UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Una historia de Europa (XLI)

Tampoco, mucho ojo con eso, hay que tirarse demasiados pegotes con Europa y sólo Europa. Seamos razonablemente humildes. Por aquí todo iba bien y aún iría mejor con el tiempo y los siglos, hasta convertirnos en referente cultural y moral del mundo; pero no era en absoluto el único lugar interesante, ni el más avanzado. La brillante Al-Andalus de entonces, la cultura de los monasterios y otros etcéteras ya estaban ahí, por supuesto; pero mientras en los castillos medievales norteños todavía se cantaban burdas gestas guerreras, a los constructores se les caían las primeras catedrales y señores feudales medio analfabetos se hacían picadillo entre sí, en otros lugares del mundo mayas y toltecas desarrollaban su arquitectura, los chinos usaban papel moneda, la civilización jemer levantaba Angkor Wat y Murasaki Shikibu (una japonesa elegante y refinada) escribía la Novela de Genji. Lo que pasa es que, como es Europa lo que nos interesa, pues aquí estamos. O estábamos. En Inglaterra, por ejemplo, después de la victoria contra los anglosajones, Guillermo el Conquistador había situado una familia de reyes normandos que, tras largas y sangrientas guerras civiles y de echarle el ojo a Escocia, Gales e Irlanda, acabaría convirtiéndose en esa dinastía Plantagenet que sale mucho en el teatro de Shakespeare y en las novelas de Walter Scott. Como detalle pintoresco señalaremos que ya por esa época hubo en Inglaterra un amago de monarca femenina (Matilde, se llamaba la criatura) que estuvo a punto de caramelo pero no llegó a cuajar, aunque sí anunció un estilo que luego, con Isabel I, Victoria I e Isabel II, consagraría el modelo tradicional, clásico, de grandes reinas británicas adecuadas para salir en el ¡Hola! Por lo demás, el sistema de dividir parte del poder real entre los nobles que participaban en la dirección del país (privilegio garantizado por la famosa Carta Magna a partir de 1215) acabó haciendo más fuerte a Inglaterra que a otras potencias europeas, lo que iba a notarse mucho con el tiempo. Entra aquí en escena, por cierto, mi rey inglés favorito desde que siendo niño leí la novela El talismán: Ricardo I, más conocido como Ricardo Corazón de León; aunque, en realidad, el tal Ricardo era un cantamañanas peliculero que en vez de gobernar bien Inglaterra, como era su obligación, se pasó la vida haciendo posturitas en plan romántico, luchando en las Cruzadas (de las que hablaremos muy pronto) y contra la Francia de la dinastía Capeto, que todavía no era un estado moderno y centralizado, sino un conjunto de condados, ducados y grandes señoríos feudales que se choteaban del poder real. El caso es que Ricardo de Inglaterra murió pronto, gracias a Dios, legando a su hermano Juan (el sufrido Juan Sin Tierra, malo habitual de las novelas y películas de Robin Hood) el marrón de resolver los problemas financieros que la frivolidad del difunto hermano le dejó como herencia, además de broncas continuas con los nobles de allí, dimes y diretes con los franceses, dificultad para cobrar impuestos (peripecias del sheriff de Nottingham y otros villanos novelescos) y problemas con el arzobispado de Canterbury que acabarían, incluso, con una excomunión por parte del papa Inocencio III, que de inocente tenía lo justo. Al final, para conseguir apoyos y que dejaran de moverle la silla en aquel circo donde hasta le crecían los enanos, Juan el Pupas acabó otorgando a sus barones la antedicha Carta Magna, que garantizaba los derechos y privilegios de la nobleza inglesa (Nadie será arrestado o encarcelado excepto por el juicio de sus iguales y las leyes del país) y, sobre todo, aportaba un importantísimo detalle a la hora de atribuir responsabilidades a quienes ejercían el poder: también un rey (metan aquí sonido de trompetas, tambores y hacha de verdugo) podía ser considerado culpable de delitos. Y eso, que hasta aquel momento y circunstancias había sido inimaginable, fue una novedad revolucionaria en lo que a monarquías se refiere. Por primera vez en la historia de Occidente, un rey (emérito o sin emeritar) podía ser sometido al castigo de la ley. Eso era pura modernidad de la buena, y durante los siguientes siglos aquel invento inglés iba a estar en el cimiento y desarrollo de numerosas naciones de todo el mundo: Oliverio Cromwell, Thomas Jefferson, la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, Mahatma Gandhi y una larga nómina de personajes y sistemas políticos del futuro lo tendrían presente. Aunque lleve corona, quien la hace la paga. Algunas cabezas de monarcas que con el tiempo acabarían en un cesto real o simbólico iban a tener su justificación en aquella Inglaterra medieval del siglo XII. Lo que no deja de tener su morbo. O sea. Su puntito.

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[Continuará].


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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (XLII)

Antes de hablar de las cruzadas (que fueron el acontecimiento más espectacular y peliculero entre los siglos XI y XIII), o para situarlas en el contexto adecuado, hay que señalar dos elementos decisivos para la época: el imperio bizantino y la conquista de Sicilia por los normandos. Lo de Bizancio venía de antiguo: de cuando, dividido el imperio romano en plan tú a Boston y yo a California, la mitad occidental fue hecha bicarbonato de sosa por las invasiones bárbaras, mientras que la oriental aguantaba intacta (y siguió así hasta que en el siglo XV los turcos pasaron a los bizantinos por el filo del alfanje, tomaron Constantinopla y la llamaron Estambul). En aquella mitad oriental que se salvó del desastre de Roma se refugiaron la cultura, el pensamiento, las artes y las ciencias, mientras casi todo a poniente se iba al carajo; lo que dio a los bizantinos un aire de niños pijos, sofisticados, que desdeñaban a los catetos de la otra mitad europea. Luego, cuando las nuevas monarquías y el papado de Roma levantaron cabeza, se mantuvieron ese distanciamiento y esa enemistad; acentuados (cómo no) por las cuestiones religiosas, con una división del mundo cristiano que continúa hoy, diez siglos después. Como idiomas cultos y religiosos se establecieron el griego por una parte y el latín por la otra, y frente al papa de Roma se alzó la figura del patriarca de Constantinopla, en plan cada perro con su ciruelo: credo o no credo de Nicea, ritos e iconografías diferentes, hostias de pan sin levadura para unos y con levadura para otros, ideas sobre la naturaleza de Jesucristo (en plan que si era hijo del Padre, no lo era, o sólo pasaba por allí), sexo de los ángeles y otras chorradas que daban de comer a los teólogos. Hubo, en fin, mucho mentarse a la madre y mutuas excomuniones, durante un siglo y medio fracasaron todos los intentos de reconciliación y unidad, y el pifostio acabó en lo que los historiadores llaman Gran Cisma: dos iglesias principales en el mundo cristiano, católica romana y ortodoxa oriental, que todavía colean y, aunque ahora (siglo XXI) se hallan en razonable relación, aún se miran por encima del hombro. En cuanto al otro acontecimiento notable de entonces, también relacionado de refilón con Bizancio, es la hazaña impulsada por cuarenta caballeros normandos que, volviendo de peregrinar a Tierra Santa (la gente con pasta viajaba a Palestina en plan turista, visitando los lugares donde había nacido y padecido Jesucristo), decidieron apuntarse por su cuenta a la lucha contra los sarracenos que entonces asediaban Salerno y las posesiones bizantinas de la región. Los cuarenta de marras acabaron tomándole el gusto a la cosa, se corrió la voz por Normandía, y una peña de paisanos ansiosos de aventuras y botín se les fueron uniendo hasta crear unas mesnadas mercenarias que, al servicio de Bizancio o en su contra, según les pagaban, y aprovechando el barullo, se hicieron tan amos del cotarro que llegaron a capturar al papa León IX en la batalla de Benevento, con un par de huevos. Luego, consumado el Gran Cisma y ahora a favor de otro papa romano, Nicolás II, ayudaron a expulsar de Italia a los últimos bizantinos que allí quedaban. Uno de esos normandos, fulano listo, duro y peligroso llamado Roberto Guiscardo, se adueñó de Calabria y Apulia, se metió en Sicilia, que estaba en manos islámicas, tomó la ciudad de Mesina e hizo picadillo a los moros de la isla y sus cercanías (cuando viajas allí y ves a gente rubia y con ojos claros, no puedes evitar acordarte de Guiscardo y el resto de su pandilla). El caso es que en treinta años, con el aplauso de los papas de Roma, los normandos despejaron de musulmanes y bizantinos el sur de Italia, pusieron pie al otro lado del Adriático, en la costa de Albania, y no fueron más lejos porque Roberto Guiscardo palmó en 1085. Aun así, aquel estado militar y aventurero instalado en el corazón del Mediterráneo, encrucijada de tres grandes civilizaciones, tendría enorme influencia. Por esas fechas, los musulmanes habían renunciado a más conquistas y se conformaban con vivir tranquilos pirateando, comerciando y tal; pero se habían extendido demasiado y no tenían fronteras defendibles: Italia, Cerdeña y Sicilia volvían a manos cristianas, en España los nacientes reinos locales les estaban arrimando candela, y cada vez navegaban por el Mediterráneo más barcos genoveses (muy pronto también lo harían los de Venecia y los de la corona de Aragón). Para complicar las cosas, el 27 de noviembre de 1095, en la ciudad de Clermont, el papa Urbano II proclamó la Cruzada para liberar los santos lugares de Palestina. Y la cristiandad casi entera, al grito de «Dios lo quiere», se embarcó en esa portentosa y caballeresca aventura.

[Continuará].


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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (XLIII)


Las cruzadas no cambiaron la historia de Europa ni la del mundo, pero durante dos siglos fueron una empresa aventurera, desordenada, caballeresca y sangrienta. Con ese nombre oficial hubo ocho, aunque ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo sobre su número exacto. Los turcos seljúcidas se habían apoderado de Tierra Santa, incordiando a los peregrinos que turisteaban por allí (eso es lo que dijo el papa Urbano II para calentar el ambiente), y en el año 1095 se hizo un llamamiento a la cristiandad para recuperar aquello. Un monje llamado Pedro el Ermitaño emprendió viaje arengando multitudes, y tras él fueron millares de hombres, mujeres y niños (la parte folklórica del asunto) y caballeros franceses, alemanes e italianos (la parte seria). A los primeros los hicieron picadillo los turcos apenas asomaron por allí, pero los segundos tomaron Jerusalén a sangre y fuego, haciendo una escabechina espantosa de mahometanos (y de paso, de cuanto judío encontraron por el camino). Aquella fue la Primera Cruzada, que creó pequeños estados o reinos cristianos en Palestina que no tardarían en volver a manos musulmanas. Eso dio lugar a otras cruzadas, de la que la más famosa y pinturera es la tercera (inmortalizada por Walter Scott en su novela El talismán). En ella participaron tres reyes: Ricardo de Inglaterra, Felipe de Francia y Federico de Alemania. El alemán se ahogó en el viaje y los otros se llevaron fatal, aunque el protagonismo fue del inglés, más conocido por Ricardo Corazón de León. Al uso caballeresco de la época, éste se hizo amiguete del rey musulmán de allí, un tal Saladino, con quien llegó a treguas y pactos que, eso sí, duraron poco tiempo. Hubo luego otras cruzadas, algunas más disparatadas que otras (incluso una de niños, lo juro, que acabaron todos esclavos de los piratas y los mahometanos), y otra en la que en vez de recuperar Jerusalén los cruzados saquearon Constantinopla, que era capital del imperio cristiano bizantino pero les quedaba más cerca. Resumiendo: aquella prolongada aventura (que duró de 1095 a 1291) fue un fracaso de campeonato. El espíritu caballeresco se diluyó en las ansias de botín y los intereses particulares de cada cual, y Europa no se benefició casi nada. Como todo se hizo a espadazo limpio, cortando cabezas, tampoco sirvió para que los reinos medievales obtuviesen conocimientos económicos ni científicos de Oriente, que por esa época llegaban sólo a través de Sicilia y España (aquí pasamos mucho de las cruzadas porque teníamos nuestra propia carnicería privada entre moros y cristianos). El caso es que esos dos siglos de sangre y barbarie en nombre de Dios no cristianizaron Palestina, ni domeñaron a los musulmanes, ni aseguraron Jerusalén para la cristiandad, ni garantizaron la supervivencia de Constantinopla, que siglo y medio después caería en manos turcas. En cuanto a lo positivo, y dentro de lo que cabe, aquella frustrada empresa alumbró el nacimiento de las órdenes de monjes-soldados hospitalarios y templarios (estos últimos darían pie a muchas leyendas y literatura) y, sobre todo, al exigir los establecimientos militares en Tierra Santa un importante apoyo logístico, hizo que la navegación cristiana se extendiera por el Mediterráneo, facilitando el enriquecimiento de las burguesías italianas con la expansión hacia Levante de los imperios comerciales de Venecia y Génova. Éstas fueron las auténticas beneficiarias de aquella peripecia, y también la única consecuencia positiva de las cruzadas en el futuro de Occidente, por la Italia estupenda que iban a poner a punto de caramelo. Sin embargo, como sombrío reverso de la moneda, el espíritu de cruzada, o sea, el concepto de Guerra Santa que tan ineficaz había sido frente al Islam, iba a volverse ahora contra los propios europeos, cual si la frustración religiosa por no haber conseguido Palestina se vengara en las disidencias y herejías locales. Hacían falta (y nunca mejor dicho) otras cabezas de turco. La cruzada interior es aún más justa y conforme a razón, escribió el Hostiense con un par de huevos. Y es que ya no se trataba de convertir al pagano, al cismático o al heterodoxo, sino de exterminarlos por la cara. Eso justificó las matanzas de cátaros, husitas, prusianos, vendos y lithanianos: todo se acabó planteando también como cruzada, pues todo cabía en tan fanático cajón de sastre. Y nada resume mejor la intransigencia ambiental que lo dicho por el abad del Císter Arnaldo Amalric (un verdadero hijo de puta con terraza y balcones a la calle) durante la guerra contra los albigenses, cuando al pasar a cuchillo a los 60.000 habitantes de Beziers le comentaron que había católicos entre ellos: Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (XLIV)

En realidad la Guerra de los Cien Años duró ciento dieciséis (de 1337 a 1453, que ya es tener guerra); pero dicho así queda más bonito, y con ese nombre se conoce un largo conflicto bélico, aliviado por algunos períodos de tregua, que hubo entre Inglaterra y Francia; y en el que, por cierto, España participó de refilón. También se vio interrumpido por una epidemia, la Peste Negra, que dejó a Europa tiritando (la película El séptimo sello de Ingmar Bergman, el caballero que juega al ajedrez con la Muerte, tiene mucho que ver con eso). En cuanto a las causas del conflicto, fueron tan variadas y complejas que dejo su explicación a los historiadores serios, que también tienen que ganarse el jornal. Aquí lo resumiré en corto: los reyes de Francia y de Inglaterra necesitaban dinero (lo que suele ser causa de casi todas las escabechinas que en el mundo han sido). Y como la presión fiscal sobre los súbditos no era suficiente, querían ampliar territorios para obtener más pasta. Tres regiones europeas eran peritas en dulce para unos y otros: Flandes (tejidos y paños), la Guyena (vinos y riqueza agrícola) y Bretaña (que ahora no recuerdo lo que tenía). Y ahí se fueron liando, primero con empujoncitos de vecinos y luego a sartenazo limpio. La casa reinante en Inglaterra era la de los Plantagenet; pero en la francesa, que hasta entonces había sido la de los Capetos, hubo cambios notables. Uno de los últimos de esa familia, Felipe IV alias el Hermoso (por lo visto era un guaperas), había liquidado la orden del Temple, quemando en la hoguera al gran maestre Jacques de Molay. Y el templario, que tenía mal perder, mientras se convertía en churrasco de barbacoa maldijo al rey y a su pastelera madre, profetizando la extinción de la dinastía. El rey se partió de risa al oírlo, o eso cuentan; pero, fuese visión de futuro o simple chiripa, el franchute murió aquel mismo año (1328), no dejó varones para heredar (eran otros tiempos) y entre pitos y flautas la dinastía Capeto se extinguió con él, subiendo al trono la casa de Valois. La Guerra de los Cien Años, que como dije se calentaba de antiguo, puede clasificarse en tres o cuatro grandes períodos. El primero, de superioridad claramente inglesa, lo empezó el rey Eduardo III al reclamar derechos frente a la corona de Francia. Tenía un hijo que era un figura, el legendario Príncipe Negro, y éste y los arqueros galeses dieron las suyas y las del pulpo a la crema de la nobleza francesa, con su orgullosa caballería, a la que hicieron picadillo en lata en las batallas de Crézy y Poitiers, lugar este último donde cayó prisionero el rey Juan II de la Frans. Y, por si fuera poco, una revuelta campesina (la Grande Jacquerie, la llamaron) complicó mucho la retaguardia gabacha. Todo eso acabó por dar a Inglaterra amplias extensiones territoriales en suelo francés; y de ese modo unos y otros entraron en la segunda etapa de la guerra. Ésta, por cierto, incluyó la intervención de Francia e Inglaterra en una contienda civil, muy española ella, que tuvo lugar en Castilla entre Pedro I el Cruel y su hermano Enrique de Trastámara (eso dio pie a la batalla naval de la Rochela, 1372, cuando las naves castellanas hicieron astillas a la escuadra inglesa, episodio que los historiadores británicos procuran soslayar con mucho cuidado). En esa segunda fase bélica la cosa anduvo más equilibrada, con ataques y contraataques que, al terminar por agotamiento y tras la muerte de Eduardo III y del Príncipe Negro (el equivalente francés de éste era otro famoso guerrero llamado Beltrán Duguesclin), dejaron a los ingleses con sus posesiones en suelo francés reducidas a la ciudad de Calais y a una pequeña porción de la Guyena situada entre Bayona y Burdeos. Siguió una tregua que se fue al carajo más o menos hacia 1396, debido al apoyo de Francia al reino de Escocia (que se resistía como gato panza arriba a ser anexionado por Inglaterra) y a las intrigas inglesas en Flandes (que se resistía a quedar bajo la influencia de Francia). Esta tercera etapa es la más teatral, pues a Shakespeare le daría cuartel, dos siglos después, para algunas de sus mejores tragedias. Tras luchar contra escoceses, galeses e irlandeses, Enrique V, el nuevo rey de los pelos de zanahoria, desembarcó en Normandía (inaugurando esa costumbre) con un ejército más bien modesto que, aliado con el duque de Borgoña, que no tragaba al rey francés, hizo pedazos al ejército enemigo en la batalla de Agincourt. Luego tomó Caen pasando a cuchillo a todos los hombres sin que le temblara el pulso, y mediante el tratado de Troyes (1420) y un matrimonio con Catalina de Valois (hija del rey Carlos VI, que ya estaba para los tigres) lo dejó todo a punto de caramelo para que su hijo, si lo tenía, fuese rey simultáneo de Francia e Inglaterra. Jugada magistral, si hubiera salido bien. Pero no le salió.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (XLV)

Sobre la última etapa de la guerra de los Cien Años campea una figura asombrosa: Juana de Arco (Jeanne d’Arc para los de allí), alias la Doncella (la pucelle, o sea, que era y murió virgen) de Orléans. Se hizo famosa a los 17 años y la quemaron en la hoguera a los 19, visto y no visto; pero en ese poco tiempo tuvo ocasión de convertirse en leyenda y cambiar por completo el curso de la historia de Francia; lo que no está mal para una campesina jovencita y analfabeta. Casi todo el país estaba en manos de Inglaterra y sus aliados borgoñones, y el delfín Carlos, heredero del trono, era un tiñalpa debilucho y asustado que no tenía media hostia. Los ingleses estaban a pique de tomar la ciudad de Orléans y la cosa pintaba negra para la Frans, cuando Juana salió a escena. Según dijo, y acabaron creyéndola, se le habían aparecido el arcángel San Miguel y Santa Margarita (y alguna santa más que ahora no recuerdo) para decirle que ayudara a echar de su tierra a los ingleses. Tomándose a sí misma en serio y tras varios intentos, Juana logró conectar con el delfín; que a esas alturas, de perdidos al río, era capaz de agarrarse a un clavo ardiendo. La chica resultó lista de narices, tenía una labia, un valor y un carisma fascinantes, y se los trajinó a todos de maravilla. Luego, ciñendo espada y revestida de armadura, fue a ponerse al frente de las tropas franchutes, con dos ovarios. Su presencia y el hecho de que fuera una muchacha vestida de soldado enardeció al ejército; y para más morbo, resultó herida de un flechazo entre el cuello y el hombro mientras sostenía el estandarte frente al enemigo. Aquello fue ya el delirio. Orléans quedó liberada y Juana aconsejó atacar Reims, en cuya catedral se coronaban los reyes de Francia, así que allá fue con toda la peña. Se dio el asalto, Juana participó en primera línea y resultó herida de nuevo (una pedrada certera que alguien con buen ojo le tiró desde la muralla). La ciudad se rindió en julio de 1429 y Carlos VII fue coronado rey mientras Juana, siempre vestida de hombre con su armadura y su espada, ocupaba el lugar de honor en la ceremonia. Luego, con ella en estrecha colaboración con los jefes militares, los franceses siguieron dando candela a los ingleses (en el asalto a París resultó herida por tercera vez, ahora con un ballestazo en una pierna), y una vez firmada la tregua con éstos (que ya estaban de la doncellita hasta los cojones y pedían un respiro), las tropas de Carlos VII se volvieron contra las de Borgoña para ajustarles las cuentas. Pero, cosas de la vida, el ambiente local estaba cambiando para Juana. Los reyes suelen ser ingratos, los cortesanos envidiosos, la pucelle de Orléans se había engrandecido mucho y a los enemigos ya no sólo los tenía enfrente, en los campos de batalla, sino también montados en la chepa. El rey ya no la necesitaba como antes, y además empezaron a comerle la oreja («Cuidado, majestad, que la niña anda muy chula, a ver quién se ha creído esa zorrita que es, a saber si es tan virgen como dice») y se acabaron enfriando las relaciones entre el monarca y la espléndida chica a la que debía el trono. En 1430, en Compiègne, a ella se le acabó la suerte: los borgoñones la capturaron en una emboscada. Encarcelada en sucesivos castillos de los que intentó fugarse sin éxito, Carlos VII pasó bastante de su futuro. Entonces los borgoñones se la vendieron por 10.000 libras a los ingleses, que le tenían unas ganas fáciles de imaginar (Shakespeare, como inglés que era, le tiró luego pullitas en su tragedia Enrique VI). En prisión fue maltratada y sufrió un intento de violación. Después, un tribunal de clérigos pro-borgoñones y pro-ingleses, ilustres comepollas gabachos asociados a la universidad de París, la procesó por herejía, por vestirse de hombre y por todo cuanto se les ocurrió colocarle. El juicio fue una farsa y una infamia reconocida luego por los propios jueces, a quienes los ingleses exigieron sentencia condenatoria. Así que el 30 de mayo de 1431, la joven que en sólo veinticuatro meses había salvado a Francia, derrotado a Inglaterra, acojonado a Borgoña y hecho coronar a un rey, fue quemada en la ciudad de Rouen y arrojados sus restos al Sena, apenas cumplidos los 19. La guerra de los Cien Años aún iba a durar veintidós, pero al acabar ésta los ingleses habrían perdido todas sus posesiones continentales a excepción de la ciudad de Calais, y la monarquía francesa quedaba a punto de caramelo para entrar en la modernidad europea de finales del siglo XV y comienzos del XVI. En cuanto a la doncella de Orléans, la iglesia católica acabó rehabilitando su memoria: el juicio se declaró injusto e infame en 1456, fue beatificada en 1909 y canonizada como Santa Juana de Arco en 1920. Hoy es considerada la más grande heroína en la historia de esa Francia que la dejó morir.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (XLVI)

En el último tercio del siglo XIV, los papas regresaron a Roma. Suena raro, pero es que durante sesenta y ocho años, entre 1309 y 1377, los sucesores de Pedro habían ido a instalarse en una ciudad francesa llamada Avignon, o Aviñón. Alemania e Inglaterra andaban en sus cosas, en España seguían escabechándose moros y cristianos, y el reino bizantino resistía como gato panza arriba la presión turca. En ese momento, pese a la prolongada rivalidad con Inglaterra, el reino de Francia era el rien ne va plus del prestigio y la cultura, y sus reyes los más elegantes y pijolines de Occidente. El papa de turno era el arzobispo de Burdeos, que tenía excelentes relaciones con la monarquía de allí. Además, los Estados Pontificios no se bastaban solos para mantener el esfuerzo militar y económico del papado (de los 300.000 florines de oro anuales que ingresaba el papa, sólo la cuarta parte procedían de Italia). Roma era estratégicamente incómoda y desde allí se controlaba mal la vasta estructura de la Iglesia católica, mientras que en Aviñón se estaba más cerca de todo, en especial del flujo de dinero que proporcionaban los conventos, monasterios y obispados repartidos por Europa. Con la llegada de los papas, la ciudad francesa se convirtió en una cosmopolita capital administrativa y financiera con cientos de funcionarios, cardenales, banqueros y embajadores extranjeros. Durante ese período de papas franceses, en la nueva sede pontificia se hizo encaje de bolillos cuidando al mismo tiempo los intereses italianos, el buen rollo con Francia y la relación con el mundo católico en general. Hubo un momento de gran brillantez que el historiador George Holmes calificó de amalgama de poder principesco y autoridad espiritual, con zorros astutos y eficientes como Juan XII y sobre todo con Clemente VI, que fue el más grande de todos ellos: un artista en política internacional y tan grand seigneur que hasta fundó una dinastía, pues años después llegaría al papado Gregorio XI, que era su sobrino (un lindo botón de muestra del nepotismo de los pontífices de aquellos tiempos del cuplé: canónigo a los 11 años y cardenal a los 19). Ese tinglado funcionó durante mucho tiempo, hasta que en Italia empezaron a mosquearse por el descarado chauvinismo de los papas, por tenerlos a ellos tan lejos y a sus recaudadores de impuestos tan cerca. Al final, viendo venir el nublado, Gregorio XI devolvió la sede papal a Roma; pero murió dos años después y se lió la de Dios es Cristo porque, en el cónclave para elegir al nuevo, los cardenales franceses y los italianos se mordían los higadillos. Salió elegido un italiano, pero los otros no lo aceptaron; así que, montando un segundo cónclave por su cuenta, eligieron a un gabacho que hizo de nuevo las maletas para Aviñón. Había ahora dos papas, uno en Italia y otro en Francia. Eso también dividió a los monarcas y príncipes europeos, cada cual barriendo para casa: Inglaterra, Portugal, la Italia central y la del norte apoyaban al papa de Roma, mientras a Castilla y Aragón, Austria, la Italia del sur, Francia, Irlanda y Escocia les caía más simpático el otro. Y cada vez se enredó más la madeja, porque a la muerte del aviñonés se nombró a un sucesor —español, aragonés por más señas, Pedro de Luna— que tampoco aceptaron los otros. Para deshacer el empate, en el año 1409 se nombró a un tercero sobre el que tampoco hubo acuerdo, porque los otros dos dijeron verdes las has segado, colega, éramos pocos y parió la abuela. Europa se vio con tres papas chungos en vez de uno (andaban excomulgándose entre sí como locos) y aquello fue ya la descojonación de Espronceda. Semejante pifostio se llamó Cisma de Occidente y duró cuarenta años, hasta que en 1417 el concilio de Constanza dijo hasta aquí hemos llegado, mandó a los tres papas a hacer puñetas y eligió a uno nuevo, Martín V, para zanjar el asunto. Éste se quedó en Roma, volviendo todo a la normalidad. Y era buen momento porque, en aquel siglo XV que empezaba, Europa iba a conocer los más notables cambios desde la caída del Imperio Romano. Ya en la centuria anterior, tres grandes poetas y humanistas italianos, Dante, Petrarca y Boccaccio, habían devuelto el interés por el mundo clásico griego y latino. En Venecia, un comerciante llamado Marco Polo se había hecho famoso con un libro sobre Asia que era un bestseller mundial. En la ciudad alemana de Maguncia, un impresor llamado Gutenberg estaba a punto de inventar la imprenta moderna de tipos móviles. Y en la próspera Florencia y otras ciudades italianas cuajaba lo que, un siglo más tarde, el escritor, pintor y arquitecto Giorgio Vasari definiría con la hermosa palabra Rinascita: Renacimiento.

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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Una historia de Europa (XLVII)

El siglo XV, que los italianos llaman Quatroccento, alumbró una Europa que dos o tres centurias atrás no habría imaginado ni la madre que la parió. Los cambios se venían dando desde unos siglos antes, cuando del limitado baluarte intelectual de los monasterios medievales (ora et labora) se pasó a las primeras universidades, y cuando el arte románico de muros espesos y bóveda de cañón, oscuro y con aire de fortaleza, que difundido desde la abadía francesa de Cluny había dado unidad de estilo a Europa, cedió lugar a una nueva arquitectura impulsada por los monjes del Císter (también ésos eran gabachos), con su luminosa verticalidad, bóvedas de crucería y decoración innovadora que pronto se extendió a lo civil. Así, entre los siglos XII y XIII y coleando hasta el XIV, el occidente europeo se llenó de esas extraordinarias biblias de piedra y cristal llamadas catedrales góticas (Nôtre Dame, Burgos, Colonia, Milán y numerosos etcéteras), que hoy siguen dando personalidad y postín a las afortunadas ciudades que cuentan con ellas. El caso es que soplaban aires nuevos en la política, la sociedad, la ciencia, el arte y la literatura. Después de los estragos causados por la Peste Negra y la escabechina de los Cien Años, con la frontera oriental (Bizancio) a la defensiva ante el Islam y la frontera occidental (España) a la ofensiva y ganando terreno a espadazos a la morisma, Europa entraba en un período de equilibrio dentro de lo que cabe: afianzamiento de nacionalidades, aumento de población (lo que beneficiaba a una burguesía cada vez más poderosa y con pasta), y secularización de la cultura, poco a poco menos dependiente de la Iglesia. Lo que hoy llamaríamos modernidad estaba a punto de caramelo (invento de la brújula, invento de la pólvora aplicada al arte militar, invento de la imprenta de tipos de madera que permitía mejorar la producción de libros). Numerosos indicios anunciaban, o confirmaban, ese nuevo ambiente que se colaba por todas partes; y uno de tales indicios tenía nombre y apellidos, pues se llamó Marco Polo: un veneciano que iba a cambiar mucho la concepción que los europeos tenían del mundo. Hasta entonces, más o menos, Oriente y en concreto China se consideraban en el quinto carajo. Lejísimos, o sea, y no sólo en sentido geográfico. Quienes mantenían los tenues lazos de Occidente con aquella remota parte del mundo eran los comerciantes, italianos muchos de ellos, que iban y venían buscándose la vida con viajes atrevidos y aventureros. Una de aquellas familias comerciantes era de Venecia, se apellidaba Polo, y tres de sus miembros (un padre, un hermano y el hijo del primero) tuvieron las santas agallas de aventurarse tan al este que acabaron llegando a Pekín, donde reinaba el emperador Kublai Kan. No fueron los primeros que llegaban allí, pero sí los más afortunados. Le cayeron simpáticos al emperata de allí, pasaron veintitrés años con él y regresaron a Venecia cargados de mercancías y novedades por contar; cosa que Marco, hijo y sobrino de los que realizaron el viaje, que había ido con ellos, hizo en un libro (Los viajes de Marco Polo o libro de las maravillas) que se convirtió en el pelotazo más leído de su tiempo, dio a conocer las tierras, gentes y civilizaciones de Asia, y alentó que, olfateando las posibilidades lucrativas del asunto, los comerciantes europeos (sobre todo de Génova, Venecia y Pisa, pero también de la corona de Aragón, que se expandía con rapidez por el Mare Nostrum) aumentaran la importación de seda, especias y otros productos a través de la llamada ruta de la seda, que discurría a través de las tierras ocupadas por el Islam y cruzaba el Mediterráneo hasta los puertos de Italia. Eso propició un auge del corso y la piratería del que hablaremos en otro episodio; pero sobre todo enriqueció a la burguesía de algunas ciudades italianas (sobre todo a las grandes familias de comerciantes y banqueros, acostumbradas a conchabarse entre ellas concertando matrimonios), que establecieron consulados y colonias por todo el Mediterráneo oriental. Y como cuando sacas destacas, en las urbes con viruta fraguó al fin aquella modernidad que llevaba tiempo queriendo romper aguas. Lo hizo encarnada, o simbolizada, en una figura social decisiva para el futuro intelectual de Europa, la del mecenas (nombre inspirado en el romano Mecenas, protector de literatos en tiempos del emperador Augusto): fulanos podridos de pasta que, aunque sin condiciones personales para ser genios de nada, amaban la ciencia y la cultura (o el prestigio social que éstas daban) lo suficiente para costear la carrera y obra de científicos y artistas de los que se convertían en protectores. Y eso, vinculado a la bella palabra Renacimiento, iba a hacer famosos los nombres de la ciudad de Florencia y de una familia de banqueros apellidada Médici.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Una historia de Europa (XLVIII)


Antes de meternos en el Renacimiento, que tan chachi resultó para el futuro cultural, social y político de la Europa que estaba por cuajar, podríamos hacer una pausa para despejar una incógnita interesante. ¿Qué tienen que ver Hitler y la Segunda Guerra Mundial con los siglos XII y XIII en Tierra Santa y Europa?… La cosa puede desconcertar un poco, pero lo cierto es que unos y otros están relacionados. En este caso concreto, la respuesta es caballeros teutónicos. Fueron éstos los monjes-soldados de una orden militar semejante a los templarios y los hospitalarios, nacida en Tierra Santa al socaire de la Tercera Cruzada, que sólo aceptaba en sus filas a nativos alemanes. Y entre 1209 y 1239, gracias a una serie de circunstancias afortunadas (para ella, claro), esa institución medio castrense y medio religiosa acabó convirtiéndose en una de las grandes potencias bélicas europeas. Con mucha sagacidad, sus dirigentes (el gran maestre Hermann von Salza, que era un pájaro de cuenta, y sus sucesores) habían comprendido que la presencia cruzada en Palestina estaba sentenciada, que el reino cristiano de Jerusalén era insostenible y que el futuro de la Orden Teutónica estaba en el este de Europa, donde había un montón de pueblos paganos por cristianizar. Así que entre tiras y aflojas con los papas de turno (como ocurría cuando se trataba de poderes terrenales), esos belicosos fulanos emprendieron la conquista y cristianización, en nombre de Dios y al filo de la espada, de las tierras del nordeste continental. Fue lo que los historiadores llaman Cruzadas Bálticas: sucesivas campañas, unas para ayudar a reinos cristianos fronterizos a asegurar sus fronteras o extenderlas y otras para adquirir nuevos territorios. Empezaron por la Hungría oriental, que convirtieron en feudo propio repoblándola con campesinos alemanes, y continuaron pasándose por la piedra a los paganos de origen eslavo que habitaban Prusia. El papa, qué remedio, les reconoció la posesión de esos territorios; así que luego, ya puestos en plan aguántame un momento el kubaten, kameraden, les metieron mano a los paganos de Finlandia y a los pobladores de Novgorod, que eran cristianos pero ortodoxos que se santiguaban al revés. Con eso pretendían controlar el mar Báltico; pero les salió el cochino mal capado, porque el príncipe de allí (hoy considerado héroe nacional ruso) les dio en 1242 una soberbia somanta de hostias en la batalla del lago Peipus (recomiendo ver la película Alexander Nevski de Eisenstein, aunque sólo sea por la secuencia de la carga de los siniestros jinetes germánicos). El caso es que ese desastre envalentonó a los prusianos y otros descontentos, que se rebelaron contra la Orden y durante un rato largo la tuvieron de sobresalto en sobresalto hasta que en 1284 y con ayuda del rey de Bohemia (que se llamaba Ottokar como el de El cetro de Ottokar de Tintín) toda Prusia quedó en manos teutónicas y empezó a ser repoblada con colonos alemanes. El siguiente objetivo fue Lituania, que los monjes-soldados no pudieron conquistar; pero que, a causa de su presión, acabó integrándose con Polonia en un nuevo reino estado cristiano, a partir de entonces enemigo más o menos continuo, amén de obstáculo para la ambición territorial de los alemanes que apretaban desde el oeste. Y así, ya entrado el siglo XV, allá por julio de 1410, casi 40.000 polaco-lituanos, apoyados por mercenarios rusos y tártaros, hicieron picadillo en lata a los caballeros teutónicos en la famosa batalla de Tannenberg, que decidió el futuro de Europa Oriental y fijó un poquito las fronteras. Hecha bicarbonato de sosa, la Orden nunca se recobró de aquella escabechina, perdió energía y territorios, y medio siglo después, tras las nuevas derrotas de Marienburg y Zarnowiec, arrojó la toalla al ring firmando una paz que cedía a Polonia toda la Prusia Oriental. La otra mitad la entregaría en 1525, y a partir de entonces los caballeros teutónicos se convirtieron en una asociación secular sin relevancia que hoy se dedica a actividades benéficas. Sin embargo, lo gordo nadie se lo quita del currículum: de una parte, a ella se debe la cristianización de la Europa Oriental; y de la otra, sus repoblaciones con colonos propios dejaron importantes núcleos de familias germanas (población de raza aria, ojo al detalle) en varios lugares que cuatro siglos más tarde darían pretexto a la Alemania nazi para invadir y anexionarse territorios por la cara, pasándose por la bisectriz todas las convenciones internacionales. No es carambola histórica, ni mucho menos, que uno de los motivos esgrimidos por Hitler para invadir Polonia en 1939, primer chispazo de la Segunda Guerra Mundial, fuese la ciudad de Danzig, donde residía una importante población alemana desde su conquista por los caballeros teutónicos en 1308.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (XLIX)

La Edad Media no se despidió de Europa, o ésta de ella, de un modo simpático. El siglo XIV y su paso al XV fueron conflictivos de cabo a rabo, porque la modernidad, el comercio, el auge de las ciudades y la burguesía empezaban a ser incompatibles con las viejas formas feudales, la arbitrariedad fiscal, la desigualdad jurídica y los privilegios de la nobleza y de la Iglesia. Así que los conflictos llovieron como pedrisco. Hubo revueltas populares con parentesco común: en todas, campesinos y burgueses exigían nuevos derechos. Ocurrió en Flandes, en Francia, en Italia y en Inglaterra (donde la sublevación en 1381 de la mano de obra agraria y urbana montó una pajarraca que puso en peligro la monarquía). Por lo general, en casi todos los lugares estaba de fondo el natural rencor que quien se lo curraba con las manos y el sudor de la frente sentía hacia quienes le chupaban la sangre con impuestos y chulerías cada vez menos justificables. Y la Iglesia llevaba casi todas las papeletas como causa de esos rencores, pues en todas partes (Los sacerdotes ricos tienen mejores vestidos, hermosos caballos, más riqueza y mujeres hermosas, escribió el teólogo bohemio Juan Huss) el alto clero era, o lo parecía, la máxima autoridad feudal. Sin embargo, la clase aristocrática ya no era como antaño. La alta nobleza vivía orgullosa en sus posesiones, disputando el poder al monarca de turno; pero la otra, mediana y pequeña nobleza desprovista de tantos recursos, cifraba su medro en vivir pegada al rey, actuando en la corte y los consejos reales. Y así, siempre que podían, unos y otros se hacían la puñeta, alentando lo que debilitaba al adversario. En lo que sí estaban de acuerdo era en detestar a la Iglesia: de una parte la necesitaban para tener sujeto al pueblo, pero de la otra no tragaban su arrogancia y sus riquezas. Por ese camino verde que va a la ermita, o sea, por ahí, vino uno de los más graves conflictos de la época, que fueron las llamadas guerras husitas: un sindiós tan largo y complicado que no cabe en esta página, pero que podríamos resumir diciendo que sacudió Europa con tanta intensidad como la revolución bolchevique rusa cinco siglos después, acojonando al orden establecido y motivando nada menos que cinco cruzadas movidas por los papas de Roma. La cosa fue que, combinados un movimiento religioso popular y un grupo de teólogos y nacionalistas checos de la universidad de Praga, todos muy cabreados porque las familias alemanas de clase alta ocupaban los mejores puestos en la región de Bohemia, salió de ahí una variante religioso-revolucionaria que lo puso todo patas arriba (comunión con pan y vino, libertad de prédica, pobreza eclesiástica, castigo de los pecados mortales igual para todos y no según rango social, etcétera). Lideró el asunto el antes mencionado Juan Huss (excomulgado por Roma, elogiado luego por Lutero), al que sus enemigos, prometiéndole inmunidad, invitaron amablemente al concilio de Constanza para que defendiera sus ideas; y luego, aprovechando que lo tenían allí, lo hicieron churrasco en la hoguera, al más puro estilo canónico de entonces. Eso convirtió al pobre Huss en héroe nacional checo. Siguió un estallido de indignación, revueltas populares, concejales tirados por la ventana del ayuntamiento de Praga (primera defenestración, porque luego hubo otras), iglesias y conventos incendiados y una guerra de veinte pares de narices contra el emperador de Alemania y contra la Iglesia de Roma, que duró quince años; y en la que, por cierto, recientes inventos bélicos como la artillería, los arcabuces, los mosquetes y los carruajes blindados (invento husita que con el tiempo conocería notorias variantes) intervinieron con todos los honores. Hubo un montón de batallas en las que los husitas demostraron ser huesos duros de roer para las tropas católico-imperiales, pero al fin pasó lo de siempre: los husitas se dividieron, una facción se pasó al emperador (Segismundo se llamaba, como el prota de La vida es sueño) y los otros, mandados por un jefe conocido como Procovio el Calvo (poco futuro con ese nombre), fueron machacados en la batalla de Lipany y luego en la de Brüx (1433), donde les dieron las suyas y las del pulpo. Así acabó el asunto, aunque no del todo. Aunque el papa de turno, que no recuerdo ahora quién era, hizo notables concesiones para calmar los ánimos, los restos del movimiento husita, o sus consecuencias, acabarían uniéndose a la Reforma protestante que poco después incendió Europa. Y todavía cinco siglos más tarde, en 1938, la Alemania hitleriana mojaría pan en esa salsa, usando la memoria histórica de la población de origen germánico en Bohemia para anexionarse los Sudetes por la cara. Pero esa ya es otra historia, aunque en el fondo siempre sea la misma.
[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (L)

Llegamos ahora, tatatachán, a mi episodio favorito en la historia de Europa. Al momento, situado en los siglos XV y XVI, en que nuestros architatarabuelos abandonaron por fin las maneras medievales y tomaron por modelo, para mirar hacia el futuro, la antigüedad clásica; o sea, a los griegos y los romanos. Dicho en otras palabras, se percataron de que lo nuevo era precisamente lo olvidado. Eso no ocurrió de golpe, claro, sino poquito a poco, en una transición lenta que se llamó Quattrocento en su primera etapa (años mil cuatrocientos en italiano, porque allí empezó la cosa) y Cinquecento (años mil quinientos) en la segunda. La característica principal fue una especie de culto a lo humano, en todas sus facetas. Cansados de mirar hacia arriba esperando consuelo (no en esta vida sino en la otra, hijos míos, tened paciencia, les repetían) para tantas guerras, epidemias, injusticias y demás desgracias, los europeos (y las europeas, como se dice ahora) descubrieron que había otras maneras de enfocar el asunto y que la modernidad estaba en recuperar el espíritu que las invasiones bárbaras y el medioevo habían mandado al carajo. Aliñado todo eso, naturalmente, con los nuevos descubrimientos que estaban cambiando la sociedad, la política y la economía. De manera que, si los siglos anteriores habían tenido a Dios como centro de todo, el nuevo tiempo se centró en el hombre, vaya, en el individuo. En el ser humano como medida de todas las cosas. Lo que, sobre todo para su época y en su contexto, no era ninguna tontería. Y a esa especie de culto a lo humano en todas sus facetas se le puso el bonito nombre, que aún conserva, de humanismo. De ahí, por un camino u otro, salió casi todo el germen de la Europa en la que vivimos hoy. Políticamente, porque fue el fin del feudalismo y el verdadero principio o el cuajar de las nacionalidades (España, por cierto, fue de las primeras en eso, fastidie a quien fastidie). Económicamente, por la extraordinaria modernización del comercio y su papel (el capitalismo, al cabo) en la nueva sociedad. Y culturalmente, por el afán de saber y de conocer el mundo en todos sus aspectos y circunstancias cuando el hombre renacentista (que sí, naturalmente, la mujer también) dejó atrás los complejos para creerse, al fin, capacitado para conocer muchas cosas y para saberlas hacer todas bien, o intentarlo. Fue como digo, al menos en ese registro, el mejor de los tiempos, el del pensamiento y la ciencia, y anunciaba un espléndido futuro. Nombres como Leonardo da Vinci, Erasmo, Copérnico, Miguel Ángel, Rafael, Dante, Gutenberg y tantos otros estaban a punto de caramelo junto a innumerables inventores, médicos, pintores, ingenieros, escultores, filósofos, navegantes, descubridores, literatos y cuanto podamos imaginar. Y, detalle no menos importante, ese renacer de la razón y la inteligencia tuvo también algo de pagano, en cierto sentido de la palabra. O en mucho. No suprimió a Dios (verdes las habrían segado en eso, pues la Iglesia aún tenía un enorme peso social y político, mandaba más que un capitán general y lo que iba a mandar todavía), pero sí aportó el Renacimiento importantes matices modernos, poniendo por delante de lo espiritual las preocupaciones del hombre, que ya iba siendo hora de que las pusiera, y su necesidad de valores tangibles o materiales como llegar a fin de mes, cultivar el pensamiento, ampliar horizontes y buscar la felicidad. Incluso ver cuerpos bonitos sin hojas de parra. En resumen, salvar al hombre aquí en la tierra, y no (cuan largo me lo fiáis) en el Reino de los Cielos. En la España cristiana (ya que somos de aquí, mencionémosla), que todavía seguía liada a espadazos pero ganando su secular guerra contra el Islam, el Renacimiento entró de modo lateral, antes por Levante que por Castilla, debido a la influencia mediterránea italiana. Porque fue realmente Italia la madre del cordero, o sea, la cuna de donde irradió casi todo, tanto hacia poniente como hacia los países del norte; pues al estar dividida en ciudades-estado cada vez más republicanas y menos monárquicas (Florencia, Génova, Venecia, Milán, Nápoles, la Roma de los papas), cada una rivalizaba con las otras en esplendor y grandeza. De todas formas, haciendo justicia conviene señalar que sería España la que, en esos siglos extraordinarios donde hubo de lo bueno y de lo malo, y también en los siguientes, iba a acabar llevando el espíritu humanista a las tierras recién descubiertas en América; y a la larga, con sus luces y sombras, mientras en el norte los anglosajones exterminaban a cuanto indio se les ponía delante (pero Pocahontas es hoy una heroína de Disney y la Malinche de Hernán Cortés una traidora), en los mestizos territorios hispanos se fundaban universidades. Que por cierto, para escozor de los gringos, ahí siguen todavía.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LI)


Hasta mediado el siglo XV, los libros eran muy caros. Todo o casi todo en ellos había que hacerlo a mano, y eso era lento y costaba una pasta enorme. Los de esa época eran manuscritos decorados con dibujos y colores que sólo la gente rica, los obispos y los monjes de monasterios importantes podían darse el lujo de tener. Signo de poderío, vamos, y además escritos casi siempre en latín, que era la lengua culta internacional de entonces. Un libro gordo, por ejemplo una Biblia, costaba igual que una casa. Aquello limitaba mucho la lectura, claro. Eran pocos los que podían darse el lujo, y por eso tuvo tanta importancia que a un orfebre e impresor alemán, de Maguncia, llamado Johannes Gutenberg se le ocurriera la idea genial de producir libros de una manera más rápida y eficaz, gracias a una imprenta de tipos móviles; invento que iba a cambiar el mundo y que los historiadores consideran, con la caída de Constantinopla en manos turcas y el descubrimiento de América (ambos acontecimientos estaban ya a punto de nieve), comienzo de la modernidad europea y punto final de la Edad Media. Por supuesto, nada nace sin antecedentes: antes de que Gutenberg entrara en danza ya se había adelantado mucho en el arte de la impresión con el método llamado xilografía, que consistía en grabar letras o dibujos en relieve en una plancha de madera que, después de untarse con tinta mediante un rodillo, se imprimía en la hoja de papel. El problema era que esas letras de madera se desgastaban en seguida con el uso; y además de acabar saliendo impresiones imperfectas, el procedimiento de renovar las planchas una y otra vez seguía costando un huevo de la cara. Y ahí fue donde el amigo Gutenberg dio el campanazo, porque (y recordemos que también era orfebre) fabricó letras sueltas de metal, que no se desgastaban tanto. Esas letras se ponían unas junto a otras encajadas en un soporte en forma de página (con las letras invertidas, ojo) formando palabras, y éstas líneas de texto, y la plancha metálica conseguida se impregnaba de tinta para imprimir con ella cada página. Eso fue un pelotazo increíble porque convertía el asunto de fabricar libros en algo más barato y más rápido, y el éxito absoluto llegó en 1454 con la impresión de la que se llamó Biblia de 42 líneas (pues tal número de ellas, a dos columnas, tenía cada una de sus páginas). Ese libro, llamado también Biblia de Gutenberg, pudo así publicarse en unos doscientos ejemplares, parte en papel y parte en vitela, que la gente con viruta y posibles adquirió con entusiasmo. Era un libro caro, pues costaba unos 30 florines de allí (dos o tres años de salario para un trabajador medio), pero resultaba más rápido de hacer y más barato que un libro copiado a mano. Lo curioso es que ni el propio Gutenberg se dio cuenta de lo mucho que su invento iba a cambiar Europa y el mundo, o sea, del enorme poder que la imprenta iba a tener en los siglos posteriores. El impresor alemán sólo había pensado en ganar dinero suministrando a religiosos, letrados y estudiantes unos libros asequibles; e incluso los fulanos más pijos y elitistas de su tiempo, alzada una ceja despectiva, tardaron en aceptar la imprenta que popularizaba el libro, precisamente por eso: como escribió el historiador gabacho Henri Pirenne, al principio manifestaron desdén hacia un descubrimiento que les parecía rebajar, por la baratura y carácter mecánico de sus productos, la majestad y encanto de las obras intelectuales. También la Iglesia católica anduvo entre Pinto y Valdemoro; porque si de una parte le interesaban las ventajas de la imprenta para sus asuntos eclesiásticos y sus bibliotecas, por la otra recelaba (y con motivo) que al popularizar el libro y hacerlo más asequible a la gente, ésta accediese por su cuenta a ideas y doctrinas perniciosas que la Iglesia de Roma y sus ministros no podían controlar, hasta el punto de que les saliera el cochino mal capado. Cosa que, por supuesto, acabó ocurriendo. Iban a ser la imprenta y los libros lo que más facilitara la gozosa explosión de esa Europa tan interesante que venía de camino. Y no es casual que para los hombres de la Revolución Francesa, que tres siglos y medio después proclamarían los derechos del hombre, Gutenberg fuera un temprano precursor con el que se sentían en deuda. No les faltaba razón, porque ese invento haría posible que palabras importantes, ideas nuevas, revolucionarias, empezaran a estar al alcance de quienes hasta entonces, privados de libros, sólo eran sumisos analfabetos sometidos a papas y monarcas. De alguna forma, aquel humilde taller de Maguncia fue el cadalso simbólico donde, con el tiempo, se acabaría cortando cabezas de reyes y poniendo el viejo mundo patas arriba.

[Continuará].


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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LII)


Y en éstas, haciendo bastante ruido, cayó Constantinopla en manos de los turcos. La cosa se veía venir, porque Bizancio (el antiguo imperio romano de Oriente, o lo que quedaba de él) nada tenía ya que ver con lo que había sido en los viejos tiempos del cuplé. Aquello era una puta piltrafa. Cada vez más reducido por el imparable avance turco, el mundo bizantino era un extraño enclave, un quiste peculiar en la esquina de una Europa que cambiaba deprisa mientras allí todo parecía suspendido en una especie de sueño anacrónico, ajeno a la realidad. La jerarquía estatal bizantina, déspota, cínica, vanidosa, sofisticada, trufada de misticismo religioso y protocolos absurdos, tenía las venas obstruidas por el colesterol de la desidia y la incompetencia. Por esto y muchas otras cosas, esos griegos eran, a juicio del resto de los europeos, un poquito relamidos y hasta bastante gilipollas. Caían mal. Y además, venecianos y genoveses, que junto a los comerciantes catalanes eran los chulitos del Mediterráneo cristiano, se habían convertido en competidores, comiéndoles la tostada a los orientales. No recuerdo ahora qué historiador (Spengler, Toynbee, Pirenne o uno de ésos) dijo que los reinos de antes sobrevivían mientras mantuviesen la superioridad militar, campesinos a los que sangrar con impuestos y burocracia eficaz. Pero en aquel siglo XV tan pródigo en acontecimientos, a Bizancio no le quedaba de eso ni los rabos. Constantinopla, la capital, era un recinto amurallado de 22 kilómetros de longitud. Para defenderlo, Constantino XI (el último emperador de allí) no tenía más que 7.000 soldados dignos de ese nombre; mientras que, en torno a esas murallas, un sultán turco llamado Mehmet II, empeñado en islamizar Europa, acababa de desplegar a 100.000 de los suyos, con barcos para el asedio por mar y artillería fabricada por un ingeniero alemán. En esa época, el creciente poderío otomano lo estaba pasando todo por la máquina de picar carne (acabaron conquistando los Balcanes y llegando a las puertas de Viena, donde se les detuvo tras duros combates), y al amigo Mehmet se le había metido entre ceja y ceja acabar con la vieja Bizancio. Así que, para anunciar a los griegos lo que les esperaba si no se rendían, hizo empalar (busquen la palabra en Google y verán qué risa) ante las murallas a los prisioneros que tenía a mano. Los bizantinos pidieron ayuda a Europa, especialmente a Venecia y Génova, que eran potencias marítimas; pero se daba la casualidad de que, como dije, ambas eran competidoras comerciales a las que les iba bien que Bizancio se fuera a tomar por saco. Así que dijeron ve defendiéndote tú, machote, que en cuanto pueda voy, que ahora ando ocupado con otras cosas. Pero ni fueron, ni nada (al contrario, en cuanto cayó Constantinopla se apresuraron a firmar acuerdos comerciales con los turcos). Sólo algunos italianos y españoles se unieron a los griegos en su último combate. El caso es que en mayo de 1453, en plan bestia, los turcos se lanzaron al asalto. En honor a la verdad diremos que los bizantinos, conscientes de que sólo podían esperar muerte o esclavitud, pelearon como gatos panza arriba, con la ferocidad de la desesperación (La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna, había escrito el romano Virgilio), conscientes de que sólo les quedaba palmar matando. Y la verdad es que cuando al fin los turcos se metieron dentro de las murallas, aquellos griegos, acordándose de su mítica Troya, vendieron caro el pellejo. Muy pocos pudieron escapar en los escasos barcos que rompieron el bloqueo. Y cuando ya estaba todo el pescado vendido, resuelto a que no lo apresaran vivo, el propio Constantino XI se despojó de sus insignias imperiales y en compañía de su primo Teófilo, de sus amigos y de un noble mercenario oriundo de Castilla, Francisco de Toledo, se lanzó entre los enemigos para morir combatiendo. También cayeron con mucha bravura los miembros de la colonia de comerciantes catalanes, que bajo el mando del cónsul Pere Julià defendieron el barrio del Hipódromo y el palacio imperial hasta que todos murieron o fueron heridos. Y, bueno. De ese modo quedó en manos turcas Constantinopla, capital de Bizancio (había durado desde el año 330 d. C. hasta el 1453, que no es ninguna tontería), y durante tres días vivió el horror del saqueo, los asesinatos y las violaciones. Al uso de la época, los supervivientes fueron vendidos como esclavos, la catedral de Santa Sofía se convirtió en mezquita y el sultán Mehmet decidió reconstruir, a lo grande, una Constantinopla musulmana que durante los siguientes cinco siglos se convertiría en capital del imperio otomano. Una ciudad que hoy conocemos como Estambul.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Una historia de Europa (LIII)


El Renacimiento dinamitó, o empezó a hacerlo, el cerrojo que durante los siglos medievales la Iglesia había puesto a la inteligencia en Europa. Una demolición, seamos justos, que también se hizo desde dentro; porque también la Iglesia, o una parte importante de ella, acabó respirando con entusiasmo los aires humanistas, sobre todo los grandes papas romanos del siglo XVI (lo fueron Julio II, León X y algún otro). En todo caso, el nuevo espíritu no era todavía antirreligioso, que eso vino luego, sino anticlerical o más abiertamente crítico con los vicios eclesiásticos. Pero incluso intelectuales notables como Erasmo de Rotterdam o Tomás Moro, dos buenas cabezas, fueron cristianos sinceros, dispuestos a hacer compatibles vida espiritual y terrenal. Lo que el Renacimiento destruyó felizmente (aunque aún colearía durante siglos) fue la pretensión de los teólogos de controlar las artes, las ciencias y la moral. Ahí se les complicó el sacro negocio. En cualquier caso, limitar el concepto renacentista al arte y las letras se queda corto: el movimiento, originalmente italiano, revolucionó toda la actividad humana e hizo posibles descubrimientos científicos y geográficos que cambiaron el aspecto del mundo. La recuperación de la antigüedad grecolatina como referencia, la formación científica, el deseo de acceder a las verdades que el estudio de la naturaleza ofrecía, el nacimiento de una sociedad urbana dueña de su destino, el capitalismo moderno, el mecenazgo e influencia social de familias poderosas, se convirtieron en virtudes propias de unas ciudades (Florencia, Milán, Venecia) donde el poder y el prestigio pasaban de manos de la vieja aristocracia a la nueva élite comerciante, que era la que ahora estaba podrida de pasta. Y precisamente Italia, donde todo eso cuajó primero, resultó ser una interesante paradoja. Por una parte, el carácter de sus ciudades-estado, la falta de unidad y las luchas que entre ellas se desarrollaban, dieron lugar a que, alejadas la nobleza y las familias ricas del oficio medieval de las armas, éste recayese en profesionales especializados, los condottieri o mercenarios, que con ejércitos particulares se ponían al servicio de unos y otros, y a veces se alzaban con el santo y la limosna, adueñándose por la cara del chiringuito. Fue la época de los llamados tiranos, especialidad tan típicamente italiana como hoy son la pizza o la Mafia: gobernantes basados en la fuerza, la conspiración y el asesinato (los Sforza, los Visconti de Milán), de los que el papa Pío II llegó a decir: En esta Italia donde nada perdura, los criados pueden aspirar a ser reyes. Sin embargo, y a esto viene lo de la paradoja, paralelo a ese descalzaperros político y militar (también los papas andaban a sartenazos defendiendo sus posesiones), crecía el culto a la Antigüedad con nuevos y fructíferos enfoques, el latín se convertía en elegante idioma internacional de la gente culta, escritores y artistas formados en el estudio de los clásicos se expresaban con una libertad hasta entonces desconocida; y las matemáticas, la física, la astronomía, la geografía, libres (o casi, todavía) del corsé medieval, preparaban la Europa del futuro. Sería injusto no mencionar el nombre de una ciudad clave en el tinglado: Florencia. O para ser más exactos, la Florencia de la familia Médici (Cosme, Lorenzo el Magnífico, etcétera), banqueros del papa entre otros clientes ilustres, ricos hasta aburrir, que fueron bastante inteligentes para comprender que amparar las artes y las ciencias daba más prestigio y más poder; y de ese modo convirtieron su ciudad en centro de las nuevas luces intelectuales que acabaron iluminando Europa. La Florencia del Quattrocento y la Roma de los papas en el Cinquecento pusieron de moda Italia; y con toda razón, porque la nómina que allí alumbraron los siglos XV y XVI es apabullante: sobre la huella literaria de Dante, Petrarca y Boccaccio caminaron con esplendor Ariosto, Castiglione, Tasso, Maquiavelo y Aretino (Aquí yace Aretino, poeta tosco / De todos habló mal menos de Cristo / excusándose al decir: no lo conozco). En materia de arte destacó el trío formado por Leonardo da Vinci (científico del arte, quizá el mayor genio de todos los tiempos), el escultor y pintor Miguel Ángel (no se pierdan la soberbia película El tormento y el éxtasis), y el pintor Rafael (el más blandito de los tres, pero que aprendió tanto de uno como de otro). Y a eso hay que añadir, sin acabar nunca, talentos extraordinarios como el arquitecto Bramante, el pintor Fra Angélico, Piero della Francesca, Brunelleschi, Sansovino, Bellini, Giorgione, Botticelli y su Nacimiento de Venus (el paganismo incrustado en el arte moderno, con dos cojones) y tantos otros. Sin embargo, esa Italia que hoy sigue asombrando al mundo no fue el único país donde el Renacimiento pegó fuerte; también iluminó otros lugares importantes de Europa. Y de eso hablaremos en el próximo capítulo.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LIV)


Aunque la influencia de Italia en el Renacimiento fue fundamental, pues desde allí irradió casi todo, el fenómeno en el resto de Europa no se limitó a la simple imitación en plan copieta, sino que tuvo rasgos propios, específicos de cada lugar. Lo que pasó fue que los aires nuevos con su ansia de libertad humanista, las modas importadas y los caracteres propios impulsaron en todas partes el pensamiento moderno y abrieron la puerta no sólo a las artes y las letras, sino también a la física, la astronomía, la geografía, las matemáticas, el comercio y la filosofía política. Y detalle fundamental: en Flandes, Francia y España (la expansión mediterránea de catalanes y aragoneses tuvo mucho que ver con eso), pero también en Inglaterra y el sur de Alemania, nació un capitalismo chuleta, más audaz y sin complejos, que creó nuevas fortunas y cambió las viejas relaciones del dinero con el poder. Comerciantes de tronío como los Fúcar alemanes o los Coeur franchutes, que acabaron siendo banqueros de emperadores y reyes (con sus préstamos tuvieron a más de uno bien agarrado por las pelotas), se convirtieron en indiscutibles millonetis de los siglos XV y XVI. Y también hubo otro cambio importante: los gremios artesanos, con sus caducas limitaciones medievales, se vieron superados por industrias libres dirigidas por hombres nuevos. De ese modo, la tradición dejó de pesar sobre los negocios. En el norte, el puerto de Amberes se hizo dueño del cotarro; la manufactura inglesa de paños inundó el mercado europeo; la marina holandesa, más espabilada y al día que la hanseática, se enseñoreó de los mares y el comercio en aquellas aguas; y los marinos portugueses, buscando rutas comerciales con Oriente, abrieron un melón que pronto sería saboreado por los navegantes y descubridores españoles. Y parece mentira: cuando miras los mapas de entonces, asombra que un espacio geográfico tan pequeño en relación con el resto del planeta como era Europa, aprisionada entre el Atlántico y la fuerte presión del Islam, acabara desarrollando tanto poder e influencia mundial como alcanzaría en los cuatro siglos siguientes. Pero lo cierto es que así fue, y uno de los fenómenos más interesantes que allí se alumbraron fue el de las nacionalidades; así que ya podemos hablar de países específicos en un sentido más o menos de ahora. En la peculiar España (donde ocho siglos de romperse los cuernos con el Islam lo condicionaban todo), el Renacimiento no fue una ruptura con el pasado, sino que se combinó con la tradición, asentándose de modo tardío y con interesantes características propias (Nebrija, Vives). En Francia, al contrario, las maneras italianas se impusieron pronto y con éxito (incluso en la moda del vestir), hasta el punto de que toda una reina gabacha, Catalina de Médicis, legítima del rey Enrique II (mediados del XVI), pertenecía a la poderosa familia florentina de ese mismo apellido. En Flandes, Holanda y Suiza destacaron tanto las artes (Van Eyck, Van der Weyden, Brueghel, El Bosco, Holbein) como el comercio y el pensamiento político. En cuanto a Alemania (Durero, Cranach), de modo parecido a como ocurría en España, también tuvo el Renacimiento caracteres locales muy específicos; pues, más que una recuperación de lo grecolatino, lo que hubo allí fue una intensa reivindicación del antiguo espíritu germánico (Arminio en Teotoburgo contra las legiones de Varo, para entendernos); y a eso contribuyó mucho la reforma protestante que con Lutero y compañía iba estando a punto de caramelo para poner Europa patas arriba. Con todo eso, fue la ciencia la que en el Renacimiento alcanzó cotas nunca vistas desde la destrucción del mundo antiguo, superando con mucho a griegos y romanos. En una primera fase, lo que hicieron los científicos (más o menos) fue recuperar y poner al día el conocimiento de los autores clásicos, haciendo posible que en siglos posteriores (a partir del XVII) y basándose en ellos, la ciencia desarrollara nuevos descubrimientos. De cualquier modo, el renacimiento de la ciencia fue admirable: en 1538 trazó Mercator el primer gran mapa del mundo, cinco años después Vesalio publicó su famoso libro de anatomía De humani corporis fabrica, y otros sabios de postín (Paré, Falopio, Servet, Harvey, Paracelso) revolucionaron la cirugía y la medicina. El polaco Copérnico (echándole pelotas a la vida) recuperó a Aristarco de Samos al afirmar que la Tierra no era centro del universo y era ella la que giraba en torno al sol; Kepler desarrolló la idea, y Galileo Galilei, al socaire de todo eso, formuló los principios modernos del pensamiento científico fundando la física moderna y comiéndose de paso, la pobre criatura, un marrón como el sombrero de un picador cuando la santa madre Iglesia, que no se resignaba a dejar de controlar cuerpos y almas, lo hizo procesar por la Inquisición.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LV)

Yahora, ya que con una historia de Europa estamos, no queda otra que hablar de España. Porque de esta península-mosaico de reinos cristianos (cada vez más) y musulmanes (cada vez menos) que llevaban ocho siglos dándose sartenazos entre sí iba a surgir la primera nación moderna y coherente de Europa. Y además (que se mueran los feos), la dinastía más poderosa de ésta y tal vez del mundo. La cosa se debió a una afortunada combinación de casualidades y talento político; y por una vez, sin que sirviera de precedente, a los españoles nos salió tan bien capado el cochino que los efectos positivos duraron un rato largo. En aquel animado siglo XV, la península ibérica tuvo cuatro reinos perfectamente definidos. Uno, el moruno, se reducía al reino de Granada, que fue liquidado por las bravas en 1492. Otro era Portugal, casi ajeno a las luchas territoriales europeas y volcado en el comercio marítimo con Oriente gracias a las expediciones navales impulsadas por la Escuela Naval de Sagres, fundada por don Enrique el Navegante (1394-1460). El tercer reino ibérico era Aragón, que gracias a la burguesía comercial catalana mantenía una política de expansión muy activa en el Mediterráneo, lo que incluyó (con el muy renacentista Alfonso V el Magnánimo) la posesión de Sicilia y Nápoles. Y el cuarto reino, que fue realmente la madre de todos los corderos, era la vieja Castilla que face a los homes e los desface, como escribió un cronista, aunque en aquel tiempo principalmente los hacía de enorme talla. Y no sólo a los hombres, sino también a las mujeres. Porque fue una señora, Isabel I de Castilla, quien ató la mosca hispana por el rabo. Era firme, ambiciosa, audaz y los tenía bien puestos. Su matrimonio con Fernando II de Aragón (a partir de 1479 gobernaron en común) hizo posible la conquista de Granada, Canarias, Melilla, Orán, Argel y Trípoli, la anexión de Navarra, la agresiva política mediterránea e italiana, la unificación bajo una sola autoridad religiosa, la inmisericorde rotura de espinazo a los nobles que daban problemas y la creación de una especie de Guardia Civil rural llamada Santa Hermandad… Todo eso, y bastantes cosas más (de Colón y América hablaremos más adelante), con sus brillantes luces (el cardenal Cisneros, con la universidad de Alcalá y la Biblia políglota) y sus siniestras sombras (expulsión de moriscos y judíos e instauración de la Inquisición, que ya existía en otros lugares de Europa), que aquel matrimonio realizó o hizo posible, convirtió a la antigua Hispania, ahora llamada de nuevo España, en un estado fuerte y sólido bajo la autoridad de quienes el mundo conocería, en adelante, como Reyes Católicos. Lo que no era ninguna tontería, oigan, cuando en el resto de Europa los estados nacientes aún andaban discutiendo que sí o que no, como la Parrala. Uno de esos estados era Francia, también con serias aspiraciones de cuajar como nación y potencia internacional, cuyos monarcas ambicionaban el norte y el sur de Italia. También los papas, que además de ser cabeza visible de la Iglesia regían los llamados Estados Pontificios, tenían algo que decir al respecto. Así que la península italiana se convirtió en escenario de intrigas políticas y enfrentamientos militares que se prolongarían durante mucho tiempo. Se rompió así (año 1494) una etapa de llevarse más o menos bien entre italianos y extranjeros gracias a la llamada Paz de Lodi, que cuarenta años antes había logrado un equilibrio razonable entre la Santa Sede, Milán (familia Sforza), Venecia (familias comerciantes locales), Florencia (familia Médici) y Nápoles y Sicilia (españoles). Fue entonces cuando aquel delicado statu quo se fue al carajo, porque el rey francés Carlos VII se puso flamenco e invadió Nápoles, dispuesto a barrer para casa. Pero el muy pringado calculó fatal, porque reinaba allí Ferrante, hijo bastardo de Alfonso el Magnánimo, y por tanto pariente de los españoles Isabel y Fernando. Así que éstos, que llevaban tiempo buscando pretextos para romperle los cuernos al vecino recortándole los apetitos, enviaron a Italia un ejército mandado por un artista de la cosa bélica, Gonzalo de Córdoba, que en dos campañas sucesivas les dio a los gabachos las suyas y las del pulpo en las batallas de Ceriñola y Garellano, expulsó de Cefalonia a los turcos y devolvió Ostia al papa, porque se habían apoderado de ella los franceses. Eso le valió el sobrenombre de Gran Capitán; y a su muerte, para que se hagan idea del nivel, adornaron su túmulo funerario dos pendones reales y doscientas banderas enemigas tomadas en los campos de batalla, que se dice pronto. Pero lo más notorio es que don Gonzalo formó y fogueó un ejército profesional, los famosos tercios de infantería españoles, que durante un siglo y medio iban a tener a Europa bien agarrada por los cojones.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LVI)

Lo de Colón se explica rápido. Que la Tierra era redonda y no plana se sospechaba desde la Antigüedad, pues para eso hubo científicos en Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma. Y ya con la modernidad, en el siglo XV se tenía, al menos entre marinos, astrónomos y gente cultivada, la absoluta certeza. Surgió entonces la figura de un navegante genovés (hombre de alto ingenio y muy diestro en Cosmografía, según el cura de Los Palacios) que, aficionado desde jovencito a la lectura y a la geografía, consciente de que los comerciantes europeos querían especias y otras riquezas de la India, China y el resto de Asia (rutas de Oriente que los turcos controlaban por tierra, y por mar tenían casi monopolizadas los portugueses que costeaban África), tuvo la genial idea de comprender que, si la tierra era de verdad redonda, bastaría con navegar hacia el oeste para llegar a la India por el otro lado (truco del almendruco también conocido por huevo de Colón). Ofreció primero la idea al rey de Portugal, que pasó mucho del asunto, aunque después se tiró de los pelos por el patinazo («Soy o mais grande pringao do universo», se lamentaba el monarca portugata con sus íntimos, hecho polvo). Así que Colón, tenaz, acudió a Isabel de Castilla y a su marido Fernando de Aragón; que acabaron, sobre todo ella, financiando la expedición (año 1492, el mismo de la toma de Granada a los musulmanes, fin de lo que aquí llamamos Reconquista). El resto lo conocen ustedes mejor que yo: con tres barquitos de nada, Colón tiró millas rumbo a poniente echándole unas agallas admirables a la aventura, y al cabo de un mes más largo que una guerra sin tabaco, cuando creía estar frente a las Indias orientales, se encontró con un continente nuevo de trinca que nadie sabía que estaba allí. Aquello fue un puntazo, andar buscando un continente y darse de boca con otro que estaba en medio. Al principio todos pensaron que eran las Indias, y hasta Colón murió creyéndolo; pero era, nada menos, lo que hoy llamamos América: un lugar tan grande, rico y diverso que cambió el destino de Europa y la historia de la Humanidad. Explorar, descubrir y rellenar el blanco de los mapas (la terra incognita) se puso de moda, a partir de entonces se desataron la fiebre geográfica y las ansias de trincar viruta, y ya no cesaron las expediciones y los descubrimientos: costas del Brasil, Océano Pacífico, circunnavegación de la Tierra (hazaña de un portugués y un español, como en los chistes: salieron 252 hombres y volvieron 18) e innumerables etcéteras más. Y así, aliándose el afán de viajes y aventura con las ganas de forrarse, muchos segundones, desgraciados, infelices que languidecían en España bajo reyes, nobles y curas, decidieron jugarse el pellejo, palmar en lugares lejanos o volver ricos y respetados a su pueblo. Y poco a poco, echándole sangre y cojones en una hazaña sin igual en la historia de Europa y del mundo, los descubridores fueron convirtiéndose en conquistadores que desembarcaron (matando pero también muriendo, destruyendo civilizaciones pero creando otras mestizas) en América y Oceanía. Con sólo unos cientos de hombres, Hernán Cortés conquistó México, Francisco Pizarro el Perú y Pedro de Valdivia Chile. A menudo aquellos aventureros valerosos y crueles se asesinaron entre ellos o acabaron ahorcados por los reyes a los que servían, o por los funcionarios reales, leguleyos y otros mangantes que, pasados los riesgos de la conquista, cayeron sobre los nuevos territorios con la voracidad de una plaga de langosta. Y es cierto: los españoles llevaron matanzas, saqueos y enfermedades a un continente donde (todo hay que decirlo) antes de que llegaran ellos los pueblos indígenas ya se mataban, esclavizaban e incluso devoraban entre sí (la milonga de una América idílica precolonial no te la tragas ni harto de vino). Pero también, a diferencia de los ingleses que pronto llegaron al norte, donde procuraron no dejar un indio vivo, los españoles, lejos de exterminarlos, se mezclaron con ellos creando familias e hispanizando a sus hijos. Injusticia, esclavitud y crímenes hubo siempre en todas partes, pues tal suele comportarse el ser humano; pero a diferencia de los hipócritas anglosajones que hoy derriban estatuas de Colón, los españoles nunca consideraron aquello colonias, sino provincias de la Corona de Castilla, estudiaron las lenguas nativas (muchas se habrían perdido sin las gramáticas y diccionarios escritos por los frailes para evangelizar), construyeron hospitales, iglesias, escuelas y universidades abiertas a mestizos e indios y redactaron las famosas Leyes de Indias, monumento pionero de humanidad y justicia al que deberían echar un vistazo tantos idiotas que, a uno y otro lado del Atlántico, insultan a España poniendo fuera de contexto hechos y siglos que ni conocen ni comprenden.

[Continuará].


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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LVII)

Poco a poco, la idea de unos estados nacionales independientes, que no era nueva pero estuvo muy diluida en el pasado, cuajaba en la Europa de los siglos XV al XVI, a la que un italiano llamado Nicolás Maquiavelo había dado un importante toque práctico teorizando sobre lo que los gobernantes de la época hacían ya: conquistar el poder y mantenerse en él por encima de toda moral (Enseñé a los reyes a ser tiranos, pero también a los pueblos a librarse de ellos, escribió el cabroncete). Aquello señalaba sin paños calientes la realidad del Estado moderno, donde la religión católica funcionaba como un medio más, pretexto y herramienta de poder, y no como auténtica guía moral a la que atenerse. Sería injusto, sin embargo, decir que la Iglesia no contribuyó a los modernos sentimientos de nacionalidad. Al contrario: fue su eficiente organización la que a menudo facilitó escenarios y mecanismos administrativos, y el patriotismo popular se desarrolló vinculado al religioso, e incluso estimulado por él. El antiguo dulce et decorum est pro patria mori retornaba matizado. Ahora, morir por la patria era también morir por Dios, y viceversa. Cada vez más sometidos a los príncipes o conchabados con ellos, con un pie allí y otro en Roma, los obispos los ayudaban a gobernar, y unos y otros vivían felices como perdices. En cualquier caso, la idea de una nación-estado de la que los gobernantes sólo eran administradores temporales iba ganando terreno. España se había autodefinido con los Reyes Católicos, y Francia e Inglaterra cuajaban bajo la autoridad de sus monarcas. Alemania, adscrita al Imperio pero fragmentada en principados territoriales, aún buscaba su camino; mientras Italia, como escribió Jean Touchard, aunque dividida, redescubría el ideal de la unidad fuera de la perspectiva cristiana. En Escandinavia hubo un amago unitario que no funcionó, pero terminó definiendo a Suecia (que se hizo la más chula del norte), a Noruega y Dinamarca. A esas alturas, Hungría y Polonia tenían ya carácter propio; e Iván III, primer soberano que gobernó una extensa Rusia convertida en estado nacional, reivindicó la tradición romano-bizantina, se proclamó césar (o sea, zar) y empezó a transformar aquello en la gran potencia que acabaría siendo y que todavía es. En términos generales (para más detalles, acudan a historiadores de verdad) tal era el panorama de la Europa que se adentraba en el siglo XVI, y que giró en torno a tres grandes personajes: Carlos V, rey de España y emperador de Alemania (nieto de los Reyes Católicos), Francisco I de Francia (refinado y ambicioso, primer rey absolutista moderno) y un tercero que no era europeo, aunque ayudó mucho como enemigo: Solimán el Magnífico, soberano del poderoso imperio turco. Ellos fueron los tres grandes protagonistas de su época hasta que intervino un cuarto que pondría parte de aquel mundo patas arriba. Lo curioso es que éste no era príncipe ni papa, sino fraile alemán: un tal Martín Lutero, hombre atormentado, oscuro, que aún vivía en el escolasticismo medieval, ajeno a las luces del humanismo y el Renacimiento, pero que se había quemado las pestañas leyendo a San Pablo. Y el fulano triunfó por dos razones principales. De una parte, la Iglesia, desdeñando el efecto que sobre la puta chusma tenían la predicación y la enseñanza en lenguas locales, mantenía su estructura aristocrática y olvidaba tocar la tecla popular. Por otra parte, mientras los reyes poderosos amparaban a sus clérigos frente a las exigencias de impuestos y prepotencia de la Curia Romana, Alemania, fragmentada en pequeños estados débiles, era incapaz de proteger a los suyos; así que el alto clero se quedaba allí con la viruta, trajinaba nombramientos, vendía indulgencias y bienes espirituales. Protestó Lutero contra ese despelote fijando en las puertas de la catedral de Wittenberg sus famosas 95 tesis (año 1517), que fueron rápidamente impresas y difundidas (sin el invento de Gutenberg habría sido imposible). En Roma, grave error, se descojonaron del asunto, considerándolo querella de frailes; y tal vez no habría ido a más si no se hubieran dado dos circunstancias. Una, que los dominicos, o sea, la Inquisición, entablaron proceso contra Lutero, lo que dio a éste, que hasta entonces era un simple tiñalpa, una notoriedad extraordinaria. La otra fue que independizarse de Roma y del muy católico emperador Carlos significaba, para algunos príncipes alemanes, trincar ellos el negocio. Así que la Reforma les vino como pedrada en ojo de boticario. El elector Federico de Sajonia, señor natural de Lutero, fue el primero en frotarse las manos y amparar a su díscolo monje. Y éste, crecido, pidió que le aguantaran el cubata: rompió vínculos con Roma, lideró el nuevo movimiento religioso y abrió un abismo (que iba a ser sangriento) entre las naciones de Europa.

[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

Mensaje por kekodi »

Una historia de Europa (LVIII)

La reforma protestante, que iba a poner Europa patas arriba, no se limitó a Lutero. En realidad él sólo dio el pistoletazo de salida; porque, comparado con lo que vino luego, el fulano era apenas un parvulito de provincias con pocos libros leídos. Su rebelión se fraccionó pronto en multitud de tendencias dirigidas por tíos con mayor preparación humanista, intelectualmente más potentes que el oscuro fraile agustino y su atormentada conciencia particular. Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, por ejemplo, dieron un impulso muy serio a la Reforma anticatólica en Alemania y Suiza. De esos dos, Calvino (un pavo inteligente, con gran preparación filosófica y jurídica) fue el más decisivo: situándose ante los Evangelios no con la tradición, sino con la razón, se propuso crear una religión nueva, rígida, implacable; una auténtica dictadura religiosa (así la llamó el historiador político Jean Touchard), regida por una severa moral que competía en mala leche con la Inquisición católica, pues imponía sin complejos, como castigo habitual, la prisión, el tormento y el patíbulo (al famoso médico y naturalista español Miguel Servet, por ejemplo, lo mandó Calvino hacer churrasco en una hoguera, en Ginebra). El caso es que, comparados con el viejo catolicismo, algunos puntos de la Reforma eran realmente revolucionarios, y eso explica parte de su éxito: mientras la Iglesia romana quería una Biblia en latín (interpretada exclusivamente por ella, por supuesto), los protestantes la preferían traducida a las lenguas locales, para que la peña pudiera leerla, debatirla y tal. Para darle vidilla. Por otra parte, con las nuevas doctrinas quedaba abolido en las iglesias el derroche de imágenes y cuadros piadosos. También la Virgen, los santos y demás parafernalia se iban a tomar por saco, y los siete sacramentos clásicos quedaron reducidos a dos: bautismo y comunión. Todo más sencillo, vamos. Más para andar por casa. Y además (detalle que hizo aumentar mucho la clientela) quedaba abolido el celibato eclesiástico; y al que Dios se la diera, que San Pedro se la bendijera. Resumiendo: los pastores (así se llamaban los nuevos curas protestantes) podían casarse si tenían con quién. Que solían tener. Y, bueno. El caso es que todo eso, unido a la hostilidad contra el sistema fiscal de la Iglesia, la posibilidad de apropiarse de las riquezas de obispados y conventos, y las ganas de limitar la influencia eclesiástica en cuestiones terrenas, o sea, independizarse de papas y emperadores, se puso de moda con gran rapidez, extendiéndose a los países del norte de Europa. De pronto, Dinamarca, Suecia y Noruega descubrieron que en realidad eran protestantes de toda la vida; y en algún caso notable, como el de Suecia, la nueva tendencia político-religiosa sirvió para consolidar un verdadero estado nacional que a partir de 1524 (fecha de su ruptura con el papa de Roma) empezó a perfilar allí un prestigioso rey local llamado Gustavo Wasa. En cuanto a Alemania, lo más interesante del pifostio hereje es considerar que si el luteranismo, protestantismo o como queramos llamarlo, triunfó en aquellas tierras, fue porque allí no había un estado fuerte constituido sino ausencia de unidad política: diversos territorios donde cada príncipe, elector o como se llamara, lamía su propio ciruelo, y donde a los de arriba (los nuevos aires religiosos no iban de abajo arriba sino de arriba abajo, pues pueblo y burguesía no mojaban en esto) les venía como pedrada en ojo de boticario aquel chollo político-religioso que les permitía trincar la viruta de la Iglesia tradicional mientras se alzaban contra los poderes clásicos con el santo y la limosna. En España, Francia o Inglaterra habrían tenido que agachar la cabeza ante la corona, o combatirla, con las consecuencias poco simpáticas que eso implicaba; pero no era el caso. De todas formas, el contagio no se limitó al ámbito escandinavo y germánico. Menos por religión que por política, por su uso como pretexto y herramienta, católicos y protestantes se acabarían enfrentando con especial saña en casi toda Europa, especialmente en Alemania, Países Bajos (donde apuntaba un patriotismo republicano que traería cola) y Francia. En este último país se llegó a extremos gravísimos con las guerras de religión (ocho, nada menos) que enfrentaron con violencia a los protestantes gabachos (llamados hugonotes) con los católicos de allí, fieles al rey y al papa. Eso dio lugar a espectaculares escabechinas como la famosa Noche de San Bartolomé (lean La reina Margot de Alejandro Dumas o vean la película, que están francamente bien), cuando 3000 hugonotes fueron asesinados en París en un abrir y cerrar de ojos. Que no es ninguna tontería, si te pones a masacrar. No podemos decir que fueran tiempos políticamente correctos.

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[Continuará].



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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Una historia de Europa (LIX)


Llegamos ahora, en el corazón del interesante siglo XVI, a uno de mis gobernantes favoritos en la historia universal, que es el emperador Carlos de Europa, señor de Occidente: diecisiete coronas en una misma cabeza, que se dice pronto. Nieto por vía materna de los Reyes Católicos, Carlos V de Habsburgo fue el monarca más poderoso de su tiempo, al heredar por ese lado la monarquía española con parte de Italia, las nuevas posesiones de América y las que venían de camino en el lejano Pacífico; y por el lado paterno, los Países Bajos y Borgoña, a los que se sumaron Austria, Tirol e, indirectamente, Bohemia y Hungría. Se vio así la criatura (tenía 19 años cuando heredó el asunto) al mando de una potencia militar y territorial enorme, y lo hizo en momentos especialmente difíciles en los que, dentro de lo que cabe (Es demasiado peso, como dijo Porthos en la gruta de Locmaría), no lo hizo nada mal: intentó mantener la unidad católica del Imperio, le puso a la creciente Francia, que ya galleaba mucho, los pavos a la sombra, y se opuso con tenacidad a la amenaza turca en el Mediterráneo y Europa central. Tampoco a los papas de entonces (Clemente VII y luego Paulo III), recelosos de su poder en Italia, les caía simpático; y procuraban, siempre que podían, segar la hierba bajo sus pies. Eran, en fin, muchos frentes abiertos; pero en todos se condujo Carlos razonablemente bien entre triunfos y fracasos, peleando como un tigre de Bengala. Además de la insurgencia protestante, que fue el gran problema a que se enfrentó en sus dominios alemanes (el honor de emperador católico lo obligaba a defender la fe de Roma), lidió con dos pertinaces enemigos: Solimán el Magnífico, sultán turco, y Francisco I, rey de Francia. En realidad, lo de Carlos y Solimán fue un duelo de gigantes donde el rey francés hizo, obligado por las circunstancias, el papel de gusano infame. Había intentando proclamarse emperador estorbando a Carlos, y nunca pudo digerir el triunfo de éste, cuyos dominios y alianzas estrangulaban a Francia por todas partes. Pasó la vida intentando hacerle la puñeta con tan poco éxito y tan mala suerte como el Coyote con el Correcaminos: zaca, zaca, de batacazo en batacazo. En Italia, siempre ambicionada por la corona francesa, los tercios de infantería españoles (que con su disciplina y eficacia se habían convertido en la mejor máquina militar de su tiempo) dieron las suyas y las del pulpo a los ejércitos gabachos, adueñándose de Milán después de la batalla de Pavía, donde el propio Francisco I pasó la vergüenza de caer prisionero de su odiado enemigo imperial. Para verse libre aceptó un tratado de paz que no respetó, y el rey cristianísimo, como se titulaba oficialmente, sin cortarse un pelo se alió con el sultán turco para hacer la puñeta a Carlos en el Mediterráneo (donde procuró causar cuanto mal pudo, el hijoputa, amparando en puertos franceses a la flota corsaria otomana). Pero donde se volcaron los esfuerzos más grandes y costosos de Carlos fue en la lucha contra los protestantes alemanes, intentando devolver a la religión católica esa parte del imperio. Primero quiso convocar con el papa el concilio de Trento para ir por las buenas; pero los príncipes y electores díscolos se negaron a asistir. Así que cambió la zanahoria por el palo. Al principio no le fue mal, y en la batalla de Mühlberg (véase el famoso cuadro de Tiziano) les dio una estiba guapa a los luteranos. Aquello estuvo a punto de zanjar el conflicto, pues el emperador apremió de nuevo al papa Paulo III para que convocase un concilio que hiciera concesiones a cambio de la paz religiosa; pero el romano pontífice era de los que mordían con la boca cerrada: mosqueado por el descomunal poder que adquiría Carlos (las tropas imperiales habían saqueado Roma unos años antes), no le apetecía que estuviera tranquilo en Alemania ni en ninguna parte; así que dio largas, poniendo cagaditas de rata en el arroz y frotándose las manos con cada revés imperial. La cosa se fue enredando, los luteranos se conchabaron con Francia y hasta con Inglaterra, y tras una larga serie de traiciones, a cual más guarra, derrotaron a Carlos en Innsbruck, de donde tuvo que escapar a uña de caballo para no caer prisionero. Quedaba así frustrado el intento de reunificación religiosa. Enfermo, cansado, el pobre emperata estaba ya hasta los mismísimos cojones de Europa, de Francia, de los turcos, del papa y de la madre que los parió. Así que, harto de tanta lucha y tanta fatiga, los mandó a todos a hacer puñetas: abdicó en su hijo Felipe II y se retiró a leer y morir a un monasterio de Extremadura. Dejaba tras de sí una España poderosa, odiada y temida, que todavía durante siglo y medio iba a ser árbitro de Europa y cabeza del imperio más poderoso del mundo.

[Continuará].


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kekodi
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Re: UNA HISTORIA DE EUROPA, POR CAPÍTULOS

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Una historia de Europa (LX)


El rey más pintoresco de la Europa del XVI, y posiblemente también de la historia de Inglaterra, fue Enrique VIII. Para no andarnos con circunloquios tontos, dejemos claro desde el principio que era un verdadero hijo de puta con garaje, piscina, balcones y macetas de geranios a la calle. Empezó como príncipe católico, e incluso el papa de turno le otorgó, a petición propia, el título de ‘Defensor de la Fe’; pero luego se complicaron las cosas. El tal Enrique, Tudor de apellido, estaba casado con una princesa española que se llamaba Catalina de Aragón, y no tenían hijos varones. Eso por un lado, y que Enrique era un cerdo lujurioso y sin escrúpulos a quien ninguna dama de la corte se le escapaba ni dando saltos, por el otro, lo convenció de separarse de su legítima y montárselo con una señora bastante trepa llamada Ana Bolena, que era como la Isabel Preysler de allí. Pero como Roma (Clemente VIII al aparato) se negó a concederle el divorcio, el rey inglés se lió la manta a la cabeza y rompió con la Iglesia Católica por el morro (vean la peli La vida privada de Enrique VIII, donde el gran actor Charles Laughton está enorme). Al final se casó seis veces, el tío cochino; y para desembarazarse de las sucesivas esposas llegó a ejecutar a un par de ellas, incluida la tal Bolena (disculpen si me alegro, pero me caía mejor la aragonesa Catalina, que fue toda una señora), que inauguró el muy concurrido cadalso conyugal regio. De todas formas, lo del sexo guarrindongo del monarca inglés no fue más que una anécdota para su ruptura con el catolicismo, porque las causas fueron más serias y profundas. Enrique VIII, que se las daba de teólogo, consideraba a los protestantes luteranos como herejes de chichinabo: unos simples tiñalpas. El problema no vino por ahí. Ana Bolena fue sólo un pretexto para un proyecto más vasto y madurado, que convertiría al rey inglés en cabeza de una iglesia local independiente de Roma y bajo su control absoluto. Consciente de que la religión seguía siendo un formidable instrumento de poder, empezó Enrique con amagos y tanteos para ir calentando la cosa, y al final se tiró a la piscina (que era lo único a lo que le faltaba por tirarse) proclamándose chief protector of the church and clergy of England, como suena, por la cara. En todo este proceso destacaron en su ayuda algunos personajes notables que luego han ido saliendo mucho en el cine. Uno fue el canciller Tomás Moro, tipo culto e interesante, cabal, honrado, intelectual de campanillas (escribió Utopía, obra destacada de su tiempo), que al estilo de Erasmo de Rotterdam soñaba con una reforma humanista y moderada de la Iglesia Católica, sin violencias ni escándalos. Pero el cabroncete del rey pretendía ir mucho más lejos, tenía sus propias ambiciones, y el amigo Tomás, con su honrada conciencia de Pepito Grillo, acabó tocándole los cojones. Así que la cabeza del pobre canciller acabó rodando por el cadalso en aquella Inglaterra donde a esas alturas el verdugo hacía horas extras, pues la cosa se había puesto chunga para quienes no acataban de inmediato las órdenes o los caprichos del monarca. Lo de Enrique y su nueva iglesia fue un auténtico reinado de terror anticatólico; un despotismo moral nunca visto antes allí, que los cardenales, obispos y curas locales, puestos entre el patíbulo y la pared, se zamparon con el resignado entusiasmo que en tales casos suelen demostrar quienes prefieren seguir vivos y, a ser posible, comerse unas migajas del pastel. Con un Parlamento dominado por una nobleza que a su vez estaba dominada por el rey, aplaudiendo con el entusiasmo del converso, el alto clero inglés, dócil como el corderito de Norit, se puso a las órdenes de Enrique acatándolo como sumo pontífice y como lo que hiciera falta. Y no hubo más que hablar, porque a quien hablaba (como el obispo Fisher y algunos curas y monjes que tuvieron agallas para levantar la voz) se lo llevaban por delante. Artífice práctico de todo eso fue otro fulano notable, el jefe de gobierno Tomás Cromwell (también hay película, y no confundir con el Cromwell que vino luego), que formado en la escuela de los políticos italianos trabajó cuanto pudo por la omnipotencia absoluta de la corona británica. Su policía se convirtió en verdadera Inquisición, las cárceles se llenaron y nuestro viejo amigo el verdugo no daba abasto, todo el día chas, chas, chas, dale que te pego con el hacha. Ese período de terror y afianzamiento del poder real duró hasta que Enrique VIII pasó a peor vida, dejando una Inglaterra a punto de caramelo para cuando su hija Isabel o Elizabeth I (la pelirroja cuya interesante historia y la de María Estuardo contaremos cuando toque) ocupó el trono, empezando así el proceso que convertiría a Gran Bretaña en lo mucho que luego fue. Así que permanezcan ustedes atentos a la pantalla.

[Continuará].



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