extrema que le había llevado al borde del abismo y que les iba a “crujir” con una demanda y debía por todos los medios compensar el desastre y hacer que desistiese del empeño de destruir la reputación del negocio y la suya própia.

Por la mente de Clemente en cambio paseaba la idea de verse envuelto en una denuncia por destrozos y deseaba por todos los medios que aquella molesta visita terminase. Y terminó cuando aparecieron unos empleados a recoger su equipaje, exiguo a más no poder, y le invitaron a salir del lugar del siniestro. Caminando por el pasillo iba pensando como serían las celdas de los presidios de la isla, lugar al que creía que le trasladaban y se vio de pronto entrando en una de las mejores suites de todo el Caribe.

Tan grande como su piso de España. Y además con mayordomo a su servicio, un mayordomo con ciertos aires de suficiencia, y que le observaba como si él fuera alguien no merecedor de tanto agasajo. Pudo entender que podría solicitar lo que quisiera y cuando quisiera que sería atendido.

-¿Boquerones en vinagre?- dijo -y una San Miguel, ¿a que no hay cojones?......-.

-¿Caviar Beluga, Veuve Clicquot........?- contestó el mayordomo sintiéndose retado.

-Eso hay por todas partes.......¿una gaseosa La Casera y vino de Cariñena?- replicó.

-¿Trufa italiana, quizás?,señor-.

-Anda, déjate de chorradas y dile a la cocinera que me haga un par de huevos fritos, con patatas fritas, y alguna salchicha, que seguro que no tenéis Guijuelo por aquí......mucho lujo, mucho lujo.....¡Lo que tenéis que aprender “marcelinos”!. Hay que viajar más...- concluyó Clemente.

Y acto seguido le indicó al mayordomo que dispusieran en la salida la moto, que la limpiaran, que le llenaran el depósito de combustible, “aceite del bueno pa la mezcla, que os veo venir”, que en cuanto diera buena cuenta de los huevos fritos se iba a dar una vuelta por la isla, que era de nuevo un lugar seguro, que de paso visitaría a un buen amigo en el hospital, un tal Mortadelo, y que le prepararan, mejor aún, que le enviaran al hospital de la montaña, una botella de buen whisky y que la llevara una mujer que tuviera la moral distraída con ordenes explicitas de darle un revolcón al muchacho. Y soltó un billete de cien para pagar la discreción.

Al poco, el mayordomo del hotel le dio una botella de whisky y diez dólares a una íntima amiga de su mujer, la envió al hospital de la montaña a cumplir con la misión de darle una alegría carnal al interno. Resultó un tanto engorroso dar con la persona receptora de tanto cariño, que debía tener el nombre de alguien que salía en la tele, según informó Clemente, pero al final pudieron dar con el señor Pluto Vázquez, que a decir verdad no pudo saborear las mieles del regalo al encontrarse sedado. No obstante la amiga de su esposa cumplió con su cometido con total dedicación para alborozo del resto de pacientes de la sala y la botella de whisky quedo en la mesilla anexa esperando mejores momentos. Al menos tres internos tuvieron subida de tensión y uno de ellos entró en paro cardíaco.

Clemente salió dispuesto a paladear las carreteras de la isla. La ciudad le resultaba aburrida, quitando el pique con aquel mulato, no había nada interesante que hacer y se llevó la sorpresa de su vida.

El director del hotel había hecho devolver la Jawa al taller de Benoit Renoir, había abonado la factura, y había hecho traer una moto nueva para el disfrute del huésped que a todas luces les iba a demandar y le costaría su puesto de trabajo. Era una flamante Honda CBX 750 F, una moto a estrenar en toda regla que tenía el hotel, junto a un Maserati Biturbo, y un Jaguar XJ, para los clientes VIP que necesitasen una dosis de adrenalina o simplemente recorrer la isla. Huelga decir que el Maserati solía volver casi siempre en grúa, ya que su fiabilidad no era compatible con la vida real.

-¡Ostias!.....- dijo Clemente al ver la reluciente moto gris metalizado con bandas negras.

-¿Perdón señor?....- respondió el mayordomo.

-Nada, nada, digo que buena moto...-

-Si, señor, 97 caballos de pura emoción....a su disposición, señor. ¿Demasiado para usted tal vez?- ironizó el sirviente.

-¿Cómo?, sepa usted que yo tengo en mi casa una Ossa Yankee. Calidad española, como las navajas de Albacete, y eso son palabras mayores. Y esta “trucada”, carburación, escapes....un tiro. No creo yo que esto pueda asustarme- espetó con firmeza.

Y Clemente intentó subirse a la moto. Gracias a la providencia lucía uno de sus bañadores que le permitían levantar la pierna con agilidad, pero.......siempre hay un pero, de nuevo una de las chanclas salió despedida. Un rápido gesto del mayordomo a uno de los botones hizo que en apenas medio minuto, mientras Clemente buscaba la chancleta entre las rosas del jardín, tuviera disponible un surtido de zapatillas de tela blancas con el logo del hotel.

Sacudiendo la cabeza rebuscó entre todas las de su número, y se las calzó.

-Sólo por no faltar a su cortesía. Seguro que me dan calor-.

Y agradecido en su fuero interno a tener un calzado adecuado, unas bambas del estilo a las Ked´s de toda la vida, esta vez si que pudo subir a la moto con facilidad. Y allí “arriba”, ya que era una moto alta para su estatura, tocaba bajar la moto del caballete, no sin antes poner el motor en marcha. Giró la llave y las lucecitas del gran cuadro de mandos se encendieron. Instintivamente, como hace un motero con solera, pulsó el botoncito que debería arrancar el motor, y consiguió hacer sonar la bocina, “hay que asegurarse de que funciona el pito, que luego todo son disgustos”, cambió las luces de cruce a carretera, puso los intermitentes, cortó el encendido, y por fin el motor cobró vida.

El mayordomo, el recepcionista, Bárbara la del bar que miraba con deseo a aquel individuo tan sorprendente como bizarro, y varios botones no querían perderse el espectáculo de ver partir a aquel individuo achaparrado con aspecto de portero de sala de juegos clandestina, o de buhonero de páramos aislados, o de apostador en peleas de gallos, con aquella máquina que a todas luces le venía grande. En todos los aspectos.

Y ya con la moto en marcha, sabiéndose analizado por aquella cuadrilla de fulanos deseosos de partirse la caja a su costa, cosa que era cierta con la excepción de la barman que tan solo deseaba que no sufriera ningún daño, dio un golpe de cuerpo hacia delante para que la moto cayera al suelo. Y así sucedió. La moto bajo dócilmente de su pedestal, mientras en angustioso equilibrio Clemente quedó colgando del asiento intentando poner pie al suelo. Apenas tocaba con las puntas de sus nuevas zapatillas, y lo hacía intermitentemente. Se descolgó del lado derecho, lo cual le permitió apoyar medio pie del mismo lado con cierta sensación de seguridad. Ahora ya pudo apoyar en la palanca del cambio tras apretar el embrague. Lo hizo tres veces ya que la suavidad del cambio le llevó a pensar que la marcha no estaba engranada, y cuando se convenció de ello, dio dos pequeños golpes de gas antes de soltar el embrague.

Fue una partida digna de un maestro. Con soltura, con suavidad, con absoluta sincronía recorrió el pequeño camino que incorporaba a la calle de la colina. Y se incorporó a la circulación con la misma elegancia. Los curiosos que aguardaban una caída, un derrape, un grave accidente contra algún muro, coche o árbol de los que había por allí, se sintieron frustrados y sus caras lo reflejaban.

Y ahora Clemente iba colina abajo con cierta prudencia. Circulaba en segunda velocidad a casi cien por hora. El cosquilleo que le recorría el cuerpo desde la boca del estómago hacia arriba era emocionante. El aire en la cara le sabía bueno, “este aire me curtirá la cara y será bueno para la oreja, para que agarren bien las carnes”, y se sentía satisfecho.

Un rato mas tarde vio como rescataban el cadáver humeante de una señora de un Volvo que había resultado aplastado por una enorme piedra de color oscuro. Desconocía que los equipos de rescate tuvieron que esperar horas a que la roca se enfriara un poco y poder manipularla para sacar a la señora Cardigan, que había pasado de ser una inminente heredera, a ser un pedazo de carne cocinada a la piedra que dejaba a un esposo que lloraba de manera inconsolable, al que se le habían esfumado de un plumazo los planes de ir de safari a Tanzania, de comprar una villa en la Toscana, de poseer una colección de grandes caldos y de encargar un De Tomaso Pantera rojo, mientras su rica mujer jugaría al bridge con sus amigas en una nueva casa de la lluviosa campiña inglesa lo más lejos posible de su “dolce vita”.

Y ahora que la carretera se tornaba más lineal en los arrabales de la ciudad, Clemente tuvo la ocurrencia de acelerar a fondo en segunda velocidad. Rememoró la misma sensación de cuando condujo aquella Kawasaki años atrás en el sur de Francia, cuando viajaba en la Sanglas rumbo a Inglaterra. La sensación de que una horda salvaje de dementes empeñados en desmontarle de la moto tirando de él hacia atrás. Todo eso mientras el viento golpeaba con furia en su cuerpo, mientras sus pies trataban de no perder contacto con los estribos, y mientras su puño era incapaz de volver a su posición original a la vez que su culo se deslizaba poco a poco en dirección a la parte posterior de la moto, y docenas de insectos se aplastaban en su cuerpo.

Pocas personas en el mundo, aún hoy en día, podrían explicar esa experiencia. La del sentirse sumergido en una aceleración descomunal. Tan sólo los privilegiados de manejar motos con potencias desorbitadas de más de sesenta caballos tendrían una explicación para la sensación de entrar en el nirvana motorista de la alta velocidad. Y Clemente era un señalado por el destino.

Extrañamente sentía la necesidad de flirtear con el desastre, de acercarse al borde de un precipicio llamado “accidente”, la necesidad perentoria de no sucumbir a la tentación de serenar el trayecto. Enlazaba una curva detrás de otra. A un ritmo moderado de 130 km/h en tercera velocidad, algo que le permitía seguir jugando con abrir el gas a tope y sentir que un agujero negro le engullía. Las vibraciones, exiguas, en las manos, el omnipresente azote del aire en el cuerpo que parecía querer que los tucanes de su bañador salieran volando.

Adelantó sin piedad a destartalados camiones con brigadistas dispuestos a limpiar las zonas más afectadas por “el pequeño estornudo del volcán”, al cual se aproximaba a toda velocidad. Todo era verde a su alrededor. Una especie de túnel verde borroso, difuso y extravagante. La alta velocidad le impedía ver con nitidez ya que debía entrecerrar los ojos y eso acrecentaba el efecto pasillo de manera notable.

Pensó en Pepi. Y aunque sabía que su amada no era partidaria de montar en moto, ni siquiera de que él, “su hombre”, lo hiciera, creía firmemente que en esos instantes bellos gozaría del mismo modo irracional que lo hacía él en estos intensos momentos.

Un motero experto reconocería que ir de paquete en moto resultaría un acto de fe o una terrible inconsciencia. Pero cientos de personas lo hacen con asiduidad en una demostración de estupidez humana sin precedentes. Y Clemente se imaginaba a su bella mujer riendo, abriendo sus brazos al viento sentada tras él pilotando de manera perfecta aquella moto perfecta. En cambio no la imaginaba como en realidad debiera ser, renegando de aquellas máquinas estúpidas, insensatas, diseñadas por alguna mente enferma empeñada en hacerlas cada vez más rápidas, mas potentes, con mayores posibilidades de dejar un rastro de sangre y aumentar el volumen de negocio de las funerarias.

Y si ese bello momento, en el que Clemente se debatía entre el amor a su Pepi, y el amor desquiciado a las sensaciones que provocaba una moto tuviera banda sonora, él merecería la sedosa voz de Karen Carpenter entonando el “Top of the World”, y en cambio su chica pensaría en cualquier marcha fúnebre como lo más adecuado.

(Qué sentimiento me embarga,
hay algo de maravilla en todo lo que veo
ni una sola nube en el cielo, la luz del sol en los ojos
no me sorprendería si fuese un sueño.
 
Todo lo que deseé que el mundo fuese
ahora se hace realidad, solo para mi.
Y la razón es obvia, es porque estás aquí
eres lo más cercano al paraíso que he visto.
 
Estoy en la cima del mundo
observando la creación debajo de mi
y la única explicación que puedo encontrarle
es el amor que he encontrado
desde que estás por aquí.
Tu amor me ha puesto en la cima del mundo.
 
Algo en el viento ha aprendido mi nombre
y me dice que las cosas no son lo mismo.
En las hojas de los árboles y el roce de la brisa
hay un agradable sentimiento de felicidad.
 
Sólo tengo un deseo en mente:
cuando este día haya pasado, espero descubrir
que mañana será lo mismo para ti y para mi.
Todo lo que necesito será mío si estás aquí.
 
Estoy en la cima del mundo
observando la creación debajo de mi
y la única explicación que puede encontrarle
es el amor que he encontrado
desde que estás por aquí.
Tu amor me ha puesto en la cima del mundo.
 
Estoy en la cima del mundo
observando la creación debajo de mi
y la única explicación que puede encontrarle
es el amor que he encontrado
desde que estás por aquí.
Tu amor me ha puesto en la cima del mundo.)




Incapaz de introducir la cuarta velocidad de la moto debido a que la orografía de la isla no lo permitía, al menos para el nivel de exigencia y de pilotaje experto del que hacía gala, creyó oportuno circular a una velocidad que le permitiera poder leer los pequeños y barrocos carteles de los comercios que se cruzaba con la sana intención de descubrir uno con las tres mejores letras del panorama gráfico universal. Bar.

Y vio uno en forma de flecha que indicaba un pequeño carril empedrado que descendía por una ladera que tenía inscrita la palabra mágica junto a otras que no supo descifrar. “Beach, Grill Lounge and Bar”.

Tuvo que armarse valor, consciente de que la envergadura de la moto superaba lo adecuado para la suya y deseó que al final del trayecto pudiera encontrarse con algún apoyo para apearse sin dificultad, del mismo modo que con su bonita experiencia con la Ossa de campo en aquella bonita excursión que le granjeó grandes amigos y un buen final de jornada ganando a aquel buen muchacho, Amos Van Cleef, que terminó estrellándose con un cactus enorme que no tenía culpa de nada.

Y al llegar al final del trayecto se encontró con que el Bar estaba cerrado, el parking vacío y no había nadie. Eso sí, podía usar el bordillo de una isleta para la misión de apearse de la moto. No tuvo ninguna dificultad en hacerlo, y menos aún en poner la pata de cabra de la gran moto. La admiró unos instantes y tuvo que admitir que aquella moto japonesa estaba casi al nivel que las españolas. Quizás no de una Sanglas o de su Yankee, pero se le acercaba. Echaba de menos que la moto que miraba no hubiera dado ni un problema, ni siquiera tuviera un arranque recalcitrante, que vibrara un poco, para saber que estaba “viva”, y se preguntaba que necesidad había de poner dos faros en una moto, y que además iluminaran, cosa que desconocía, eso le quitaba emoción al circular de noche imaginando el trazado de la carretera.

No era mucho de playa, pero el ruido de las olas llamó su atención. Donde estuviera una buena paella en Peñarara, a la sombra de una encina, con el crujido de la leña y las chispas saltando en busca de prender en la hojarasca y desatar un devastador incendio, con un par de litros de cerveza ingeridos a tragos largos y fríos, con el maletero del 131 a rebosar de marisco fresco, de sandias para poner el fresco en el río, y sobre todo de buena compañía, como la de su esposa tumbada en una gran manta roncando a la hora de la siesta, que se quitaran todas las playas del mundo.

Allí no había arena que se metiera en lugares recónditos de la anatomía humana, no había balonazos con la pelota de Nivea del niño de la sombrilla de al lado, no había que darse crema pringosa, no tenía uno la obligación de tostarse al sol para volver ennegrecido y poder decir al vecino en el portal “venimos de Jávea”, al que le importa un carajo de donde vienes y solo le preocupa que él iba a meter ocho horas en la fábrica de ladrillos, junto a los hornos, y se cagaba en tu jornada de mar y playa.

Pero ya que estaba allí decidió acercarse a ese mar turquesa, pasear por la arena fina y blanca, donde palmeras en posiciones inverosímiles se suspendían sobre las leves olas, no sin antes aliviar la vejiga entre los matorrales del límite de la arena. Enredado entre las ramas pudo oír con nitidez un chapoteo en el agua que no era el batir de las olas.

Apareció de entre la vegetación para observar como una mujer rubia de ojos azules, que lucía un bikini de color crema y un ancho cinturón blanco del cual pendía en su costado izquierdo una funda con un gran puñal. Unas gafas de buceo brillaban en la frente tras haber cumplido con su misión. La chica llevaba unas grandes caracolas en cada una de sus manos. Parecían ser un trofeo importante.

-¡¡Buenos días moza!!- dijo Clemente.

La chica se asustó al verle, cosa nada extraña, y tomó el puñal con gesto amenazante.

-Tranquila, no voy a hacerte daño- dijo éste.

Y la mujer que no entendía el idioma de aquel tipo, sintió que no era una amenaza y enfundo de nuevo el arma blanca.

-Yo, Clemente, ¿y tu?-.

-Ryder......-contestó la mujer.

-¿Mande?- dijo frunciendo el ceño y llevándose la mano a la oreja recién estrenada.

-My name is Honey......Honey Ryder- replicó la rubia.

-¡Ah!.....Juani Ramis....ya, ya, estudié con un tal Alberto Ramis, ¿no serás pariente?-.

Obviamente la mujer no comprendía nada. Miró sus capturas en el preciso instante en que Clemente se fijaba en ellas. Sin pensárselo dos veces acompañó a la chica en su paseo por la playa y al terminar la breve caminata y antes de despedirse, cogió las caracolas y las lanzó al mar lo más lejos que pudo.

-Hazme caso moza, para un buen arroz, nada como unas chirlas o berberechos. Eso tiene pintas de ser muy basto. Vete a la plaza y si no encuentras, unos mejillones de la rías, te harán el apaño. ¡Hay que saber comer!, y sobre todo....beber-.

La chica permanecía atónita. Le había costado tres horas de inmersión conseguir las capturas, y ese malnacido se las había lanzado al mar sin contemplaciones. Los nervios le impidieron desenfundar la daga y darle su merecido. Para entonces Clemente se alejaba a paso ligero satisfecho de haber aconsejado convenientemente a la esbelta mujer. Llegó a la moto que le aguardaba en solitario. De nuevo el cosquilleo, de nuevo las ganas de enroscar el puño, de tumbar, de frenar al borde del caos, buscar los ápices de las curvas y salir con brío. De nuevo vivir.


XXXXXXXXXXXXXX


Corpuz Torpe había recalado en la isla una vez terminado el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial. Desde que Miguel de Legázpi tomara posesión de las Islas Filipinas en el siglo XVI los indígenas añadieron a su vocabulario una palabra que hasta ese momento no existía en su diccionario, el vocablo “problema”.

Durante el conflicto de mediados del siglo XX, el ejercito americano sufrió la mayor derrota de su historia. Tras el bombardeo de Pearl Harbor, el ejercito japonés aniquiló la fuerza aérea y naval estadounidense de las islas Filipinas y sometió a un bloqueo férreo de suministros que terminó cuatro meses después con la victoria del ejercito del Sol Naciente sobre el Ejercito Americano y sus aliados del ejercito Filipino y los Exploradores Filipinos, una suerte de ejercito popular expertos en situaciones complicadas.

Unos sesenta mil de estos soldados fueron tomados prisioneros y llevados a campos de exterminio. Caminaron durante largas jornadas sin agua ni alimentos. Los heridos, los que desfallecían o los que guardaban fuerzas para protestar, eran decapitados, o pasados por la bayoneta.

Alrededor de quince mil de estos prisioneros murieron en la tétrica peregrinación. Corpuz Torpe era un chico joven y fuerte y pudo sobrevivir. Pertenecía a los Exploradores Filipinos que tuvieron que rendirse en la península de Bataán. Cuando iba a ser trasladado a un campo de trabajo en Japón, pudo fugarse junto a un americano y sobrevivieron casi tres años en la jungla. Formaron un grupo de guerrillas con otros soldados que siguieron sus pasos y en heroicas hazañas realizaron acciones que poco a poco diezmaban a parte del ejercito nipón.

Concluido el conflicto, su compañero americano de fuga se instaló en la isla y le ofreció a Corpuz asociarse para fundar una plantación de frutas tropicales, y así nació la “Exotic Fruit Company”. Al morir el socio americano de una obstrucción intestinal, vendió su parte a una multinacional y se quedó con una pequeña parcela donde cultivaba papayas y mangos, que le permitían llevar una vida holgada.

Aquella tarde Corpuz y uno de sus empleados terminó de cargar su viejo camión americano con toneladas de cajas de mangos, con destino al puerto, desde donde zarparían en un mercante rumbo al continente. A pesar de llevar la etiqueta de “fruta recolectada en el momento óptimo de maduración”, la fruta estaba absolutamente verde y contaba con dos semanas de travesía para madurar en las bodegas del paquebote.

Corpuz se sentó al volante y tomó rumbo a la ciudad. Fumaba como un carretero y en esos momentos un pitillo colgaba de la comisura de sus labios. La tarde era espectacular y la paz y tranquilidad flotaba en el ambiente.

Corpuz tenía todo lo que un hombre puede desear, trabajo rentable, algo de dinero, un caballo, tabaco y un bar cerca de una casa confortable. También tenía esposa, cuatro hijos y otros problemas cotidianos.

XXXXXXXXXXXXXX


De nuevo sin muchas dificultades Clemente logró ponerse en movimiento. Pudo dar la vuelta en el vacío aparcamiento del bar y enfiló con decisión la pequeña pendiente que llevaba a la carretera. Deseaba que no hubiera tráfico que le obligara a tener que detenerse en el rubicón, pero sus deseos no se vieron cumplidos. A poca velocidad se acercaba un desvencijado camión Brockway 147 cargado con fruta. El sexagenario que lo guiaba estaba más pendiente de prender un cigarrillo que de la conducción. De pronto vio aparecer por su lado izquierdo una gran moto que trataba de incorporarse a la vía.

El hombre que la conducía, ¿era un hombre o un mono?, parecía haber perdido el control de la máquina al no poder poner píe en tierra al detenerse, eso le obligó a acelerar con fuerza y a una sola rueda se incorporó a la carretera.

Corpuz dio un volantazo y el viejo camión se bandeó debido a su sobrecarga. Instantes después choco lateralmente contra la vivienda de unos paisanos y tras destruir el muro cruzó el camino, derribó un establo, dos postes de luz y se dirigió a la cuneta, donde volcó desparramando la carga de fruta verde colina abajo, que terminó obstruyendo los colectores de la única depuradora moderna de la isla.

Para cuando Corpuz pudo salir del amasijo de hierros que había sido su camión, Clemente ya estaba a varios kilómetros de allí. En su loca huida adelantó a una pareja de belgas que habían alquilado en el taller de un francés una magnifica y humeante Jawa. Pasó tan cerca de ellos que cuando estaban siendo atendidos por el personal de la ambulancia confesaron que se sintieron adelantados por una nave espacial, e incluso la mujer que se encontraba en un estado de zozobra dijo que pensó que el volcán había vuelto a estornudar y que lo que les había adelantado era la onda expansiva de la erupción. Fue tal la impresión, que el chico que conducía la moto perdió el control de la misma y se vieron en el suelo dando vueltas. Ambos presentaban heridas superficiales debido a las rozaduras en todo su cuerpo, y ahora maldecían no haber alquilado un viejo coche que les ofreció el mecánico.

-Nos sentará bien el aire fresco- había dicho el belga.

-Si. Además me pondré morena- dijo ella, que ya lucía el típico color rojo cangrejo al que se pasaba del blanco original de quien vive en un país de clima infame cuya mayor gesta era la de ser asilo de traficantes de arte, de armas, evasores de impuestos, proxenetas, dictadores y cualquier bandido con cierto reconocimiento internacional e inventores de los mejillones al vapor como culmen culinario.

El trayecto hacia el hotel de Clemente, ya no tuvo mayores dificultades. Es cierto que la incorporación a la carretera gozó de ciertos problemas. Por el rabillo del ojo se percató que un viejo camión se acercaba a poca velocidad. La mente fría y calculadora de un experto motorista determinó que si aceleraba con decisión, podría salir con ventaja y así evitaría tener que adelantarlo en circulación. La mente privilegiada no tuvo en cuenta diversos factores, como el pequeño bache que había antes del cruce, el exceso de potencia, y la baja estatura que impedía asegurar la detención con solvencia. De tal modo, la moto en plena aceleración atravesó el bache y las leyes físicas hicieron su trabajo impulsando la moto hacía arriba. Fue una maniobra electrizante por su precisión, por su ejecución perfecta, aunque involuntaria, por su solvencia. Una obra de arte del equilibrio inestable, la culminación de la tarea de ser un motorista aficionado a ser un profesional.

De camino lo más reseñable fue el atropello mortal de una Epictia Magnamaculata o culebra negra ciega, que obviamente no vio venir la moto a toda velocidad, y que dado su color mimetico con el asfalto, no pudo ser esquivada por Clemente.
Ya en el hotel, aparcó la moto tras apoyarla en el precioso Jaguar XJ de color plata, color corporativo, que desde ese momento luciría unas magnificas rayaduras en el costado y se dirigió a pasar su última noche en la isla. Al día siguiente tomaría un avión rumbo a Miami, y de allí, pocas horas más tarde, un vuelo a Madrid, a pocas horas de su hogar. Y de su amada.

A docenas de kilómetros de allí, media docena de Teckel seguían su loca carrera buscando lugares más seguros donde escarbar y sobrevivir. Fueron adelantados y sobrepasaron a centenares de topos, conejos, ratas y toda suerte de alimañas que buscaban el mismo objetivo.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Antonio1968
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por Antonio1968 »

Estupendo.
Con el tiempo un verdadero motero conoce la diferencia entre saber el camino y respetar el camino. ...
anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

:face:
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Te sigues superando, no se como lo haces 8O

:plas: :plas: :plas: :plas:



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO CUATRIGÉSIMO NOVENO


¡A casa! (1ª parte)



Al Manzini se había mudado a su nueva casa en Florida. Siendo precisos se podría decir que había mudado de vida. Atrás dejó una actividad profesional exigente, intensa y a la vez apasionante. Si bien en sus recuerdos aparecían momentos duros, que implicaban perdidas humanas, amores destruidos y multitud de tropiezos, disfrutó de viajes apasionantes, de intrigas palaciegas, de sobornos lucrativos, de días de vino y rosas que compensaban el esfuerzo.

Y varias veces al día la inquietud se apoderaba de su mente. Y el estómago se le cerraba y en un ejercicio de control mental, lograba no sin esfuerzo, apartar de su cabeza la sensación de que aquel cadáver que identificó sin lugar a dudas como el del terrorista que persiguió incansablemente durante semanas, no era en realidad el individuo que buscaba. Pero la solución más practica era decir que no cabía duda de que aquel cuerpo machacado por la gigantesca cristalera se correspondía con la del fugitivo. Y cuando lograba hacerlo, cuando conseguía aceptar que el probable error no importaba, la vida seguía a un ritmo apacible.

Nueva casa con jardín. Un coche nuevo en el garaje, un fantástico Ford Bronco ´86 de color azul dotado de enganche para remolcar su también nueva Jeanneau, y nuevos vecinos a los que contar mentiras acerca de su pasado, “me dedicaba a inversiones inmobiliarias”, solía decirles, “con gran éxito”.

En unas horas pondría rumbo al aeropuerto donde debía recoger las últimas pertenencias personales que había decidido llevar a su nuevo domicilio, informes confidenciales, un revolver, un colgante de oro recuerdo de una misión en Cuzco, un rosario, y dos ceniceros en forma de tortuga. El paso final para terminar su antigua vida. Un solo paso para la felicidad. Borrón y cuenta nueva.



XXXXXXXXXXXXXX



Estaba Pepi despachando asuntos económicos con su contable. Mientras tanto Nancy guisaba unas patatas a la riojana. El chorizo olía estupendamente, sin duda Chazinas Belmonte se había superado y decidió incrementar la dosis en el puchero. Sabía que esa comida estaba ayudando a que su amiga incrementara su peso gramo a gramo, pero tenía la certeza de que prevalecía el bienestar psicológico al físico, y además contribuiría a que su esposo fuese dichoso con el resultado.

Cuando sonó el teléfono Pepi recibía el resultado de su contabilidad. Podría decirse que eran ricos y de algún modo se sintió azorada. Descendía de una familia humilde y con pocas ambiciones. Su hermano, que nuevamente padecía un ataque de gota, gozaba de un puesto de trabajo que le satisfacía. Disfrutaba examinando jóvenes, y no tanto, del carnet de conducir, pero alcanzaba el zenit cuando uno de ellos cometía una estupidez que le condenaba al suspenso.

Se le reconocía como uno de los funcionarios mas estrictos de la nación. Llegó a suspender a una alumna que padecía un tic nervioso que le provocaba repetidos parpadeos, aludiendo a “no prestar la debida atención a la conducción” y cuando esta replicó añadió en el expediente que “amenazó al examinador”, lo cual provocó una denuncia por tales manifestaciones y la desgraciada fue detenida y pasó dos noches en comisaría. Su patología se agravó y tuvo que desistir de obtener el permiso de conducir. La sobrina del policía que detuvo a la infeliz, aprobó al día siguiente a la primera a pesar de circular en dirección prohibida y estacionar sobre una acera tras arrollar el carro de un barrendero.

Su padre se ganó la vida de carbonero. Pesados sacos eran acarreados en su espalda y llevados a los domicilios de los más pudientes, que desgraciadamente solían vivir en pisos altos. La madre, como era habitual, se encargaba de las labores domésticas. Ninguno de los dos sobrevivió para ver a su hija triunfar en la vida. Atrás quedó el desespero de los progenitores, “nunca casaremos a esta gorda, nadie querrá afrontar el gasto en comida de tu hija”, decía el padre, “es igual que tu madre”, replicaba la mujer, y ambos se odiaban cordialmente durante unas horas.

Y Pepi cogió el aparato y oyó de nuevo la voz de su marido. Ya casi no la reconocía. Tuvo que sentarse en el sofá de la emoción. Se llevó la mano a la tripa en un gesto emocionante.

-¡Por fin!. No sabíamos nada de ti.....-.

-Todo bien. Mañana cojo un avión, y en un par de horas cojo otro que me lleva a España. Ya te contaré todo, aunque tampoco hay mucho que contar, la verdad. ¿Van bien los grifos de cerveza?-.

-¿Sólo te preocupa eso....?, ¿nada más?- sonó a reproche.

Un buen marido sabe reconocer que su mujer está molesta. Y un buen marido inteligente sabe que debe en ese preciso momento enmendar su error. Por eso Clemente no tuvo nada coherente que decir que decir y balbuceó una especie de frase ininteligible que incluía las palabras “amor”, “embarazada”, “te necesito”, “mi vida”, “cansancio” y “ el motocarro de tu padre”.

-¿A que hora llegas a España?- dijo ella algo más sosegada.

-No sé. Tarde-.

-Pero sabrás a que hora llegas, ¿no?- volvió a perder la compostura.

-No tengo reloj a mano-.

-¡Por dios!, me pones nerviosa. Lo pondrá en el billete, ¡mira, joder!-.

Y de nuevo sospechó que algo no iba bien. Y no iba. Así que le dijo que se pondría en contacto con ella cuando llegara de nuevo a Estados Unidos, y Pepi se desesperó de nuevo, pero sacó su legendaria paciencia y el amor infinito que sentía por aquel ser humano tan especial. Lejos de derrumbarse, cosa que hubiera sido muy lógica, fue a por un bocadillo de sobrasada con queso y se calmó.




XXXXXXXXXXXXXX




Una pequeña embarcación a vela fondeaba no muy lejos del puerto, justo donde el saliente de tierra impedía ser vista. A bordo el señor Cardigan, que había pasado en un momento aciago de ser un inminente heredero consorte, a tener que conformarse con su tediosa y poco lucrativa vida. No es que fuera un hombre pobre, ni siquiera que pasara apreturas, o que debiera privarse de algún capricho mundano, pero se había imaginado a bordo de su De Tomaso Pantera, recorriendo la Toscana, en busca de alguna bodega recóndita donde poder paladear buenos caldos en compañía de alguna rubia de bote treinta años más joven. Y ahora sus planes habían quedado sepultados por una gran roca volcánica. Desesperado, incapaz de encontrar las fuerzas necesarias, había decidido poner fin a su existencia. Horas antes había alquilado la embarcación con el pretexto de poder tirar las cenizas de su esposa al mar, y ahora aprovechaba las circunstancias para poner fin a su vida.

Desenfundó la pistola. Era una Luger P08 de la segunda guerra mundial. La cogió en la Batalla de las Ardenas, en la navidad de 1944 siendo un muchacho, cuando el soldado alemán que le apuntaba con ella y estaba a punto de meterle una bala entre ceja y ceja, fue decapitado por la metralla de un obús. La cabeza desapareció grotescamente y el cuerpo del infeliz permaneció de pie durante unos instantes blandiendo el arma, antes de desplomarse sobre él.

Y ahora aquella reliquia que había permanecido lustros en un cajón de una vieja cómoda del desván, estaba en su mano. Mano que apuntaba a su sien. Y de nuevo algo imprevisto cambió su destino. Un bamboleo inesperado del yate, producto de una ola, hizo que el disparo saliera en la dirección no deseada. Su cabeza no estaba destinada a una bala de aquella pistola.

La bala atravesó el casco del barco e impactó certeramente con la pequeña bombona de butano que alimentaba un hornillo para cocinar. Una bola de fuego envolvió la embarcación y al señor Cardigan. El pobre diablo cayó al mar completamente despellejado y murió horas después en medio de atroces dolores. Se podría decir que a el matrimonio de los señores Cardigan los había unido en el fuego eterno.




XXXXXXXXXXXXXX



Cuando Pluto Vázquez recuperó la consciencia se encontró en un entorno absolutamente desconocido. La gran sala del hospital estaba abarrotada de pacientes, alguno de los cuales había pasado momentos de sobresalto al ser testigos del tratamiento carnal, al cual él mismo fue sometido.

Ignorante de tales circunstancias, no comprendía las miradas envidiosas de las cuales era objetivo. Ignoraba también que hacía una botella de licor en su mesilla, si precisamente su estancia en aquel edificio era producto de una gran intoxicación etílica.

Su vecino de cama no pronunciaba ni una palabra. Tampoco movía su cuerpo. El pobre hombre sufría una parálisis corporal y emocional. Supo Pluto que era el párroco de lo que un día fue Notre Dame de la Mer, y que al derrumbarse el techo de la misma y fallecer un número indeterminado de feligreses que holgaban mientras él sermoneaba con vehemencia, su cuerpo colapsó.

Los bomberos que le rescataron tenían ante si la figura de un hombre fornido paralizado, señalando con su dedo al horizonte, cubierto de polvo, y rodeado de escombros. Pudiera ser una metáfora el hecho de que a pesar de la desgracia que le rodeaba, al desaparecer la techumbre, el cielo se abría ante él.

Leon Chevallier sufría. No por su lamentable condición física, sino por sus consecuencias. Deseaba poder hablar y gritar con todas su fuerzas que la fe que había tenido, una fe sólida e inquebrantable, se había volatilizado con el “estornudo” del volcán. La apostasía era ahora su voluntad más férrea, y pedía en silencio, un silencio atronador en sus entrañas, poder renegar de sus creencias y abrazar con fuerza el ateísmo más radical. Su fuero interno insultaba con palabras irreproducibles a cualquier deidad y a todo el santoral católico. Y de reojo miraba la botella de alcohol de su vecino de hospital, y deseaba descorcharla y bebérsela de un trago. Quizás una buena melopea ayudará a minimizar su padecimiento.



XXXXXXXXXXXXXX




Aquella mañana Clemente fue despertado por su mayordomo a la hora estipulada. Recogió el exiguo equipaje que le quedaba y tan sólo quedaba introducir en la bolsa el enorme fajo de billetes de cien dólares y la bolsa con esas pastillas que resultaban tan reconfortantes. Para evitar que los billetes pudieran desparramarse los envolvió en un calzoncillo y posteriormente en la camiseta de AC/DC. Como había decidido viajar calzado con las chancletas, un viaje largo propicia la inflamación de los miembros posteriores y aumenta las probabilidades de sufrir un trombo, introdujo las pastillas dentro de una de las bambas gentileza del hotel.

-¿Desea el señor desayunar?- dijo el mayordomo.

-Si-.

-¿Le pido al señor unos huevos benedictine, unas tostadas de brioche y mantequilla francesa con mermelada de arandanos, y un zumo de pomelo?-.

-¿Eh?. Ya estás diciendo tonterías. Quiero un tazón de café con leche y pan “migao” cubierto de azúcar. Y también dos tajadas de melón de Villaconejos......¿a que no hay cojones, listillo?-.

-Melón no tenemos, pero puedo ordenar un tutti frutti variado de papaya, pomelo, mango y ananas...-.

-Enga. Que ya tengo las tripas rugiendo. Y pon una copita de anís, que ya se que aquí no tenéis tampoco cazalla...- sentenció Clemente.

-Si, señor. Ahora mismo-.


Y tras un desayuno copioso de pan cubierto de azúcar y de café con leche salpicado de nata, se dispuso después de una mirada a su alrededor a poner rumbo al aeropuerto. Salió decidido hacia recepción. De camino observó como unos operarios trataban de bajar la gran bañera de la copa del Jícaro ayudándose de una roldana, y otros buscaban la manera de cubrir el tremendo agujero del techo de la que fue su suite, en espera del material necesario para su reconstrucción.

En recepción le aguardaba el director del hotel, esperanzado de que una vez hubiera abandonado el complejo, ese grotesco individuo desistiera de demandar a la empresa. Tuvo el detalle de entregarle la tarjeta de un club selecto de personalidades, con la cual podría acceder de manera gratuita a multitud de servicios premium, como saunas, campos de golf, bodegas, experiencias gastronómicas, vehículos de alta gama, con y sin chófer, y mil cosas más, una de ellas especialmente interesante en horas venideras, como el acceso Vip en los controles de los aeropuertos y a salas de espera “platino”.

El que aún era su mayordomo le aguardaba en la puerta con uno de los coches del hotel para acercarle al aeropuerto. Había elegido el Maserati Biturbo con la esperanza de que nada más salir sufriera una de sus recalcitrantes averías, y el fulano tuviera que ir en autobús como el común de los mortales.

El viaje transcurrió sin novedad. El pequeño aeropuerto estaba abarrotado. Gran cantidad de imbéciles se acercaban a la isla con la esperanza de ver la erupción del volcán a pesar de que los expertos aseguraban que tardaría décadas en suceder otro episodio parecido. No obstante gente con poco apego a la vida, ansiaban verse envueltos en una lluvia de piedras ardientes, nubes tóxicas y si la cosa se ponía interesante, ríos de lava incandescente destruyendo cualquier indicio de vida.

No obstante la tirantez con la que se había desenvuelto la relación entre ambos hombres terminó cuando Clemente sacó a relucir su lado de caballero español y sobre todo un billete de cien dólares de propina. El mayordomo no daba crédito y de pronto tomó a Clemente del brazo y le invitó a seguirle.

-Si usted quiere......- dijo el mayordomo.

-Tuteame, al fin y al cabo somos igual de gañanes....-.

-....decía que si usted quiere, mi primo trabaja en las oficinas de seguridad del aeropuerto y podría conseguir que usted tuviera un salvoconducto diplomático para evitar los controles aduaneros...-.

-¿Será suficiente?- y sacó dos billetes de cien dólares.

-¡Ya lo creo!- tenía los ojos fuera de sus órbitas - Espere aquí un momento-.

Quince minutos de espera fueron suficientes para que Clemente tuviera un papel que indicaba que se trataba de un asunto oficial y confidencial y que se le facilitara al ciudadano tal los controles aduaneros, se le evitaran esperas innecesarias, y se le prestara todo tipo de ayuda necesaria, incluida la policial o militar. En la bolsa de equipaje se le puso un precinto con la inscripción de “Valija Diplomática”, y allí, una vez abrazados y dando las palmadas correspondientes en la espalda, se despidieron con tristeza.

El Maserati Biturbo se averió nada mas salir del recinto aeroportuario y desafortunadamente el mayordomo tuvo que caminar tres kilómetros hasta encontrar una cabina desde donde telefonear al taller de un francés que se encargaba del mantenimiento de los coches del hotel. Para cuando quiso regresar al coche, una fugaz pero intensa tormenta, le caló hasta los huesos.

Clemente veía llover desde el ventanal de la terminal. Al cabo de media hora entendió que su vuelo partiría rumbo a Miami en veinte minutos y que embarcaría por la puerta número dos. Lo dijeron al menos en español, y otros dos idiomas extranjeros.

Cuando los policías del control vieron el adhesivo en la bolsa de Clemente, empujaron al resto de personas que aguardaban en la fila, y porra en mano le abrieron paso. Incluso se cuadraron al pasar Clemente por su lado. En la imaginación de aquellos muchachos de uniforme, Clemente, a pesar de su aspecto desaliñado, a todas luces impostado para pasar desapercibido, debía ser una especie de agente secreto que transportaba algún tipo de documento o artilugio que haría que el mundo fuera un lugar más civilizado y seguro. Un héroe, sin duda.

El pequeño bimotor a hélice de la “Caribean Islands Sky Company” aguardaba a sus pasajeros en la pista con los motores en marcha. Al fondo un reactor de Sabena aterrizaba con un centenar largo de belgas en su interior dispuestos a disfrutar de los regalos que su país no podía ofrecerles, sol, buena comida y gente honrada.

Clemente accedió por las pequeñas escaleras al aparato. A un lado del pasillo había una fila de asientos individuales, y al otro lado, dos pareados. Se sentó en el 15B, al lado de una mujer de mediana edad que olía a tabaco, lo cual trasladó a Clemente a un ambiente reconocible de bar de barrio. Antes de despegar la mujer se colocó unas pinzas de tender en el pelo para evitar que cayera hacia su cara, se soltó el botón superior del tejano que llevaba para liberar el pliegue de grasa y se quitó los zapatos que empujó debajo del asiento delantero. Cuando observó que Clemente le miraba hizo una mueca a la vez que elevaba los hombros.

Al poco subieron el resto de los miembros de la tripulación y para sorpresa de Clemente, todas eran mujeres, incluidas la piloto y su ayudante.

-¡Mira!, conduce una tía- dijo mientras le daba un codazo a la mujer de su lado.

La mujer le miró con desdén y volvió a sus cosas, que no eran otras que seguir rezando para pedir que el avión no se estrellara. Y de todos modos, ella ya había decidido que si eso ocurría, estaría como en casa. Cómoda y fresca. Y el destino también la había regalado un tercer deseo, estar acompañada por un cerdo como su marido. “Que dios me perdone por lo que he dicho de este pobre miserable”, y siguió orando.

El avión tomó el camino de la pista, se colocó en la cabecera, aceleró a tope los motores, soltó el freno y aceleró con energía. Instantes después cesó el ruido del rodaje del tren de aterrizaje, y con un súbito movimiento la nariz de la nave apuntó al cielo.

Al poco le sirvieron cacahuetes y le ofrecieron un refresco o un zumo.

-¿Cerveza?- preguntó.

-No se sirven bebidas alcohólicas caballero- contestó la azafata.

-Entonces nada. Si bebo eso, me pongo enfermo. Gracias maja-.

El vuelo de unas dos horas fue placentero. Atravesaron el Triangulo de las Bermudas sin novedad, y la piloto anunció que ya estaban en territorio estadounidense, y que en pocos minutos tomarían tierra, les deseaba un feliz aterrizaje y suerte en su estancia en aquel país.

-¡Que bien conduce la jodía!. No se ha meneao el cacharro este.....como mi Pepi, que lleva el 131 como la seda-.

Y la señora iba por su enésima oración y ahora pedía a san Judas Tadeo que todo terminara satisfactoriamente, sin incidentes.

Cuando el avión se detuvo cerca de la terminal del enorme aeropuerto, una nube de tipos se acercó al aparato. Unos recogían maletas, otros verificaban el estado del aparato, y otros rellenaban los depósitos de carburante. La comandante del vuelo, autorizó el desembarco del pasaje, y Clemente que ya estaba preparado para abandonar a toda velocidad el avión fue de los primeros en descender y respirar el aire contaminado de los Estados Unidos. Era como volver a la civilización. Junto a otros pasajeros se dirigió donde los funcionarios del aeropuerto les indicaron, y aguardaron que de una cinta aparecieran los equipajes. Cuando vio su bolsa la cogió y se dispuso a buscar su nueva puerta de embarque. Tenía tiempo de sobra, casi tres horas y caminó por donde indicaban las flechas.

Se topó de pronto con el control de aduanas. Una larga fila de personas aguardaban su turno pasaporte en mano. Agentes de paisano controlaban disimuladamente a quien esperaba en la fila. Uno de ellos al observar que llevaba una pegatina de “Valija Diplomática”, le indicó otro mostrador que carecía de cola. Fue hacia allí con paso seguro, y un tipo vestido de uniforme de unos dos metros de altura, otro tanto de perímetro torácico, apareció de la nada. Le pidió el pasaporte, y cuando vio que era de España, se dirigió a él en perfecto castellano.

-¿Va a permanecer muchos días en el país?- preguntó.

-No, ni uno-.

-¿Donde se dirige?-.

-A la puerta de embarque 142-.

-Veo que no es muy explicito señor- dijo a sabiendas que un individuo con la acreditación del equipaje que lucía, no iba a ser muy locuaz. Sin duda el empleado de incógnito de una gran corporación que viajaba con algún secreto industrial. O un agente secreto de una nación bananera.

-¿Mande?-.

-Sígame por favor. Pediré que le acompañen a su puerta de embarque-.

-Preferiría ir al váter. Me meo- dijo – y luego a un bar. Tengo sed-.

-Agente Turpin, siga las instrucciones del caballero. Llévelo a un lavabo y luego al bar.....¿que bar quiere el caballero?- dijo con cierto sarcasmo.

-A uno que pueda ir con esta tarjeta de este club- y mostró la tarjeta obsequio del hotel.

Y el agente Turpin se dijo para sus adentros que aquel individuo debía ser un pez muy gordo. Mejor andarse con cuidado con él. Y acompañó a Clemente a una sala Vip donde pudo incluso darse una ducha, y ponerse albornoz, y donde pudo tomar cerveza y canapés de paté de oca, ya que no había boquerones en vinagre.

-¡Mucho Vip, mucho vip.....!-.


Y cuando se disponía a embarcar, una empleada de Iberia, con la que iba a volver a casa, le dijo que había overbooking en el vuelo, “¿que leches es eso?”, y que le habían colocado en otro vuelo que saldría dos horas más tarde, operado por British Airways, y como compensación viajaría en clase superior.

-¡Ni hablar!. ¿Usted sabe lo mal que comen los ingleses?. Me niego. Ocho horas de vuelo comiendo basura......¡y además les gusta la cerveza caliente!, no, no, no me fio de quien es capaz de hacer eso a una cerveza- sentenció Clemente.

-Estoy autorizada a compensarle con quince mil pesetas-.

-Vale. Comeré basura......si es que......lo que no haga uno por su país.....¡Viva España!-.

La empleada acompañó y gestionó todo lo necesario para que Clemente no tuviera más que embarcar y olvidarse de todo. Fue a otra sala Vip donde no había tampoco boquerones, pero si lomo embuchado, que no es poco. Y allí coincidió con los que iban a ser compañeros de viaje, que al igual que él, también estaban recolocados de otro vuelo. Unos compatriotas cargados de anécdotas y vivencias de lo más enriquecedoras. Supo que el viaje sería inolvidable cuando oyó a uno de ellos pronunciarse.

-¿Quieres guardar la garrota Abilio?, que nos van crujir “los amos del mundo”- dijo en tono un tanto brusco.

-No se me pasa por los cojones “guardala”, ¿pasa algo?-.

-Cagon diez Abilio, ¡modera!, que acabamos en el calabozo-.


E inmediatamente surgió la magia. Sabía que conectaría con aquel grupo de paisanos, que debían ser unos veinte, muchos de ellos con boina, otros con alpargatas, y otros con boina y alpargata. La suerte estaba de su lado.


Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

Que imaginación
Se acerca el final,,,,,,, , , , , , ,creo
8-)
alapues
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por alapues »

Eso me temo := :=



Si hay que ir, se vá.....!

He rodado en el Jarama, subido Stelvio, buceado en el Thistlegorm y con tiburones, y ahora......
pate
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por pate »

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO


¡A casa! II


Clemente sacó a relucir sus dotes profesionales. Al ver aquel grupo de paisanos, quizás unos veinte, supo de inmediato que surgiría la magia. Estaba acostumbrado a clasificar a los clientes que accedían a sus bares, los había habituales que solían ser de costumbres fijas, pero el verdadero reto era adivinar que desearían personas que nunca habían puesto un pie en sus locales. Eso había forjado una habilidad extraordinaria que agrupaba a la gente según su percepción.

Y aquellos hombres y mujeres no ocultaban que eran gente llana, gente de copa de coñac y puro, de sopa de ajo y morcilla asada, de fregona y estropajo, de ferrobus y bicicleta plegable, de radionovela y partida de dominó, de corte de mantecao y café de puchero, de cupón de los ciegos y de pedrea en Navidad. Gente que como él aspiraba a disfrutar la vida sin lujos ni excesos, pero sin privarse de caprichos accesibles.

Y aquel variopinto grupo, que también había sido reubicado en su vuelo, al no poder embarcar en otro, parecía estar dirigido por una muchacha joven que desentonaba con ellos. Su radar la calificó como una buena chica, que en aquellos momentos estaba desbordada, y que no era de su misma clase social. No parecía ser guía turística, ni tampoco una terapeuta al mando de una tropa de enfermos mentales y los componentes del grupo tampoco tenían edad de ser los alumnos acompañados por su profesora. Desconocía que el destino le daría esa respuesta en pocas horas.

En el otro extremo de la sala otra veintena larga de pasajeros, hijos de la Pérfida Albión, miraban de reojo a los componentes del grupo de españoles. Clemente desconocía que ambos grupos se conocían y en poco tiempo sabría el motivo.

A diferencia de los primeros, esta gente parecía ser gente cultivada, refinada, de traje cortado a mano y confeccionado a medida, de bolso de piel a juego con los zapatos, gente de manicura y peluquero famoso, de berlina de lujo y clase bussines, de langosta, trufa y espirituosos refinados. Bien afeitados, perfumados y a diferencia de los primeros, gente de podólogo y no de callista, personas con axilas y no de sobaco, excéntricos en vez de locos.

Y entre mirada de reojo y sonrisa encubierta, prestaban atención a un aparato de televisión donde se podían ver unas terribles imágenes. En una isla del Caribe, una erupción volcánica de proporciones considerables había desatado el pánico en la población. Ríos de lava corrían ladera abajo, las calles de la ciudad estaban cubiertas de ceniza, el mar estaba en ebullición, cientos de habitantes huían en la misma dirección que días antes habían utilizado seis Teckel y miles de bestias y alimañas.

Las cámaras enfocaron a una mujer gruesa que se desenvolvía con parsimonia y tiraba de un señor enjuto de sombrero de paja y que iba escayolado en diversas partes de su cuerpo. Ambos arrastraban una vaca que no parecía muy feliz. Mas allá se podía observar como un hombre acompañado por su familia trataba de poner en marcha un Maserati plateado que se negaba a arrancar frente a un hotel de lujo. En el aeropuerto, centenares de belgas luchaban por subirse a un avión de Sabena, ignorantes de que una gran grieta en la pista impedía cualquier despegue, y que si seguían en el empeño de no abandonar el recinto, tal y como les ordenaban los pocos policías que no habían desertado, sus posibilidades de ponerse a buen recaudo se esfumaban. “¡Hasta donde vamos a llegar Charles, que vengan unos negros a darnos ordenes, yo de aquí no me muevo!” decía una señora de Bruselas a su marido, “¡debería resucitar Leopoldo I y poner a estos cafres en su sitio!”.

El noticiero también daba cuenta de un hecho relevante, un grupo de sismólogos, geológos y vulcanólogos, acompañados por autoridades civiles y militares, habían decidido días antes dar una rueda de prensa en la cima del volcán para alejar de una vez por todas los temores a un nuevo “estornudo” del mismo. Desafortunadamente el evento coincidió con la fuerte, inesperada y violentísima erupción, que convirtió en cenizas a todos ellos y a varios periodistas, y asimismo a turistas insensatos que les acompañaban ávidos de una foto memorable.

Docenas de embarcaciones surcaban a toda velocidad las aguas turquesas buscando escapar de la tragedia. En el muelle un nativo desesperado maldecía haber alquilado un par de jornadas antes, su velero a un chiflado que terminó abrasado junto al yate. A dos millas de la costa uno de los barcos de pasajeros que unían varias islas, colisionó con un carguero que aguardaba un cargamento de mangos que nunca llegó a sus bodegas. Ambos se fueron a pique, pero afortunadamente las tripulaciones pudieron ponerse a salvo, para llegar a tierra y verse envueltas en extraordinarias dificultades con el fin de morir chamuscados.

El grupo de espectadores refinados de la sala estaba conmocionado por las malas nuevas mientras el grupo de españoles intentaban que el camarero les sirviera unos chatos de vino y unas raciones de ensaladilla rusa que no tenía.



XXXXXXXXXXXXXXXX



Su mente viajaba despacio el pasado. Aquellas siestas de pijama y orinal, le transportaban a su infancia. Allí Pepi, de manera inconsciente se sumergía en ella, en aquellos días donde aprovechaba que su madre iba al mercado, para saquear la nevera. Gruesas ruedas de mortadela cubiertas de mayonesa, que enroscaba a modo de canelón y que engullía de un solo bocado, o el bote de leche condensada que chupaba con ansiedad por uno de los dos agujeros que hacía con un abrelatas. El dulzor del espeso líquido le provocaba una sensación extraña en la garganta, pero a su vez le generaba adicción. No conseguía dar el último trago, “uno más y lo dejo ya”, y cuando lo conseguía, atacaba la caja de galletas María dando cuenta de un par de docenas.

Ya en edad púber sintió que debía dejar de comer con tanta voracidad. Le apetecía que los chicos de clase se fijaran en ella para algo mas que ser blanco de sus risas. El único que parecía tenerle algo de aprecio era un muchacho de Melilla, hijo de un militar, que estaba de paso en la ciudad. Seguramente llevar gafas de culo de vaso, y por ello blanco de las mofas del resto, ayudaba en la mutua simpatía que sentían el uno por el otro. Cuando aquel chico le dijo un día de ir al cine juntos, Pepi se emocionó, y aunque quedaban tres días para el sábado, era miércoles, se puso a dieta. Consiguió que la bascula del baño apenas bajara del peso inicial, lo cual provocó una ataque de ansiedad que mitigó comiendo las sobras de una perola de sangrecilla con tomate, que su madre guardaba en la nevera para su marido. “Cualquier día tu hija- decía el padre- se come hasta la sartén....anda, hazme un par de huevos fritos, “mecagonlaputa”, y “ponles chorizo”-dijo”.

Semanas más tarde el chico desapareció de la clase. Habían disfrutado viendo “Los Perros de mi mujer”, y ya habían quedado para ver una de vaqueros, pero el destino les separó. El nuevo destino de su padre en Sidi Ifni.

La juventud la pasó siendo el patito feo del grupo de amigos. Las chicas adoraban que fuera con ellas, así nunca serían las últimas en ser solicitadas para bailar en las verbenas, y a los chicos les servía como excusa cuando debían conformarse con otra chica que tampoco les gustaba, “la Pepi es aún mas fea”, se solían decir para auto engañarse. Y mientras, ella, Pepi se sentaba en un rincón y evadía la mente pensando en comida, en guisos, y también en seguir sacando las mejores notas de la clase.

No fue hasta años más tarde cuando centró su mirada en otro hombre. Era un tipo que pasaba desapercibido. Bajo, con barriga, bigote y con una expresión facial incalificable. Nadaba entre una expresión boba y otra de inexpresión total. Parecía estar imbuido en pensamientos profundos, era como admirar a un erudito tratando de resolver una ecuación cuántica poniendo a sus neuronas a trabajar a todo ritmo, era como si aquel hombre, vecino de toda la vida, tuviera en sus manos el destino del mundo.

Cuando alguien se enamoraba, aunque fuese de platónicamente, sólo veía virtudes donde los demás mortales veían defectos, o sencillamente no veían nada. Y aquel hombre no despertaba admiración en nadie. Pocos recordaban sus rasgos aún conociéndolo desde niño, lo más que acertaban a decir era “antes no tenía bigote.....al menos, no cuando era niño” y si les preguntabas el color de ojos decían “marrones como todos los españoles, ¿o no?, la verdad, ni idea, ¿tiene ojos ¿no?”. Pero Pepi seguía su trayectoria, y un buen día surgió la magia. Y hasta la actualidad.

Y seguía en duermevela, añorando a su marido, sintiendo la criatura en sus entrañas, la que sería su hija, y de algún modo también de su esposo, y sintió la necesidad de un plato de boquerones, y como decía Nancy, “tu a lo tuyo. Clemente es un gran hombre, será un buen padre. No te encabrones reina, y de lo nuestro tampoco tiene que saber nada. Somos buenas amigas y ya está. Ah, y sabes de sobra que también se acostó conmigo aquella noche. Tu tranquila. Todo está bien cariño. Sois mi familia y os quiero.”


XXXXXXXXXXXXXXXX


Tres meses antes en Harvard University, Boston (Massachusetts).


-Profesor Laframboise, me parece una idea brillante su propuesta. Tiene la autorización y el presupuesto para llevarla a cabo- dijo una voz al otro lado del teléfono.

Y el catedrático de Historia de la Universidad de Harvard, Theodore Laframboise, se ponía en marcha para llevar a cabo lo que surgió como una idea en un debate estudiantil, y acabaría siendo el proyecto más ambicioso de su dilatada carrera.

A la pregunta “¿que país influyó más en la cultura y el conocimiento de los Estados Unidos de América?. La arquitectura social y la construcción de la nación más poderosa del mundo. Raíces, herencia y desarrollo de una sociedad puntera. Análisis y comparación de los orígenes.”.

Siguió una entretenida contienda entre los que significaban que el país era sin duda un reflejo de la manera de vivir anglosajona desde que el Mayflower atracara y desembarcara en 1620 a los llamados “Peregrinos”, formados en su mayor parte por familias sin futuro en Gran Bretaña, que fueron engañadas y dejadas en tierra muy lejos de lo prometido, y con títulos de propiedad de unas tierras, falsos y carentes de valor, y en el otro extremo también un estudiante québécois planteó la influencia francesa, asegurando sin rubor que gracias al desembarco de franceses en 1524, gesta protagonizada de manos del italiano Giovanni da Verrazzano, capítulo que omitió deliberadamente, al igual que pasó de largo sobre la expulsión de los colonos franceses de Acadia por no jurar lealtad a Gran Bretaña, o como cedieron la “provincia” de Luisiana a los españoles, insistió en que la influencia francesa había sido determinante, al menos para tener buen pan. Y como tercera opción, la influencia española, que nadie dudaba y que comenzó con el descubrimiento oficial del nuevo continente a manos también de un italiano, eso si, con fondos españoles fruto del saqueo y robo en terceros países del Imperio Español.

A raíz de ese acalorado debate el profesor Laframboise, se puso en contacto con las delegaciones consulares de los tres países antes mencionados. Los británicos recibieron la noticia de manera entusiasta, pero con la suficiencia propia de quien cree tener una autoridad moral superior al resto, de quien se sabe ganador antes de disputar el partido. Por algo eran la nación mas poderosa del mundo. Ellos también.

En Francia la noticia fue recibida como un jarro de agua fría. Que alguien estuviera dudando de que habían sido ellos los principales impulsores, de lo que ahora era la segunda nación más importante del mundo tras Francia, ofendió de tal manera al Ministerio de Asuntos Extranjeros, que declinaron la invitación y pusieron como excusa que en aquellos días comenzaría la vendimia y todos los diplomáticos, todos los gobernantes, todo el país a una, estaría trabajando en pos de una cosecha y una futura elaboración de caldos de la mejor calidad, para la “Grandeur de la France”.

Cuando la petición de la universidad llegó a la embajada de España en Washington, ésta delegó inmediatamente en el consulado general de Boston. No tenían ganas de romperse la cabeza, justo antes de las vacaciones de verano, así que cuando el cónsul leyó la petición de organizar un selecto grupo de pensadores, miembros destacados del panorama cultural, de promotores industriales que expusieran sus avances en la tecnología, de gastrónomos que mostraran la investigación en materia de nutrición más puntera, y un largo etcétera de demandas, pasó el encargo al delegado cultural del consulado, para que él mismo se encargara de organizar todo.

El delegado cultural del consulado se encontraba en un breve viaje de ocio en las Montañas Rocosas, y no había dejado un número de teléfono donde poder ser localizado. Como quiera que el viaje no iba a durar menos de un mes, alguien anotó en un papel el nombre de un posible sustituto. Un adjunto al departamento, funcionario de clase B, que no se acercaba a la delegación desde hacia semanas. Al final, una administrativa fue la destinataria del papel que contenía el nombre de la persona encargada.

Un error tipográfico cambió la “h” de Hernández, por la “f” de Fernández, y el resultado fue que el encargado de acometer la selección de empresas y de personalidades que deberían asistir al evento, recayó en el marido de la cocinera, que a su vez era el chófer del consulado.

Cuando el señor Fernández vio lo que se le encomendaba, se sintió halagado y abrumado a partes iguales. No supo que decir. Debía seleccionar a veinte personas que cumplieran los requisitos establecidos, y no tenía ni la menor idea de donde buscar. Y debía hacerlo en menos de cinco días. La única orden clara y que debía seguir al pie de la letra era que el Museo del Prado, debería proporcionar una obra maestra para ser expuesta en las Jornadas Culturales “Génesis de una Gran Nación” en la Universidad de Harvard. Para ello contaba con un número de teléfono que contactaba con el director del Patrimonio Nacional.

Fue su primer asunto a resolver, el resto de la lista llegaría más tarde y mucho más fácil de lo imaginado. Cuando llamó a ese señor, su secretaria dijo que no estaba disponible en ese momento, que siguiera intentandolo más tarde. A la décima llamada, otra secretaria le informó que para esa gestión, que era ni más ni menos que la cesión de una obra maestra, el había pensado en la “Maja Desnuda de Goya” y su traslado allende los mares, necesitaban el beneplácito del Ministerio de Cultura. Que a buen seguro responderían en no menos de tres meses, y que en función de la obra elegida, tardarían semanas en encontrar alguien dispuesto a asegurar su traslado, y eso si no había conflicto de intereses entre administraciones. En caso de ser positiva la resolución los permisos estarían listos antes de medio año. “Adiós y buenas tardes” y colgó.

Fernández estaba preocupado. Si con esta misión que tenía medio preparada todo eran problemas, no quería saber que pasaría con el resto. Cuando contó en la Casa de España lo que le pasaba mientras jugaba al dominó, el resto de asistentes cogió la hoja con los encargos y cada uno de ellos se asignó un objetivo para ayudar a su compatriota.

-¡¡Como Fuenteovejuna, todos a una!!- gritó alguien.

Y el resto de mesas dejaron las partidas de mus, los chatos de Cariñena, y leyeron los encargos.

-De lo del armamento puntero me encargo yo- dijo un paisano que ejercía de pocero en Boston.

-Yo de las telecomunicaciones- un empleado que trabajaba para un importador de plátanos.

Y así todos los que pudieron ayudar, lo hicieron.

-Gracias paisanos, gracias a todos. Ya sabéis que no quiero quedar mal, me fio de vosotros. Lo que más me molesta es lo de la pintura para exponer....- se lamentó.

Y otro de los asistentes se acercó y tímidamente le dijo algo al oído que mudo su expresión. Asunto resuelto. Su primo en España, era conserje en el edificio donde vivía un gran artista. Y además tenía confianza con él, y estaba convencido de que les podría echar una mano. El pabellón español quedaría en lo más alto.



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Stephanie “Scandal” Petersen perseguía obsesionada toda manifestación cultural que tuviera que ver con España. Aquella mujer de graciosas pecas, ojos verdes, nariz puntiaguda y dientes blancos, seguía empeñada en encontrar a aquel hombre único que había conocido en su periplo por el vasto país.

La huella era tan profunda, que sus sentimientos lejos de decaer se iban acrecentando. Su talento hacía que el negocio del acero que dirigía con mano de hierro, (que ironía), fuese in crescendo. Cogió la correspondencia y en ella se encontraba la invitación de la Universidad de Harvard, para su asistencia a unas jornadas sobre “Génesis de una Gran Nación”. La cita consistía en una especie de duelo a dos bandas entre el Reino Unido y España para dilucidar cual de ellas había resultado más determinante para la creación del nuevo país, con una variada muestra de avances técnicos y culturales y con charlas y simposios que pondrían sobre el tapete la realidad actual de ambas, y su posible nueva influencia en los Estados Unidos.

En un primer momento declinó la invitación. Faltaban apenas ocho días para el evento y no se encontraba con ánimo suficiente. Las posibilidades de que Clemente estuviera allí eran ínfimas, y no le faltaba razón. En esos días Clemente se encontraba en el Caribe.

Semanas antes su corazón dio un vuelco cuando todos los noticieros del país mostraron el retrato robot del terrorista más buscado. No podía ser él. El hombre que ella había conocido y disfrutado no era un delincuente aunque aquel dibujo no dejara lugar a dudas. Cuando por fin la caza del bandido llegó a su culminación, se filtraron las fotos del cadáver del presunto terrorista. Viendo la cara destrozada por efectos del derrumbe el día de su captura, no cabía duda de que era su amor perdido. Pero cuando un medio de comunicación sensacionalista publicó una foto de él en la morgue tal y como vino al mundo, esbozó una sonrisa y supo que el muerto no era su hombre.

A más de tres mil kilómetros de Scandal, Pluma de Colibrí también lo supo. Aquel hombre con el que cabalgó de manera mágica y violenta en la cama de su hotel, no tenía nada que ver con aquel cuerpo inerte. Cuestión de tamaño.



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Clemente se encontraba en la sala VIP esperando el embarque. Tenía ganas de mear. Cuando se acercó a los lavabos, varios de los paisanos a los que saludo cortésmente levantando la mano y diciendo “a la paz de dios” ocupaban todas las cabinas.

-¡Mira! Apretas el botonico y sale jabón. Y el grifo se para si no pones las zarpas debajo....- dijo alguien al fondo.

Y como quiera que se meaba, y se meaba mucho, tuvo que salir de su sala y buscar los baños públicos. A lo lejos descifró el cartel de un hombre y otro de una mujer. Y como pudo, con las piernas muy juntas a la altura de los muslos, y con paso corto, en poco tiempo estaba aliviando la vejiga en una cabina. Con el chorro dibujaba letras en el retrete, lo cual provocaba un ruido discontinuo cada vez que alcanzaba el agua estancada en el fondo de la loza, “ahora la P”, “ahora la E” y así hasta formar el nombre de su amada.

Al Manzini había recogido sus últimas pertenencias en el aeropuerto. Las trasladaba en un carro rumbo al aparcamiento donde tenía el Bronco. El esfuerzo le pasó factura. Sudaba abundantemente y se sentía un poco mareado. Tuvo que entrar al servicio para refrescarse la cara.

Le ponía nervioso el ruido intermitente de la orina de algún individuo cayendo en el agua del inodoro. Afortunadamente el ruido cesó. Se oyó el sonido del acomodo de unos pantalones y el del pestillo de la cabina junto al de la cisterna. Cuando dejó de frotarse la cara con el agua fría, que alivio, miró de reojo al tipo que hacía los ruidos y que ahora se lavaba las manos a su lado.

El corazón se le paró. Aunque tenía un mostacho menos poblado, el pelo más corto y estaba algo más delgado, aquel hombre era “el hombre” que tanto buscó. Volvió a mojarse la cara. Incrédulo volvió de nuevo la cara hacia su vecino.

Su mente lo negaba, le decía “se parece mucho, si, pero tu lo viste muerto Al”, y volvió a mirar al tipo aquel. Ahora se fijó en la mirada inexpresiva, propia de los psicópatas, en sus rasgos vulgares, en su mediocridad, pero la puntilla llegó en el instante que pudo ver su oreja derecha. Tenía oreja, si, lo cual le descartaba como el terrorista, pero si uno se fijaba bien, se apreciaba una linea de color rojizo que delataba una cicatriz reciente. ¡¡¡¡Era él!!!!. Quiso desenfundar el arma, pero ya no tenía, su corazón le palpitaba a toda velocidad. Clemente se secaba las manos con unas servilletas de papel y se giró para mirar a aquel hombre tan raro que hacía ruidos mas raros aún. Y en ese momento Al Manzini se desplomó al suelo.

Clemente no sabía que hacer. El baño era inmenso pero estaban solos. Se asomó a la puerta por si había alguien, un policía, un guardia civil, un urbano, no pensaba con claridad, y de pronto, sin saber como, gritó. Gritó muy fuerte.


-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Euuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!. Que se ha escoñao un tío aquí-dijo con aplomo ensordecedor.

Al poco una muchedumbre de asistencias atendían al buen hombre. Uno le interrogó en español sobre lo sucedido y el les contó que estaba meando y que cuando se estaba secando las manos, ese hombre le miraba raro, como con fuego en los ojos, haciendo movimientos extraños y de repente se dio de boca contra el suelo.

Al parecer fue víctima de una apoplejía severa. Le aguardaban años de recuperación si sobrevivía. Los daños neurológicos parecían irreversibles y Al Manzini perdería el habla hasta seis días después cuando falleció de un infarto cardíaco.

Nunca pudo pescar un pez espada. Apenas tuvo tiempo de disfrutar su barco, su coche, su nueva vida, su casa nueva, su jubilación. El día de su sepelio, los operarios de la funeraria dejaron caer el féretro accidentalmente provocando el espanto de los pocos asistentes cuando asomó por una grieta la cabeza del difunto. Rápidamente fue de nuevo introducida en el interior del ataúd, no sin dificultad, e irónicamente en el intento perdió un pabellón auditivo, y el boquete tuvo que ser tapado con un pedazo de cartón.

Clemente regresó de nuevo a su sala de espera. Allí estaban los dos grupos claramente diferenciados, unos elegantemente dejando transcurrir el tiempo, y el otro dando buena cuenta del buffet gratuito. La chica joven, azorada, trataba de calmarse mientras con gestos no conseguía tranquilizar a sus compatriotas.


Continuará.
Era tan bello el instante, que para detenerlo, sólo quedaba una opción.......el silencio.
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ROSCACHAPA
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por ROSCACHAPA »

:plas: :plas: :plas:
Un saludo

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anibalga
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Re: EL NUEVO MUNDO DE CLEMENTE. RELATO

Mensaje por anibalga »

:plas: :plas: :plas: :plas:
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